Chapter Text
Debe recordarse que lo hace por Viktor. Por su amigo. Por todo lo que ha hecho por ella y su familia. Porque lo aprecia y quiere acompañarlo en su cumpleaños.
Y, bueno, para «darle una oportunidad a los pilties», como le pidió.
Sin embargo, apenas ve la enorme mansión, se le quitan casi todas las ganas de mantenerse firme en su palabra.
Se vuelve hacia Viktor.
«¿Es una broma?» le modula exageradamente Vi, señalando con la mano extendida el edificio, haciéndolo reír.
Él no le responde y sólo avanza hacia la entrada. Sin otra opción, ella lo sigue. Si afuera de la mansión le pareció que había demasiada gente, dentro es aún peor. Y, no obstante, no parece que a nadie le falte espacio.
Viktor le dice que va a saludar a sus amigos y la invita a ponerse cómoda mientras tanto, que aproveche e intente socializar.
Como si eso fuera posible.
Con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta, recorre el lugar. Mire por donde la mire, es la fiesta de cumpleaños más extraña a la que ha asistido nunca. Todo es desagradablemente limpio, ordenado, elegante, fastidioso. A pesar de que, en el fondo, sabe que Viktor prefiere algo así, los violines y el piano utilizados como música de fondo le parecen… demasiado. ¿Por qué no simplemente poner música desde un móvil o una computadora que esté conectada a unos parlantes? ¿Por qué no escuchar algo más acorde a su edad, más acorde a la ocasión, algo que sea para para bailar por lo menos?
A ella le habían prometido una fiesta, no una gala aburrida.
Y eso que no se ha parado a escuchar detenidamente las conversaciones del resto de los invitados, quienes, cuando reparan en su presencia, callan y le lanzan miradas de desconfianza o evidente desprecio.
En menos de diez minutos, Vi se encuentra de un humor de perros y, al pasar frente a un espejo más grande de lo conveniente para un simple pasillo, siente una punzada de vergüenza por su atuendo y se molesta por sentir vergüenza. Cómo odia la pesada sensación de estar fuera de lugar.
De modo que hace lo único que le puede dar algo de entretenimiento y distraerla del mal rato: beber. En una esquina, sin interactuar con nadie y sin que nadie se acerque a hablarle, se queda tomando toda copa o vaso que pasan ofreciendo los camareros.
Camareros.
No tiene idea de cuánto tiempo ha transcurrido cuando finalmente necesita moverse y buscar un baño. Avanza sin mirar muy bien por donde va y pasa a golpear a alguien con su hombro. Por el alcohol corriendo en sus venas, le cuesta mantener el equilibrio, pero alcanza a salvar el poquito de dignidad que le queda.
—Oye, pobretona, ten más cuidado —le escupe el hombre con el que se ha tropezado.
Horas más tarde, se admitirá a regañadientes que su modo de proceder no fue el mejor.
Se gira al hombre con actitud defensiva.
—¿Cómo mierda me llamaste? —pregunta con enojo.
Si es honesta consigo misma, la han llamado con nombres muchísimo peores. Pero algo en el estúpido rostro del tipo hace que sólo quiera darle un puñetazo y ojalá romperle la nariz.
—Pobretona, ¿me oyes? —repite el hombre, acercándose a ella, sin notar como aprieta los puños—. Eso eres. Una. Asquerosa. Pobretona.
Es curioso. Cuando avientas un golpe, el dolor tiene efecto retardado, permitiéndote dar otro golpe más, y otro, y otro. Entonces, Vi siente un dolor punzante junto a su oído derecho y sabe que el muy idiota le ha dado en la cabeza.
Pronto, está enredada en una pelea sucia con este hombre que ni conoce. La adrenalina la recorre por todos lados, zumbando en sus oídos, acelerando su corazón, apretando sus puños, haciéndola sentirse viva. Podría reír si no le doliera jodidamente todo.
Un ruido de vidrios o cerámica o algo roto los detiene.
O tal vez es el grito que suelta alguien, una mujer, no está segura.
—¡¿Qué están haciendo?!
Vi detiene el puño que tiene preparado hacia el estómago del tipo y mira hacia arriba.
Se queda sin aliento.
Es, efectivamente, una mujer. Alta, delgada, de piel firme y curvas, y con un rostro fino y de rasgos aristocráticos combinados con un oscuro cabello lacio que cae sobre sus hombros. Se acerca rápidamente hacia ellos, su ceño fruncido.
En cuanto llega a su lado, se para en seco y abre mucho los ojos, asustada.
—Rompieron… ¿Rompieron los jarrones? —pregunta horrorizada.
Vi traga saliva, sin saber qué decir, todavía algo mareada por el alcohol. O quizás fue alguno de los golpes que recibió en la cabeza.
—Cait… —dice suavemente la voz de un hombre.
—¡No, Jayce, puedo con esto sola!
Vi se endereza con un quejido, soltando al tipo con el que peleaba, quien cae derrotado al suelo.
—Oye, princesa… —empieza a decir con torpeza.
—¡Tú! —la llama la mujer, señalándola con el dedo índice, muy cerca de su cara—. ¡Es tu culpa que hayan destruido los jarrones!
—Son sólo jarrones —dice Vi, encogiéndose de hombros y luego encogiéndose un poco del dolor.
—¿Sólo jarrones? ¿Sabes cuánto valen esos jarrones? Y no sólo ha sido eso, ¡mira! También han roto la alfombra y rayaron el…
Ah, sí, casi lo olvida.
—Sólo te importa por el dinero, ¿no? —la interrumpe Vi, su lengua floja—. Pilties y una mierda, son todos iguales. Lo único en lo que piensan es cuánto tienen y en cuánto más pueden tener quitándonos a nosotros. ¿Sabes qué? —dice, dando un paso hacia la mujer e imitando su gesto, apuntándola con el dedo índice—. Me importan una mierda los estúpidos jarrones, la estúpida alfombra y el estúpido piso. Me importa una mierda toda esta estúpida casa. Me importan una mierda estas estúpidas bebidas caras que se han tardado horas en hacerme algo de efecto. Me importan una mierda todos tus…
—¿Quién demonios eres? —la ataja bruscamente la mujer.
