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estrella fugaz en la noche

Summary:

「Te conozco de siempre,
llegaste hace un rato. 」

1134,5 km. Separación física de corazones que solían estar unidos cuando se encontraban en el medio. En una ciudad que guardaba secretos y muchos, muchos, recuerdos. Madrid. Esa ciudad que callaba y gritaba amor a la vez. Esa ciudad llena de notas y de acordes que ahora duermen. Esa ciudad que conoció caricias y promesas que ahora están olvidadas.

Notes:

Escribí esto hace años, cuando vi a Miriam en el sofá haciendo un mash-up perfecto de Andres Suárez, "Vuelve/Voy a volver a quererte". Sin Mireya en la Academia y un poco más sola sin su alma gemela.

Work Text:

1134,5 km. Separación física de corazones que solían estar unidos cuando se encontraban en el medio. En una ciudad que guardaba secretos y muchos, muchos, recuerdos. Madrid. Esa ciudad que callaba y gritaba amor a la vez. Esa ciudad llena de notas y de acordes que ahora duermen. Esa ciudad que conoció caricias y promesas que ahora están olvidadas. Esa ciudad que ahora vive algo más tranquila pero que un color azul tiñe sus calles, incluso en las noches, por mucho que una estrella fugaz iluminase los edificios.

 

Por primera vez en años desde que la rubia se graduó, pisó Madrid. Guitarra en mano. Persiguiendo un sueño y con miedo, mucho miedo. Miedo de encontrarse con fantasmas del pasado y que la inundasen recuerdos que quería que permanecieran en los sitios de esa ciudad donde se vivieron. En discotecas, en parques, en restaurantes, en la Universidad, en habitaciones, en su cama... Tenía muchísimo miedo. Y no podía evitarlo. Sobre todo, cuando cruzaba cada esquina y la veía. Había dejado Madrid para volver a su pueblo por alguna razón, para seguir trabajando de algo que no la llenaba, menos los fines de semana, cuando aprovechaba para viajar a alguna ciudad de la península para seguir con sus bolos. Con su música. Lo único que la llenaba hoy en día.

 

Había llegado a la fiesta de su mejor amigo, quién vivía en pleno centro de Madrid con su novio. Le encantaba pasar tiempo con él. Lo que no le gustaba tanto era la idea de que podía verla en cualquier momento. El volver a verla provocaba millones de sensaciones diferentes en su pecho, lo peor es que no podría describirlas. Agoney quería que tocara en su fiesta, no sólo que disfrutara de ella, sino que diera ese toque íntimo que el chico quería para anunciar su compromiso. Porque sí, se casaban, y el mero pensamiento de boda le daba pereza. No era su culpa que hubiese dejado de creer en algo que antaño le daba la vida. Y que se la habían arrebatado como quién elimina una simple foto de su móvil, cuya importancia dejó de valer. Pero se alegraba por ellos. Por sus amigos. Por quienes llevaban juntos desde hace 7 años y no se arrepentían de nada. Algo que Miriam no podía decir.

 

Porque Miriam Rodríguez mantuvo una relación con quien considera aún el amor de su vida durante 5 largos años antes de que ambas abandonaran Madrid para volver a su tierra y la distancia se convirtiera en una realidad. Junto a miles de discusiones, la mayoría sin sentido, hasta que ambas se dieron cuenta y de una discusión se hizo un mundo y cada una acabó en una punta del país, sin hablarse durante más de una semana y lo peor de todo, sin echarse de menos. Ahí supieron que lo suyo había llegado a un final que se escribió solo.

 

Uno que Miriam no quiso escribir, ni quiso componer, ni quiso ser consciente de aquello hasta que un día cualquiera por la tarde, tirada en su cama y tocando algunos acordes aleatorios de su guitarra, se derrumbó. Dejó que las lágrimas inundasen sus ojos y cayesen libremente por sus mejillas. En ese mismo punto se dio cuenta de que la echaba de menos. De que quería que volviese. Que estaba sola. Que vivía sola. Que las noches sin ella le daban miedo y que seguía queriéndola, aunque fuese algo raro.

 

Los primeros meses fueron algo parecido a una tortura. Cada vez que cerraba los ojos veía la figura de una chica de pelo rubio, la sonrisa de la que se enamoró con tan sólo 18 años presente en sus labios y los pequeños hoyuelos formándose en sus mejillas, las que no quería dejar de besar porque era demasiado achuchable. Pero acababa como siempre, perdida en un océano azul inmenso con el brillo reflejando la calma que invadía sus ojos, cuyo oleaje era inexistente.

Igual de inexistente que el latido de su corazón. Porque así se sentía cuando abría los ojos, como que no existía.

 

Por eso cuando pisó de nuevo Madrid, escuchó el latido de éste de nuevo. Escuchó como seguía vivo en el mismo barrio que abandonó hace un par de años. De alguna forma se sentía mejor al saber que una parte suya seguía viva. Por mucho que lo hubiese abandonado como quien deja un trozo de tela perdido en la montaña. A lo mejor por eso, pudo sentir el pequeño atisbo de esperanza. Aunque sabía que estaba en Málaga. Que se quedó allí a vivir y que seguramente ahora viviría con su nueva pareja, quién sabe si incluso tenía un anillo ya puesto.

 

—Amiga, deja de pensar en cosas que te duelen.

