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Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Series:
Part 4 of Tamonia week 2021
Stats:
Published:
2021-09-01
Words:
2,718
Chapters:
1/1
Kudos:
1
Hits:
17

El oasis de los cisnes

Summary:

—Porque, si te llama la atención alguien que solo vas a ver dos días en tu vida, es mejor que te vayas acercando ya.

—Me llama la atención su pelo, no ella.

Notes:

Día 4 (vamos a fingir que todavía lo es) de la tamonia week, so... finally! El prompt elegido es: one shot sobre las Tamy y Sonia de un fic que ya exista. He cogido uno mío (pas de deux, un one shot iFridge publicado en mi wattpad: https://www.wattpad.com/story/208272980-pas-de-deux-ifridge) donde solo salía Tamy, así que me he inventado a una Sonia y... aquí tienen. El nombre de Sonia está escrito un poco distinto por motivos que creo que comprenderán. Por cierto, Elisa es Lizzie Olsen, 1 besazo Irenilla.

Para las que no vayan a leer pas de deux o no se acuerden, un recordatorio rápido de la trama: Tamy es la mejor amiga de Aitana, una de las dos mejores bailarinas de la escuela Carmina Ocaña. Aitana es una ligona que tiene mínimo una novia por curso y en este viaje a Sarajevo (Bosnia) para un encuentro internacional de escuelas de ballet se está liando con Ana Guerra. Tamy ya está acostumbrada a que Aitana la deje de lado cuando se empieza a liar de tías e incluso dice que a ella podría pasarle lo mismo. Y nada, el resto creo que está más o menos contextualizado??

Ya no prometo nada sobre cuándo llegará el próximo one shot, simplemente disfruten y gracias por leer <3

Work Text:

Aitana le hacía lo mismo con tanta frecuencia que Tamara ni siquiera armaba un drama de ello. El nivel de molestia cada vez que su mejor amiga se encaprichaba de alguien y se distanciaba de ella temporalmente para dedicarle toda su atención a su nuevo flechazo iba disminuyendo con el tiempo. Esa vez, se había limitado a chasquear la lengua y poner los ojos en blanco.

El caso era que su mejor amiga estaba tan cegada con Ana Guerra que Tamara apenas le había visto el flequillo desde que habían salido de Madrid. Se había puesto en los dos aviones al lado de Elisa, otra de sus compañeras, que había accedido de buen grado a acompañarla y a ser también su compañera de habitación una vez llegaran al hotel de Sarajevo. Ventajas de llevarse bien con todo el mundo.

Habían llegado tan agotadas al hotel que habían caído como troncos en el colchón después de cenar. Ni siquiera les había dado tiempo a pensar en que el día siguiente sería aún más agotador.

Pero en ese momento, ya llegado el día siguiente y ya pasado el desayuno, mientras se ponían la ropa de entrenamiento debajo del uniforme de la academia en la habitación, Tamara sí que lo pensaba, y mucho. Iban a pasar el día ensayando la coreografía de la que ya todas estaban hartas, la de El lago de los cisnes. En los últimos años, la habían repetido tantas veces que la sentían como un castigo. Con suerte, esa sería la última vez.

Se presentaron en el pabellón desde por la mañana. Les habían reservado una sala solo a las de su escuela para calentar, por lo que, en la primera parte del entrenamiento, no hubo nada digno de mención. Fue cuando salieron a la cancha en la que las distintas academias estaban pasando con música sus coreografías para pasar la suya por primera vez cuando Tamara pudo ver bailarinas y caras nuevas.

En especial, le llamó la atención una, por su pelo azul neón recogido en un moño alto como el suyo. La observó mientras daba un largo trago de agua de su cantimplora, durante el tiempo suficiente como para que la otra bailarina se diera cuenta y la mirara también. Tamara le sostuvo la mirada durante un par de segundos, hasta que se despegó la cantimplora de la boca y se volvió hacia Elisa.

—¿Eso se puede? —preguntó, dándole un codazo a su amiga.

—¿El qué? —dijo la pelirroja, que tenía su atención en otra parte.

—Teñirse de… ese color. Siendo bailarina en este nivel, digo. A nosotras no nos dejarían, es que estoy segura.

Elisa entrecerró los ojos, buscando con la mirada a la persona de la que su amiga hablaba. Cuando la localizó, alzó las cejas mientras asentía, comprendiendo su duda.

—Bueno, si está aquí, le tienen que haber dejado.

—Qué suerte —musitó Tamara antes de llevarse la cantimplora de nuevo a la boca.

—¿Ahora te quieres teñir de azul?

—¿Qué? ¡No! —rio la chica. Elisa sonrió.