—Vi —dice simplemente, desconcertada por la interrupción. Parpadea—. ¿Tú?
—Yo —dice con énfasis, enojada— vivo en esta casa. Esos jarrones fueron un regalo de mi abuela, así que ten un poco más de respeto.
—Pues me importa una…
De no ser por Viktor, hubiera sabido cómo terminaba esa oración. Con una mano contra su boca, la detiene, se disculpa de todo el mundo y Vi deja que la arrastre a uno de los baños para tratar rápidamente sus heridas.
—No necesito ir a ninguna parte —se queja ella, sentada sobre la tapa del excusado, ante la insistencia de Viktor de llevarla a un hospital—. ¿Olvidas que hago clases de boxeo? Me han dado mil veces más duro. Y debiste ver cómo quedó el otro.
—Sí, pero tus clases son con guantes y reglas —replica él, sentado en cuclillas frente a ella—. Y lo vi. Por suerte no está grave. Puede que hace unos años te hayan enviado a una correccional, pero hoy eres mayor de edad. Las penas son mayores —le regaña, vendando sus manos con moretones.
Vi suspira. Sin la adrenalina y todo lo que había tomado nublando sus decisiones, no le quedan ganas de seguir protestando y asiente con tristeza.
—Lo sé —murmura.
—Ahora —dice Viktor, levantándose—, ve a disculparte con Caitlyn.
—¿Caitlyn? —repite Vi, frunciendo el ceño.
—Caitlyn Kiramman, la dueña de casa, a quien le gritaste por sus jarrones.
Mierda, es una Kiramman.
La alcaldesa es una Kiramman. Cassandra Kiramman.
Vi resopla.
—No lo dices en serio, ¿de verdad quieres que me disculpe con ella?
De verdad quiere que se disculpe con ella. Y lo hace. Y es humillante. Y es razón suficiente para que, la próxima vez que la vea, su increíble belleza quede opacada por el rencor que siente.
Lástima que tengan amigos en común.
Al menos el sentimiento es mutuo.
Parece una broma del destino, honestamente.
Desde que Viktor le dijo quién era, tuvo que hacerse la idea de verla más seguido. Por suerte, no estudia en la misma universidad ni Viktor es de hacer reuniones muy seguido. Sin embargo, se encuentran en una que otra junta de amigos. Almuerzos. Noches de películas. Tardes de juegos.
Es culpa de ella, se dice. Es culpa de Vi porque, si se lo pusiera más fácil, el «incidente» de los jarrones hubiera quedado olvidado. Aunque los jarrones sí le importaban (al fin y al cabo, eran de los pocos recuerdos que le quedaban de su abuela), su pérdida no era suficiente para enojarla permanentemente. Su reacción se debió más a la intoxicación por vino mezclado con el miedo que de pronto la asaltó esa noche. Miedo justificado, pues a su madre no le alegró nada enterarse de lo sucedido.
No, no son los jarrones ni el hecho de que se haya peleado a golpes con uno de sus amigos, arruinando el cumpleaños de Viktor y provocando un escándalo en su mansión que la persiguió por semanas lo que exaspera a Caitlyn.
Lo que la vuelve loca es que Vi sea tan insufriblemente infantil al respecto. Obviamente no había querido pedirle disculpas en ese entonces y, sin ningún tipo de prueba, aún después de meses de conocerse y de compartir, sigue pensando que ella es la «típica piltie ricachona engreída y mimada».
De modo que Caitlyn intenta evitarla siempre que puede. Si le habla, es cortante. Si la mira, y vaya que la mira, finge no darse cuenta y se fija en cualquier cosa que no sea en sus ojos. Si están en la misma habitación, se queda en la esquina opuesta y no respira con tranquilidad hasta que se va.
Por eso, cuando entra al pequeño gimnasio y la ve haciendo flexiones justo al lado de las corredoras que usa para entrenar, se para en seco.
Una broma del destino, sin duda.
Durante los segundos en los que Vi aún ignora su presencia, es incapaz de detener sus ojos y recorre todo el cuerpo de la joven de cabello rosa. Olvida cómo respirar. Nunca la ha visto así. Lleva un top y calzas deportivas, ambas piezas negras. Aunque sus brazos musculosos y tatuados no son un misterio para ella, es la primera vez que los ve completamente descubiertos. Y también es la primera vez que advierte que los tatuajes siguen por su espalda, conectándose con el del cuello.
Su mirada baja hasta sus abdominales marcados. Y sus piernas. Y su…
Sacude la cabeza. Se ha quedado mirándola. Por suerte no lo ha notado.
Avanza hasta las corredoras. El sonido de sus pasos atraen la atención de Vi, quien alza la vista. Sus ojos abriéndose le dan a entender que ella tampoco esperaba encontrársela ahí.
Con un empujón de brazos, en un rápido e increíblemente ágil movimiento, se pone de pie. Su cabello se le ha pegado a la frente por el sudor y la mano de Caitlyn tiembla con el repentido deseo de peinárselo hacia atrás.
—¿Qué haces aquí? —la voz de Vi, entre sorprendida y molesta, la traen a tierra.
—Yo entreno acá. Hace años —responde, fría.
Vi arquea una ceja.
—Pues yo llevo un mes viniendo y, ¿quién lo diría?, es la primera vez que te veo aquí.
Caitlyn frunce el ceño y está a punto de replicar cuando se da cuenta de algo.
Ha venido a esta hora en específico al gimnasio como una excepción. Por horario, no suele tener las mañanas libres, pero le han cancelado la clase de derecho penal y decidió aprovechar el tiempo haciendo un poco de ejercicio.
—No te tenía por una mentirosa, Kiramman —dice Vi, cruzándose de brazos, atrayendo su atención a su pecho por un muy breve instante.
Rueda los ojos. Tanto para Vi como para sí misma.
—Y yo no te tenía por alguien que subiría hasta acá para hacer ejercicio. —Se arrepiente de decirlo en cuanto las palabras salen de su boca. No permite que Vi lo note—. Tengo el día libre y sólo vine a matar el tiempo. ¿Qué haces tú acá?