 

Dejó de tocar los acordes de su guitarra en cuanto escuchó a Agoney asomarse al salón, donde ella estaba tumbada, mirando al techo y tocando... ni siquiera sabía que estaba tocando. Giró su mirada para encontrarse con su figura apoyada en el marco de la puerta que daba a la cocina. Mirándola con la misma mirada que decía lo mismo de siempre. De hecho, le paró antes de que tuviera la oportunidad de abrir la boca.

 

—No voy a hacerlo. No pienso llamarla.

 

—Sabes que ya está aquí, ¿verdad?

 

Creía que jamás en su vida se había levantado tan de golpe de un sofá. ¿Cómo? ¿Qué estaba aquí? ¿Pero por qué? Frunció el ceño y abrió la boca para hablar, pero enseguida la cerró, no tenía nada qué decir. Tan sólo quería irse. Volver a su pueblo. ¿Por qué salí de allí desde un principio? Cerró los ojos y suspiró, pasando la mano por su pelo y negando con la cabeza.

 

—Es la mejor amiga de Raoul, Miriam. ¿Qué te esperabas? ¿Qué no viniera a la fiesta de compromiso de su mejor amigo? Sabía que sí te lo decía no ibas a venir... —Agoney cruzó la habitación y fue hasta ella, colocando ambas manos en sus brazos, acariciándolos para tranquilizar los nervios que de la nada inundaron su cuerpo igual que las ganas de llorar.— Enfádate conmigo si quieres, grítame todo lo que quieras, pero Raoul tiene derecho a que su mejor amiga esté aquí igual que yo. Así que, por favor, no te vayas.

 

—¿Cómo voy a mirarle a la cara, Ago? ¿Qué se supone que tengo qué hacer? La última vez que hablé con ella fue para gritarle que no éramos nada.

 

—Y creo que te has torturado lo suficiente en dos años y medio como para seguir pensando en ello. Miriam... te han ofrecido quedarte en Madrid para vivir tu sueño y lo has rechazado porque te duele pisar esta ciudad.

 

—Me duele porque aquí viví los mejores años de mi vida antes de volver a un lugar al que creía que pertenecía y la distancia hizo que se jodiera todo. Yo misma hice que se jodiera todo por no irme con ella cuando me lo propuso. No puedo vivir aquí cuando fui tan feliz, Agoney. Simplemente no puedo.

 

—Te lo han vuelto a pedir, ¿verdad?

 

Bajó la mirada y tensó la mandíbula. Cerró los ojos por un segundo y asintió sin decir nada más. Llevaban años interesados en ella, en su música, en vender su faceta de cantautora y aún así se negaba porque uno de los requisitos del contrato era vivir en Madrid. Y no quería. No quería porque sabía que podía cruzarse con ella por las calles de la capital. Porque seguía siendo de las modelos más reconocidas del país y por mucho que viviese en Málaga, se pasaba la vida en Madrid. En pasarelas, en sesiones de fotos. Cruzarse con ella por la calle sería cuestión de tiempo. Acabaría pasando.

 

—Hazlo por ti. Piensa en ti por una vez en tu vida. Deja de pensar en lo que podría pasar y piensa de una puta vez en ti. Es la oportunidad de tu vida. Tus canciones son increíbles, tienes gente que te apoya y que te quiere a tu lado. Olvídala de una puta vez. Se fue. No está. Coincidirás un par de veces con ella, sí. Hoy y el día de la boda. Pero ya está. —Negó con la cabeza y Agoney suspiró, perdiendo un poco la paciencia con la chica, entonces hizo que le mirase de una vez, con una mano en su barbilla.

 

—No es tan fácil.

 

—Y si no quieres porque sigues enamorada de ella, lucha. Viene sin acompañante, Miriam. Está soltera. No pisa Madrid por alguna razón, piénsalo...

 

Le miró a los ojos y en ese momento supo que no lo decía por decir. Aún así no pudo evitar quedarse algo congelada. No sabía qué hacer, estaba confundida. Y por su culpa, por su maldita culpa, notó su corazón latiendo de nuevo en algún lugar perdido de Madrid.

 


 

No había aparecido aún. Y si lo había hecho, Miriam aún no la había visto. De hecho, ya había cantado parte de sus canciones y alguna que otra que Agoney le había pedido. Mentiría si dijera que no estaba en tensión por si en algún momento la veía. Había terminado de cantar "Manos Vacías", su propia versión acústica de la canción, en honor a Raoul y Ago, mirándolos con una sonrisa en la cara porque sabía que era su canción ya que fue cuando aceptaron por fin lo que sentían el uno por el otro tras cantarla una noche cualquiera en el karaoke al que solían salir cuando iban a la Universidad. Ambos chicos compartieron un beso delante de todos y seguidamente anunciaron su compromiso para que todo el mundo se enterase. Miriam aplaudió junto al resto de invitados antes de colocar bien el micro y bajar del pequeño escenario que Agoney había puesto para ella.

 

—¡Rubia! ¡Eh! ¿Dónde te crees qué vas? —Preguntó Agoney apareciendo entre la multitud, parando a Miriam y sus pasos, guitarra en la espalda, dispuesta a coger una bebida y disfrutar de la fiesta como una más y no cómo una chica que había contratado para que cantase.— Tienes que cantar tu última canción, porfa. La última y te dejo disfrutar, de verdad.

 

—Ago, la has escuchado, no es la canción perfecta para este tipo de fiestas. Y lo sabes.