—A lo mejor le han dejado porque tiene que ver con el número que va a bailar. ¿Por qué no te acercas y se lo preguntas?

—¿Por qué iba a hacerlo?

Elisa suspiró y la miró con una sonrisa divertida.

—Porque, si te llama la atención alguien que solo vas a ver dos días en tu vida, es mejor que te vayas acercando ya.

—Me llama la atención su pelo, no ella.

Pero no lo dijo muy convencida, porque tampoco lo estaba. Y menos después de que Elisa le hubiera metido la idea en la cabeza.

Las alumnas de la academia Carmina Ocaña se prepararon para entrar mientras veían a las del turno anterior acabar su montaje. Tamara volvió a buscar el moño azul de la chica entre los laterales de la cancha y la volvió a ver, concentrada en su montaje y en sus compañeras. La miró solo unos segundos hasta que se obligó a concentrarse en su montaje y sus compañeras, a punto de entrar a colocarse en la posición inicial de la dichosa coreografía de El lago de los cisnes.

Su música empezó y las bailarinas empezaron el baile del que ya estaban hartas. Tamara, haciendo de tripas corazón, procuró no contagiarse de la energía negativa de muchas de sus compañeras y defender el montaje como si bailarlo fuera lo que más quería en el mundo.

Con el rabillo del ojo, vio durante el pase que la bailarina de pelo azul y sus compañeras se habían parado a mirarlas. Debía de estar terminando su turno en la cancha. Al sentirse observada por ellas, Tamara volvió a concentrarse en el montaje para hacerlo lo mejor posible. En cualquier caso, cuando terminaron, las chicas de la otra escuela ya se habían ido.

Las bailarinas de Carmina Ocaña fueron a almorzar y reponer fuerzas para el entrenamiento de la tarde. Cuando este llegó, las habían cambiado a otra, más amplia que la de esa mañana, donde había también un par de escuelas más. Entre ellas, la de la chica de pelo azul. Elisa le hizo una mueca traviesa a Tamy y la señaló con un gesto disimulado de la cabeza, ante lo que ella torció el gesto.

Durante ese entrenamiento, siguió buscando a la chica de vez en cuando. Muchas de las veces, la chica, que ya debía de haberse dado cuenta, la miraba también. Hasta el punto de que empezó a sonreírle cada vez que sus miradas se encontraban. Tamara le sonreía de vuelta. Tampoco iba a ser maleducada.

A mitad de la tarde, pidió permiso para ir al baño. Escuchó voces cuando entró, en la parte del vestuario, pero se limitó a entrar a uno de los cubículos para hacer pis. Cuando salió para lavarse las manos, se encontró a la chica del pelo azul retocándose el moño. Era la primera vez que se veían de cerca, lo que hizo que se pusiera nerviosa. Pero la chica le sonrió a través del espejo, igual que había hecho en la sala de entrenamiento.

—Hola —dijo Tamy en inglés.

—Hola —contestó la chica, sonriendo más. Sus ojos también eran azules.

Tamara se acercó al lavabo para lavarse las manos.

—Me gusta mucho tu pelo.

—¡Gracias!

—De nada —sonrió, y se mordió el labio antes de seguir hablando—. Me llamo Tamara.

—Yo Sonya. Encantada.

—Igualmente.

—¿De dónde eres?

—De España, ¿y tú?

—Rusia.

—Guau…

Sonya sonrió y se apoyó en el lavabo.

—Bueno, Tamara. Me vuelvo a entrenar.

—Sí… Adiós —dijo, aún nerviosa, mientras la rusa se iba. Ella también iba a volver ya, pero se quedó unos segundos esperando para no coincidir con ella. Su corazón se había quedado ligeramente acelerado. Todo esto era culpa de Elisa, seguro.

Después de un par de horas más entrenando y repitiendo el montaje sin música una y otra vez, les llegó el turno de volver a pasarlo con música en la cancha. Allí, volvió a localizar a Sonya. Pudo notar su mirada encima mientras bailaba El lago de los cisnes con sus compañeras. De hecho, cuando acabaron, se acercó a saludarla.

—Hola —dijo la rusa—. Bonito montaje.

—¿Te gusta? —se extrañó Tamy, alzando una ceja—. Bueno, gracias. Pero estamos todas hartas de él.

—¿En serio? Nosotras pagaríamos por bailar El lago de los cisnes.

—Vaya… —dijo Tamy, un poco cortada—. Es que llevamos varios años haciendo el mismo baile, no sé.

—Entiendo —asintió Sonya—. En un rato pasamos nosotras nuestro montaje, ¿te quedarás a verlo?