Vi resopló y se agachó para sacar una toalla de su bolso. Luego de secarse el rostro, apoya la toalla en su nuca, sujetándola de ambos extremos con sus manos.
Caitlyn odia pensar que se ve muy atractiva así. Lo ha pensado antes, lamentablemente, pero el… sentimiento no había sido tan potente como ahora.
—No tengo por qué darte explicaciones, princesa —dice Vi, con una sonrisa condescendiente—. A diferencia de ti, yo puedo hacer lo que quiera.
Esa declaración es tan falsa como real. Vi no puede realmente hacer lo que quiera. Sin embargo, Caitlyn tampoco. Hay tantas cosas que quiere hacer y, por su posición, su familia, no puede.
Por eso, le duele escucharla.
Sin responderle, pasa a su lado y camina hacia el baño para cambiarse. No le habla al salir.
Vuelven a encontrarse de vez en cuando en el gimnasio. No suelen intercambiar palabras, apenas lanzándose miradas de reojo.
En lo único que puede pensar Caitlyn es en lo mucho que desearía no querer saber qué demonios hace Vi aquí, en Piltover, cuando se supone que odia subir a esta parte de la cuidad.
Y también desearía que sus ojos no la buscaran, tratando de grabarse las curvas de sus músculos y otras partes de su cuerpo, siguiendo el camino de las gotas de sudor que se pierden recorriendo su piel.
Trata de convencerse de que el calor que siente es por el ejercicio y nada más.
—Podríamos invitar a Vi.
—Mmm, pero Cait no la soporta. —Jayce niega con la cabeza—. Bueno, ella tampoco soporta a Cait.
Viktor se queda en silencio unos instantes.
—No sé —dice al fin, pensativo—, a mí me parece que hay algo entre ellas.
Jayce suelta una carcajada
—¿Qué? —Se ríe hasta que advierte que Viktor no bromea—. Espera, ¿lo dices en serio? —inquiere confundido—. ¿Caitlyn con ella?
—No sé por qué lo dices así, tampoco es como si fuera imposible —dice Viktor, levantando la vista del libro, su expresión impasible.
—Lanes no es el tipo de Cait, créeme, lo conozco bien. —Jayce hace una mueca, como si el recuerdo no fuera del todo placentero—. Jamás aceptaría salir con alguien como ella, mucho menos tener una relación. Además —agrega con un resoplido—, ¿Lanes no es una especie de… casanova? Seguro no ha tenido una pareja seria en su vida.
Viktor se encoge de hombros y retoma su lectura.
—Creo que estás equivocado. Estoy seguro de que Caitlyn sí saldría con alguien como Vi. En cuanto a Vi, sólo no ha encontrado a la persona indicada.
Jayce arqueó una ceja.
—¿Y Caitlyn es la persona indicada? ¿Eso me estás diciendo?
Los hombros de Viktor volvieron a levantarse levemente, sin devolverle la mirada.
—No lo sé, tal vez —dice, pasando una página.
Su amigo se queda mirándolo, reflexionando.
—¿Tal vez? ¿Qué tan seguro estás de esto? —pregunta, con una mano en su mentón, sin apartar los ojos de Viktor.
Esto llama la atención del otro, quien alza la vista.
—¿En qué estás pensando? —dice lentamente, entrecerrando los ojos.
—Oh, nada importante. Es sólo que si estás tan seguro, podríamos, no sé, apostarlo —respondió simplemente Jayce, reclinándose en su silla, flexionando los brazos tras su cabeza.
Viktor levantó una ceja.
—¿Apostar? ¿Realmente quieres apostar algo que involucre a tu amiga? —pregunta, aunque una sonrisa estira levemente las comisuras de sus labios.
—Es como mi hermana menor. La conozco lo suficiente para saber que voy a ganar.
—Pues yo conozco bastante bien a Vi y sé de lo que es capaz —respondió Viktor, cerrando su libro, con su dedo como marcador.
Jayce apoya sus codos en sus rodillas y se inclina hacia Viktor.
—Entonces, ¿qué dices? ¿Lo apostamos?
Viktor sacude la cabeza y aprieta la boca en una línea.
—Vale, ¿qué apostamos?
—Veinte dólares —responde Jayce—. Quien pierda, debe darle veinte al otro.
—Va, ¿y cuánto tiempo? Podríamos esperar infinitamente —dice Viktor, dejando el libro sobre su escritorio, su dedo aún entre las páginas.
—¿Cuánto crees que tarde Lanes en… conquistar a Caitlyn? Si es que llega a dejar de detestarla, claro —agrega Jayce con tono socarrón.
Viktor lo medita unos momentos.
—Diría que unos meses, si se dan las circunstancias adecuadas.
—¿Circunstancias adecuadas?
—Sólo aceptaré si invitas a Vi y dejas que estén solas un tiempo. No hay posibilidad de que te dé la mano si todas las cartas están a tu favor.
Jayce entrecierra los ojos con suspicacia antes de soltar un resoplido.
—Está bien, la puedes invitar —acepta, medio molesto—. Pero tiene dos meses. Y —dice, cargando la voz y levantando la mano con el dedo índice alzado para más énfasis— no sólo deben salir casualmente. O son pareja o nada. ¿Hecho?
Le tiende la mano extendida. Viktor la observa por unos largos segundos. Lentamente, alza la suya y le da un apretón a su amigo.
—Hecho.
Caitlyn se inclina, concentrada en la pantalla, apretando ágilmente los botones del mando de juego. Sus ojos están fijos, casi sin parpadear para no perderse un solo detalle de la partida. Luego de un par de disparos y explosiones, termina el juego y se levanta victoriosa del sofá con los brazos en alto.
—¡Sí! —exclama alegre. Baja la mirada hacia Jayce—. ¿Tienes tiempo? ¿Dos de tres?
Jayce se ríe entre dientes.
—Claro, aunque no sé para qué lo intento, igual me ganarás —responde, estirando los brazos y volviendo a acomodarse para jugar.
—Puedes descansar un momento, necesito tomar agua. —Deja el mando en el sofá y se encamina a la cocina. Cuando llega a la puerta, se detiene, apoyando una mano en el marco—. ¿Quieres algo?