 

—Pero queremos que la cantes. Por favor.

 

Suspiró y acabó por aceptar su petición tras ver la cara de cachorrillo perdido que tenía para intentar convencerla. Sabía que sería... algo duro cantar algo tan suyo. Tan personal. Y más cuando sólo recordaba y añoraba al cantar aquellos versos propios. Acabó aceptando por él, porque al fin y al cabo era su fiesta. No podía simplemente negarse. Así que volvió con su guitarra a ese lugar en el que pertenecía, sobre un escenario, fuese pequeño e íntimo con apenas 50 personas delante suyo o fuese grande como... tener a 17.000 personas delante coreando sus temas. Algún día, Miriam... algún día.

 

Cogió aire de nuevo, encendiendo el micrófono y tomándose su tiempo para prepararse. Al fin y al cabo, era la canción más dura de todas. Ni siquiera sabía por qué quería Agoney que cantara algo así a no ser que estuviese cansado y quería que la rubia deprimiera a todo el mundo con sus canciones, tanto como para querer irse a llorar a sus casas. Tocó unos cuantos acordes y acercó su boca al micrófono, queriendo decir unas palabras antes de cantar.

 

—Bueno... Aquí el anfitrión me ha pedido que cante una más y ha decidido que sea mi última canción. No sé si... es la canción adecuada para una celebración tan feliz. De hecho, ni siquiera sé por qué quiere que cante esta en concreto, pero, antes de empezar, quiero que sintáis lo mismo que siento yo cuando la canto. Todos hemos perdido a alguien importante alguna vez en nuestra vida. En mi caso, dejé escapar al amor de mi vida hace muchos años y... como buena cantautora que soy salió lo que os voy a contar cuando me di cuenta de que no estaba superado. Así que... espero que la disfrutéis.

 

Miriam empezó a tocar la guitarra como si la estuviera acariciando, sintiendo los acordes muy dentro suyo, esa composición que era suya propia, cuya melodía era como una espina y cuya letra, junto a sus notas, hacían que los oyentes conociesen un poco más de ella. Cerró los ojos por un momento, imaginándose que estaba sola, aunque sólo se escuchaba silencio. Sobre todo, cuando las primeras palabras salieron de su boca, como si fuera un susurro.

 

Vuelve que te estoy confundiendo con las flores

que adornan los defectos de las casas...

Donde aún hablo de ti.

 

Abrió los ojos de nuevo y se fijó en sus dos amigos, los mismos que se casaban en cuestión de meses, quienes ahora estaban abrazados escuchando a la rubia cantar y desahogarse, sobre todo desahogarse.

 

Flores... Lo que daría por volver a regalar las rosas, moradas, aquellas que escondían el significado de eternidad, que decoraban su balcón en Málaga cuando la sorprendía de la floristería días cuyo significado era inexistente. Lo hacía porque quería. Porque vivía por la sonrisa que se formaba en esos labios que tanto echaba de menos. Porque adoraba hablar de ella y de la suerte que tenía por compartir su vida con una persona tan especial como lo era ella. Porque hablar de la malagueña era como perderse en una canción sin título. Sin duración. Perderse en instrumental y perderse en melodías. Melodías que al final acababan componiendo su nombre y su vida.

 

Vuelve y vuélvete a reír mientras bailamos,

y riégame el jardín que ya no llueve.

Mañana hay una fiesta y me ha invitado

el ron a hacerme daño,

a hablarle a otras mujeres

del cielo de tus labios.

 

Sus labios. Los mismos que se entreabrían cuando su pulgar rozaba su labio inferior, delineando su comisura, dibujando con sus dedos la forma de su boca, la misma que solía besar día tras día, hora tras hora, sin excusas de por medio. Ni siquiera la risa que escapaba de sus labios cuando bailaban haciendo el idiota frenaba sus ganas de hacerle ver lo mucho que la quería. Cuando estaban juntas todo era así, todo giraba alrededor de ellas. No. Mejor aún. Ellas giraban y su alrededor dejaba de existir. Frenaban el tiempo cuando las agujas del reloj tocaban las doce en punto. Su cuerpo contra el suyo. Su boca en la suya.

 

Joder. Cómo echaba de menos perderse en ella.

 

Y no en el ron que estaba esperándola en la mesa del salón junto a... la morena que no dejaba de verla, por alguna razón. Se conocía de sobras y sabía que si bebía de más aquella noche acabaría hablando de ella y del cielo de sus labios, de lo mucho que ansiaba volver a rozarlos de nuevo con los suyos y perderse en la suavidad de su oleaje. Centrarse en su calma. Surfear sobre ellos cuando alcanzase la ola más alta. Desequilibrarse. Caer. Y volver a levantarse.

 

Perderse.

 

Enamorarse.

 

Ahora que vivo sola me crecen tus enanos.

Me dan miedo las noches.

Te quiero, pero es raro.

 

Cerró los ojos por un momento, recordando las noches oscuras de los primeros días. Cuando se despertaba y lo primero que veía era la pared su habitación y no el rostro de la rubia. Se había acostumbrado a despertarse minutos antes de que lo hiciera el despertador y verla dormir, calmada, abrazada a su almohada cuando no se abrazaba a ella y acababa hundida en su pecho. Por eso, la primera noche sola, tenía miedo. Se sentía extraña. Su piel anhelaba la otra. Incluso podía sentir sus caricias de las veces que su tacto formaron huellas en su cuerpo. Las mismas que pensaba que eran permanentes y acabaron borrándose con el paso del tiempo.

