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Hijos de la Discordia

Summary:

What if. Después de los eventos del Repartidor de Carne. Kakaroto y Milk huyen del planeta para evitar que Vegeta se vengue de ellos y comiezan su vida en el cuadrante de la facción enemiga, en un planeta desierto. Mientras que Bulma se queda en el planeta Vegeta convencida que su destino se cumpliría ahí, por más que la razón le decía lo contrario. Vegeta está convencido de que ella es parte de la Patrulla Galáctica y que está ahí como su enemiga.

Notes:

Esta historia la empecé en fanfiction.net como secuela del Repartidor de Carne, pero contada apartir de flashbacks, desde el presente de Trunks y Bra en su adultez y adolescencia temprana, respectivamente. Decidí rehacerla para contarla cronológicamente porque terminó por encantarme el vegebul y venus retrógrado me hizo volver al mundillo de fangirl. Muchas escenas de Bulma y Vegeta ya están publicadas en el trabajo en ff.net, pero estoy agregando las partes de Kakaroto y Milk, y Raditz mientras edito. No aspiro que lean esta historia, sólo me divierte escribirla.

Resumen del final del Repartidor de Carne: Cuando el príncipe Vegeta hace un torneo de Sucesión, Kakaroto participa junto a Raditz y a Milk, que es una humana fugada que aparenta ser saiyan porque les falta un integrante y nadie quiere participar junto a Kakaroto. Durante el torneo, Kakaroto se hace incluso más popular que Vegeta y toda la clase baja lo apoya. En la final, Vegeta queda mal herido después de que Kakaroto se convierte en super, luego de que hiriera de gravedad a Raditz. Kakaroto junto a Milk huyen del planeta, dejando atrás a Raditz y a Vegeta que se recuperaban de sus heridas, hacia el lado del universo de la Patrulla Galáctica, a donde nadie pudiera ir por ellos.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Uno

Chapter Text

Broly no alcanzó a llegar a las barracas cuando supo que algo había pasado en el Estadio, y eso que no habían pasado más de veinte minutos desde que Vegeta le había permitido retirarse. 

 

El Torneo de Sucesión de Vegeta había terminado cuando derrotaron al equipo de Pepper, una guerrera de élite y sus dos compañeros olvidables. Él mismo había asestado el golpe final, Turles apenas le pudo seguir el ritmo, mientras que Vegeta los miraba rezagado sin moverse un centímetro de su posición, sabiendo que ese Torneo lo había ganado desde su inicio.

 

El chico retraído miró hacia donde la gente corría para ir al Estadio, otros pocos huían de él, y Broly se preguntó si algo tendría que ver la chica que Vegeta había llevado a la arena engrillada de pies y manos. Según él entendía, la chica era Milk, la cocinera que participaba en el equipo oponente más popular entre la plebe, el equipo de Kakaroto, un simple repartidor del Distrito de la Carne. Seguramente el Repartidor y su hermano Raditz habrían llegado ahí a esa altura. Pero ninguno de los dos suponía una verdadera amenaza para Vegeta, en cambio, él…

 

Broly atajó a un guerrero que chocó contra su enorme cuerpo y a pesar que él pataleaba e imploraba que lo dejara ir, el súbdito de Vegeta lo mantuvo ahí.

 

—¿Qué pasó?

 

—El príncipe Vegeta…—le dijo desesperado—, dicen que murió. El Repartidor lo mató.

 

Broly soltó al hombrecillo sin creerle una palabra. Kakaroto no era capaz de eso pero ¿y si…?

 

De ser cierto Broly era el culpable, no debería haberse retirado de la arena antes de tiempo y seguramente el Rey Vegeta se lo iría a sacar en cara. Y sólo por eso, el único hijo de Paragus se marchó al hangar real, sin importarle que hubiera mucha gente de testigo. Sin decir una palabra se metió a una nave personal y digitó una coordenada lo suficientemente lejos como para que lo siguieran. Dio gracias de que nadie intentó detenerlo, no quería matar a nadie más en su vida.


 

Kakaroto salió de su nave personal y el vapor que salió de su boca fue visible, hacía mucho frío en ese planeta. Dos lunas lilas de distintos tamaños coronaban la noche y verlas lo pusieron enfermo. 

 

—¿Kakaroto? —Milk lo llamó recién saliendo de su nave. Llevaba solamente la capa blanca que Bulma había usado para ocultar su desnudez y pensó que moriría de hipotermia si ese planeta era realmente un desierto como les habían dicho. 

 

—No me siento bien —le dijo dando un tropezón mientras se tomaba la cabeza y le daba la espalda a las lunas lilas. Kakaroto dio otro tropezón y esta vez sí se cayó de bruces al suelo, sin poder levantarse más. Esta era la primera vez que Kakaroto hacía un viaje tan largo en el espacio pero para la chica se le hacía difícil creer que aquello lo pusiera así de mal. Milk corrió hasta él y aunque intentó voltearlo para ponerlo boca arriba, su instinto la obligó a dejarlo mirando hacia el suelo. 

 

—Es la primera vez que sales tan lejos de tu planeta, es normal que…—pero un quejido de él la interrumpió.

 

—Por favor, vete —le pidió cerrando los ojos cuando una oleada de dolor le paralizó el cuerpo y la cola enrollada en su cintura se estiró de un latigazo y se erizó como un gato asustado. El corazón de Milk se detuvo cuando supo exactamente lo que estaba sucediendo. Nunca había visto una transformación en vivo pero había escuchado historias horrorosas cuando sucedía.

 

—No me harías daño —dijo ella sin dejar de mirar la cola enloquecida en el aire. La humana necesitaba que Kakaroto le prometiera aquello, que la reconocería una vez transformado.

 

—Por favor —imploró de nuevo él, ahora con una voz tomando un tono más profundo, como si no fuera él mismo. No era el chiquillo amable que la había aceptado en su casa como si fuera una mascota sin dueño. Milk ahogó un grito cuando se levantó del suelo y corrió lo más rápido que sus pies desnudos le permitieran, aferrándose fuertemente a la capa como única pertenencia. 

 

Milk había corrido pocos metros cuando escuchó un rugido espantoso que le heló toda la sangre de su cuerpo y la obligaron a mirar para atrás, paralizada del miedo. Una bestia había aparecido donde Kakaroto había estado antes, flexionando los nuevos miembros, mirándolos y aullando en la noche como si fuera una pesadilla. La terrícola supo que la bestia no la había visto aún pero que no tardaría en hacerlo y volvió a correr por el desierto lo más rápido que pudo, intentando dar con algún lugar que le sirviera de escondite, pero no los había.

Hubo un aullido en su dirección y Milk supo que Kakaroto la había visto como si fuera una hormiga y se dirigió hasta ella con pasos pesados. ¿Acaso había logrado huir del planeta Vegeta para morir a manos de su protector transformado en bestia? Había oído que ellos no perdían la consciencia cuando estaban transformados pero por lo que intuía, Kakaroto jamás lo había hecho y no sabía controlarse.  

 

Cuando los pasos de la bestia la hacían saltar por el temblor que provocaban, Milk supo que ya no podría correr sin ser alcanzada y se dio la vuelta, encarando al monstruo que había reemplazado a Kakaroto. Lo vio directo a los ojos rojos y la bestia gruñó con la boca abierta, dejando salir vaho de brillo lila, el color que reflejaban las lunas gemelas. 

 

—Kakaroto… —imploró Milk con los ojos llenos de lágrimas y vio con espanto cómo la bestia acercaba una de sus enormes manos en su dirección. Milk pudo dar un salto para evitarlo y tras un momento de turbación, la bestia intentó nuevamente agarrarla pero con la otra mano. Los movimientos de Kakaroto no eran rápidos por lo que Milk podía esquivarlos como si se tratara de un pez que intentaban sacar del agua. La bestia siguió gruñendo con suavidad y planchó las palmas de sus manos gigantescas en la arena del desierto, encerrando los lados de la mujer. Después agachó la cabeza hasta que su hocico se acercaba peligrosamente a su cuerpo y Milk dio un salto hacia atrás para evitar ser su alimento. 

 

Pero la bestia simplemente se quedó ahí, gruñendo con la suavidad de un gigante, aguardando a que Milk hiciera algo.

 

La humana vio que Kakaroto dejó de intentar atraparla y simplemente se quedó ahí quieto, como una mascota enorme esperando ser acariciada. Sin estar del todo confiada, Milk avanzó con cautela hasta ese gran hocico y con más vacilación aún, posó una de sus manos sobre la piel bestial, recibiendo otro gruñido más suave cuando lo hizo. Una sonrisa aleteó en la cara de la humana cuando comprendió que Kakaroto la seguía reconociendo como una aliada, pero no pudo contener un grito de espanto cuando la bestia logró tomarla con una mano y la dejó sentada entre las dos manos gigantescas.

 

La bestia gruñó otra vez como si quisiera decirle algo pero no sabía palabras pero Milk asintió, cualquier cosa que le dijera ella estaría de acuerdo. Kakaroto la ocultó con sus dos manos y caminó por el desierto toda la noche, en busca de un lugar adecuado, y en las primeras horas del día, cuando las lunas lilas dejaban de brillar, Kakaroto la dejó con suavidad a un lado de un lago. 

 


 

La consciencia de Vegeta fue anunciada por el monitor principal de la enfermería y el agua del tanque de recuperación rápidamente se comenzó a vaciar. Los presentes se movieron nerviosos por la habitación, hasta Nappa que estaba esperándolo paciente dio un paso hacia atrás.

Vegeta se arrancó la manguera de la boca y salió del tanque en dos pasos para golpear en la mejilla al enfermero que no había tenido la precaución de ponerse a una distancia prudente. El príncipe había ahogado un grito tras esa agresión y se sacudió el agua que le seguía corriendo por el cuerpo desnudo.

—¡Qué pasó! —gritó con la voz desgarrada y Nappa tragó saliva espesa antes de responderle. Al parecer, el ataque final de Kakaroto le había afectado la memoria, o le estaba costando al príncipe reconocer lo que había pasado.

—Usted ha ganado el Torneo… —El relato del guardia se vio interrumpido por otro grito de Vegeta que se giró para no ver más las caras de sus súbditos.

—¡Mentiroso! —respondió, haciendo rechinar los dientes con ira—. ¡¿Dónde está ahora?! ¡¿Dónde está el Repartidor?!

Un puñado de enfermeros salió despavorido de la sala. Nappa usó su rastreador para comunicarse con otro y hacerle la pregunta.

—Están buscándolo, señor.

—¡Voy a matarlo! ¡Esta vez voy a matarlo! —gritaba el príncipe mientras una nueva oleada de violencia azotaba la enfermería. Vegeta destruía todo lo que llegaba cerca de sus manos y el resto de los enfermeros huyó para ponerse a salvo. Sólo Nappa se quedó en la sala con él, esperando que su protegido se cansara, lo cual no pasó rápido y la electricidad de la enfermería se esfumó ante la ira de Vegeta y quedaron a oscuras. Nappa recibió la respuesta y Vegeta lo supo enseguida, su rastreador se iluminaba pero el gigante guardaba silencio, cerraba los ojos y apretaba la mandíbula—. ¿Qué pasa, Nappa? —preguntaba Vegeta con un susurro aterrador.

—No logran encontrarlo —respondía Nappa, un tanto asustado—. Dicen que pudo haber escapado…

—¡Guardias! —gritó Vegeta un sinfín de veces—. ¡Guardias! —Pero nadie acudía a su llamado iracundo, nadie se le acercaba en ese estado tan peligroso. Nappa no tardó en retirarse también, prometiendo que solucionaría todo el embrollo él mismo.


Raditz despertó súbitamente, con el corazón latiendo con rapidez, pensando que debía huir de Turles y de Vegeta. Cuando intentó gritar, la boca y la nariz se le llenaron de líquido regenerativo, y recordó que había sido herido de gravedad. Tocó el vidrio con los nudillos y una médica accionó el botón para liberarlo del tanque de recuperación. Incluso antes de que el líquido se fuera por el drenaje por completo, Raditz se arrancó la manguera de la boca y dió un paso a su dirección. Un hombrecito de una raza alienígena le dio una toalla para que se secara y un taparrabos para que se ocultara la desnudez. En general, en esas instancias no se intercambiaban palabras y Raditz se iría enseguida de la enfermería, pero no sabía nada de lo que había pasado después que Kakaroto se rindiera tras vencer a Vegeta. 

 

—¿Cuánto tiempo estuve en ese tanque? —quiso saber mientras se calzaba el taparrabos y la médica alienígena lo miró sin expresión en la cara. 

 

—Cinco días quizás —le dijo tras un suspiro—, te fuiste a dormir con un Rey y despertaste con otro. 

 

—Dime más.

 

Ella puso los ojos en blanco.

 

—Supongo que el príncipe Vegeta se cansó de ser príncipe.

 

Raditz se calzó unas botas genéricas y una armadura que habían en la enfermería y se marchó a la taberna de Gine, con la sensación de que había pasado toda una vida mientras se encontraba dormido. Al principio no se fijó en las miradas furtivas que le dedicaban pero cuando lo hizo, no entendía qué era lo que le pasaba a la gente común con él. ¿Tanto se había humillado a sí mismo en el Torneo como para que no volvieran a olvidar su cara? 

 

Iracundo, Raditz procuró caminar aún más rápido para que sus padres le comentaran todo lo que había pasado con Kakaroto y con Milk. ≪Milk≫, pensó con un tanto de angustia. ¿Qué sería de ella? No le sorprendería que estuviera muerta, Vegeta simplemente no era quien dejara vivo a alguien que lo hubiera humillado. Casi arrancó la puerta cuando entró a la taberna y el alboroto hizo que todos los comensales de la taberna voltearan a verlo. 

—¡Raditz! —gritó Gine al borde del llanto y fue a abrazarlo enseguida. Su madre apenas le pasaba la cintura y estuvo sollozando un buen rato hasta que su padre la llamara de vuelta, porque estaba avergonzándolo demasiado. Raditz la siguió y se percató que los comensales seguían mirándolo sin continuar con sus conversaciones—. No he dejado de pensarte casi muerto en la arena —le confesó Gine con los ojos mojados pero se forzó a sonreír—, moriría si tú o tu hermano o tu padre murieran. —Raditz le creyó. 

—¿Dónde está Kakaroto? —preguntó él sin responder a los llantos de su madre. Bardock señaló el interior de la cocina para que lo siguiera y así lo hicieron—. Supe que el príncipe se promovió a sí mismo rey. 

Una vez dentro, Bardock se cruzó de brazos y procuró hablar lo más bajo posible.

—Kakaroto ya no está acá, apenas la mujer se recuperó lo suficiente en el tanque de recuperación, se fueron al otro cuadrante —le dijo su padre y Raditz no supo entender sus palabras a la primera—. Si se quedaban, Vegeta los mataría.

Raditz se vio a sí mismo pensando en si volvería a verlos de nuevo y la respuesta era más que obvia: nunca más los vería en esa vida. La idea era que estuvieran a salvo de Vegeta y si él pudiera verlos, Vegeta también podría. 

—Es lo mejor —dijo al fin Raditz, incapaz de procesar la insignificante desilusión que estaba sintiendo. Él no era afectuoso como su hermano y había pasado muchos años sin verlo por mera vergüenza, podría vivir sin volver a verlo nunca más. Y también a Milk, que la había visto como potencial compañera a pesar de que fuera una terrícola y que a ella no le correspondía .¿Qué sería lo que haría ahora? Ya se había acostumbrado a su rutina de pasar el tiempo en la taberna de su madre pero ya no tenía sentido—. Volveré a las barracas —anunció entonces y comenzó su marcha.

—Ven a ver a tu madre de vez en cuando —le ordenó Bardock, más por molestia que porque quisiera verlo. Gine sufría cuando los dejaba de ver y ahora que ya no contaba con uno de sus hijos, se volvería más melodramática.

—Sí, sí… —respondió un tanto molesto el más alto de los dos y ambos supieron que no lo decía en serio. 