—Lo intentaré.

—¡Genial!

Para cuando el equipo de Sonya empezó a bailar su montaje con música, Tamara ya estaba entrenando con el suyo en uno de los laterales, pero trató de mirarlo todo lo que pudo sin dejar de atender a sus compañeras también. No se enteró del baile entero, pero sí pudo ver que Sonya tenía bastante protagonismo. A lo mejor, en sintonía con lo que había dicho Elisa, era por eso que se había teñido de un color tan llamativo.

No pudo volver a hablar con ella antes de que dieran por concluido el entrenamiento del día y volvieran al hotel. Las chicas cenaron y se fueron a sus respectivas habitaciones, donde Elisa se interesó por ella:

—Al final hablaste con la del pelo azul, ¿no?

—Sí, se llama Sonya —dijo—. Es rusa.

—¿Eso es un impedimento para que te líes con ella?

—Que no me voy a liar con ella.

—Ya veremos.

Al día siguiente, Aurora y Dolores, las entrenadoras, las apuraron desde por la mañana para ir al teatro donde se celebraría el evento. Tamara sabía que se solían poner más nerviosas que ellas, incluso. Las peinaron, les pusieron los adornos del pelo y se marcharon al local donde muchas escuelas estaban llegando también, tan nerviosas y arregladas como ellas.

Aunque le costara reconocerlo, Tamara estuvo buscando a Sonya con la mirada desde que llegó. Pero era más difícil teniendo encima la mirada de dos entrenadoras desquiciadas por las circunstancias del día.

No localizó su moño azul hasta mitad de la mañana, cuando la saludó de lejos con una sonrisa adorable. Sus ojos azules la observaron de arriba a abajo y Tamara reprimió una risa tímida.

Después de otra mañana de entrenamiento, las bailarinas almorzaron y volvieron al teatro, donde se pusieron el vestuario de actuación. Las entrenadoras las maquillaron y las chicas volvieron a entrenar, apurando los últimos repasos antes de que les tocara actuar.

En un descanso que Tamy aprovechó para ir al baño, volvió a encontrarse tras salir del cubículo, como el día anterior, a la bailarina rusa. Llevaba un tutú azul pastel, tirando a blanco, y menos adornos que ella en el pelo, de manera que se apreciara su extravagante color.

—¡Hola! —la saludó Tamara, sonriente, y frunció el ceño cuando vio que se apoyaba en el lavabo del día anterior para mirarla—. ¿No vas a hacer pis?

Sonya se encogió de hombros, sonriendo también. La miró como le había parecido a Tamy que la miraba cuando la había saludado antes. Solo que, ahora que estaban al lado, era más obvio que Tamy había estado en lo cierto.

—He venido a verte.

—Oh —se enterneció Tamara—. ¿A desearme suerte?

—También —dijo Sonya. Tamy, con una sonrisa de sorpresa, se apoyó de lado en su lavabo para mirar de frente a la rusa.

—¿Para qué más, entonces?

—Juraría que lo sabes.

Tamara suspiró y miró al suelo antes de volver a mirar a la chica de pelo azul.

—Mañana volvemos a España. Si quieres decirme algo, y créeme, me gustaría oírlo… deberías hacerlo ya.

Sonya asintió, comprensiva, echándole una larga mirada antes de volver a hablar:

—Estás muy guapa.

—Gracias —dijo Tamy, que esperaba otra cosa.

—¿Eres lesbiana?

A pesar de que eso se acercaba más a lo que esperaba, la madrileña parpadeó.

—Soy bi —respondió, y se puso nerviosa por un momento, temiendo un rechazo por haber malinterpretado la situación desde el principio—. ¿Te vale?

—Claro que me vale —dijo Sonya con una risita. Retiró su peso del lavabo y se acercó un poco más a ella—. Y… ¿tienes pareja?

—No. No podría… a no ser que fuese de mi misma academia. Y eso no me conviene.

—No, no saldría bien —sonrió Sonya—. Pero eso nos deja otras posibilidades. ¿No?

Tamara asintió con la cabeza, desviando la mirada a sus labios sin poder evitarlo. Sonya se terminó de acercar y le colocó las manos con suavidad en las mejillas.

—¿Puedo? —preguntó. Tamy asintió de nuevo, ya cerrando los ojos.

El beso llegó, largo y profundo, esperado y a la altura de las expectativas que, hasta entonces, Tamara no sabía que tenía. Apoyó las manos en sus hombros y dejó que la otra bailarina bajara las suyas a su cintura, pegándola a su cuerpo.