 

Llegó hasta tal punto de... de sentirse invisible. De querer ser invisible a ojos de los demás. Vivía atormentada, vivía con miedo. Ese temor por no poder sentir lo mismo. A olvidar lo que era enamorarse de alguien y percibir la magia que transmitía. Quería ser invisible para que su familia y sus amigos dejasen de verla así. Para que pudiese sufrir en silencio.

 

La quería. Estaba enamorada de ella. Lo peor es que ella misma se sentía rara por hacerlo, ya que no podía dejar de sentirse culpable por la forma en la que todo se acabó. Era pensar que podía seguir con ella si no hubiese sido tan cabezota y las lágrimas inundaban sus ojos...

A lo mejor por eso vio algo borroso y su voz salió algo quebrada por un segundo.

 

Te conozco de siempre y llegaste hace un rato.

 

Cuando abrió los ojos no supo qué hacer. Se quedó congelada en ese mismo escenario, guitarra en mano, aún siendo capaz de tocar esos acordes que transmitían cada nota guardada dentro de ella. La gente se lo tomaba como una simple pausa. Para Miriam era completamente diferente. Sus labios ligeramente entreabiertos, de alguna forma las palabras querían salir, pero su cuerpo no dejaba que escapasen.

 

Estaba perdida.

 

Y de nuevo, tenía miedo.

 

Porque había caído en el azul de sus ojos después de dos años y medio sin perderse en la costa. Había caído en su nariz. Había caído en sus labios ligeramente entreabiertos. Había caído en el camino dorado de su cabello. Le había crecido, de hecho, estaba tan largo que las ondulaciones caían por su hombro derecho, dejando el izquierdo al descubierto. Dejándole ver su piel al descubierto. Entonces se fijó en sí en ella, en su expresión de sorpresa y en como después tragó saliva para elevar su mirada y seguir mirando su actuación como si fuera una más. Tenía miedo de creer que las lágrimas que estaba viendo inundar sus ojos fuesen producto de su imaginación y que no estuviese sucediendo de verdad.

 

Tenía muchísimo miedo de que ver a Mireya de nuevo estuviese siendo un sueño.

 

Pero estaba ahí. Delante suyo. Bueno, en la última fila, cerca de la puerta y con una copa en la mano. Respiró profundamente y cerró los ojos por un momento, retomando los acordes de la guitarra antes de dejar que su voz inundase la habitación de nuevo.

 

Nieve, te cambio por tu ausencia en los lavabos

Me cuido menos, debería dejarlo

Como tú me dejaste...

 

Era cierto. Se cuidaba menos. Había dejado de preocuparse por muchísimas cosas y una de ellas era su vida. Si no fuera ese el caso, a estas alturas de su vida, estaría en Madrid trabajando en su música y triunfando. Con un futuro brillante por delante o incluso ya teniéndolo. O algo muchísimo peor. Esa frase le recordaba a cuando Agoney la encontró borracha en su casa, botella de alcohol en mano, ni siquiera se acordaba de qué era exactamente porque estaba lo suficientemente destrozada como para que le importase lo que estuviese bebiendo en ese mismo momento. Podía ser lejía que le daba absolutamente igual.

Recordaba la sensación de volver a su piso en Madrid para terminar de recoger sus cosas para la mudanza y encontrarse los armarios de la rubia vacíos. Ni siquiera estaban sus tacones. Se había ido. Sin decirle nada. No quedaba ningún rastro de ella en esa casa en la que tanto habían vivido. Una pequeña lágrima se deslizó por su mejilla en cuanto recordó aquel momento, cerrando los ojos por un segundo para intentar recuperarse y seguir con lo que estaba haciendo. Si había algo que sí era cierto era todo lo que sentía y seguía sintiendo incluso dos años y medio más tarde.

 

Lo que no lo era, era la última línea de su canción. No fue ella quien la dejó. Más bien fue todo lo contrario, eso ya lo sabía. Pero sentía su ausencia como quién sentía el pulso de uno propio con solo dos dedos en la muñeca. Pero lo que Mireya si dejó fue su rastro y su esencia en ella. Su tacto en su piel y sus manías en su cabeza. Dejó todo tras ella cuando se fue dejando a la rubia que hiciese lo que quisiera con aquello.

 

Puedes quedarte con la playa y los abrazos. 

Te lo llevaste todo, yo hago barcos y miro a la ventana. 

Puede ser que vuelvas otra vez y hagamos Navidad 

Y te roce la piel una estrella fugaz.

 

Podía quedarse con todo lo que quisiera. Con los viajes al sur con su familia, con sus escapadas algunas noches a la cala favorita de la malagueña dónde sus cuerpos se perdían en la calma del oleaje, en aquel mar que tantos secretos guardaba. Podía quedarse con los abrazos en los momentos más duros, en los más felices y en aquellos que se daban simplemente porque querían sentirse protegidas. Podía llevarse todo lo que había a su alrededor porque no se daría ni cuenta, ella ya se lo llevó todo hace tiempo. Dejando un vacío insustituible detrás y una oscuridad con un pequeño candil en el centro, pero sin aceite suficiente como para lograr que se encendiese.