 

—¡Deberías haber huido cuando pudiste! —Aunque Tarble hubiese asegurado la puerta de su habitación supo que era una tontería. Bulma sollozaba en una esquina y nada de lo que él pudiera hacer la salvaría de su destino, ese que ella no había querido cambiar—. ¡Estaba todo listo para que te marcharas--

Tarble salió disparado hacia atrás cuando hubo explosión en la puerta principal y voló varios metros sobre el suelo para detenerse en una pared, totalmente aturdido. Atontado, llamó a Bulma entre toses y le imploró que se escondiera mientras que la silueta de su hermano mayor se dibujaba entre el polvo y el humo en suspensión.

Bulma se acurrucó en un recoveco, detrás de una estatua extraterrestre, ocultando su cabeza lila entre sus piernas y brazos.

—¡Todo es su culpa! —Pero Bulma no escuchaba, simplemente se acurrucaba para soportar el ataque que preveía le llegaría—, ¡ella sabía lo que pasaría!

—Por favor, hermano, ella no--

Tarble había logrado sostenerse sobre sus cuatro extremidades e intentó gatear hasta donde estaba Vegeta para que no encontrara a la sumisa , como les llamaban coloquialmente a las esclavas del Templo de la Luna. El otrora príncipe heredero lo miró de soslayo y de una patada lo lanzó lejos otra vez. Bulma gritó al instante y Vegeta sonrió al haberla encontrado tan pronto sin ayuda de un rastreador.

—¡Estúpida sabandija! —Sin miramientos, el nuevo Rey la sacó de su escondite tomándola por el pelo y la lanzó al centro de la habitación de Tarble sin piedad—. ¿Qué clase de brujería hiciste? —Pero Bulma simplemente sollozaba—, ¡dónde está el Repartidor!

—¡No lo sé--

—¡Mentirosa! —gritó Vegeta al instante—. «Será una victoria amarga», dijiste y el maldito Kakaroto se rindió cuando pudo matarme… —Las palabras de Vegeta se convertían en un susurro cargado de ira y frustración—. ¿Dónde están…?

—No lo sé, por favor…

El rey se aguantó las ganas de abofetearla y apretó los puños hasta sentirlos tiesos. Al cabo de unos segundos, respiró profundo y se quitó uno de sus guantes para mostrarle la palma desnuda.

—¡Lee las líneas de mi mano! —le gritó entonces, si su brujería había funcionado antes, bien podría decirle el paradero del Repartidor para acabar con él de una vez por todas—. ¿Qué dicen ahora? ¿Dónde podré encontrar a ese miserable insecto?

Bulma se sintió aterrorizada y con todo su esfuerzo tomó la mano estirada de Vegeta intentando recordar lo que sabía de la quiromancia, las sumisas eran instruidas en esas artes pero la terrícola nunca había creído en esa clase de adivinación hasta que había intentado leer las líneas de Tarble y de Vegeta. Todo ahí era claro pero disparatado y para su desgracia, todo resultaba ser cierto.

—Tú gobernarás por muchísimos años…—sollozó la humana mientras sorbía su nariz y se limpiaba los ojos cuando se le llenaban de lágrimas—, no puedo-

—Lo harás —susurró de manera vil que le heló la sangre en el instante.

—Tendrás dos hijos… —Las palabras de Bulma, que había ratificado en sus propias líneas, eran inequívocas. No quiso ahondar en el tema y aunque buscó más predicciones, lo único que lograba leer era sobre sus hijos.

Vegeta le acercó la mano para instarla a seguir, picado por la curiosidad.

—Un hijo y una hija pero… —Vegeta puso una mueca molesta y estuvo a punto de quitar la mano, pero Bulma no se lo permitió—, el cabello y sus ojos no serán negros como los tuyos. Y serán tu ruina...

—¡Qué estupidez! —Vegeta al fin sacó su mano y la ocultó bajo un guante, como asegurándose que ella no siguiera creando un futuro desagradable—. Eso no suena como a mí —le dijo.

Luego la dejó sola al centro de la habitación y se encaminó hasta su hermano que sangraba tanto de la nariz como de la boca. Vegeta se le quedó mirando casi con fascinación y lo tomó del cuello de su armadura para alzarlo del suelo. Tarble se quejó y le trató de hablar pero sus heridas lo habían dejado débil.

—Siempre fuiste una deshonra, hermanito —le dijo con un tono casi cariñoso. Se lo puso al hombro y caminó hasta la salida, Bulma lo miró boquiabierta y asustada por lo que le haría.

Chapter 2: Dos

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Tras la transformación, Kakaroto había dormido por horas y Milk se impacientó aunque hizo todo lo posible por mantener la calma. Intentó pescar en el lago pero le fue imposible a manos desnudas y tiritando de frío. La capa que le había dado Bulma era insuficiente para capear el frío de ese planeta y tras su fallido intento por pescar, se sentó a un lado de Kakaroto esperando que el sol tibio la hiciera dejar de tiritar. Pasó de la duda al llanto y de vuelta a la duda y después al enojo, y cuando ya no soportó más el frío, se acostó a lo largo de Kakaroto, le miró la cara y se arrastró de a poco para estar pegada a él. Tomó uno de sus brazos musculosos y lo pasó por sobre los suyos, emulando un abrazo y no pudo evitar sonrojarse como una niña pequeña.

—¿Qué es lo que estás haciendo? —le escuchó decir con suavidad, todavía atontado por el sueño. Milk chilló y se alejó de él como si de pronto le quemara. Toda su cara ardía.

—Tenía mucho frío y no tenía con qué cubrirme—le dijo y Kakaroto asintió con la cabeza, al tiempo que se incorporaba para sentarse en el suelo, mareado por las horas que llevaba inconsciente. 

—Recuerdo… —le dijo—,que te traía en mis manos —continuó el chico haciendo un cuenco con las palmas. Ella asintió—. No fue un sueño. —Milk negó con la cabeza.

—Pensé que me matarías pero me reconociste —confesó ella todavía con un escalofrío recorriendo su espalda con sólo recordarlo. 

—Nunca te haría daño —le dijo Kakaroto, casi ofendido y ella gateó un poco hasta él. No supo para qué, simplemente lo quería más cerca y le sonrió con mucho amor. Él le sonrió de vuelta y dio un suspiro muy largo y lento—. Iré a cazar algo —le dijo mientras se paraba con pesar y se sacó la armadura de un tirón y la dejó a un lado de Milk—. Ponte eso, tu ropa está húmeda. 

No era ropa, pensó ella, pero le dio la espalda para desnudarse y no mostrarle los pechos directamente. Aunque dudaba que Kakaroto reaccionara ante aquello, Raditz le hubiera saltado encima sin pensárselo dos veces. No se quitó la capa completamente y se la amarró en la cintura cuando Kakaroto se metió al lago y nadó lo suficiente para quedar al centro, momento en el que se sumergió. 

Milk pensó en que debía recolectar madera y musgo seco para comenzar un fuego cuando Kakaroto volvía a la superficie con su primera víctima en las manos: un enorme pez que se sacudía sin remedio. El chico lo dejó a sus pies como una ofrenda y lo mató con destreza antes de volver al agua. Kakaroto llevó cuatro peces del mismo tamaño en total y Milk no supo cómo prepararlos sin una herramienta apropiada. El chico, que había trabajado toda su vida con su madre en la carnicería, no vio aquello como un impedimento y empezó a trocear los cuerpos con las manos y los chamuscó con sus propios poderes. Milk se quedó con el más pequeño de los peces aunque no pudo terminarlo por completo y se lo terminó dando a Kakaroto. 

—¿Sigues teniendo frío? —le preguntó Kakaroto mientras se tumbaba en el suelo, satisfecho. Ella negó con la cabeza un poco avergonzada y se recostó en el suelo también pero a tres pasos de distancia—. Puedes quedarte con mi armadura si gustas —le dijo.

—Gracias… —Milk no supo qué más decir. ¿Acaso sus días ahora serían eso? ¿Cazar, comer y dormir?—. ¿Realmente no hay nadie aquí? —le preguntó con un tanto de angustia, quería ropa apropiada, una cama, hablar con más gente además de Kakaroto.

El chico abrió los ojos y se puso a mirar al cielo.

—No lo sé —le dijo—, sería una lástima que no —y la miró—, ¿qué haremos los dos solos?

Milk apretó los labios, se sonrojó con violencia y se dio la vuelta para ocultarse. Kakaroto torció la cabeza sin entender por qué se había enfadado con él y se le acercó lentamente.

—Raditz sabría —le respondió ella de un arrebato y se puso aún más roja que antes. No se creía tan deseosa de romance. 

—Probablemente —le dijo Kakaroto con una sonrisa. 


Muy a menudo se encontraba a sí misma pensando qué habría sido de ella si hubiese escapado junto a Milk y Kakaroto tras la derrota de Vegeta. Bulma se preguntaba si quedarse había sido un error mortal y si terminaría muriendo como era el pronóstico de Tarble desde el inicio. Sin duda era una estúpida por guiarse ciegamente en las líneas de la mano, las cuales jamás había creído hasta que estuvo en ese planeta, no se explicaba que las líneas de ella y las de Vegeta estaban tan relacionadas.

La mujer carraspeó, desilusionada.

—Siempre he tenido un pésimo gusto en los hombres —se dijo a sí misma, encorvada sobre el alféizar de una ventana que daba a la polvadera naranja que era el planeta. Su vestido blanco ya no era blanco y el dobladillo estaba negro por el uso.

—Lo tienes —le dijo esa voz espeluznante que tanto la atormentaba—. Nadie en su sano juicio elegiría a mi hermano.

Si tan solo supiera que se refería a él.

Bulma supo que lo mejor era no verse asustada y disimuló un escalofrío.

—¿Qué juicio tendría alguien que te elija a ti? —dijo sin pensarlo y luchó para no acobardarse al verle la cara cruzada por la sorpresa. Casi le pareció que Vegeta hizo una mueca. Vegeta frunciría más el ceño si tan solo pudiera. Bulma pensó que quizás debería parar.

—Dime a dónde se dirigió Kakaroto.

Bulma puso los ojos en blanco y se cruzó de brazos, apoyando todo su peso en una pierna.

—¿Acaso no piensas en otra cosa todo el día? —dijo—. No lo sé. Decidí que sería un planeta en el cuadrante de la Patrulla Galáctica pero que no sabría cuál, así no podría revelarlo si es que me torturabas.

Una sonrisa torcida apareció en el semblante del rey. Aquello inquietó a Bulma y se le debe haber notado el miedo que sentía porque cuando Vegeta dio un paso, ella lo retrocedió.

—Eso fue inteligente pero estúpido —le dijo con esa voz venenosa que tenía—, si es que no me estás mintiendo.

—Créeme, no soy estúpida.

—Eso espero —respondió él como si fuera un ultimátum y comenzó a caminar con la intención de dejarla atrás rápidamente. Bulma sostuvo su respiración hasta que la adelantó—. Hay algo que no entiendo —le dijo súbitamente y ella tensó los hombros—, por qué te quedaste pudiste irte con Kakaroto cuando se escapó.

Era obvio que no le diría la verdad, al menos no la completa.

—Mi destino no se cumpliría allá.

—¿Destino?

—Tengo cosas que hacer en este planeta...

—¿Cuáles cosas?

—Si las digo puede que no se cumplan —dijo tras una vacilación y ella retrocedió un paso queriendo huir, Vegeta lo notó y le hizo sonreír.

—Pensé que eras una mujer de ciencia —recordó—, no tiene sentido que seas supersticiosa.

—Bueno..., supe lo que te pasaría en el Torneo, ¿no? —Bulma no esperaba que eso sonara como una ofensa. Todo el atisbo de disfrute del Rey se había esfumado de un segundo a otro.

—Eres afortunada porque no te asesine ahora mismo —dijo Vegeta en un susurro espeluznante y la sangre de Bulma se heló al escucharlo.

Sin esperárselo Bulma tenía lágrimas de terror en los ojos.

—¿Y por qué no lo haces? Sólo te pido que lo hagas rápido. No quiero darme cuenta.

Vegeta la miró de soslayo sin relajar su expresión. Luego llevó sus pupilas negras ligeramente a una de sus manos.

—Cállate.


Broly despertó abruptamente cuando la nave en la que viajaba aterrizó finalmente. No tenía idea qué lugar podría haber sido y se apresuró a salir en tanto la nave comenzaba los protocolos de enfriamiento y le lanzaba espuma helada a la cara. No le fue difícil arrancar la puerta y dar un paso en el exterior, momento en el que la nave comenzaba a enterrarse rápidamente en la arena de lo que sería un desierto. Broly se elevó, sabiendo que la nave se perdería para siempre en el fondo y se preguntó por qué no hizo el intento por rescatarla.

 

En el aire, el gigante dio media vuelta para mapear panorámicamente ese planeta. El cielo tenía un brillo verdoso y la arena era naranja. No le pareció un planeta bello pero al menos no parecía tener compañía. No llevaba radar porque se fugó del planeta en un arrebato, por lo que no sabía si había vida importante ahí, sólo sabía que era parte del cuadrante enemigo. 

 

Broly sobrevoló el cielo un momento antes de aterrizar y siguió el camino a pie, analizando lo que sería su nuevo hogar. Pensó poco sobre cómo Kakaroto habría logrado derrotar a Vegeta y qué sería del príncipe, porque nunca le había importado el escuadrón realmente. 

 

El gigante se detuvo cuando avistó lo que sería un pequeño asentamiento y un par de fumarolas que marcaban donde habrían unas fogatas. Él no venía en nombre del planeta Vegeta, se dijo, pero se acercó con cautela picado por la curiosidad. No era su intención interferir, tras ver lo que hacían, comían y cómo se veían, se marcharía en la otra dirección. 

 

Y Broly así lo hizo, se acostó sobre una roca al sol y los miró desde una posición privilegiada por horas, analizando principalmente lo que comían y cómo lo hacían, y de dónde sacaban líquido. Eran humanoides como él, pero tenían la piel verde, a veces anaranjada, y no tenían ni la mitad de la altura de Broly. Aunque para ser honestos, casi ninguno de su planeta natal lo igualaba en altura, las excepciones siendo Raditz y Nappa. 

 

Los humanoides y su vida cotidiana lo divirtieron las horas que alcanzó a estar recostado en la saliente de roca, mirándolos revolotear sin saber que estaban siendo observados. Muchos aprovechaban las horas del sol para hacer sus tareas domésticas al aire libre y la visión de la preparación de comida lo hicieron desperezarse para buscar algo para sí mismo, con la intención de volver a ese lugar para verlos otra vez.

 

Apenas se dio la vuelta vio que dos humanoides, uno naranja y otro verde, lo apuntaban con armas directo a la cabeza y Broly no hizo más que quedarse inmóvil, totalmente sorprendido de lo sigilosos que habían sido. 

—¡No te muevas! —le dijo la chica cuando Broly hizo el ademán de adoptar una postura más cómoda—, ¿quién eres?

—Viene a atacarnos —le susurró el hombre—, mira su cintura, tiene una cola —continuó él y la chica comenzó a temblar, haciendo que el arma bailara en sus manos.

—Pero estamos en el cuadrante de la Patrulla Galáctica —le respondió ella con el mismo susurro que Broly lograba escuchar con total perfección—. Se supone que destruyen las naves al entrar al cuadrante.

—Yo no vine a– 

—¡Cállate! —le gritó la chica y Broly le hizo caso. La chica volvió a dirigir su atención al hombre que la acompañaba—. Es imposible que lo derrotemos entre los dos —le dijo—, es un adulto totalmente desarrollado. 

—No vine a atacarlos —les dijo de manera calmada, haciendo que los dos pegaran un grito al aire y retrocedieron unos pasos de él—. No les haré daño —volvió a decirles cuando volvieron a poner una postura defensiva—. Sólo quiero un poco de comida y me iré.

—¿Del planeta?

—No tengo nave —confesó y ella gritó de manera aguda—. Pero no les haré nada.