—Una cerveza, si tienes —dice Jayce distraídamente, revisando su móvil.
Unos minutos después, regresa Caitlyn con un vaso de agua y una lata de cerveza. Se la ofrece a Jayce, quien la abre y bebe un pequeño trago, para luego dejarla a un lado, en la mesa de centro.
Al notar que su amigo está concentrado en su móvil, toma el suyo y revisa si tiene mensajes. La universidad no le ha respondido aún sobre el cambio de carrera. Le preocupa levemente, temiendo no haber leído bien las instrucciones y haber pedido el traspaso fuera de tiempo. Pero no, está segura de que las estudió bien. Sólo debe esperar la aprobación, que le convaliden unas cuantas clases y… simplemente cambiarse.
—¿Estás bien?
La voz de Jayce la saca de su ensimismamiento.
—Sí —miente, tomando un sorbo de agua.
—Es por la universidad, ¿no? —adivina él, volviéndose a ella—. ¿No le has dicho nada a tus padres?
Caitlyn suspira y fuerza una sonrisa.
—No estaría acá si se los hubiera dicho.
—No creo que se lo tomen tan mal —dice Jayce, flexionando su brazo y apoyando su cabeza en su palma.
—Mi padre, probablemente no. Mi madre, en cambio…
Se quedan en silencio, los sonidos del juego de guerra en pausa reverberando en la habitación. Jayce se estira para recoger la lata de cerveza y beber un poco más, observando a Caitlyn.
—Viktor quiere que la chica Lanes vaya a la celebración —dice entonces, tomando por sorpresa a Caitlyn, la lata pegada a su mejilla.
La joven se gira a él con el ceño fruncido, en parte feliz de cambiar el tema.
—¿Para celebrar la aprobación de los fondos para su investigación? —inquiere con asombro.
—Sí, es amiga de Viktor y, pues, el proyecto es de ambos, así que supongo que no pude decirle que no.
Caitlyn mira a Jayce con extrañeza. No sabe qué, pero presiente algo extraño.
—Bueno, yo no diré que no puede ir. Por suerte, no es en mi casa esta vez —comenta con una risa irónica.
Jayce se ríe también, pero sigue observándola con esa mirada que pone nerviosa a Caitlyn, como si estuviera escondiendo algo y no quisiera ser descubierto. Sólo que Jayce no es bueno mintiendo.
—¿Por qué me miras así? —le pregunta Caitlyn, intentando no sonar acusadora.
Jayce aprieta los labios y entrecierra los ojos, como si estuviera pensando si decirle o no.
—A ti no te agrada ella, ¿no?
Caitlyn parpadea y no responde enseguida.
—¿Te refieres a Lanes? —dice, arqueando las cejas. Jayce asiente—. Pues… sabes que no. —Jayce la mira por un segundo más y luego se vuelve a acomodar en el sofá, quedando frente a la pantalla, y toma su mando—. ¿Por qué lo preguntas? —Esta vez, no logra contener del todo su tono acusador.
Jayce se encoge de hombros.
—Por nada, sólo me lo preguntaba —simplemente responde. Alza el mando e inclina la cabeza a un lado—. ¿Le damos a otra? Esta vez en serio voy a tratar de vencerte.
Caitlyn suspira divertida. Acomodándose en el sofá y tomando su mando, lo mira desafiante.
—Ya verás —murmura antes de empezar la partida.
Mientras Viktor recoge sus cosas del escritorio de Powder, Vi lo observa con curiosidad, sin estar segura de cómo responder.
—¿Una apuesta? —repite—. ¿Conmigo y… Kiramman? ¿Qué se supone que apostaste?
Viktor se endereza, acomodando los libros y notas en uno de sus brazos mientras se apoya en su bastón con el otro. Su expresión es casi de indiferencia si no fuera por el brillo en sus ojos claros. Vi cree distinguir cierta diversión en ellos.
—Que tú y Caitlyn serían pareja —responde con simpleza.
Vi parpadea de la impresión.
—Que yo ¿qué? —dice, frunciendo el ceño—. ¿De verdad crees que nosotras… que yo…?
—Esa no es la cuestión, no realmente —la interrumpe Viktor—. Te lo cuento porque quiero hacer un trato contigo.
La seriedad en el rostro de su amigo captura toda su atención.
—Te escucho —dice Vi, cruzándose de brazos y apoyándose en el marco de la puerta de la sala de estudio de su hermana.
Viktor se acerca a la puerta, preparándose para irse de la casa.
—Jayce me apostó dinero. Yo no lo necesito. Sólo quiero ganarle —admite, con un encogimiento de hombros—. Así que, si me haces el favor y me ayudas a que pierda la apuesta, te doy el dinero.
—¿Cuánto es? —pregunta ella, inclinando la cabeza hacia adelante, más interesada que antes.
—Veinte dólares —dice Viktor—, pero te puedo dar cuarenta, los veinte míos, y así tienes algo para gastar en lo que sea que vayas a hacer con Caitlyn.
Vi hecha la cabeza hacia atrás, fijándose en el techo de la habitación. Toma un respiro, dándole vueltas a la idea. Es absurda y, sin embargo, la considera.
—También quería invitarte a la celebración que haremos el sábado —dice Viktor. Vi baja la mirada, encontrándose con sus ojos—. Ya sabes, con Jayce logramos que aprobaran nuestro proyecto de investigación. Es algo… bastante grande. No muchas personas logran algo así.
—Por favor dime que no será en la casa de los Kiramman —pide Vi, arqueando las cejas con pesar—. No creo que me dejen entrar ahí de todos modos.
—No, será en un bar.
—Pero en Piltover.
Viktor hace una mueca.
—Sí, en Piltover —afirma. Vi frunce el ceño—. Puedes invitar a tus hermanos, si eso te hace sentir más cómoda.
Vi toma otro respiro, más profundo.
—Puede ser —murmura. Mira sus zapatillas, arrastrándolas por el suelo de madera, y vuelve a alzar el rostro—. ¿Y quieres que ahí haga algo para convencer a Jayce de que salgo con Kiramman?
Viktor cambia su peso de pierna y entrecierra los ojos un segundo en su típica expresión de estar pensando algo.