 

Sí que había momentos en los que Miriam decía que podía volver. Que podía reencontrarse con ella y empezar de nuevo en su época favorita del año, bueno, y en la de la rubia también. Cada Navidad a su lado era como la definían los anuncios más pastelosos de la televisión; Algo nuevo que descubrir y algo mágico. La magia inundaba el lugar cuando el mejor regalo llegaba en forma de beso un 31 de diciembre a las doce de la noche mientras una estrella fugaz pasaba por las constelaciones más preciosas de una noche estrellada y ambas aprovechaban para pedir el mismo deseo.

 

A lo mejor el error de ambas fue decirlo en voz alta y provocar que no se hiciese realidad.

 

Ayer te pude ver. 

Creo que eras más feliz.

Me dio por recordar...

 

Una puesta de sol en Galicia, 

El flamenco y tu ropa en el coche, 

La cadera sudando sin prisa, 

Otra estrella fugada en la noche. 

Cuídate, nos debemos la vida. 

Vuelve pronto y se fue con las flores.

 

Se cruzó con ella una noche. No fue en Madrid, fue en Galicia. Miriam andaba tranquila con su hermano por las calles del centro de A Coruña en cuanto la rubia pasó por su lado de la mano de un chico, riendo y pasándose una mano por el pelo. No la había visto. Ni se había fijado en ella. Y Miriam en ese momento pudo jurar que su corazón se rompió en mil pedazos. La veía feliz. Sonriendo como solía hacerlo con ella y en brazos de otro.

 

Le bastó un segundo para recordar todo lo que había vivido con ella en tantos años de relación. Recordó besos mientras miraban la puesta de sol en uno de sus lugares favoritos de su pueblo mientras la abrazaba fuerte para que no tuviese frío en pleno invierno. Recordó coger el coche para conducir horas y horas por la autopista y carreteras hasta llegar al pueblo de la malagueña, viajes dónde a veces ella se arrancaba a cantarle algo. Aunque no lo quería reconocer, Miriam sabía que Mireya podía triunfar como cantante si quisiera. Tenía una voz maravillosa. Recordaba parar alguna que otra vez para repartir besos por su cuerpo en un motel de carretera. Eran dos idiotas enamoradas sin control alguno sobre sus actos. Les daba igual las consecuencias, tan sólo querían vivir la vida. Vivirla con la otra.

 

Miriam recordó tanto y olvidó poco. Pero en vez de decirle algo como su hermano insistió en que hiciese, simplemente negó con la cabeza, desviando la mirada de sus pasos para seguir con su camino, deseando que le fuese bien en la vida y que se cuidara. Las ganas de que volviese sólo se convirtieron en otra huida y con otras flores, ya desconocidas para la gallega, mientras otra estrella fugaz cruzaba el cielo nocturno.

 

Sólo que esa vez no pidió ningún deseo.

 

Te juraré una vida nueva.

Te llevaré volando a Cádiz.

Sabrás decir que sí.

 

Había fijado de nuevo su mirada en ella mientras cantaba. Porque ya no lloraba sus penas como había hecho previamente, simplemente cantaba de sus ganas de volver a vivir de nuevo todo con ella. En una nueva etapa. Haciendo todo lo que no hicieron en su día. Quería volver a jurarse todo el amor del mundo, el que llevaba guardado durante años únicamente para entregarlo a la persona que mas quería en el mundo. La que tenía delante en ese mismo momento y a la que le estaba cantando la canción que más miedo tenía de que escuchara por su posible reacción.

 

Y en cuanto vio una lágrima caer por su mejilla y a Mireya quitándosela de golpe para que no se diese cuenta, quiso ser ella la que lo hiciera, justo antes de cogerla e irse volando a Cádiz como tantas veces habían dicho y tantas veces que la rubia se negaba a ir porque siempre llegaba en los momentos menos indicados. Pero Miriam sentía que esa vez tenían todo el tiempo del mundo y quería llevarla a Cádiz, a Córdoba, a León, a Barcelona, a cualquier sitio de ese país e incluso cruzar fronteras para que el resto de los países conocieran lo que la gallega sentía por ella.

 

Me harás un puzle con dos piezas 

De ropa inundando la almohada 

Luego te haré reír. 

Háblame, volvamos a escribirnos con los pies.

 

Una media sonrisa se instaló en sus labios mientras cerraba los ojos por el significado de aquellas líneas. Echaba muchísimo de menos las noches eternas a su lado, donde se hablaban y se escribían de todas las formas posibles menos verbalmente. Adoraba su lenguaje corporal. Adoraba perderse en su cuerpo para resolver todos los acertijos que la rubia le ofrecía. Adoraba saber el resultado y perderse en ella, disimulando, hasta acertarlo contra sus labios en un quejido. Adoraba los momentos previos, con sus dedos rozando sus costillas, arrancando una risa de la malagueña porque sabía dónde tocar para hacerle cosquillas. Adoraba arrancarle una sonrisa de sus labios y escucharla reír. Adoraba volver a quererla de la única forma que ella sabía.

 

Y justo en ese momento, adoraba la sonrisa en los labios de Mireya al escucharla cantar aquellos versos.

 

Llegarás tarde, quizá colocada, 

Hablaremos de todo, nos reiremos por nada, 

Sabré besarte esta vez. 

Y al llegar al parque habrá un cometa loco 

Y un sostén volando.