—¿Por qué deberíamos creerte? —le preguntó el hombre—, yo conozco las historias de tu planeta. —Broly no supo qué decir—. ¿Has matado alguna vez? —Por supuesto que lo había hecho, pero prefirió guardar silencio y ambos supieron qué significaba—. ¿Has purgado un planeta? —Broly contuvo la respiración y la chica volvía a temblar otra vez—. Eso fue lo que pensé —le dijo el hombrecillo con una sonrisa muy leve, como si su alma se hubiera ido de su cuerpo cuando aceptó su destino—, no podremos matarte con estas armas, son una broma —dijo casi lanzándola al suelo y después se arrepintió, para voltearse a su compañera—. Qué dices, Cheerai, tú me disparas a mí y yo te disparo a ti. Estamos muertos de todas formas —propuso Leemo con una risa nerviosa pero ella jamás dejó de apuntar a Broly, aunque estuviera temblando incontrolablemente.

—¿De qué hablas, Leemo? 

—Por favor —pidió Broly—, no hagan nada de eso. Ya no quiero hacer nada de lo que hacía antes —les confesó—, prometo que jamás volveré a molestarlos.

Cheerai y Leemo se miraron con desconfianza y comenzaron a retroceder sin dejar de encararlo. Broly aguardó un momento pero decidió retirarse él mismo y se alejó a toda velocidad de ahí, dejando a sus descubridores con un grito en la garganta. 


A Bulma le pareció escuchar la voz de Tarble a lo lejos y se apresuró a darse la vuelta para comprobar que no era un sueño, realmente estaba ahí sano y salvo. Y ella no dudó en correr hasta él con el corazón en la garganta. ¿Cuánto se había atormentado pensando que su ausencia repentina se debía a su muerte? Hasta se le aguaron los ojos cuando lo abrazó con todas sus fuerzas y Tarble la alzó del suelo con alegría.

—¡Pensé que estabas muerto! —le dijo y se echó a abrazarlo otra vez. El pequeño príncipe se veía magullado pero no del todo mal.

—Sólo encerrado —le confesó—, mi hermano no me dejó salir desde que fueron por nosotros a la habitación.

De eso había pasado mucho tiempo.

—¿Cómo estás? ¿Ha tratado de hacerte daño? —Tarble tomó su cabeza con sus manos para verla a los ojos.

Bulma tuvo la necesidad de mentir pero no pudo.

—Hacen como si no existiera y me permiten andar por el palacio libremente..., lo cual es algo inquietante.

—Mi hermano no hace nada sin pensarlo detenidamente —respondió un tanto serio—, pero te prometo que no te dejaré sola.

—Estoy segura que sí —respondió colgándose de uno de sus brazos musculosos y se dispusieron a caminar, sin rumbo alguno, simplemente a disfrutar la compañía del otro—. Quisiera ropa nueva —le dijo de pronto e inmediatamente se sintió sucia. Tarble miró su atuendo como si fuera la primera vez que lo veía. El dobladillo se encontraba extremadamente sucio y se comenzaba a deshilachar.

Tarble asintió, asegurando que la moda local no sería de su agrado.

—No importa —dijo sabiendo que era muy quisquillosa en la realidad. El príncipe rió, ella también y una necesidad desconocida la hizo mirar hacia un lado en particular.

Arriba en la planta alta, Vegeta los miraba en silencio. En tanto Bulma le correspondió la mirada, el rey entornó los ojos y tras unos instantes se dio media vuelta, y se marchó. Dejó a la terrícola con el corazón pendiendo de un hilo.

—¿Pasa algo malo? —preguntó Tarble totalmente ignorante de lo que Bulma acababa de ver. Ella se limitó a sonreír mientras negaba con la cabeza.

—Me pareció ver algo pero solo fue mi imaginación.


Broly cazó una serpiente de arena gigante y comió una gran porción sin siquiera cocinarla, dejando que la carne cruda desprendiera sus jugos y sangre por igual. No fue la mejor cena que había comido en su vida pero al menos lo había llenado. Tuvo la intención de volver a ver la aldea cuando estuvo un poco aburrido, pero se abstuvo porque no quería asustarlos como ya lo había hecho.

 

Seguramente Cheerai y Leemo ya habían dado alerta de su presencia en su pequeño planeta y estarían complotando su asesinato junto a todos los aldeanos. Broly pensó que la única forma en la que sus planes rindieran frutos era que él mismo se eliminara, lo que no veía posible.

 

Quizás estaban comunicándose con la Patrulla Galáctica para que vinieran a eliminarlo por ellos, posibilidad que tenía una mejor tasa de éxito, pero que tampoco veía posible. Se sabía demasiado poderoso para ser asesinado y esperaba de todo corazón que no viniera nadie a asesinarlo porque no tendría más remedio que asesinarlo de vuelta. 

 

La luz de la luna cuarto creciente lo iluminaba cuando sus descubridores llegaban a él de la misma manera sigilosa que antes. Cheerai lo apuntaba con el mismo arma entre ceja y ceja, y Leemo hizo las de moderador. Traía consigo una bolsa que puso en el suelo con cautela y pateó a su dirección sin mucha destreza. Leemo tuvo que acercársele un poco para patear la bolsa una vez más y cuando no llegó a Broly, él mismo se levantó para tomar la bolsa y Leemo y Cheerai retrocedieron a un metro de él mientras ahogaban un grito de pánico.

 

La bolsa traía la misma comida que Broly había visto que preparaban en la aldea y sonrió un poco, haciendo que Cheerai frunciera el ceño.

 

—Pensamos que necesitabas comer un poco —le dijo Leemo y miró el cadáver del gusano a medio comer—, pero creo que llegamos un poco tarde.

—Gracias —dijo Broly y se llevó un puñado a la boca. Sonrió cuando le supo infinitamente mejor que el gusano de arena. Cheerai ladeó la cabeza.

—¿Quizás podamos ser amigos? —preguntó Leemo, dándole a entender a Broly que habían ideado un nuevo plan cuando era obvio que no podrían derrotarle—, podemos traerte comida.

—¿Llamarán a la Patrulla Galáctica? —quiso saber Broly cuando se metía otro puñado a la boca y sonreía otra vez.

—¡No! —dijo Leemo muy amistosamente—, no podrían matarte ni aunque quisieran —confesó Leemo con una risa—. Así que ¿amigos?

Broly asintió con la cabeza y Leemo suspiró con alivio, haciendo que Cheerai bajara el arma aunque ella estuviera reacia. 

—Puedo protegerlos si tienen enemigos —sugirió Broly y Leemo asintió muchas veces con la cabeza.

—No tenemos enemigos, solo un par de gusanos de arena, quizás —le respondió y Broly miró al cadáver que había cazado antes.

—No es problema —le respondió con la boca llena.

—Así veo —dijo Leemo con nerviosismo. 

—Me llamo Broly.

Cheerai se acercó al oído de Leemo con cautela mientras se guardaba el arma en el cinturón.

—Es guapo cuando sonríe.

Por supuesto que Broly lo escuchó.

Notes:

Es divertido editar y escribir sobre los personajes que no abordé en los flashabcks de la historia original. El vegebul está muy avanzado ya y sólo agrego más de Kakaroto con Milk y ahora Broly con Cheerai y Leemo, ellos aparecen pero sólo en la línea temporal futura, nunca expliqué cómo se juntaron. En fin, no es necesario leer la otra historia en Fanfiction.net, es muy cringe. Esta sí la encuentro cringe pero el what if lo soporta. Siento que Broly y Kakaroto tienen historias similares: están en un planeta nuevo con sus waifu.

Chapter 3: Tres

Notes:

Sigo pensando que es cringe pero estoy intentando ser free.

Chapter Text

«¡Despierta!»

Bulma comenzó a sentir miedo y despertó en medio de la noche por las pesadillas que acudían a ella cada madrugada. Eran sueños donde su vida corría peligro, otras veces quedaba moribunda, y Vegeta salía en cada uno de ellos. No siempre tenía claro cuál era su papel en la pesadilla pero jamás era quien acababa con su vida. Estaba segura de que todas las veces era un simple espectador de lo que le sucedía.

La terrícola se incorporó de la cama con la respiración entrecortada, tal como si hubiese corrido una maratón. Al posar una mano sobre su pecho, sintió el corazón tan fuerte que sentía el palpitar en la palma. Y cada vez perdía más el sentido de haberse quedado ahí, y terminaba preguntándose qué era lo que estaba intentando probar. 

Al final resolvió salir de la cama y caminar descalza en su habitación a la espera que amaneciera, y que la mañana le trajera una razón de su estadía ahí antes de que perdiera la cabeza. Pero no había nada que la hiciera encontrar la calma, Bulma estaba entrando en pánico y salió corriendo de la habitación sin calzado. Le había mentido a Vegeta, ella sí sabía dónde estaba el planeta de Kakaroto y Milk, y esperaba que no fuera demasiado tarde para unírseles. Se sabía de memoria el camino hacia el hangar donde se encontraban las naves pero de noche los pasillos creaban un laberinto. Ella tuvo que devolverse sobre sus pasos muchas veces para orientarse y encontrar el camino correcto.

La carrera no le ayudó a recuperar el aliento o tranquilizarla, sólo sabía que tenía que seguir corriendo hasta encontrar una nave para marcharse. Cuando Bulma pensó en la suerte que tenía de no encontrarse con nadie, el destino la traicionó y un guerrero desconocido abrió los ojos al verla ahí. La terrícola se detuvo y no alcanzó a gritar o huir cuando una ráfaga de rayos verdes atravesaron al hombre y lo dejaron agonizando en el suelo. Una mano le tomó la suya y la hizo correr detrás del hombrecito que había ido en su ayuda. Enemigo o amigo..., Bulma se inclinó ante la segunda opción.

Era un alienígena que no se parecía en nada a ella o cualquiera que hubiera visto y vestía un uniforme que conocía muy bien: era de la Patrulla Galáctica.

Su salvación la hizo ocultarse en un hueco en la pared mientras cargaba su arma láser con unos botones.

—¿Quién eres?

El hombrecito no le respondió.

—Vuelve a tu habitación, no tardarán en darse cuenta de ese hombre muerto.

Pero Bulma no quería volver a su habitación, quería irse con él de ese planeta. Estaban tan cerca del hangar…

—¡No! —casi gritó ella—, ¡llévame contigo! Por favor, si me quedo aquí, me matarán...

—No hay posibilidad de marcharnos, he estado aquí mucho tiempo y no lo he logrado.

Bulma no entendía cómo no se habían dado cuenta de su presencia antes.

—Estarás bien, te has mantenido con vida todo este tiempo. Creo que tienes más posibilidades de sobrevivir si sigues haciendo lo que sea que haces.

—¡Me estoy volviendo loca aquí! —Bulma sabía que debía dejar de gritar. Ya no pensaba que no volvería a ver a Tarble si huía, sólo quería marcharse—. Si me quedo me matarán…

Su salvador la ignoraba y en cambio sacó de su cinturón un pequeño medallón con el emblema de la Patrulla Galáctica y se lo dio en silencio.

—Nos mantendremos comunicados con esto. Ahora vete antes de que nos descubran.

Por alguna razón le hizo caso a regañadientes y apretó el comunicador tan fuerte que las puntas le hicieron daño en la palma. Caminó en la oscuridad sin la desesperación que la había llevado hasta ahí y tomaba muchas precauciones cuando entraba en un pasillo. Le dio un escalofrío cuando pasó por donde había caído el guerrero que ya había muerto y fue hábil cuando escuchó que otros corrían hasta él, ocultándose en el pasillo adyacente hasta que se perdieron. Era una raza estúpida salvo algunos guerreros, pero incluso los estúpidos podían ser viles.

—¿Fuiste tú? —La voz repentina de Vegeta la hizo pegar un grito y lo encontró sigiloso detrás de ella. Al normalizar la respiración, Bulma supo que se refería al hombre muerto.

—No —respondió obedientemente—. Si pudiera hacerlo muchos ya estarían muertos.

El Rey mantuvo su mirada hasta que una sonrisa aleteó en sus labios y lo escuchó reír un tanto. Luego miró cómo iba vestida y se alejó un poco. Vegeta hizo un movimiento con la cabeza antes de dejar de mirarla.

—Vete —le ordenó—, no le diré a Tarble que trataste de escapar —dijo casi con burla—, le partiría el corazón.

—¿Desde cuándo te preocupas por él?

—No trates de escapar de nuevo —dijo Vegeta, obviando su pregunta—. Mis hombres te matarán sin pensarlo cuando te vean. No tendrás tanta suerte la próxima vez.

—Tus hombres son estúpidos —respondió ella, presa del enfado—, pasaron por mi lado y no me vieron.

Vegeta se rió un poco más, volviendo a mirarla.

—Quizás tienes razón, son estúpidos. Pero yo no soy un estúpido. —Y sin más, Vegeta se marchó en dirección opuesta, hacia donde estaba el muerto, y Bulma lo miró alejarse pensando que su salvador había estado ahí sin que Vegeta lo notara. ¿Era seguro mencionarle lo que sabía a Tarble?


Cheerai y Leemo fueron por él al día siguiente para llevarlo a la aldea, porque la luz del día lo hacía menos terrorífico que la luz de la luna. Broly hizo todo lo posible para verse más pequeño cuando lo condujeron al centro de la aldea y todos los presentes se formaban para mirarlo. Los que estaban más atrás no tenían que ponerse de puntillas porque les sacaba muchas cabezas de altura y se maravillaron por el alienígena tan distinto a ellos. Pero aún le temían por lo que Broly se abstuvo de hacer movimientos bruscos los primeros días ahí. 

 

Al principio los niños tenían prohibido acercarse pero la constante compañía que le hacía Leemo lo hizo ser más amigable a los ojos de los demás y pronto los niños hacían fila para que los lanzara en el aire o se colgaban de sus brazos para que Broly caminara con ellos acuesta, a dos metros del suelo. Broly comenzó a reírse tímidamente. 

 

Cada vez que un gusano de arena se acercaba al asentamiento, Cheerai llamaba a Broly con un grito y el asesinato del animal era siempre una atracción dentro de la aldea. Después cocinaban al gusano para Broly y aprovechaban las escamas y los huesos para hacer techumbres y demás. 

 

Pero el día que Broly volvió a ser temido vino una tarde cuando un aldeano llegó a la aldea raudamente y cruzó el banquete de hito a hito para susurrarle a Cheerai que esa noche habría luna llena. Broly no fue el único que escuchó el mensaje y pronto todas las conversaciones se detuvieron, y la atención se fue al alienígena que jamás le dedicó un pensamiento a la luna hasta ese entonces. Habían pasado cerca de cinco semanas desde su llegada. El banquete se interrumpió momentos después y muchos optaron por ir a resguardarse a sus casas aunque era totalmente inútil contra un saiyan transformado. Leemo intentó calmar a los que seguían en el banquete y Cheerai lo miró con preocupación.

—¿Puedes no transformarte? —le preguntó ella y Broly negó con la cabeza.

—No se puede —le respondió honestamente.

Broly se entristeció cuando la vio alejarse un poco.

—¿Vas a matarnos? —le preguntó ella y él negó con la cabeza.

—Me iré al otro lado del planeta —le dijo—, no me acercaré, lo prometo.

Y ella asintió, intentando sacar una sonrisa para él, aunque Broly supiera que estaba aterrada. Broly sonrió también y se quedaron mirando hasta que el rostro de Cheerai se volvió rosa, algo que le pareció muy curioso al alienígena. Después ella lo instó a irse, dejando de mirarlo complemente. 

Durante la primera hora de luna llena, la aldea estaba desierta porque todos se habían escondido tras sus puertas. Estaban tan aterrorizados que no estaba permitido hablar por lo que escucharon a lo lejos los rugidos de Broly cuando se transformó, haciéndolos temblar en sus guaridas y hasta apagando las luces para evitar que eso llamara a la bestia. 

Fue una noche larga para todos y pocos lograron dormir un par de horas. Broly no volvió a la mañana siguiente, inseguro de que lo fueran a recibir de nuevo después de que lo vieran con terror otra vez. Fue Leemo quien lo fue a buscar junto a Cheerai, a eso del mediodía. Broly no se les acercó y esperó a que ellos lo hicieran primero.