—Sí y no.
Vi arquea una ceja.
—¿Cómo así?
Su amigo avanza otros pasos más hasta quedar a su altura, junto al marco de la puerta.
—Lo de la apuesta no es sólo que salgan. Como dije, es que sean pareja —dice Viktor. Vi, pasado un momento, asiente—. Eso significa que deben convencer a Jayce de que tienen algo serio.
—Y eso significa que no es algo de una noche, ¿no? ¿Quieres que hagamos como que empezamos a… tener algo el sábado, en tu celebración? —pregunta, rascándose la nuca.
Viktor hace un puchero y se encoge de hombros.
—La verdad, no había pensado en los detalles, pero suena como un buen plan —dice, con una leve sonrisa. Mira su reloj de muñeca y abre los ojos—. Bueno, debo irme, tengo un par de cosas que hacer.
Vi lo acompaña hasta la puerta y se la abre para que no tenga que complicarse entre sus libros y el bastón. Cuando está a punto de cruzar el umbral, el joven se detiene.
—Entonces, ¿aceptas? —pregunta, mirándola de lado.
Vi observa su rostro. Desde que lo conoce, se ve más demacrado. Sabe que parte de su investigación es para ayudar en la búsqueda de una cura para sí mismo, algo que contrarreste los efectos del tóxico ambiente en el que les tocó crecer, ya sea por destino o mala suerte. Ella, al menos, debe dar las gracias de no haber sufrido lo mismo.
Y, a pesar de todas las dificultades, como su maldita enfermedad o las pocas oportunidades, logró llegar a donde está: egresado de una prestigiosa universidad piltoviana y ahora ad portas de comenzar un importante proyecto junto con Talis.
Pero, lo que le parece más increíble es que sigue siendo el mismo Viktor. Pasar tanto tiempo arriba no lo ha cambiado. Quizás usa ropa más elegante y se mueve en círculos de personas que, honestamente, Vi no puede soportar escucharlas hablar demasiado tiempo sin bufar o rodar los ojos; pero… es el mismo Viktor. El Viktor dispuesto a tomarse el tiempo para darle tutorías gratis a Powder y ayudarla a entrar con beca completa a la misma universidad.
Vi nunca ha sido alguien de estudios. Apenas terminó la escuela y sólo para no darle el disgusto a Vander. Powder, sin embargo… No es capaz de pensar en su hermana sin que una oleada de orgullo infle su pecho. Es de las personas más inteligentes que conoce; la más inteligente de su edad, sin duda. Y merece estudiar lo que quiera. El dinero no puede ser un problema.
Por eso, está inmensamente agradecida de Viktor.
Viktor, quien le devuelve en ese momento la mirada con cierta esperanza en su expresión.
¿Cómo demonios decirle que no?
—¿Cuánto tiempo tiene que durar toda la situación? Y… ni puta idea de cómo pretendes convencer a Kiramman de hacer esto.
—No te preocupes por Caitlyn, creo que sé cómo hacerla aceptar. Tú déjame hablar con ella antes de que intentes nada. En cuanto al tiempo —dice con lentitud—, pues depende. En principio, dos meses, demostrando que son algo formal. En el mejor de los casos… —continúa, alzando los hombros—, para siempre, ¿por qué no?
Vi siente que su estómago da un vuelco.
—¿Qué mierda dices? —inquiere, levemente espantada.
Viktor se ríe con suavidad.
—Yo las… ¿cómo se dice? Ah, sí. —Vuelve a reírse—. Yo las shippeo.
Vi arquea ambas cejas con incredulidad y sonríe condescendientemente.
—¿Estás de broma? Ella me odia.
Viktor niega con la cabeza, divertido.
—Ella no te odia.
—Y yo la odio.
—No la odias.
—Y…
—¿Esto significa que aceptas? —la interrumpe él.
Vi suelta un suspiro.
—Uff, supongo que no tengo de otra, Vicky. Te debo el favor. Y un poco de dinero no me vendría mal, menos si es para cagarme al Talis ese.
Viktor vuelve a sacudir la cabeza, sonriendo.
—Ha sido un placer hacer negocios con usted, señorita Lanes. En cuanto hable con Caitlyn, te lo haré saber. Tú —titubea— haz lo que creas necesario, supongo. No necesito que me digas los detalles de tus planes. De hecho, creo que prefiero no saberlos —agrega medio burlón.
—Ya, flacucho, vete antes de que cambie de opinión —responde Vi, sin ocultar su sonrisa—. Cuídate.
—Nos vemos, Vi.
Al cerrar la puerta, apoya su espalda en ella y toma otro respiro profundo.
«¿En qué mierda te acabas de meter?», se recrimina internamente.
Llega temprano a propósito. Quedaron de almorzar los tres y reunirse en el departamento de Caitlyn. Es mejor momento como cualquier otro para tratar de hacerla considerar y aceptar participar de la propuesta que, espera, Vi le hará.
—¿Has sabido algo del cambio de carrera? —pregunta lo más casualmente que puede, sentado en el sofá y sujetando con ambas manos el bastón frente a él.
Caitlyn, quien se movía buscando sus cosas para salir, se detiene bruscamente.
—Sí —murmura, y lo mira de soslayo—. No le digas a Jayce, no es bueno guardando secretos, pero hoy me llegó el correo. Me han aceptado la transferencia. Son menos materias convalidadas de las que me hubiera gustado, pero —suspira— algo es algo, ¿no?
—Por supuesto —coincide con suavidad Viktor—. ¿Sabes cómo se lo dirás a tus padres? Supongo que aún no saben nada.
Caitlyn se deja caer en el sofá junto a él y comienza a jugar con sus dedos, nerviosa.
—No, y por suerte la universidad no necesita su permiso para nada. Gracias a Dios dejaron el dinero con el que pagan mi carrera a mi nombre, así tengo total poder sobre él —dijo, pasando sus manos por sus rodillas y levantando la vista, encontrándose con los ojos de Viktor—. No tengo idea como decírselos. Mi madre… ella… Dios, la voy a decepcionar tanto —murmuró, inclinándose y tapándose el rostro con las palmas.