 

Recordaba esas fiestas donde ambas perdían el control y acababan ebrias, en los brazos de la otra, hablando de cualquier tontería que se les cruzara por la cabeza y riendo por nada o por cosas sin sentido. Le encantaban esas noches. Eran esos pequeños momentos en los que su amor parecía estar hecho única y expresamente para ellas. Donde sus besos eran muy torpes por culpa del estado en el que se encontraban y que al día siguiente a Miriam le daba vergüenza admitir y siempre prometía que en la próxima fiesta sabría besarla.

 

Una pequeña risa escapó de su boca en cuanto recordó la vez en la que la rubia tiró su sujetador en mitad del parque, sin razón alguna, simplemente porque estaba incómoda —y posiblemente algo borracha—. El mero recuerdo cruzando su mente la hizo sonreír nostálgica porque ese mismo sujetador lo vio al día siguiente en la rama de un árbol al lado de un cometa perdido.

 

Voy a volver a quererte, 

Voy a llenarte de notas, voy a dejarte tranquila, 

Mi vida ahora duerme. 

Voy a volver a esperarte, aunque no vuelvas del todo, 

Voy a rogarte hasta que otro llene tu cuarto menguante. 

Voy a volver a quererte, voy a robarte hasta el alba.

 

No tenía duda alguna de ello. Iba a quererla siempre. Pasase lo que pasase, Mireya tenía una parte suya que jamás recuperaría. Por eso seguiría escribiéndole notas que jamás le llegarían. Componiendo canciones que jamás escucharía. Iba a llenarla de melodías y canciones que en vez de ser suyas, pasaban a ser de las dos. Porque la inspiración llegaba en forma de tacones resonando por la habitación y en acento malagueño. Su inspiración tenía nombre y apellidos. También tenía ciudad. Pero sobre todo tenía otra melodía, la que la rubia iba viviendo mientras la vida de Miriam dormía, esperándola.

 

Sabía que una parte de ella siempre la esperaría porque si había algo que ella tenía claro es que no tenía fecha de caducidad. Incluso si no llegaba a volver del todo como ella quería, por mucho que le rogase, por mucho que la viese feliz en brazos de otra persona, quien se encargaría de llenar su nueva habitación de recuerdos nuevos, sustituyendo los suyos y haciendo feliz a esa chica que tanto había aportado a su vida. Quería quererla de nuevo, demostrárselo, hacerla sentir todo lo que Miriam estaba sintiendo en ese mismo momento y todo lo que se llevaba guardando año tras año sin ella. Quería conseguirle todo. Cada puesta de sol perdida, cada estrella fugaz perdida en la noche. Cada deseo que no se hizo realidad.

 

Voy a dejarte indicada la estrella nuestra de siempre.

 

Cantó muy dulce, sus ojos cerrados a la vez que tocaba los últimos acordes de su canción. Las cuerdas de su guitarra suaves bajo sus dedos. No sabía si su estrella seguía dormida, esperando a que por fin tuviese el valor de enfrentarse a la chica y hablarle. Pero por si acaso, quería indicarle dónde estaba porque, aunque estuviese dormida y algo apagada, tenía claro que no había desaparecido y que seguía ahí, esperando a que la luz vuelva, y el amor también.

 

Miriam suspiró en cuanto terminó de tocar, abriendo los ojos para encontrarse con la nada. No estaba. Se había ido. Dio un simple "gracias" a los aplausos recibidos y bajó del escenario. A lo mejor no estaba ahí desde el principio y todo han sido imaginaciones suyas. Pero si había algo que Miriam tenía claro es que necesitaba irse, pasear un rato por las calles de Madrid con su guitarra colgada en su espalda mientras pensaba en todo y a la vez en nada. No podía creer que todo había sido producto de su imaginación.

 

—Ago...

 

—¡Miri! ¡Has estado espectacular! —dijo quitándose alguna que otra lágrima que había logrado escapar de sus ojos mientras abrazaba a la gallega, quien, por cierto, no veía a Raoul por ningún lado y le gustaría despedirse de él.

 

—Gracias, amigo. ¿Dónde está Raoul? —preguntó esperando respuesta, pero antes de que el canario pudiese hablar le interrumpió negando con la cabeza, ya se despediría de él al día siguiente—. Da igual, dile que ha sido una velada increíble y que estoy muy feliz por vosotros, ¿vale? Necesito irme, andar tranquila al hotel y no sé, respirar.

 

—No, pero espera. ¿Por qué tan pronto? —Agoney la siguió mientras caminaba hasta la puerta, no quería que se fuese aún, eso estaba claro, pero es que Miriam necesitaba salir de ese lugar.

 

—Mañana prometo venir a despedirme. Te lo juro. Te quiero. Pasa una buena noche.

 

La gallega dejó un beso en su mejilla y se puso la chaqueta para después colgarse la guitarra y salir por la puerta. Respirando aire puro por fin.

 


 

Sus pasos eran apenas inaudibles a comparación de sus pensamientos. Y para añadir algo más de drama a ese momento de su vida, estaba lloviendo un poco y no llevaba paraguas. Estupendo. Ahora tendría que irse lo más rápido posible e ir refugiándose en diferentes sitios para que su guitarra no se mojara por mucho que estuviera dentro de la funda. Pero aún así, sus pensamientos hablaban más alto que las calles repletas de gente de Madrid. No podía creer que todo hubiese sido producto de imaginación. Que en realidad estaba cantando una canción, su canción, delante de tanta gente simplemente porque su mejor amigo se lo había pedido. Sobre todo, no podía creerse que, en tanto tiempo, ella seguía calándose hondo en su pecho. Como si nunca se hubiera ido. Y lo que más rabia le daba... no podía creerse que en verdad no estuviera allí.