—No volvías, pensamos que te pasó algo —le dijo Leemo con una sonrisa nerviosa. 

—Vamos a la aldea —repuso Cheerai con una sonrisa culposa—, aún queda comida de ayer. 

Broly los siguió con reticencia y los niños fueron los primeros en saltarle encima porque no entendían lo que era un saiyan como los adultos. Y se acordó implícitamente que esa sería la rutina para los días de luna llena para que nadie resultara herido, por más que Broly les asegurara de que nunca lo haría.


Bulma trató muchas veces de hacer funcionar el intercomunicador que ese hombrecillo le había dado, sin éxito. Fue tanto su descontento que siempre lo terminaba aventado contra una pared. La tecnología era desconocida, si es que lo era. A simple vista solamente parecía un prendedor y muchas veces pensó que había sido engañada, pero a menudo la traicionaba la esperanza de hacerlo funcionar e iba por él.

—¿Por qué me dieron esta porquería…? —murmuró mientras caminaba fuera de su habitación. Ya no le daba miedo salir de la pequeña habitación que Tarble había adaptado para ella, muy cerca de la suya, porque rara vez se encontraba con alguien. De todas maneras si oía pasos, huía de vuelta a su habitación y se encerraba, como si una puerta la fuera a salvar de una raza tan mortífera como la de sus captores—. Debería haberme ido con Kakaroto… Y con Milk —una punzada de desesperación le apuñaló el corazón cuando recordó el día que decidió quedarse atrás. Cada día que pasaba perdía un poco más la razón—. ¡Y esta estupidez no sirve de nada! —Quiso lanzar el comunicador lejos y de pronto… una ventana apareció ante ella como una gran amiga.

Miró al objeto alienígena que no respondía su llamado como le había sido prometido y quiso lanzarlo al vacío para así jamás volver a caer en la esperanza que el hombrecillo la llamara. Bulma respiró hondo y se encaramó en el alféizar para mirar hacia abajo: el palacio estaba erigido sobre la saliente de roca más alta del planeta árido y el viento afilaba la roca de manera violenta, tirando los mechones lila hacia arriba cuando se asomó por la ventana abierta.

El pelo la golpeaba como látigos enfurecidos por el vendaval y se miró la mano en la que estaba el comunicador, sobre las líneas de la mano que la habían engañado para que se quedase en ese planeta—. Por qué no me fui —se preguntó como muchas otras veces y cerró la mano enterrándose las uñas y el aparato en la palma y luego de un latido de su corazón Bulma lanzó ese comunicador en una pequeña parábola—. ¿Qué estaría haciendo ahora? ¿Acaso tendría un novio? —sonrió sintiéndose tonta pensando en romance cuando estaba presa en un planeta cruel.

Una angustia la atacó cuando la posibilidad que la contactaran y quiso saber si el aparato había caído en una saliente de roca cercana, era una posibilidad remota y estúpida, pero se acercó al vacío sin poder detener el impulso.

Uno de sus pies se movió con una lentitud tortuosa hasta la orilla del alféizar y le dio vértigo cuando la piedra terminaba para dar paso al abismo. Unos centímetros más y el pie estaba sobre la nada y dio un pequeño grito por la impresión.

«—No quiero saltar —le respondió a lo que sea que la estaba alentando y detuvo el deslizar de su pie para dar un respiro. Sus palmas sudaban y las líneas de su destino estarían desdibujándose. A lo lejos un punto brillante la llamaba y la desesperación la engañó convenciéndola que era alcanzable.

El viento la aventó pero ningún grito salió de su garganta en los primeros instantes de la caída, muda por la impresión. Después de todo, su vida sí terminaría ahí…, hasta que abruptamente dejó de caer apenas comenzó a gritar.

—Si quieres quitarte la vida al menos hazlo callada —le dijo Vegeta cuando ella consiguió calmar su corazón y asegurarse de que estaba bien aferrada de él para no caer otra vez. Era como una gata asustada, subiéndose por su cuerpo masculino con tan solo estar lo más arriba posible.

—No estaba… —tartamudeó sabiendo que parecía que estaba mintiendo descaradamente. Trató de seguir el hilo de sus pensamientos pero un llanto irremediable brotó de su interior al tiempo que se abrazaba de Vegeta mientras la acercaba al alféizar y la dejaba de vuelta en el pasillo.

Bulma tanteó el suelo varias veces antes de que pudiera pararse por sí misma, todavía con el vértigo a flor de la piel, y se lanzó al pasillo sin pensárselo dos veces. La terrícola cayó al suelo dando bocanadas aterrorizadas de aire y lo miró hacia arriba: el rey la miraba parado desde el alféizar, el mentón alto y los brazos cruzados.

—Yo… —dijo ella incapaz de hilar una frase coherente.

—No me interesa —le respondió enseguida y giró la mirada hacia un lado—. Ahora vete antes de que me arrepienta de esto. —Bulma respiró hondo y se tragó una oleada de llanto hasta que le dio la espalda para dirigirse rápidamente hacia su habitación.

Él esperó a que Bulma se hubiese ido para levantar su puño a una altura a la que sus ojos divisaron a la perfección aquello que guardaba en la palma. Era pequeño y parecía un prendedor.

Bulma llegó a su habitación y cerró de un portazo, aún con el corazón en la garganta, la piel erizada y un llanto desesperado. Pero tan pronto como recuperó un ritmo más calmado de respiración comenzó a reír casi histérica. Creía recordar haber tocado a Vegeta antes pero jamás como ahora…, quizás era algún síndrome de prisionera, quizás su soledad, pero creía que su corazón latía más por emoción que por susto. ¿Estaba influenciada con lo que había visto en las líneas de su mano? Jamás había creído antes en esas mancias hasta que lo había hecho para simular ser una hechicera, recién fugada de un templo en que la tenían cautiva, ese donde había conocido a Milk.

Pero cómo conseguiría que Vegeta sintiera lo mismo por ella. Quizás ya le había llamado la atención y por eso permitía que su hermano la mantuviera en el palacio. Quizás por eso los miraba en silencio con su usual rostro impasible e iracundo.

Una chica podía soñar…

Especialmente una cautiva.


Milk tuvo que poner una mano sobre sus ojos para mirar al cielo y el objeto que caía a lo lejos. Llamó la atención de Kakaroto y lo hizo ver lo mismo que ella, para comprobar que no estaba alucinando. El chico capeó la luz del sol con una mano y frunció el ceño. Todo hacía parecer que era una nave.

—Vamos a ver qué es lo que es —le propuso él con alegría y enrolló un brazo sobre su cintura para llevarla consigo.

—¿Y si es el príncipe Vegeta? —le preguntó ella con espanto antes de gritar cuando avanzaron a toda velocidad.

—Si es él nos encontrará de todas maneras —respondió—, pero dudo que lo sea. ¡Quizás sea Bulma!

Es cierto, pensó Milk, Bulma iba tras ellos en otra nave pero había dicho que se despediría del príncipe Tarble primero. Cuando pasaron los días y no hubo señales de su nave, Milk sopesó la idea de que su nave había sido derribada o que nunca logró salir del planeta como ellos. No sabía cuál opción era mejor. A Kakaroto le tomó tanto tiempo llegar al punto de aterrizaje y dejó a Milk suavemente en el suelo y se acercaron a pie. El humanoide recién salía de la nave cuando los vio venir y se puso a gritar al instante al ver la armadura que traía Milk y la cola que lucía Kakaroto en la cintura. El recién llegado intentó volver a la nave pero el nerviosismo lo hizo torpe y quedó paralizado cuando Kakaroto llegó hasta él.

—No te haré daño —le dijo Kakaroto y lo ayudó a ponerse de pie.

—¿Qué hacen aquí? Es el cuadrante de la Patrulla Galáctica —les dijo entre tartamudeos y Milk quiso deshacerse de la armadura pero no quería quedar a pecho desnudo.

—Soy una humana —le dijo y luego miró a Kakaroto con pesar.

—Yo soy solo un Repartidor de carne en mi planeta —respondió el chico con una sonrisa—. Nos fugamos del planeta —explicó después pero el hombrecillo no terminó por creerle.

—¿Qué quieren de mí? —lloriqueó con miedo y Milk se le acercó para acariciarle un hombro—. Solo vine a este planeta porque es un tiradero —les explicó—, venimos a dejar nuestra basura. Soy solo un comerciante, nada más.

—¿Tienes algo de ropa? —le preguntó ella un tanto desesperada y el hombre la miró al borde de las lágrimas.

—Eso creo. 

Milk sonreía y el hombre le enseñó todo lo que iba a tirar. Sacaron muchas cosas del lote y hasta comieron con él cuando comenzaban a brillar las lunas gemelas en el cielo, pero el hombrecillo jamás dejó de temerle completamente a Kakaroto, y sólo hablaba con más calma con Milk. 

El hombre se retiró de ahí cuando las lunas estaban en su máximo y les prometió que no volvería a venir, lo que Kakaroto tomó como una broma y se rió con él. Milk se angustió porque no volvería a hablar con otra persona en mucho tiempo y más aún, porque el planeta que habían escogido era un vertedero. 

—Quiero una casa —le dijo Milk con lágrimas y se dispusieron a armar una, buscando materiales en el vertedero que encontraron cerca de ahí. Al menos Milk ya podía tirar la armadura y calzarse un vestido, aunque Kakaroto opinó que se veía mejor antes—. Jamás nos iremos de aquí, ¿verdad? —la moral de Milk ya estaba muy baja—, Bulma jamás vendrá —continuó—, seguramente está muerta. —Y Milk comenzó a llorar. Kakaroto la miró hacerlo y luego se le acercó para abrazarla, lo que hacía con su madre Gine cuando ésta lloraba porque su padre no volvía al planeta por mucho tiempo. 

Kakaroto pensó que no había funcionado porque ella comenzó a llorar con más intensidad e intentó alejarse, pero Milk se aferró con más fuerza para evitarlo. Cuando estuvo más tranquila, ella se dignó a mirarlo.

—Lo lamento —le dijo un poco sonrojada por el llanto y la vergüenza. El chico negó con la cabeza.

—Mi madre lloraba todo el tiempo —respondió Kakaroto con una sonrisa—. No importa —le dijo con suavidad, se la quedó mirando un rato y se apartó con un movimiento rápido, cuando un sonrojo le vino inesperadamente.

Chapter 4: Cuatro

Notes:

Después de muchos meses, o años, retomo la redacción y edición de las escenas del pasado del fanfic del mismo nombre, publicado en Fanfiction.net. No espero lecturas, lo hago por diversión.

Chapter Text

Vegeta movió el objeto entre sus dedos, debatiéndose entre la traición o la simple coincidencia. No podía equivocarse: lo que tenía en su mano era de la Patrulla Galáctica pero por qué lo tenía ella y por qué lo había lanzado al precipicio. La razón que le parecía más obvia era que Bulma siempre había pertenecido al bando enemigo y su presencia en el planeta era parte de un plan para llegar hasta él y el que se les hubiera acercado con tanta audacia la primera vez que se vieron para ofrecerle quiromancia era algo que no cuadraba en ella después de conocerla. Quizás hasta Tarble estuviera involucrado y eso explicaría su afán por mantenerla a su lado, dentro del palacio.

El rey apretó el prendedor de la Patrulla con fuerza, haciendo rechinar los dientes con frustración. Pero cómo había hecho para adivinar el futuro…

Nunca habría pensado que perdería en su propio torneo contra alguien tan insignificante como un simple repartidor de carne y ella se lo había dicho, y después había mencionado a su descendencia. ¿Tendría razón en eso también?

Vegeta lanzó el objeto tan fuerte que quedó incrustado en una pared y tuvo el deseo de gritar. ¿Por qué no podía simplemente matarla? No tenía que hacerlo él mismo, tenía súbditos a los que le podía ordenar hacerlo y en cambio estaba sentado en una de sus tantas habitaciones vacías pensando en cuál mujer sería la madre de su descendencia y si acaso era esa humana.

—¡Guardias! —gritó iracundo pero nadie acudió. Minutos después llegó Nappa y miró la pared agujereada sin asombro alguno—. Necesito irme —le dijo colérico—, necesito pelear.

—Prepararé las naves.

Le quedaba poca cordura y prefería desquitarse con el enemigo que con sus guardias, los últimos reportes hablaban de una natalidad muy pequeña y una mortalidad muy grande como para desperdiciar hombres. Entre más grande fuera la masacre mayor sería su alivio, pensó, y siguió a Nappa fuera de la habitación, no sin antes mirar la pared agujereada y sacar el objeto incrustado. Sería un recordatorio, se dijo, para no tentarse más con la que sería probablemente una traidora.

En el inicio del trayecto Vegeta iba detrás de Nappa pero pronto apuró el paso y el calvo dejó que el rey lo adelantara. En cambio comenzó a dar instrucciones a través de su rastreador para que les designaran un destino apropiado para la situación: un planeta densamente poblado. Sin demora los operadores respondieron y la conversación llegó a oídos del rey que escuchaba atento a lo que reportaron.

Los exploradores dieron con una señal hace dos días atrás —informó la voz al otro de la línea—, les daré las coordenadas al hangar, señor. —Hizo una pausa corta para buscar algo en el sistema—. Es una civilización altamente inteligente —añadió como si esa información le fuera interesante a Vegeta. Él simplemente puso mala cara.

Nappa sonrió y dio la orden. Al pasar cerca de la ventana en la que Bulma cayó al abismo, apretó la mandíbula e hizo rechinar los dientes. Si bien no se encontraba ahí, el recuerdo todavía lo tenía presente y hasta le pareció sentir su aroma como una mano fantasmagórica que alcanzaba su nariz.

—Llama a Tarble —ordenó a su subordinado y la sorpresa le cruzó el rostro.

—¿Por qué…?

Vegeta sólo lo miró de mala gana y ya está, no hubo más palabras al respecto. ¿Lo quería muerto? No lo sabía, simplemente lo quería ahí, verle la expresión de horror.

—Llama a Broly también —le dijo después, a lo que Nappa le dio la negativa.

—Él se marchó —respondió un tanto incómodo y Vegeta se detuvo para mirarlo con el ceño fruncido. Nappa recordaba haberle hablado del asunto de Broly antes con claridad pero el rey estaba demasiado cegado por la rabia como para escucharlo. 

—¿Cuándo? —La palabra deserción todavía no acudía a su mente. No parecía posible, Broly era el mejor guerrero que tenía en su equipo, el mejor reputado.

—Durante el Torneo de Sucesión —dijo Nappa sin querer mencionar ese evento desafortunado que desataba toda la ira del rey. Para sorpresa del calvo, Vegeta puso una cara pensativa y tras unos instantes reanudó su camino sin decir nada más. Era verdad, ahora que hacía memoria la última vez que lo había visto había sido un poco antes de ser humillado por Kakaroto.

 


 

Milk rodeó la estructura semiesférica que habían logrado armar con Kakaroto, al puro estilo de su planeta natal, con barro del fondo del lago, arena del desierto y retazos de chatarra que el chico lograba fundir sin mayor esfuerzo. La casa se veía pequeña desde el exterior pero al bajar los primeros escalones dentro de la semiesfera, una enorme bóveda se abría en lo más profundo del terreno. El agujero tenía dos ambientes y el más pequeño y más interior era la habitación que Milk usaba para dormir. No contaban con mayores comodidades y la semiesfera estaba enterrada para mantener fresco en los días calurosos y resguardados del viento y la escarcha en la noche. A Kakaroto no le molestaba en absoluto la poca comodidad y el clima hostil pero procuraba dormir dentro de la bóveda para tranquilidad de ella, y mantenía fuego al centro de la semiesfera por las noches. 

Todavía se preguntaba qué era lo que le faltaba a esa casa para sentirse feliz. Quizás no era la casa, quizás era el vertedero que Bulma había escogido para que fuera su hogar.

Kakaroto llegó ante ella con un objeto reflectante en sus manos y se lo dio con una sonrisa.