Viktor se queda quieto, sin saber qué hacer exactamente. Nunca ha sido precisamente bueno consolando gente. Es mejor para dar consejos, supone.
—Podrías tratar de buscar algo que la… decepcione más, algo que la distraiga del hecho de que dejarás el derecho y ya no le parezca tan terrible, no comparado con este otro algo —dice calmadamente, posando torpemente una mano en el hombro de la joven.
Caitlyn mueve levemente su cabeza y se asoma uno de sus azules ojos entre su palma y el cabello suelto que cae por ambos lados de su rostro.
—¿Algo como qué? —pregunta, su voz levemente gangosa.
—No lo sé —dice Viktor, encogiéndose de hombros—. Algo lo suficientemente llamativo para que enfade a tus padres. Decirle que hiciste algo grave, como… —arrastra la palabra, fingiendo pensar— como salir con alguien que desaprobarían, por ejemplo.
Caitlyn levanta más la cabeza, esta vez mirando totalmente a Viktor.
—¿Salir con alguien que desaprobarían? ¿Alguien cómo quién? —inquiere con curiosidad.
No alcanza a responder, los golpes de Jayce llamando a la puerta, interrumpiéndolos.
Dos días después, durante la noche, le llega el mensaje.
Viktor
Ya hablé con ella.
Vi
que le digo
Viktor
Sólo que considere qué puede ganar fingiendo salir contigo.
Vi
????
Viktor
Hazme caso.
Sin intenciones de perder el tiempo, la espera al día siguiente en el baño del gimnasio. No se cuestiona por qué sabe a qué hora frecuenta Kiramman el lugar.
Con un chasquido, prende el encendedor. Protegiendo la llama de un viento inexistente con la palma de su mano, quema la punta del cigarrillo y aspira. Disfruta de la sensación del humo recorriendo su cuerpo hasta llegar a sus pulmones y exhala hacia una de las pequeñas ventanas altas del baño.
Pasados unos minutos en un pacífico silencio, escucha pasos acercarse y la puerta abrirse.
Los pasos se detienen bruscamente.
—¿Qué demonios estás haciendo?
Bingo.
Sin apenas moverse, dirige sus ojos a la mujer que acaba de entrar. Lleva su oscuro cabello recogido en un moño alto, algunos mechones enmarcando su rostro. Su camiseta de deporte y calzas son lo suficientemente ajustadas para acomodarse perfectamente a su cuerpo y dejar poco a la imaginación, mostrando su esbelta figura.
Siempre le ha molestado que sea tan alta.
—Pensé que eras inteligente, Kiramman —responde con una sonrisa de lado, dándole otra calada al cigarro y exhalando el humo hacia arriba—. ¿Qué crees que estoy haciendo?
Con el ceño fruncido, la joven se acerca a ella hasta estar a un metro.
—Está prohibido fumar en espacios cerrados, ¡mucho menos en el baño del gimnasio! ¿No pudiste elegir un lugar mejor?
Vi, soltando un resoplido, divertida, flexiona la rodilla, alzando un pie, y se inclina a un lado para presionar el cigarrillo a medio fumar contra la planta de su zapatilla, apagándolo.
—¿Feliz? —pregunta burlonamente, tirando el cigarrillo al cubo de basura.
—No, dejaste todo lleno de humo —dice la otra mujer, sus cejas aún muy juntas.
—Relájate —dice Vi, sabiendo que eso hará todo menos relajarla—. La verdad, vengo a ofrecerte un trato.
Kiramman, luego de un instante, arquea una ceja y la mira con desconfianza.
—¿Un trato? ¿Qué clase de trato?
Vi toma un respiro y suspira, preparándose para sonar muy absurda.
—Digamos que unas personas apostaron sobre si nosotras podríamos ser pareja —comienza, metiendo sus manos en los bolsillos de su chaqueta, y caminando hacia Kiramman. Hoy no está aquí para entrenar, de modo que no viste su ropa de deporte—. Y quien apostó que lo seríamos me ofreció dinero si logro que gane la apuesta.
Kiramman se cruza de brazos, arqueando ambas cejas con incredulidad.
—¿Me vas a pedir que te ayude en eso? ¿Fingir que estamos juntas? —inquiere con su tono de clase alta, el que Vi debería odiar, pero… no odia tanto—. ¿Por qué haría algo así?
Sacudiendo la cabeza y soltando un suave resoplido, Vi da un paso más cerca de la mujer.
—No lo sé —responde, encogiéndose levemente de hombros. Con una media sonrisa y mirándola a los ojos, recuerda el mensaje de Viktor—. ¿Hay algo que podrías ganar fingiendo salir conmigo?
Los segundos pasan y Vi se obliga a mantener el contacto visual, a no demostrar lo tonta que se siente preguntando eso. Pero luego, sorprendentemente, puede ver en esos ojos imposiblemente azules como Kiramman medita su pregunta.
La mujer alza la barbilla, en un movimiento que pretende ser intimidante, el que no cumple del todo su efecto por los dedos tamborileando contra sus antebrazos.
—¿Fingir salir contigo?
—Y ser una bonita pareja formal —agrega Vi, guiñándole un ojo.
—Nadie se va a creer que tú tienes una «pareja formal» —dice Kiramman con burla.
Vi sonríe con gusto.
—Soy buena actriz, princesa, no te preocupes.
Kiramman entrecierra los ojos y Vi podría jurar que por un milisegundo la mira de arriba abajo.
—¿Cuánto tiempo?
—Dos meses. Tiempo suficiente para convencer al mundo de que nuestra relación cambió —responde Vi con simpleza.
Y, quién lo diría, lo está pensando. ¿Qué mierda le dijo Viktor? ¿Qué gana Kiramman con toda esta situación? ¿Por qué de pronto le emociona fingir salir con ella?
Se guarda las dudas mientras observa a la mujer frente suyo deliberar. Vi suele saber leer correctamente a las personas, y sabe que aceptará antes de que se lo diga.
—Seguro estás enterada —Vi pasa junto a Kiramman, avanzando a la puerta—, pero el sábado Jayce y Viktor van a celebrar que…
—…les aprobaron los fondos, sí, ¿por qué? —la cortó ella, siguiéndola con la mirada.