Tamara sabía que no tenía tanto tiempo de descanso permitido y que sus compañeras estarían esperándola fuera para repetir el montaje del que todas estaban hartas. Pero también sabía que, como le había dado a entender a Sonya, ese sería el último día que se verían.

Y era una pena, no solo por lo bien que encajaban sus labios. En los dos escasos días que llevaban viéndose, Tamara no podía decir que conociera a Sonya, pero sí que era una chica muy simpática, que la había hecho sentir cómoda desde el primer momento. No podía evitar preguntarse si se llevarían bien de tener la oportunidad de convivir más tiempo, y la duda no provocó otro efecto en ella que el de besarla con más ímpetu, como si la fueran a apartar de ella en cualquier momento, cosa que no era del todo desacertada.

Se separaron, aún agarradas, y Tamara se lamió los labios antes de abrir los ojos y encontrar los de Sonya, mirándola.

—Suerte a ti también —susurró Tamara.

—Seguro que la tendré —contestó Sonya, con un atisbo de sonrisa.

Podría haber sido una despedida, de hecho, pretendía serlo. Al menos, hasta que vieron que ninguna tomaba la iniciativa de separarse, sino que seguían mirando los labios de la otra. Tamara ladeó lentamente la cabeza y, cuando se quiso dar cuenta, su boca estaba contra la de Sonya otra vez, su espalda estaba contra los azulejos y sus compañeras no estaban siquiera en su conciencia. Solo existía la chica rusa, ellas y las luces blancas del baño, al menos hasta que…

—¡Pero qué zorra!

La voz de su mejor amiga le hizo abrir los ojos de golpe y empujar a Sonya inconscientemente. Aitana entraba por el baño con una sonrisa traviesa, y Tamy, tratando de estabilizar su corazón acelerado por el susto y la situación anterior, frunció el ceño.

—Pero ¿tú qué coño haces aquí? —le respondió en el mismo español que la chica había usado, aun a sabiendas de que debía de ser incómodo para Sonya no enterarse de nada.

—Pues… ¿venir a mear? Como hace la gente normalmente en los baños. Que a ver, no te voy a decir que yo no los haya usado para liarme también, más de una vez, porque a quién voy a engañar. Pero esta vez tengo sitios más cómodos para eso.

—Aitana. —Tamara se llevó la mano a la frente, con los ojos cerrados—. ¿Llevas todo el puto viaje sin aparecer y tienes que venir ahora? Que ya sé que no puedo reprochar nada porque están esperando por mí, pero...

—Qué va, ni te rayes. Aurora y Dolores se han perdido por ahí con Iván, están hablando con una tía de aquí. ¿Tú de dónde eres, de aquí también? —le preguntó a Sonya, alzando la voz como si así pudiera entender su idioma por arte de magia.

—Eh…

—No entiende el puto español, Aitana. Discúlpame —le dijo a Sonya, antes de volverse de nuevo hacia su mejor amiga—. Es de Rusia.

—Uy, pues lo que estaba haciendo contigo no parecía muy ruso por su parte.

Se metió al baño y Tamara negó varias veces, con los ojos cerrados. Volvió a mirar a Sonya.

—Perdona, en serio. Es mi mejor amiga, pero puede ser un poco… molesta.

—No te preocupes —sonrió la rusa—. Puedes seguir hablando en español, si quieres.

Tamara se ruborizó, agradeciendo la sonrisa contagiosa de la chica. Se acercó de nuevo para besarla, más despacio que las anteriores veces, y en cuanto se separaron, se oyó desde dentro del baño:

—¡Puaj! ¡Búsquense un hotel!

Tamara puso los ojos en blanco.

—¡Que te calles la puta boca!

—¿Estás diciendo palabrotas? —le preguntó Sonya en inglés.

—Puede.

La chica de pelo azul rio.

—Me voy —dijo—. Actúo después de ti, ¿me verás esta vez?

—Esta vez sí —sonrió Tamara—. Y por cierto, tú también estás muy guapa.

Sonya sonrió y la besó dos veces más. Después, se separó y empezó a caminar hacia la salida.

—Te veo luego. —Al ver que Tamara la miraba con confusión, alzó las cejas—. No pensarías irte sin despedirte, ¿verdad?

—Pero ¿cómo me vas a encontrar?

—Te encontraré.

Le mandó un beso volado y se fue. Tamara se apoyó de nuevo en la pared del baño, esta vez sola, y suspiró. Después, se acercó a la puerta del cubículo donde estaba encerrada su mejor amiga y la golpeó varias veces seguidas, sacándole un sobresalto a la chica de dentro.

—Te odio. —Se disponía a irse, pero cometió el error de mirarse antes al espejo—. Oye… no tendrás pintalabios, ¿no?

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