—Lo encontré debajo de la fogata —le dijo y Milk miró ese objeto plano y su reflejo lechoso apareció ante ella. La humana no recordaba cuándo había sido el último día que se había visto en un espejo y se rió genuinamente. Enseguida se arregló el cabello y descubrió cuánto había crecido—. El calor debe haberlo formado —le dijo él y se dedicó a observar cómo se arreglaba casi con desesperación. 

—Necesito cortarme el flequillo —le dijo ella como si fuera algo muy importante y el repartidor sonrió con menos felicidad.

—Milk —le dijo—, necesito que me cortes la cola —continuó y ella dejó de cepillarse el cabello negro con las manos para mirarlo con horror—. No sé cuánto tiempo tardarán las lunas en llenarse.

—¿Por qué me pides esto? —Milk dejó caer el espejo sin querer y éste se rompió en tres pedazos filosos, lo suficientemente afilados para cortar pelo y carne, más no hueso. La humana reculó y cogió uno de los pedazos y su reflejo apareció ante ella. Su cara estaba cruzada por el espanto.

—No puedo cortarla yo mismo —confesó con pesar y casi con vergüenza recordó que ya lo había intentado una vez pero su instinto lo obligó a detenerse. Milk comenzó a llorar en silencio—. Jamás te haría daño —aseguró el chico como muchas otras veces, acercándose para tomarla de las muñecas—, pero no puedo arriesgarme a transformarme todas las lunas llenas. Milk, por favor —le pidió y ella levantó la vista hacia él, a lo que Kakaroto le sonrió dulcemente. La terrícola terminó por asentir con la cabeza, después de todo, era más seguro para los dos que fueran sólo dos terrícolas. Dos humanos insignificantes en un planeta vertedero—. Es sólo carne —bromeó y a Milk se le escapó una risa, aunque estaba temblando de miedo.

Kakaroto la soltó, cogió el pedazo más grande de espejo del suelo y se lo puso en su mano diestra. Milk dejó caer sin miramientos el trozo que tenía en la mano, que terminó enterrado en la tierra mojada, y vio cómo Kakaroto se hincaba frente a ella y después se giraba en redondo para mostrarle su espalda. Se quitó la ropa para quedar desnudo de la cintura para arriba y Milk se hincó tras él con mucha lentitud. Una lágrima cayó de su mejilla y se deslizó por la espalda masculina. Milk no pudo evitar delinear su trayectoria húmeda con la yema de sus dedos y acarició los músculos de Kakaroto sin que él supiera el por qué de ese preámbulo tortuoso y se estremeció con su caricia suave, como si se tratara del mismísimo trozo de espejo. 

El repartidor desenrolló su cola y la estiró ante ella, dejándola planchada entre el espacio de las piernas femeninas. Milk dejó escapar un sollozo cuando pasó su mano libre por el lado de la cola y acarició el pelo grueso. La chica apretó sus labios para intentar calmar el llanto y dejó escapar todo el aire de sus pulmones en un suspiro. 

—Intenta cortarla de un golpe, Milk —imploró Kakaroto, espantado por el dolor de un miembro amputado. 

Y Milk obedeció. Pero la cola se separó en doce cortes seguidos, no en uno. Kakaroto al principio intentó acallar sus gritos de dolor pero los alaridos le brotaron cuando el filo llegó al hueso y rasgó el suelo con desesperación. No supo cómo pero estaba jadeando en el piso, con una mejilla besando el piso y lágrimas formando un charco junto a su cabeza.

—Aún la siento, Milk —logró mascullar pero sólo sentía el fantasma de una cola, Milk la había tirado en el suelo con espanto apenas la supo separada y corrió dentro de la semiesfera en busca de una brasa caliente. Kakaroto sólo sentía dolor y pensó que no le quedaban gritos hasta que la humana chamuscó la base de su columna, y éste casi se desmayó. Si hubiera podido escuchar, la hubiera escuchado sollozando desesperada. 

—Necesitaba detener la hemorragia —le dijo con desesperación, con culpa de hacerlo gritar de nuevo—, perdóname, por favor, perdóname. 

Pero Kakaroto apenas entendía lo que le decía y pronto fue sumergiéndose en la inconsciencia.

—Perdóname, por favor —siguió diciéndole ella mientras lo acurrucaba en su regazo, procurando no moverlo demasiado—, perdóname…

—Había que hacerlo —alcanzó a decirle Kakaroto antes de quedarse profundamente dormido. 

 


 

Bulma volvió a la ventana un momento después y se encaramó por el alféizar cuando se aseguró que no había nadie viéndola. No era su intención volver a ponerse en peligro, tenía la remota esperanza de divisar el comunicador que había lanzado antes y del cual se arrepentía terriblemente. El objeto brillante que había visto antes de caer ya no lo encontraba por ningún lado y buscó la posición del sol con una mano sobre sus ojos para estimar qué tan distinta estaba desde entonces. Quizás los rayos del sol no caían de la manera correcta para que el destello le dijera dónde había caído.

—Diablos —masculló y trató de asomarse un poco más, pero el vértigo y la experiencia cercana a la muerte la detuvo en el acto—, mierda, mierda, mierda —dijo volviendo a su posición y retrocediendo tres pasos de manera preventiva.

Quizás una cuerda, se dijo a sí misma entre murmullos y cuando se dio la vuelta para seguir caminando se encontró de frente con él.

—¡Vegeta! —gritó pero se arrepintió en el acto. No era Vegeta, era…

—Tarble —corrigió el chico un tanto ofendido y frunció el ceño tal como lo hacía su hermano.

—Lo sé —dijo un tanto apenada—, es que son muy parecidos —mintió pero Tarble no se tranquilizó en absoluto. Sin embargo, hizo como si no importara y quiso cambiar el tema.

—Me voy —le informó cuando reprimió su enfado. Quizás era algo bueno haberse enfadado, momentos atrás se encontraba temblando de miedo. Bulma cambió de la incomodidad al pánico.

—¿Por qué? ¿Dónde? —No fue capaz de preguntar si se iba con él porque no quería hacerlo realmente pero eso no debía saberlo Tarble. El chico apretó los labios con impotencia y demoró en responder.

—Creo que Vegeta ha tomado la decisión de deshacerse de mí —le confesó y un poco de desesperación se coló en sus palabras. Había comenzado a temblar otra vez pero esta vez tensó todo el cuerpo para controlarse y sólo sus manos tiritaban—. Lo lamento… Sé que te dije que estaría contigo siempre, que nunca te dejaría sola… —hizo una pausa para controlar el temblor de su voz, a Bulma le parecía que iría a llorar—. He sido llamado para irme de misión con él y Nappa —le dijo y ella se le acercó para tomarle las mejillas y obligarlo a mirarla porque era bueno para evadirla—. Va a matarme cuando lleguemos —continuó cada vez más desesperado—, así suceden estas cosas..., estos accidentes.

—Escúchame —le dijo—, puedes pelear, sabes hacerlo —pero Tarble negó con la cabeza—, ¡sí puedes!

—No soy como mi hermano, no puedo ganarle, es demasiado poderoso. —Tarble le tenía terror a Vegeta. Y ella no tenía más que decirle más que un abrazo fuerte que desató el pánico que tenía Tarble y lloró y tembló todo lo que se había negado.

Cuando llegó la hora de partir, Tarble se despidió de Bulma, se enjuagó la cara y se marchó al hangar. Lo primero que vio fue a Nappa, cruzado de brazos como si estuviera aburrido, y después divisó a su hermano, regiamente sentado sobre una mesa, jugando con algo entre los dedos. Al cruzar miradas, el mayor le sonrió aterradoramente y Tarble sintió la necesidad de darse la vuelta y salir corriendo de ahí. El pequeño príncipe apretó los puños, respiró hondo y se unió a la pareja de guerreros que lo esperaban para partir.

—¿Listo? —Tarble no supo cómo leer la pregunta de Vegeta, no sabía si se refería al viaje o a su inminente muerte. Se sentía como un animal caminando hacia el cuchillo del carnicero.

Vegeta no esperó que su hermano respondiera realmente y se incorporó para pasar a su lado. El perfume de mujer le llegó a la nariz y sufrió un disgusto horripilante. La mueca que hizo Vegeta le provocó un temblor a Tarble quien tuvo que apartar la mirada.

El rey no demoró en subirse a su nave personal y cerrar la compuerta para irse inmediatamente. Nappa lo imitó y Tarble tuvo la insidiosa idea de dejar que se fueran y no seguirlos…, pero el castigo vendría de todas maneras, no había manera de escapar y se subió a su nave en un arranque de valentía y se marchó también.

 


 

Tarble daba bocanadas de aire enormes y aún así no conseguía sentirse menos ahogado, habían llegado en las primeras horas del sol y de eso había pasado una eternidad. Al llegar Vegeta y Nappa se marcharon a la ciudad más cercana sin detenerse a esperarlo y cuando los alcanzó, la matanza ya había comenzado. Ambos se reían y mataban uno a uno a todos los humanoides, atacantes o en fuga, daba igual. El príncipe solo se defendía si cargaban hacia él, era obvio que era parte de ellos por su coraza y el innegable parecido a su hermano. Al ser un blanco fácil un sinfín de seres lo atacaban y a ratos lo rodeaban y se subían a él, lo lanzaban al suelo y trataban de aplastarlo, pero todas las veces Tarble lograba subir a la superficie y matar a algunos. No tenía idea de cuántas veces iba a lograr escapar de ellos.

Todo su cuerpo le dolía y sus extremidades casi no le respondían. Un hombre se le abalanzó sorpresivamente y le agradeció que le gritara antes porque así pudo repeler el ataque. Esquivó una, dos, tres veces porque no le quedaban energías para hacer otra cosa. No podía levantar los brazos ni hacer un puño, así que esquivó y siguió esquivando mientras retrocedía. Aire, necesitaba más aire…

Un ataque pulverizó a su agresor para su sorpresa y se quedó quieto viendo el polvo que se llevaba el viento, el polvo que había sido ese hombre. Tarble trató de normalizar un poco su respiración y se dio la vuelta. Vegeta estaba atrás de él aun con la mano extendida y le sonrió un tanto. No era de felicidad, era algo venenoso.

Tarble no dijo nada, no se daban las gracias, no era su costumbre, así que sólo respiró y disfrutó ese pequeño descanso que le habían regalado.

—Estoy sorprendido —le dijo cuando bajó el brazo y comenzó a caminar hasta él—, realmente pensé que estabas muerto.

Una explosión iluminó el rostro de Vegeta y lo vió cubierto de sangre que era negra en la oscuridad de la noche.

—Por poco —respondió entre exhalaciones el menor de los dos. Vegeta sonrió una vez más y tan pronto como pestañeó, estaba sobre él. Una mano del rey le apretó el cuello al príncipe y lo alzó en el aire hasta que quedó mucho más arriba de la cabeza de Vegeta. Nuevamente a Tarble le costó respirar y arañó un poco la mano de su hermano para liberarse. Era obvio que bastaría mucho más que eso para que lo soltaran.

—Te odio —le dijo con todo el desprecio que le tenía—, desde que eras un bebé fuiste una desgracia, un ser débil. —Vegeta hizo una mueca—. Debería matarte ahora, nadie lo va a notar. Nadie te va a extrañar —dijo pero aquello era una mentira y lo sabía, Bulma lo extrañaría y ese pensamiento lo irritó aún más.

La mano de Vegeta comenzó a cerrarse sobre el cuello de Tarble y éste pataleó un poco por el dolor. Estuvo casi seguro que su hermano planeaba enterrar los dedos hasta su esófago para arrancárselo de un tirón. Tarble cerró los ojos sintiendo cómo se le iba la vida y se sacudió como pudo mientras tenía fuerza…

...pero al cabo de unos segundos eternos cayó de bruces al suelo y tosió saliva y sangre por igual. Intentó mantener los ojos abiertos pero se le cerraban sin parar y lo último que vio fueron las botas de Vegeta alejándose de su cuerpo.

Chapter 5: Cinco

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Para cuando volvieron a su planeta habían transcurrido cuatro días y la matanza no había calmado el temperamento del rey que se había bajado de la nave de la misma forma arisca con la que se había subido. Nappa no le preguntó por Tarble cuando le ordenó que se marcharan y Vegeta tampoco volvió a mencionarlo, por lo que haría correr la noticia de que había muerto en la purga del planeta. La gente, sin embargo, haría correr el rumor de que había sido el rey quien había matado a su hermano, tal como había hecho con su padre.

—Vamos a una taberna —sugirió Nappa pero del rey sólo recibió una mirada de reojo sin emoción alguna—. Una buena pelea, alcohol o alguna mujer son el remedio para todo.

Pero Vegeta caminó más rápido y dio por terminado su monólogo. Sólo quería cambiarse la ropa y limpiarse la sangre y el sudor. Mientras avanzaba sacó el objeto de la Patrulla desde un bolsillo oculto de su coraza y la miró con los ojos hechos dos líneas delgadas de desconfianza. Había agarrado un gusto por ese objeto, lo hacía girar entre sus dedos y creía que le calmaba un tanto la ira. O quizás lo hacía enfadar más, no lo sabía. A veces simplemente lo miraba entre sus dedos, daba igual. Sólo le gustaba tener el objeto cerca consigo. 

Al pasar cerca de la ventana la curiosidad lo hizo mirar y para su sorpresa ahí estaba ella, mirando hacia abajo con la cabeza fuera del alféizar. Bulma debía estar buscando el objeto que él había recuperado al verla lanzarlo al vacío y que ahora tenía en una mano. Vegeta se echó el aparato de vuelta al bolsillo cuando Bulma volteó a verlo y se aterró de encontrarlo ahí. ¿Tarble habría vuelto también?

A veces se asombraba de que estuviera viva todavía y que tuviera la audacia de recorrer el palacio sin escolta. Su seguridad sólo la atribuía a la túnica blanca que siempre usaba, sus guerreros más simples eran seres supersticiosos y creían mucho en el poder de la luna que les brindaba más poder, por lo que lastimar a una de sus chicas era la última de sus prioridades. No era raro ver a alguna que otra sumisa, que era el nombre coloquial que les daban, andar por ahí en el planeta pero eran pocas y no acostumbraban ir solas. Las que habían por lo general eran compañeras de hombres y mujeres saiyan que les gustaban exóticas. Por supuesto que los híbridos con esas mujeres estaban terminantemente prohibidos, por lo que era común tener sumisas esterilizadas. 

¿Era ella la compañera de Tarble? Su hermano era tan débil que no era favorecido por las mujeres del planeta, por lo que elegir fuera de su planeta era el camino más fácil para evitar la soledad. Pero Vegeta prefería creer en que Bulma no era más que una traidora que se había aliado a él, que venía de la Patrulla Galáctica y que por eso tenía un comunicador de sus enemigos.

Bulma se le acercó lentamente con el corazón pendiendo de un hilo, él no se movió ni un ápice, simplemente la vio llegar con la cara femenina cruzada por la desilusión.

—¿Dónde está él? —se atrevió a preguntar más no a pronunciar el nombre de Tarble.

—Aquí no —precisó él y la terrícola aguantó el llanto pensándolo muerto. Quizás lo estaba, no lo sabía realmente. Le había ordenado no volver más pero no estaba seguro de que lo escuchara, el tonto solamente tosía.

Bulma se abrazó a sí misma y se encorvó un poco para llorar sin evitarlo. ¿Por qué? Por qué lloraba por él, Vegeta no lograba comprender esas emociones.

—¿Qué será de mí ahora? —se preguntó para sí misma cuando Vegeta se dio la vuelta, listo para retirarse pero no lo hizo. Simplemente la escuchó sollozar.

—Matarte sería sencillo si tan solo fueras una tonta —le dijo sorpresivamente él de una manera calmada pero no menos seria y Bulma se sobresaltó, no había esperado que dijera una frase más en su pequeña interacción. Había sonado casi como un halago pero la terrícola no estaba del todo convencida. Vegeta seguía dándole la espalda y parecía que esperaba una respuesta de ella, pero nada acudía a su boca—. ¿Quién eres? —le preguntó nuevamente él y giró la cabeza un poco para verla de soslayo. Era sorprendente que él quisiera hablar con ella.