 

—¡Sí que te vi!

 

Paró sus pasos de golpe y elevó la mirada del suelo. Joder, le daba muchísimo miedo girarse. Le daba miedo que de nuevo lo que acababa de oír fuese de nuevo su cabeza creándole ilusiones y que en verdad esa voz no provenía de la persona que pensaba. De todas formas, se escuchaba bastante lejano, como si estuviera corriendo hacia ella. Tragó saliva y negó con la cabeza, dispuesta de nuevo a seguir con su camino. Seguramente no era nada.

 

—Pasaste por mi lado en Galicia hace dos años cuando fui con mi primo, incluso rozaste mi brazo con el tuyo...

 

Esa vez sí que se giró, sólo para encontrarse a la rubia andando los últimos metros hacia ella mientras se abrochaba los últimos botones de su chaqueta. Miriam estaba congelada. No podía moverse. No podía creerse que estuviera delante suyo, que había salido a buscarla, que fuese a la fiesta en primer lugar. ¿Qué hacía fuera con ella? ¿Por qué estaba ahí, hablándole, recordándole momentos del pasado que ni siquiera Miriam sabía que habían pasado? Cogió aire y siguió sin moverse del sitio, simplemente guardó sus manos en los bolsillos de su pantalón mientras la miraba, de cerca.

 

—Claro que me di cuenta. Me di cuenta en el instante en el que vi tu pelo a metros de distancia. Pero intenté disimular, y aún así no pude evitar girarme para verte alejarte de mí mientras tú seguías andando con tu hermano.

 

A esas alturas, Mireya estaba delante suyo, sus ojos aún lagrimosos y tragando saliva. La notaba nerviosa, lo veía en como se expresaba, seguía conociéndola lo suficientemente bien como para saber que sus manos temblaban y no paraban de moverse cuando intentaba explicarse. Aún así, calló. Se quedó delante suyo, mirando sus ojos claros, sus labios frunciéndose y su mandíbula algo tensa mientras intentaba buscar las palabras adecuadas a lo que fuese que quisiera decir.

 

—¿Me iba bien sabes? Podía pisar Madrid sin pensar en ti. O eso pensaba. Porque allá donde iba, me acordaba de todo lo vivido. De nuestros paseos por el parque, de tus intentos de cantarme en plena Gran Vía tocando tu guitarra y llamando la atención de todo el mundo, de tus sonrisas cuando cogía tu mano delante de todo el mundo, de tus ojos clavados en los míos cuando salías de la Universidad y era yo quien iba a buscarte y a quien veías nada más cruzar la puerta. De tu boca en la mía... —Miriam tragó saliva, sus propios ojos llenándose de lágrimas al escuchar esas palabras salir de sus labios. Le costaba reconocer y creer que de verdad aquello estuviera pasando, por mucho que se lo estuviese echando en cara—. En cada sesión de fotos me imaginaba que estabas tú detrás de la cámara como tantas veces has hecho en la intimidad de nuestra habitación... En cada avión que cogía de vuelta recordaba que antes recorríamos España en coche. En cada rosa morada veía tus intenciones.

 

—Mireya, yo-

 

—Me dejaste. —Miriam cerró los ojos al escuchar esas palabras y suspiró temblorosa, bajando la mirada al suelo—. Me dejaste por teléfono, en una puta llamada, justo antes de terminar tu mudanza definitiva. Antes de que empezase yo la mía. De una simple discusión, hiciste un mundo y... acabaste siendo una bocazas como siempre. ¿Pero sabes lo peor? Que no volvimos a hablar después de aquello. Porque pensábamos que era enserio. Y joder, sí lo fue.

 

—Lo siento...

 

—Ya no me sirve. Ya no lo quiero. Ya no necesito que me pidas perdón por eso. —Vio como negaba con la cabeza y se pasaba una mano por el pelo, ya húmedo por culpa de la lluvia, mientras un suspiro abandonaba sus labios—. ¿Sabes que es lo peor? Que acepté venir aquí aun sabiendo que ibas a venir porque lo tenía superado. Te había olvidado.

 

Miriam se pasó una mano por sus rizos alborotados y cerró los ojos tras escuchar aquellas palabras. Sus lágrimas se camuflaban por las gotas de la lluvia. Dio un paso atrás y estaba dispuesta a darse la vuelta y a irse de nuevo. Como siempre.

 

—Pero entonces te vi encima del escenario haciendo lo que más te gusta hacer. Cantando todo lo que hay en tu corazón con una canción que... que define a la puta perfección lo que ambas hemos sentido en dos años y medio—. Miriam paró de golpe y elevó la mirada para fijarse en la rubia por primera vez mientras hablaba. Ni se había fijado en que su voz tenía ese pequeño temblor como lo tenía ella, ni que sus ojos seguían llenos de lágrimas pero que algunas de ellas ya se deslizaban por sus mejillas para acabar en el suelo, confundidas y camufladas entre la lluvia—. Me fijé en que después de tantos años sigues estando igual de preciosa que siempre.

 

—Mireya, no. Por favor. —Suplicó la gallega al ver como se acercaba a ella.