—Ese es un buen lugar y momento para empezar con nuestro, eh, proyecto —explica Vi, deteniéndose bajo el marco de la puerta—. Ahí también podemos discutir cómo lo haremos.
De reojo, la ve asentir con la cabeza. Se dispone a salir y regresar a los suburbios cuando la voz de Kiramman la detiene.
—Fue Viktor, ¿no? El que te pidió que hicieras esto —dice, muy segura. Vi, evitando sus ojos y sólo se encoge de hombros—. Y él apostó con Jayce, ¿no?
Siente que su estómago se encoge.
Eso podría ser un problema. ¿Seguirá aceptando el trato cuando este es contra su amigo? No se le había ocurrido.
—Si fuera así —murmura Vi—, ¿sigo contando contigo?
La mujer suspira y, esbozando una pequeña sonrisa, ríe con suavidad.
—Sí, no pasa nada. Sólo estoy… conectando cosas, es todo —dice, bajando la vista a sus pies y luego alzándola, buscando el rostro de Vi.
—Bien —responde ella con alivio.
—Genial.
—Perfecto.
Se miran a los ojos. Con un último asentimiento, se despiden y Vi sale del gimnasio, sin creerse que lo ha hecho.
Va a fingir ser la novia de Caitlyn Kiramman por dinero.
A diferencia de Mylo y Claggor, ella no está emocionada por la fiesta. Está nerviosa. Se probó al menos tres atuendos antes de decidir qué usar, algo rarísimo en ella, y pasó una absurda cantidad de tiempo mirándose en el espejo, tratando de verse lo mejor posible. ¿Lo mejor posible para qué? ¿Para quién? Esas son preguntas que prefiere no responder.
Al llegar al local, un pequeño y exclusivo bar en el centro de Piltover, su corazón late tan rápido que teme que sus hermanos lo escuchen.
—Uf, Vi, debes invitarnos más seguido a las fiestas de tus amigos ricos —silba Mylo impresionado con una gran sonrisa en su rostro mientras entran al bar.
La iluminación púrpura ambienta el interior. Desde los parlantes en las esquinas del techo, suena música electrónica en el perfecto volumen para que se escuche sin estorbar las conversaciones. Al lado izquierdo, hay una barra atendida por dos barman, quienes preparan bebidas ágilmente.
Con una rápida ojeada, Vi encuentra a Viktor y, haciéndole una seña a sus hermanos para que la sigan, camina hacia él.
—¡Vi, llegaste! —exclama su amigo, levantándose para saludarla con unas palmaditas en el hombro. Hace lo mismo con Mylo y Claggor, y los invita a sentarse.
Aprovecha la incómoda situación de elegir asiento para asentir a Talis con los labios apretados y saludarlo con un movimiento de mano.
Por suerte, son pocos invitados. Si Vi tuviera que decir un número estimado, no más de diez personas además de ellos. Y, por supuesto, entre estas está ella, Caitlyn Kiramman. Da la casualidad de que se han sentado justo en las esquinas opuestas.
Debe solucionar eso.
Tratando de ser sutil, la observa fijamente pensando «mírame, mírame, mírame», como si pudiera enviarle el mensaje telepáticamente. Pocos instantes después, la mujer alza la vista y sus ojos azules están clavados en los suyos. Vi traga y hace un ademán con la cabeza hacia la barra.
Kiramman asiente, entendiendo el mensaje.
—Voy por algo de beber —dice Vi a sus hermanos, levantándose de su puesto—, ¿ustedes quieren algo?
Luego de tomar sus pedidos –dos cervezas, no muy sorprendente–, se aleja de la mesa y camina a la barra. Kiramman no tarda en seguirla, parándose a su lado.
—Hola —saluda la mujer—. Llegas tarde.
Vi rueda los ojos.
—Es una fiesta. No puedes llegar tarde —replica. Se recuerda que tienen un trato y que deben aprovechar ese momento para afinar los detalles—. ¿Has pensado algo sobre…?
—Sí —dice Kiramman, interrumpiéndola—. Creo que primero debemos poner límites.
—¿Límites?
Uno de los barman se acerca a ellas, cortando su conversación. Vi pide tres cervezas rubias, las más amargas que tengan, mientras que Caitlyn pregunta por algún cóctel dulce, sin gas. Cuando el barman les entrega sus bebidas, Vi mira con una ceja arqueada la copa alta y larga que recibe Kiramman. El líquido es un rojo rosáceo y puede oler el azúcar a pesar de estar a una distancia más que razonable.
—Me salió una carie de sólo ver esa cosa —comenta Vi con tono burlón.
Kiramman suelta un resoplido, aunque no suena molesta.
—No juzgues sin probar —responde, llevándose a la boca el sorbete.
Los labios de la mujer captan su atención y sus ojos se quedan fijos en ellos, rodeando el extremo del sorbete. Cuando toma un trago, se contraen y parecen hacer un pequeño puchero. Luego, sueltan el sorbete, dejándolo ir, y se estiran en una media sonrisa.
—Entonces, límites.
Vi parpadea y sube la mirada a los ojos de Kiramman, quien la observa con curiosidad. Traga y asiente.
—Sí, límites. ¿A qué te refieres con eso? —pregunta, sintiendo la boca seca.
—A qué estamos dispuestas a hacer y qué no durante los… ¿dijiste dos meses? —dice, apoyando el brazo en la barra y girándose totalmente a Vi, dándole la espalda a la mesa donde están Viktor, Talis y los demás.
—Bueno, puedes hablarme —bromea Vi.
—Lanes.
Vi se ríe entre dientes.
—No lo sé, ¿hay algo que no quieras hacer? —inquiere. Luego, piensa mejor la pregunta. Imitando la postura de Kiramman, se apoya en la barra y se inclina hacia la mujer—. ¿O algo que quieras hacer? —dice, bajando la voz y mirándola a los ojos.
Kiramman no se inmuta.
—De hecho, sí —responde, enderezándose y alejándose un tanto de Vi—. Quisiera que algún día cenáramos con mis padres.
Vi se queda sin palabras un momento.
—Vaya, princesa, ¿ya me quieres presentar a tus padres? No me has invitado ni a un café.