Atónita, Bulma demoró en contestar y escuchó que Vegeta chasqueaba la lengua cabreado y se disponía a retirarse, por lo que ella apuró la respuesta.

—¡Sólo soy una humana! —le dijo de un arrebato y logró que él se detuviera—. Sólo soy una humana que escapó del Templo de la Luna, sólo quería irme… Pensé que podría robarme una nave y ser libre, pero no lo logré.

—Pudiste haberte ido con Kakaroto —le recordó como siempre—, por qué no lo hiciste.

—No puedo decirlo.

Vegeta metió la mano en el bolsillo y se dio la vuelta para ponerle el objeto de la Patrulla Galáctica frente a sus ojos.

—Eres una de ellos.

Bulma abrió los ojos tanto como pudo en una expresión de horror, sabiendo que todo lo que dijera sería visto como una mentira. ¿Quién iba a creerle que se lo había dado un hombrecillo que nadie había visto?

—Eres una traidora —insistió.

—No puedo ser una traidora si nunca fui fiel a ti.

Vegeta apretó el objeto en su mano mientras apretaba también los labios, exasperado por las respuestas inteligentes que siempre daba. Lo hacía sentir un estúpido constantemente.

—¿Por qué no te fuiste cuando pudiste? —volvió a decir con la mandíbula tensa y vio que ella se asustaba de nuevo.

—No… no puedo decírtelo.

—Porque es una mentira.

—¡No!

—Entonces dime, dime por qué no te fuiste.

—No soy de la Patrulla Galáctica —dijo presa de la desesperación—, quería huir hacia su cuadrante pero no soy una de ellos. Ese objeto... , lo encontré en el palacio —su vacilación sonaba a mentira—, pensé que podría arreglarlo para llamarlos pero no pude y lo terminé lanzando por la ventana —confesó—, esta es la verdad. Lo juro. Me arrepiento de haberlo tirado tal como me arrepiento de no haberme ido con Kakaroto cuando tuve la oportunidad.

—«Un hijo y una hija —le dijo con la voz contenida, recordando lo que le había dicho un tiempo atrás cuando le había ordenado que adivinara su suerte y decirle dónde se había ido Kakaroto para darle caza—, eso sería mi ruina —continuó y entrecerró los ojos—, y sus ojos y cabello no serían negros como los míos» —culminó sin poder quitarle la mirada al pelo lila de la chica.

Vegeta le extendió el comunicador para que Bulma lo tomara pero ella estaba tiesa por la impresión. Ella temía que se tratara de una trampa por lo que no reaccionó.

—Si te vas serás el enemigo. —La solemnidad con la que le había hablado se volvió estúpida cuando Bulma no tomó el comunicador ni dijo algo al respecto.

—No creo que me vaya —confesó ella cuando Vegeta parecía estar perdiendo la paciencia—. ¿No me consideras tu enemiga ahora?

Hubo un silencio.

Bulma extendió la mano hasta el comunicador pero no lo tomó, simplemente cubrió la mano de Vegeta con la suya, solo lo tocaba. Los dedos de él se cerraron sobre la mano de ella y una sensación desconocida lo inquietó. Una sensación que no había sentido con ninguna otra guerrera con la que había estado. «No serán negros como los míos» se dijo una vez más, tornando los ojos, y estando cada vez más seguro de que así sería.

Vegeta no supo si había sido él el que la había acercado o si había sido ella lo había hecho de un salto, pero tenía Bulma encima. Sus manos femeninas le habían cubierto las orejas y lo miraba con sus ojos lilas sin una gota de miedo en ellos. La terrícola lo comenzó a acariciar sin importarle que tuviera sangre seca encima, o quizás no lo sabía realmente. Sintió sus manos en los pectorales, sus costillas, en la nuca…, y luego se le colgó del cuello para que no dejara de besarla.

Sus ojos nunca dejaron de verla a la cara, a sus ojos exóticos lilas, y eso ya le parecía muy distinto a todas las veces que había tenido sexo antes. Las mujeres de su planeta simplemente se daban la vuelta y se daban placer mutuamente sin verse la cara, no habían caricias ni siquiera besos. En cambio todo lo que Bulma hacía le era excitante; sus suspiros, los gestos, la forma en que lo besaba... Fue Vegeta quien acabó antes que ella pero continuó solamente para verla llegar al clímax. Nunca antes había sido su prioridad el placer de la pareja de turno y no comprendió por qué era importante ahora.


Hasta ese día, Raditz no esperaba volver a ver a Turles o alguno de su antiguo escuadrón nunca más, y mucho menos que su medio hermano osara sentarse a su lado en las barracas. El gigante ni siquiera intentó ocultar su desagrado cuando Turles puso sus botas sucias sobre la mesa en la que comía. Raditz no se consideraba un hombre particularmente limpio, pero sabía cuándo una actitud era intencionalmente grosera. 

El gigante se pasó la lengua por los dientes tras tragar el bocado de carne chamuscada que estaba masticando. A Turles le pareció que estaba preparándose para decirle algo pero el primogénito de Bardock simplemente siguió bebiendo cerveza y comiendo su carne tras mirarlo con desdén. Aún así, Turles no se ofendía con tan poco y le divertían las reacciones que le sacaba al gigante. 

—Supongo que te habrás enterado que el príncipe Tarble ha muerto —le dijo su hermano ilegítimo y Raditz se largó a reír.

—Era cosa de tiempo para que Vegeta se hartara de él —afirmó Raditz mientras se acomodaba en su asiento—, pero dudo que hayas venido hasta acá para contarme los chismes del palacio. También supe que Broly se fugó —le dijo—, la misma noche que Kakaroto se fue. —Raditz quiso precisar que se había ido junto a Milk, pero prefirió omitirla para protegerla por más que estuviera a muchísimos parsec de distancia. De pronto su mente se encontró añorandola como antes.

Turles sonrió y se acomodó en su asiento también, acercándose a su medio hermano como si le fuera a contar un secreto.

—¿Qué fue de la chica del Repartidor? —le preguntó casi con un susurro y el solo hecho de que Turles mencionara a Milk hizo que Raditz arrugara la nariz—. Vegeta se quedó con la sumisa de Tarble —le dijo como si su concentración en un sólo tema no le durara mucho tiempo—, algunos dicen que es por eso que lo eliminó —escupió Turles—, pero dudo que esa fuera la razón. 

Raditz puso los ojos en blanco y se levantó del asiento sin miramientos ni alguna despedida, y esperaba que Turles no lo siguiera. Pero sus deseos no siempre eran escuchados y sintió que su antiguo compañero de escuadrón se levantaba tras él.

—¿Qué es lo que quieres? —le preguntó cuando se volteó a mirarlo y el hombre lo estaba viendo de una manera inquietante.

—¿Acaso no quieres desquitarte con Vegeta? —Para Raditz eso no tenía ni el más mínimo sentido, Turles siempre había estado en el lado del rey incluso antes de ser el rey—. Los Clanes creen que está a punto de regar bastardos con la sumisa —le confesó—, y estamos planeando eliminarla.

Raditz casi se puso a reír.

—Vegeta jamás tendría un hijo con una sumisa y menos si fuera un híbrido —contestó Raditz con la risa aún atorada en la garganta —, y ciertamente, jamás me arriesgaría a ser el blanco de la ira de Vegeta —dijo mientras señala su estómago, ahí dónde el puño y antebrazo de Vegeta lo había atravesado en el pasado, dejándolo en las puertas de la muerte—. Ya lo hice una vez, no lo repetiré. No, gracias. De todas maneras, ¿desde cuándo te interesa el heredero al trono?

—Realmente no me interesa eso —le confesó su medio hermano con un suspiro exagerado—. Sólo no me gustan los híbridos —dijo y Raditz no estaba tan convencido, le pareció que sólo era una excusa. Los híbridos estaban terminantemente prohibidos porque se creía que su sangre diluída los hacía menos poderosos pero si Raditz se ponía a pensarlo, jamás había visto uno en su vida. Pensó que quizás nacían sin cola o que no eran criaturas compatibles con la vida. 

—¿Cómo son los híbridos? —le preguntó tras pensárselo un poco y Turles se rió como si la respuesta fuera muy obvia. Luego escupió al suelo como si le dejara un mal sabor en la boca  

—Criaturas débiles, con la sangre contaminada.  

Raditz supo que Turles tampoco había visto uno en su vida, pero quizás lo que decía no estaba lejos de la realidad. De pronto se vio imaginando  cómo habría sido el resultado de su unión con Milk, que era casi idéntica a ellos. Pelo negro y ojos negros, quizás con una cola inexistente, y se preguntó si morirían o si serían débiles como todos decían. Después se preguntó qué pasaría con la semilla de Vegeta si se enfrentara a los colores inusuales de la sumisa que conservaba de Tarble. «Bulma» había dicho Milk. Aquella visión de ojos y pelos lilas lo hizo arrugar la nariz y Turles se rió de su expresión. 

—¿Acaso no te apetece matar a una sumisa ?

El gigante ya estaba convencido que a Turles lo movía el sadismo más que el respeto por la sangre. 

—Las sumisas están protegidas —contestó él con la intención de zanjar el asunto—. Y si a esta sumisa no la protege la Luna, la protegerá Vegeta. Al menos hasta que se canse de ella. —Raditz no le haría daño a una mujer que Milk había estimado—. Los Clanes son supersticiosos, no creo que quieran matarla directamente. 

—Por eso lo harán de forma discreta —le dijo con un susurro—, nadie tiene por qué saberlo. 


Ni en sus más oscuros pensamientos Broly había pensado que ese día llegaría.

Cheerai y Leemo echaban semillas en el campo recién labrado y él los observaba de cerca, vigilante de los gusanos de tierra o los escarabajos gigantes. Más allá, unos pares de niños de la aldea jugaban en los agujeros para sembrar, todos estaban bajo su protección, y a él le gustaba su nueva ocupación. 

—¿Qué es ese brillo? —preguntó Leemo mientras capeaba la luz del sol con una de sus manos sobre los ojos para mirar el cielo y Broly miró también—, parecen… —pero Leemo no pudo terminar la frase cuando el miedo lo invadió.

—Naves —concluyó Cheerai quien abrió los ojos tanto como pudo. Los niños dejaron de jugar en los agujeros y miraron al cielo también. El brillo que bajaba rápido se dividió en tres cometas que desaceleraron para un aterrizaje más suave. Al cabo de unos segundos en los que Broly se incorporó, las naves hicieron contacto con la superficie y un pequeño temblor se sintió a sus pies. Los niños salieron de los agujeros y fueron a refugiarse entre Cheerai y Leemo, dejando que el gigante de Broly los escudara con su cuerpo. 

—¿Acaso son…? —Leemo no tuvo el coraje de terminar sus frases y Cheerai frunció el ceño mientras intentaba huir a la aldea para dar aviso pero no pudo mover ningún músculo de su cuerpo.

—No lo sé —dijo ella, con el miedo mordiéndole todo el cuerpo. 

—Vayan de vuelta a la aldea —les dijo Broly mientras se elevaba suavemente. Cheerai apretó la mandíbula y tomó a dos niños de las manos para correr a resguardarse. Leemo no tardó en seguirla, alentando a los niños restantes a correr junto a él. Cuando el pequeño alienígena se volteó por última vez a ver al gigante, éste ya no se encontraba ahí. 

Broly había esperado que el día en que el planeta Vegeta se aventurara a incursionar en ese pequeño planeta no llegara nunca. No le molestaba pelear ni mucho menos matar, lo haría de ser necesario para proteger a la aldea, pero el que un escuadrón resultara derrotado en un pequeño planeta insignificante, llamaría demasiado la atención. Un sinfín de incursiones le seguirían y hasta el mismísimo Vegeta se apersonaría ahí picado por la curiosidad de por qué sus hombres morían ahí. Broly estaba seguro que hasta podía derrotar a Vegeta si se lo proponía, pero una vida en el anonimato era lo más seguro para Cheerai y para Leemo.  

El gigantesco guerrero llegó rápidamente ante el escuadrón que apenas había salido de sus naves y se desperezaba del sueño inducido. Las lecturas de sus rastreadores los puso nerviosos enseguida pero simularon calma cuando vieron una cola enroscada en su cintura.

—¿ Saiyan ? —preguntó quién sería el líder y le dedicó una sonrisa apenada, mientras se acercaba unos pasos—. Nadie nos dijo que este planeta ya estaba en incursión.

Broly no dijo nada, comprobó que eran tres: dos hombres y una mujer. La mujer retrocedía un poco y le decía algo al oído al tercero. El líder los miró de reojo como si quisiera entender lo que decían, pero procedió a seguir con su diálogo.

—Veo que la población sigue viva —le dijo mientras recibía lecturas desde su propio rastreador de brillo verde.

—Población de un par de millones —dijo la mujer—, poco y nada poderosa. Localizada a pocos kilómetros de aquí. Están concentrados en un punto.

Los puños de Broly se tensaron.

—No nos malentiendas, chico —le dijo el líder—, si quieres purgar este planeta, es todo tuyo. Es más, por las lecturas, con uno de nosotros basta. 

—¿Por qué no lo has hecho ya? —le preguntó el tercer integrante, muy desconfiado de la presencia de Broly—. Hace cuánto que estás acá.

La mujer volvió a susurrarle cosas en el oído y esta vez, su líder fue capaz de escucharla.

Es el fugitivo del escuadrón del Rey Vegeta —dijo la mujer y Broly entendió que el príncipe Vegeta ya había ascendido al trono—. Lleva fugado mucho tiempo.

Los rastreadores en general grababan todo lo que se decía en las conquistas, a menos que se apagaran, y esos rastreadores estaban prendidos. Broly supo que ya no había vuelta atrás, Vegeta sabría dónde se encontraba y vendría a cazarlo si no hacía algo. Por lo que comenzó a atacarlos con una velocidad espantosa. Ver a un saiyan aterrado era difícil pero Broly sabía lo aterrador que podía ser él mismo.

No fue difícil matarlos a los tres. El líder ofreció un poco más de resistencia en morir y con la que más vaciló fue con la chica, imaginando que así habría muerto Cheerai de haberlos dejado conquistar su pequeño planeta. Tras la matanza quedó enfurecido y no hubo grito que lo calmara, simplemente se quedó entre los cuerpos de sus camaradas, frustrado y desesperado, pensando en que Cheerai y Leemo terminarían muertos porque el planeta Vegeta no descansaría hasta derrotarlo y anexar ese pequeño planeta que no tenía valor alguno. Como la primera transformación a la luz de la luna llena, Cheerai y Leemo lo fueron a buscar de noche, cuando ya estaban seguros que Broly había lidiado con los atacantes. La chica se cubrió la boca de espanto cuando lo vio cubierto de sangre.

—No es mi sangre —dijo él simplemente y su propia voz le dio miedo. Había despertado en él algo que no lo dejaba tranquilo—. Van a venir más —les dijo con pesar—, los mataré a todos. —Leemo pasó saliva espesa—. Pero no dejarán de venir escuadrones, uno tras otro. 

—Entonces los matarás —le dijo Cheerai, ya menos espantada, poniéndole una mano sobre su mejilla, roja de sangre pegajosa—. No importa cuántos vengan, cariño.

Broly sabía que así sería.

 

Chapter 6: Seis

Notes:

Perdón por no volver en un eon y medio, me sigue gustando esta historia pero la adultez me impide ser una niña enamorada. Quizás alguien siga leyendo esta historia.

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≪Tarble≫

Bulma despertó súbitamente con la imagen del príncipe en sus sueños. No, no era el príncipe, era su cadáver. Él estaba muerto y el hombre que estaba a unos metros más allá de ella lo había asesinado. La terrícola se sobresaltó cuando Vegeta volteó a verla cuando ésta despertó. Cubierto en las sombras como estaba, el rey se veía más tenebroso que nunca. Bulma se percató que aguantaba la respiración cuando él volvió a mirar al punto de antes y su estado de alerta le permitió respirar con total libertad.