 

—En que por mucho que no quisiera, mi corazón seguía latiendo a una velocidad que rompe los esquemas al escucharte cantar. En que la promesa que hicimos de disfrutar de tus 25 como si fueran tus 18 no se llegó a cumplir. En que la bebida que tenía en la mano no me la trajiste tú. En que sigues haciendo que todo lo que hay a mi alrededor deje de puto existir en cuanto fijas tu mirada en la mía.

 

Miriam cerró los ojos en cuanto notó la cercanía. En cuanto notó a Mireya juntando su frente contra la suya y cogiendo aire, sus manos situándose en sus brazos para lentamente guiarlos a su cadera, para que la abrazase de alguna forma. Pero la gallega no podía dejar de llorar, no tenía fuerzas, y si no fuese por Mireya haciendo que rodease su cintura con sus brazos para que se pegara más a ella posiblemente se hubiese quedado inmóvil. No se podía creer todo lo que estaba saliendo de sus labios, no podía creerse nada de nada.

 

Las manos de la malagueña la cogieron del cuello, levantando un poco su cabeza para hacerle saber que necesitaba que la mirase. Fue justo lo que Miriam hizo, abrir sus ojos para fijarse en los suyos a la vez que negaba con la cabeza por todo aquello.

 

—Porque en tan sólo cuatro minutos de canción me has hecho darme cuenta de que no quiero que la composición de mi vida vaya sola, que quiero que tú escribas la letra conmigo y que dejes que la melodía se forme sola.

 

Rozó sus labios con los suyos y Miriam notó un pequeño escalofrío recorrer su espina dorsal y sabía que no era por la lluvia ni por el frío de la noche. Era por el roce de su boca con la suya. La gallega la miró a los ojos y decidió mandar todo a la mierda, porque le bastó un segundo para juntar sus labios con los suyos y besarla como llevaba queriendo hacer muchísimo tiempo.

              Era un beso tierno, suave, y muy muy lento. Porque necesitaba disfrutar de ella y volver a sentir lo que solía sentir cuando únicamente podría centrarse en su boca. Cuando el amor la buscaba cuando Mireya la tocaba y el destino no se equivocaba porque yacía perdido solamente en su boca. Atrapó su labio inferior entre los suyos y, por fin, sus manos se movieron y dejaron de estar inmóviles para acabar en su baja espalda, acercándola más a ella para profundizar un poco el beso mientras los dedos de la rubia se enredaban en su pelo, acercándola más a su boca para besarla con más ganas que antes.

 

Había perdido la batalla. Desde que sus labios volvieron a juntarse con los suyos había perdido toda fuerza de voluntad de olvidar lo ocurrido con Mireya. La había echado tanto de menos... ¿Cómo se supone que iba a dejarla escapar ahora? No podía. Era imposible. No tenía la suficiente fuerza de voluntad para hacerlo.

 

Se separó poco a poco de sus labios por culpa de sus pulmones necesitando recuperar el aire perdido. Porque estaba demasiado ocupada respirando en ella. Por una vez más, rozó su nariz con la suya y dejó un beso muy corto en sus labios con una mano en su mejilla. En cuanto abrió los ojos se encontró aquel azul que la llevaba a un mar de calma. Si se iba a ir, si existía la posibilidad de que Miriam abandonase para siempre aquel barco, aunque su herida siguiese abierta, el amor que sentía y existía en ese mismo momento se encargó de cerrarla, porque con un simple beso la obligó a que se quedara.

 

—Prométeme que nunca te rendirás si dejo que no te vayas.

 

Era un simple susurro de la malagueña contra su boca, pero suficiente para saber que no quería que se fuera, que quería que se quedase con ella y seguir con aquello, posiblemente retomar lo que abandonaron. Quería que la promesa estuviera sellada bajo la noche, ahora estrellada y sin lluvia, de un 13 de abril muy oportuno. Miriam asintió a aquello, juntando sus labios de nuevo con los suyos para prometérselo de la única manera que sabía hacerlo.

 

—Te quiero, pequeña. Nunca he dejado de hacerlo. —Habló la gallega por fin separándose de sus labios y acariciando sus mejillas, quitándole las lágrimas que habían logrado escapar de sus ojos mientras se besaban, sin ser consciente de que Mireya estaba haciendo lo mismo con ella.

 

—Y yo a ti... Te quiero muchísimo.

 

Miriam sonrió enamorada por primera vez en mucho tiempo e iba a ir a besarla de nuevo hasta que notó una luz en su cara, lo que hizo que elevase la mirada y se fijase en su estrella. La misma de siempre. La única que brillaba en cuanto se juntaba con la rubia. Justo cuando una estrella fugaz cruzó el cielo nocturno, alumbrando la oscuridad a su paso. Cerró los ojos y pidió un deseo, antes de bajar la mirada a la de la rubia que tanto quería.

 

—¿Qué has pedido?

 

Miriam simplemente negó con la cabeza y volvió a besarla, acariciando sus mejillas. No quería jugar a la suerte en ese momento ni en los que vendrían. Era mejor si no lo decía. Tan sólo ella mantendría en secreto lo que acababa de pedir, aunque se lo había pedido a la estrella de ambas.

 

—Ya lo sabrás con el tiempo.

 

No se lo había pedido a esa estrella que iba de un lugar a otro para hacer que los deseos de la gente se hicieran realidad en un momento. En algo efímero. En algo rápido y sencillo. Eso no era lo que Miriam quería.

 

Porque aquello no era fugaz.

 

Ellas no eran fugaces.