—Eso es lo otro, las citas —dice Kiramman—. He estado pensando qué podríamos hacer.
—Te escucho —dice Vi, sin poder contener una pequeña sonrisa.
—Bueno, la cena con mis padres es una. Es un gran paso presentar a los padres, así que sería de las últimas. Tal vez, después de un mes y algo de salir.
Vi asiente, algo encantada con la expresión de concentración de Kiramman. Sólo ha visto una expresión similar las veces, pocas veces que ha presenciado sus partidas de videojuegos.
—Me parece bien.
—En cuanto a las primeras, deben ser casuales —continúa Kiramman, jugando con el sorbete y revolviendo su bebida—. Salir a tomar un helado, almorzar en algún local de comida rápida. También ir a ver películas o salir a pasear por algún lugar.
—Estás pensando en cosas que podemos hacer en público —comenta Vi, entendiendo lo que la mujer pretende.
—Exacto. Así, como has dicho, vamos a demostrar el «cambio» de nuestra relación —dice ella—. Si queremos que Jayce y el resto se crea que te asentaste con una persona y que yo salgo contigo, deben…
—…vernos juntas muchas veces —completa Vi, asintiendo para sí, impresionada—. Buen plan.
—Y… —Kiramman titubea— creo que también debería conocer a tu familia.
Vi se congela. No es que tenga problemas con que Kiramman conozca a su familia, no realmente. Pero eso significa que ¿iría a su casa? ¿Conocería donde vive, donde trabaja?
—Por eso dije lo de los límites —se apresura a añadir Kiramman—. Si hay algo que no quieras…
—Está bien —la corta Vi—. Está bien —repite—, puedes conocer al resto de mi familia —dice, señalando con la cabeza hacia la mesa. La mujer mira por sobre su hombro hacia atrás, donde Mylo y Claggor ríen junto a los demás—. Pero, te advierto, princesa —sigue Vi, volviendo a su tono burlón—, tendrás que bajar para conocerlos.
Kiramman se vuelve a ella, sus cejas arqueadas.
—Eso no será problema —le asegura, sujetando su copa y tomando otro sorbo.
—¿Vas a mandarme también un guion para aprenderme mis líneas? —pregunta Vi, agarrando los tres chops de cerveza con ambas manos.
—Por supuesto. Y espero que te las aprendas bien —le sigue el juego Kiramman. Vi, a pesar de sí misma, sonríe—. Aún no me has dicho lo de los límites —dice entonces, su tono más serio.
—Insisto que no sé a qué te refieres exactamente con eso —responde Vi con sinceridad.
—Como tomarnos de las manos, abrazarnos, ese tipo de interacciones —dice algo tímida, rehuyendo sus ojos.
Vi se encoge de hombros.
—Pues, eh, sí, supongo —dice con simpleza.
Pero Kiramman sigue sin verse conforme.
—Y, ah, ¿besarnos?
La mujer se muerde el labio y, oh, oh, esto no es bueno. ¿Cómo no se le había ocurrido pensar en eso? Vi siente cómo sus mejillas se calientan. Espera que la iluminación púrpura esté de su lado y no deje que este detalle se note.
Baja un instante la vista a la boca de Kiramman. Rápidamente la sube a sus ojos, los que no la miran.
—Sí, claro —responde, tragando—. Si no tienes problema con ello —agrega enseguida.
Kiramman sacude la cabeza y parpadea, volviendo a tener una expresión más calmada.
—Probablemente debas llevar eso —dice, echando una ojeada a los chops en las manos de Vi.
Había olvidado que se ofreció a llevarle las cervezas a Mylo y Claggor.
—Cierto. Pero, ah —titubea, pensando cómo formular su preocupación—, esto queda sólo entre nosotras, ¿no? ¿No le dirás a nadie sobre… lo de fingir?
Kiramman esboza una pequeña sonrisa.
—No —le dice con suavidad—. A mí tampoco me conviene que se sepa que es falso, así que no te preocupes.
—Está bien, genial —murmura Vi.
Se alejan de la barra y comienzan a caminar hacia la mesa. Dado que Kiramman está unos pasos adelante, Vi se da el lujo de observarla con más detenimiento. Su cabello, oscuro y brillante, lo lleva suelto, y se mece suavemente sobre sus hombros. Viste una blusa azul oscura, metida dentro de unos pantalones de tela altos negros. Sus zapatos, también negros, son planos y simples. Por suerte, no lleva tacos. A Vi ya le cuesta soportar los centímetros de diferencia sin la ayuda extra.
Kiramman, cuando están llegando a la mesa, disminuye la velocidad y se gira levemente hacia Vi. Vi alcanza a apartar la mirada y fingir que no la estaba observando.
—Sígueme la corriente esta noche —le susurra Kiramman—. Así parecerá que hoy es cuando empezamos a llevarnos mejor.
El resto de la fiesta transcurre más gratamente de lo que Vi había anticipado. Para su suerte, Claggor se ofrece ser el conductor designado y, después de un chop de cerveza que seguramente no hizo nada, se contenta con agua. Tanto ella como Mylo aprovechan la oportunidad y festejan hasta sentir el efecto del alcohol, relajándolos.
Haciéndole caso a Kiramman, intenta seguirle el juego. Dado que la gente se levanta constantemente a buscar bebidas o ir al baño o salir a fumar afuera, pueden ir cambiándose de puesto. Al final de la noche, se encuentran sentadas una al lado de la otra.
Resulta extrañamente agradable sentir el muslo de Kiramman contra el suyo. Nunca antes se habían tocado, no realmente. Ahora, sus piernas y brazos se rozan debido a la cercanía. La mujer le habla de cualquier cosa y Vi intenta no perderse palabra.
Kiramman le ofrece probar del cóctel número Dios-sabrá-cuál, azul brillante. Vi se inclina y toma un trago con el mismo sorbete que ha usado la mujer. Es entonces cuando cruza miradas con Talis, quien las observa como si no pudiera creerse lo que ocurre.
Vi sonríe para sí.
Todo esto vale la pena por esa sola expresión de Talis.
El cálido contacto de Kiramman no tiene absolutamente nada que ver.