Al acostumbrarse a la poca luz, Bulma divisó al pequeño comunicador en los dedos de él, moviéndolo con las yemas como si eso lo liberara de la tensión.

—¿Esto hacías con Tarble? —preguntó él de pronto, asustándola de nuevo. Si dejara de esconderse en las sombras sería menos tétrico. Era como si se arrepintiera de comer del mismo fruto que su hermano si Bulma había sido mordida por Tarble antes. No consideraba a Bulma como una prostituta sino que odiaría tener el mismo gusto que el príncipe caído en desgracia.

—No —respondió ella.

—Entonces por qué pasar tiempo con él.

—Ya te lo dije, éramos amigos. —≪Éramos≫ era una palabra muy dura.

—Amigos —repitió sin creerlo y se levantó de donde estaba sentado, haciendo que Bulma sintiera su piel de gallina.

—Sé que para ti es difícil de entender, tú no tienes amigos.

—No necesito… —Bulma lo interrumpió hablando por sobre sus palabras.

—Sí, sí, no necesitas amigos. Lo sé, no tienes por qué repetirlo. —Incluso Bulma se sorprendió de su audacia. Pero por primera vez en todo el tiempo vio que Vegeta no se ofendía con ella y hasta sonreía un poco. Quizás era su imaginación traicionándola para permitirle ser feliz en aquella situación, rendida ante un rey genocida y parricida. Regicida, incluso. Bulma resopló. Jamás había indagado directamente sobre la muerte repentina del otrora Rey Vegeta pero había escuchado lo que Tarble le había comentado: Vegeta estaba enloquecido tras su triunfo amargo contra Kakaroto y no supo contenerse ante los reproches de su progenitor. No había testigos directos más que los guardias y estos estaban fuera de la sala del trono cuando los hechos se desarrollaron. De todas maneras, en ese planeta árido y tan sanguinario, las noticias viajaban a menudo como cotilleo de bar y a menudo llegaban sazonadas con mentiras.

Vegeta jamás había conocido a una sumisa tan mordaz pero por sobretodas las cosas, que fuera tan valiente como para resistirse al miedo que le sentía.

—¿Siempre fuiste una sumisa? —quiso saber picado por la curiosidad. Bulma jamás mencionaba a la Diosa de la Luna como esperaba de una devota del culto. 

La chica rió.

—Por supuesto que no —respondió al sonreír—, yo vivía con mis padres cuando un escuadrón de tu planeta llegó a invadir. Mi padre era un ingeniero y me instruyó en la ciencia desde pequeña —continuó con un dejo de nostalgia—. Porque lucimos como ustedes me llevaron al Templo de la Luna para ser una sumisa. Me enseñaron los ritos y la adivinación, por supuesto, pero nunca creí en eso hasta que te ví las líneas de la mano.

Vegeta frunció la nariz y de pronto sintió un dejo de enfado. 

—Pero acertaste —le reprochó recordando que sólo le había dado adivinaciones amargas.

—Lo sé —asintió Bulma.

≪Tarble≫

A Bulma la traicionó su recuerdo del príncipe y Vegeta lo notó. Se le acercó de manera sigilosa pasando entre halos de luz y oscuridad y a Bulma se le pusieron los pelos de punta, de modo que forzó una sonrisa cuando lo tuvo a su lado.

—¿Estás asustada? —Una mano enguantada apartó un mechón de cabello lila de la mejilla. Bulma no supo qué decir en un principio y simplemente se rio cortamente para apartar la cabeza y cerrar los ojos.

—Por supuesto que me asustas —dijo—, a veces olvido que mataste a tu hermano…

—No sólo a él —respondió hincándose a su lado de manera brusca—. Ya perdí la cuenta de cuántos he asesinado… —murmuró con orgullo y meneó la cola como un felino.

≪Tarble≫

—Lo sé —suspiró ella volviendo la cabeza hacia él, abriendo los ojos para encararlo con las perlas lilas que distaban tanto de sus ojos negros. ≪Y sus ojos y cabello no serán negros como los tuyos≫, recordó el rey. Bulma sonreía como él y la de Vegeta se suavizó. Ya no destilaba tanta maldad… Con una yema de sus dedos delineó el labio inferior del rey, provocándole un sofoco casi imperceptible. Era momento de marcharse—. No te vayas —le pidió ella cuando intuyó sus intenciones y un gruñido hizo vibrar su garganta. A la terrícola le encantaban esas reacciones viscerales que podía producir con tanta facilidad y ella misma sintió su propia humedad. 

Pero Vegeta se irguió del suelo y la miró desde las alturas con la cara en completa penumbra, y los ojos brillaron en contención. 

—No puedo quedarme aquí sin hacer nada —le dijo antes de irse y dejarla sola en aquella habitación simple para un rey. Sí contaba con una ventana que daba al risco y la vista privilegiada de la salida matutina del sol binario del planeta, pero no contaba con más lujos que una cama simple para un guerrero de barraca. Según el rey, un guerrero no necesitaba más puesto que se pasaba la mayor parte fuera del planeta. 

≪Tarble≫

Bulma se levantó de la cama cuando comprendió que el recuerdo del pequeño príncipe la atormentaría incluso en sueños y se calzó la túnica blanca que era su armadura en aquel planeta de soldados creyentes. Ninguno la atacaría si eso pudiera enfurecer a la Diosa de la Luna, supuesta deidad a la que Bulma falsamente servía. Con ese atuendo completamente blanco como la luna y un par de palabras desalentadoras en un tono de culto, los guerreros la dejaban en paz. Y los que no eran creyentes, temían a Vegeta por sobre todas las cosas. El hombrecillo de la Patrulla Galáctica tenía razón, ella estaría bien mientras tuviera a Vegeta de su parte.  


Kakaroto demoró dos días enteros en despertar por completo y aunque seguía doliéndole la espalda baja, ya no le dejaba las piernas entumecidas de dolor cada vez que se movía. Sin embargo, se movió con cautela para no despertar la herida que había reemplazado su cola. La hoguera al centro de la bóveda seguía caliente al tacto y se incorporó del suelo que había sido su compañera en sus días de letargo. Recordaba que Milk dormía junto a él, regalándole su calor corporal mientras él temblaba incontrolablemente y sudaba con un sudor frío todos sus males. No podía comer porque el letargo se lo impedía pero la humana conseguía darle agua dulce del lago para que no decayera tan rápido. 

—Milk —susurró y se sorprendió de lo débil que se encontraba, sin poder llamarla con más fuerza. Tanteando las paredes logró emerger desde el interior de la bóveda y el brillo del sol le provocó dolor de cabeza. De pronto sintió mucha sed y hambre, pero por sobre todo mucho cansancio—. Milk —la llamó otra vez, extrañado que ella no estuviera a su lado. 

Se dirigió al lago en donde metió su cabeza directamente en el agua y bebió hasta que se hartó y pensó que vomitaría. Pero fue suficiente para sentir que la debilidad comenzaba a dejarlo y suspiró aliviado, sentado en la orilla mojada del lago. 

La humana emergió entonces del desierto, con una soga atada fuertemente a su cintura y avanzaba trabajosamente arrastrando un cuerpo detrás suyo como una sombra grotesca. Las mejillas de la chica estaban rojas por el esfuerzo y el pelo se le pegaba en la cara por el sudor, pero toda la concentración en su trabajo se esfumó como humo en el aire cuando lo vio en el lago, con más vida de lo que lo había visto en esos últimos dos días. 

Milk ahogó un grito de alegría mientras se desataba la soga de la cintura y corría a pesar del cansancio hasta él. Kakaroto se levantó del suelo y dio unos pasos hasta que sus cuerpos se azotaron en un abrazo que les quitó el aliento a los dos. Inmediatamente al chico se le vino a la mente los retazos de recuerdos de las noches delirantes que pasó al cuidado de la humana y de cómo habían dormido entrelazados para que no se congelara.

—Estás vivo —lloriqueó la chica que solo le llegaba hasta el pecho y Kakaroto tuvo que balancearse para no perder el equilibrio. Al instante le llegó el olor corporal de la chica además del distintivo aroma metálico de la sangre. El Repartidor escudriñó el rostro de la chica y le levantó el mentón para revelar una costra de sangre seca que cubría todo su cuello—. No es mi sangre —dijo entonces y se posicionó bajo una de sus axilas para servirle de apoyo cuando volteaban a ver por donde ella había llegado—. Escuché una explosión hace unas horas atrás —explicó y apuntó el cielo—, vi una estela de humo en línea recta y me imaginé que sería una nave. Pensé que sería Bulma —dijo con una mueca.

—¿Quién era?

—No lo sé —dijo Milk—, pero había una persona viva. Al menos cuando la traje, seguía estándolo. 

Kakaroto dejó a Milk y caminó ante esa camilla artesanal que la humana había improvisado con escombros de nave. Se sentía débil aún y sintió su corazón bombeando en sus oídos y su cuello. Era una chica de la edad de Bulma, pero tenía los colores de Milk y tampoco tenía cola. ¿Acaso era una humana también?

—¿De dónde salió tanta sangre? —Kakaroto no veía sangre en el cuerpo de la chica, al menos visible y Milk se estremeció.

—No de ella —le dijo encogida de hombros—, de sus acompañantes. 

—Deberíamos llevarla dentro —le dijo el chico mientras se disponía a tomarla en brazos cuando una punzada en donde había estado su cola lo hizo mascullar de dolor, pero aún así logró alzar a la chica y Milk le sujetó la cabeza para que no colgara. El repartidor la depositó en el mismo lugar en el que él había descansado y de un movimiento encendió la fogata para mantenerla con calor. 

En silencio incómodo se quedaron observando a la chica inconsciente y Milk decidió era mejor ponerse a cocinar algo para el Repartidor y la chica para cuando despertara. La chica dormía como una muñeca sin vida y cada cierto tiempo ponían un dedo debajo de su nariz para comprobar que estuviera respirando. 

Esa noche no despertó y Kakaroto y Milk durmieron frente a ella con la fogata entre medio, abrazados como cuando él mismo estaba recuperándose. Lo distinto fue que esta vez Kakaroto estaba completamente lúcido y Milk se volteó para mirarlo directamente a los ojos, ambos bañados con la luz anaranjada de la fogata que mantenía la bóveda cálida. Milk había sido devota de la Diosa de la Luna y por lo tanto era casta, al igual que el Repartidor, hasta esa noche. 

Gracias a la Diosa, Mai no despertó hasta la mañana siguiente. 


A Vegeta no le interesaba lo que tuvieran que decir sus generales o asesores, por lo que la única manera es que tuvieran alguna conversación con él era atajándolo en los pasillos sorpresivamente. Su padre o incluso Tarble eran más receptivos que el regente actual, a ellos les importaba el planeta y su gente, algo que para Vegeta era obvio que no.

—Pero señor… nuestros hombres están muriendo más rápido de lo que…

—¿Y qué quieres que haga? —preguntó de mala manera mientras intentaba alejarse del grupo de ingenieros que lo atosigaba.

—Si hubiera una manera para que la natalidad aumentara, porque la mortalidad de niños en las incubadoras es alto-

—¡Entonces construyan mejores incubadoras! —gritó Vegeta y se dio la vuelta para marcharse a regañadientes. Había sido una mala jugada acercarse sin algún plan que él pudiera dar el visto bueno simplemente, después de todo, él solamente era un guerrero.

Nappa lo siguió de cerca, acostumbrado a esos arranques de ira y a cómo controlarlos. Ya estaban lejos de los laboratorios cuando el más alto de los dos se dignó a hablar.

—Hay una planeta cercano que volvió a poblarse, al parecer dejaron sobrevivientes —hizo una pequeña introducción—. Alistare las naves para esas coordenadas —dijo Nappa sabiendo que aquello lo calmaría pero Vegeta simplemente lo miró de reojo y no dijo nada, yéndose de la misma manera. Esa reacción era poco común pero no del todo extraña, al menos no era una negativa. Nappa se fue antes de que Vegeta llegara al ventanal en donde se encontraba la terrícola. Antes volvía ahí para buscar el comunicador que había lanzado pero que ahora Vegeta lo tenía, por lo que él no entendía por qué insistía en ir. Cuando estuvo cerca de ella, Bulma le habló mientras se volteaba a mirarlo con una sonrisa.

—Yo puedo mejorar las incubadoras que tienen —dijo ella para sorpresa de Vegeta. Su expresión la hizo reír—. Tus gritos se oyen a lo lejos, lo escuché toda la conversación con ese pobre hombre.

—Por supuesto que sí... —dijo cuando salió de la sorpresa de haber sido tan escandaloso. Vegeta se comenzó a reír suavemente pero ella no se sintió ofendida por ello—. ¿Mejorar las incubadoras para que sobrevivan más niños saiyan? —Bulma frunció los labios, claro que podría pero poniéndolo de ese modo no era buena idea—. En cualquier caso, no. Que se mueran los que deben morir, no me interesa.

Vegeta había requerido de un tiempo mínimo en la incubadora cuando era un bebé, por otro lado, Tarble se demoró más que el promedio en salir de ella.

—¿No te molestaría que se extinguieran? —preguntó la terrícola simulando que no le interesaba tanto la respuesta.

—No —respondió él sin sorprenderla.

—Es bueno saber que estamos de acuerdo en algo —rió ella y lo abrazó por los hombros, su reacción esta vez sí la sorprendió. Vegeta no ocultó la mueca de espanto y sintió que tensó todo el cuerpo ante ese simple abrazo—. ¿Tienes miedo que alguien nos vea? —bromeó pero Vegeta se sacudió disimuladamente con un leve rubor. Al parecer, abrazarse era muchísimo más vergonzoso que tener relaciones sexuales en esa planeta.

—No hacemos esas cosas en este planeta —murmuró Vegeta aclarándose la garganta y Bulma comprendió por qué se retiraba enseguida de su lado después del sexo.

—Por supuesto que no —seguía riéndose y estaba luchando contra el deseo de saltarle encima sólo para molestarlo. Bulma se tapó la boca cuando el rey la miró de soslayo cuando pensó que no dejaba de burlarse de él, pero la risa simplemente no paraba de brotar—. Por favor no me mates —rió sin pensar que Vegeta la fuera a matar realmente. 

—Sólo no vuelvas a hacerlo… —murmuró él con la punta de las orejas rojas, emprendiendo la huida. Bulma no podía simplemente dejarlo como le habían ordenado, ahora que sabía que esas muestras de cariño lo ponía incómodo pero no violento.

—¿A dónde vas? —preguntó la terrícola apurando el paso para alcanzarlo. Vegeta, todavía no recuperado del bochorno, demoró en contestar.

—Afuera.

—¿Puedo ir? —Bulma ya había llegado al punto de aburrirse cuando estaba sola, no tenía mucho que hacer a menos que estuviera con él. Ya había recorrido los pasillos del palacio que no le parecían tan tenebrosos y sabía reconocer cuáles soldados eran creyentes y cuáles eran los que no, éstos últimos eran los más peligrosos. 

—No.

—¿Por qué? ¿Irás a matar gente? —Bulma lo había lanzado como una broma pero la mirada silenciosa que le dedicó el rey la hizo entender que era cierto. Enseguida dejó de reírse y el rey lo notó, deteniéndose para buscar su mirada pero Bulma lo evitaba—. Nos vemos cuando llegues —le susurró y se dio la vuelta para retirarse. Vegeta se la quedó mirando un rato hasta que se le perdió de vista, un tanto decepcionado. Y lo odió. Se odió a sí mismo por sentirse así, no porque se avergonzara de su naturaleza asesina, sino porque ella volvía a sentir miedo hacia él.

El rey buscó dentro de su armadura el comunicador y se fue gruñendo con el aparato bien apretado bajo un puño. Era su recordatorio, se dijo, de que no tenía que entusiasmarse tanto con ella. Bulma no era una guerrera, no era una saiyan, no tenía el pelo ni los ojos de color negro y sería su ruina…

Como Vegeta esperaba, la cara con la que se subió a su nave personal no cambió para nada cuando llegaron al planeta en cuestión, y participó poco de la purga. Nappa lo notó y cuando fue a preguntarle si estaba bien, el rey simplemente gritó a boca cerrada y se devolvió a la nave personal. Su estado de ánimo estaba más horrible que antes y por primera vez esto inquietó a Nappa que había sido su compañero de escuadrón toda la vida, pero prefirió no insistir más de lo que ya lo había hecho.

No era que hubiera perdido su gusto por la pelea o por matar, sino que le molestaba que ella lo mirara distinto cuando mostraba su faceta de asesino. Y Bulma solo era una simple humana.

Vegeta volvió al planeta en solitario antes de lo acordado. Los hombres que lo recibieron en el hangar no pudieron ocultar el asombro pero procuraron no meterse en su camino para no tentar al destino. Al principio comenzaron los rumores de que había matado a Nappa y a los demás y para cuando éstos llegaron al planeta, el rumor ya se había propagado por el planeta sin piedad. Aunque lo que se dijera de él poco le importaba a Vegeta.

El rey caminó rápido y no planeó desviarse de su camino hasta sus estancias personales cuando escuchó una voz que le resultó familiar. Venía desde una de las tantas habitaciones que almacenaban incubadoras y sin equivocarse, vio que la terrícola estaba ahí.

Un ingeniero le explicaba a Bulma, vestida de blanco, cómo funcionaban las incubadoras. Por el tono de voz que tenía, el ingeniero dudaba que la chica entendiera un ápice de lo que le estaba diciendo y quería que la mujer se fuera más rápido que tarde. Al llegar Vegeta y pararse frente a ellos, se demoraron un tanto en notarlo, y cuando el ingeniero al fin lo vio se deshizo en disculpas, reverencias y lágrimas. Bulma, en cambio, le sonrió y murmuró un ≪ya llegaste≫. El ingeniero al ver que no hacía reverencias, le puso una mano sobre la cabeza y la obligó a doblarse en sumisión.

Por supuesto que Bulma gritó con disgusto y se intentó liberar, sintiendo que le arrancaban unos cuantos cabellos lilas en el acto. A Vegeta se le desfiguró la cara y dio un paso para golpear con un puño apretado al ingeniero. El hombrecillo llegó a parar a una incubadora, la rompió con el golpe y el bebé que crecía dentro se precipitó al suelo. Los otros ingenieros llegaron corriendo para auxiliar al bebé con desesperación y Bulma se sobresaltó al ver al infante inmóvil, pero Vegeta se retiró y ella no tuvo más remedio que seguirlo.

—¿Qué ocurre? —le preguntó él cuando se habían alejado lo suficiente del laboratorio. Bulma apretó los labios mientras se agarraba de las faldas de su túnica para que no la hicieran tropezar.

—El bebé…

Era claro que a Vegeta no le interesaba y no dijo más, muy rabioso aún para hacer algo más que caminar hacia sus estancias personales. Bulma estaba incómoda e intentó aliviar el ambiente con una pequeña charla.

—Tus ingenieros son unos estúpidos pero no veo fallas en las incubadoras —comenzó ella—, creo que el problema en realidad son ustedes —dijo después, pensando que quizás eso lo ofendería pero no dijo nada—. Creo que podrían intentar diversificar su genética con la reproducción entre distintos clanes o con ingeniería genética..

Vegeta la interrumpió.

—No me interesa.

A Vegeta no le interesaban muchas cosas.

—Sólo quería ayudar.

—No lo hagas —ordenó y se detuvo de súbito, ella chocó contra su espalda y se asustó. La atmósfera tensa y su enfado evidente la hacían querer molestarlo lo menos posible. En efecto, Vegeta se volteó a verla de reojo pero no dijo o hizo nada. Bulma tragó saliva y asintió la cabeza con suavidad. Él estuvo satisfecho y volvió a caminar, pero ella no se atrevió a seguirlo—. ¿No vienes? —le preguntó sin detenerse y a Bulma se le paró el corazón. Por supuesto que quería aunque no lo dijera en voz alta y fue, apurando el paso para quedar a su lado.

Chapter 7: Siete

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≪¿El bebé murió?≫ se preguntó Bulma con un dedo entre los labios mientras fruncía el ceño. Esa noche había soñado con la imagen de bebé inerte en los brazos de los ingenieros que intentaban de todo para reanimarlo, pero el bebé nunca lloró, al menos no el tiempo que estuvo mirando antes de que Vegeta se fuera. Estuvo tentada a preguntarle al rey si sabía algo pero intuía que su respuesta sería un ≪no me interesa.≫

La terrícola miró su lado con disimulo, Vegeta le daba la espalda pero supo que él no estaba durmiendo. Era la primera vez que se quedaba reposando junto a ella pero Bulma no lo quiso hacer notar para no espantarlo. No lo veía descansar, siempre parecía atormentado por algo y se dedicaba a pensar con el ceño fruncido eternamente.

—Deberías irte de aquí —dijo entonces. Bulma primero se sorprendió, luego puso mala cara.

—¿Perdóname? Eres tú el que está en mi habitación —puntualizó y el rey se incorporó de la cama para mirarla con una mueca—. Al menos la que uso desde que llegué acá. —Un hombre muerto se la había dado. ≪Tarble está muerto al igual que ese bebé≫, aunque Vegeta no había tenido la intención de matar al bebé, los había matado a los dos.

—No me refiero a esta habitación. —La amargura del rey volvió a su rostro en la forma de una mueca. Vegeta se levantó en silencio y comenzó a vestirse, sin que ella saliera del asombro. Lo único que quiso pedirle fue que no se marchara aun.

—¿Por qué? —Bulma tomó uno de los guantes de Vegeta con la esperanza de que no se fuera sin calzarse los dos—. No me quiero ir.

Vegeta miró su guante en las manos de Bulma. Como no hubo respuestas de su parte, la humana frunció el ceño.

—¿Qué haría sola? —preguntó—, no tengo a nadie —continuó—, ¡si no hubieras matado a Tarble me iría con él!

Aquello no le cayó bien a Vegeta.

—¡Antes dijiste que querías escapar! —le dijo aguantándose las ganas de gritar.

—¡Eso era antes de esto! —le gritó de vuelta ella, tan enfadada por su cambio de parecer cuando al fin estaba sintiéndose casi como en un hogar—. ¡No me iré! —dijo después, cruzándose de brazos y volteando la cabeza para evitar mirarlo.

—Dame mi guante —rebatió Vegeta en un susurro apretado, a unos disgustos de distancia de gritar.

—No.

Vegeta ahogó un grito con la boca cerrada y comenzó a caminar hacia la salida, sin un guante ni paciencia. Antes de que llegara a la puerta escuchó que Bulma se levantaba a tropezones para correr hasta él.

—¡Por qué eres así! —Vegeta no respondió—. ¿Por qué quieres que me vaya? —preguntó Bulma aunque sabía que él no respondería algo como eso, simplemente evitó sus ojos lila—. ¿A dónde me iría?

—Lejos —dijo con la voz calmada, impropia de él. Bulma sintió que le quemaban los ojos. Al final ella asintió con la cabeza y se alejó de él, pero se negó a entregar el guante y lo estrujó en sus manos hasta que llegó al lecho casi como si quisiera romperlo, pero el material era tan resistente que era imposible.

La armonía del regente no podía durar mucho tiempo, por lo que un científico se le acercó temeroso, protegiéndose el pecho con una computadora portátil que seguro llevaba para mostrarle una simulación o alguna estadística de datos. Vegeta no disimuló su disgusto y por poco el hombre se echó a la fuga, pero se mantuvo en su posición hasta lograr juntar la valentía para seguirlo.

—Su Alteza... —murmuró el científico, cuando Vegeta se volteó a mirarlo de soslayo el hombrecito comenzó a temblar—, su otro guante…

Vegeta se miró las manos y dio con la prenda que faltaba. De un arrebato se arrancó el guante que tenía y lo lanzó al suelo, sintiendo que había hecho el ridículo solo usando uno. El científico se sobresaltó pero el rey siguió caminando a regañadientes.

—¿Qué es lo que quieres? —le cuestionó Vegeta en cuanto dejó de gruñir—, si quieres hablar de las incubadoras o bebés, lárgate.

El hombrecillo, en efecto, se largó.

—¡Oye! —le gritó el rey apenas se lo pensó un poco y alcanzó atajarlo cuando ya estaba saliendo de ese edificio. Con un potente gruñido el hombre se obligó a devolverse con cautela, temblando de pies a cabeza—. Necesito que me muestres algo —le ordenó y el científico asintió con la cabeza empapada de sudor—, necesito ver el cuadrante completo.

El laboratorio que había escogido estaba un poco lejos de los laboratorios más importantes y tenía equipo antiguo, pero seguía útil para lo que pretendía. Estaban sumidos en la penumbra y lo único que los iluminaba era la simulación que se dibujaba en el aire. Como el cuadrante era tan grande algunas galaxias se proyectaron sobre sus cuerpos. Vegeta caminó un poco para orientarse.

—Muéstrame lo que está purgado. —El hombre escribió unos códigos y los sectores conquistados se tornaron de color rojo, dejando los lugares intactos oscuros. Vegeta masculló al pensar que era demasiado lo poco que habían hecho—. Lo que está vendido. —Más códigos y lo pedido se volvió azul. Lo que no estaba vendido estaba muy destruido o tenía poco valor. El rey caminó hasta los límites con el cuadrante enemigo y apuntó con el dedo un planeta oscuro y bastante pequeño—. Qué le pasa a este lugar —preguntó, el planeta era un punto negro entre rojos y azules.

El científico tecleó un par de códigos más y la simulación se convirtió en la proyección de la superficie de ese lugar. Era más que nada desierto y contaba con una población mínima poco evolucionada, no contaban con escritura ni lenguaje.

—Nadie lo ha reclamado —dijo—, no posee muchos recursos naturales y está tan cerca del cuadrante de la Patrulla Galáctica que se considera arriesgado.

Vegeta se lo pensó un poco y asintió, asegurándose de recordar las coordenadas de ese lugar sin recurrir más al científico para que no se metieran en sus asuntos. Sin demora o despedida el rey se marchó, haciendo que el hombre respirara desesperado para intentar tranquilizarse.

Aún no cerraba la simulación cuando la figura del rey volvió a aparecer en la puerta y el científico pensó que se echaría a llorar.

—¡Su Alteza! —Pero no era Vegeta y el científico dejó caer el computador portátil al sentir el peligro. El intruso caminó dentro del laboratorio desgarrando las galaxias por las que pasaba.

—Dime —le dijo el hombre—, qué es lo que quería Vegeta.


—¿Requiere dos naves, Su Alteza? —preguntó uno de sus súbditos en el hangar cuando lo vio llegar acompañado. Vegeta le respondió a secas.

—No. —Vegeta se acercó a una nave vacía y tecleó las coordenadas que había memorizado. Sus hombres lo miraban en silencio, tan curiosos que olvidaban que su rey era irritable con cualquier cosa. Su intención era marcar a ese planeta como conquistado y nadie sentiría la necesidad de husmear ahí.

≪—Uno de nosotros no va a regresar —pensó ella con el mentón descontrolado, sin aguantar el llanto—. No se necesitan dos naves para abandonarme.≫

Bulma estaba un poco más detrás de Vegeta y sollozaba en silencio esperando que nadie la escuchara, pero era difícil de pasar por alto. El grupo de hombres teorizaba que el rey la iba a meter dentro para deshacerse del último recuerdo que había dejado Tarble, el príncipe caído en desgracia que había asesinado Vegeta.

Su Alteza puede asesinarla, ¿por qué tomarse la molestia de exiliarla? —escuchó Bulma.

Vegeta se acomodó la capa de un manotazo y se metió dentro de la nave personal, lo que causó sorpresa dentro del hangar. Los susurros de nuevas hipótesis comenzaban a fluir otra vez.

Entonces ella vino a despedirse del rey —dijeron las nuevas teorías—, que llore le debe agradar al rey —continuó y Bulma supo que pensaban que ella estaba fingiendo la tristeza. Después de todo, nadie le tenía estima a Vegeta, ni siquiera sus propios hombres.

La chica dejó escapar un lamento y se alejó del cuchicheo hasta la nave de Vegeta, y como habían acordado antes, Bulma se subió sobre sus piernas. En la mente de Vegeta aquello era algo sin importancia pero al ver a sus hombres con la cara cruzada por el asombro, se sintió terriblemente avergonzado y apuró el inicio del viaje solo para que no lo vieran más.

Bulma se permitió una sonrisa cuando se abrazó de él. No era un viaje particularmente turbulento por lo que no era necesario aferrarse a algo, simplemente lo hizo por gusto. Bajo su pecho, el rey gruñó.

—No intentes seducirme para convencerme de dejarte quedarte, no funcionará.

—Quizás te convenza de quedarte en el planeta conmigo. —Vegeta miró hacia otro lado y la terrícola esperó que ese fuera el equivalente a una risa en él. Era claro que no—. ¿Quieres hacerlo? —preguntó ella con malicia, eso de seducirlo le pareció una muy buena idea.

Vegeta la interrumpió.

—Serán horas —dijo buscando un botón detrás del cuerpo de Bulma—, deberíamos dormir--

La mano del rey dio muchos manotazos ciegos sin encontrar el botón correcto y Bulma lo tomó de las orejas y lo besó de manera fogosa, haciéndolo dudar de su intención de hacerlos dormir. La mano que buscaba el botón la usó para acariciarle la espalda de abajo hacia arriba y ella sonrió, aunque su rostro seguía evidenciando la tristeza que la embargaba antes.

Vegeta simplemente se dedicó a verle la cara mientras ella lo liberaba y lo hacía entrar a ella. Estaban acostumbrados el uno al otro, por lo que cada uno supo lo que debía hacer. Bulma sonreía, cerraba los ojos, movía la cabeza; pero él simplemente la miraba atentamente. Al terminar, Bulma le acarició una mejilla y se inclinó a darle un beso corto y suave, y Vegeta accionó el botón. El gas la tumbó enseguida, como Vegeta ya estaba acostumbrado demoró en ceder al sueño y se permitió estrecharla momentos antes de quedarse dormido.

Vegeta tuvo que levantarse del asiento para que Bulma se dignara a salir de la nave. El rey se puso el rastreador en la oreja y comenzó a buscar las señales de vida cercanas y cuán poderosas eran. En efecto, la población era poca y no era particularmente fuerte, aunque un pensamiento inquietante se apoderó de Vegeta…, ¿y si la atacaban? Rápidamente descartó esa idea, Bulma había sobrevivido a su planeta, bien podría sobrevivir a esa roca de insectos.

—Te ves guapo con eso puesto —dijo ella, refiriéndose al rastreador, pero Vegeta hizo como si no la escuchara.

El guerrero se sintió extraño al estar en ese lugar sin la intención de purgarlo y con Bulma siguiéndolo de cerca, ataviada de su atuendo blanco de brillo lila que hacía juego con sus colores. Sin acordarlo, se dispusieron a recorrer un poco, incluso permitió que ella se le colgara de un brazo, aunque le recordó que ellos no acostumbraban hacer esas cosas.

—¿Estás buscando el lugar dónde abandonarme? —Bulma le preguntó de manera burlona pero él sabía que estaba muerta de miedo. No tuvo la intención de responderle—. ¿Quieres hacerlo aquí?

Vegeta enrojeció de golpe y masculló una maldición.

—¡No conseguirás nada con eso!

Lo hicieron de todas formas.

Bulma alegó cansancio y dijo que quería dormir un poco, pero él simplemente siguió caminando y todo el cansancio de la terrícola se desvaneció para seguirlo en busca de su seguridad. En tanto vieron lo que sería una aldea, Vegeta decidió que era suficiente.

—Este planeta es insignificante —le confesó Vegeta con la cara seria—, no atrae la atención. —Se echó una mano en el bolsillo de su armadura y le extendió el comunicador de la Patrulla Galáctica. Bulma, sin embargo, desvió la mirada—. Debes llamarlos.

—Ya te dije que no quiero que me dejes —dijo ella y Vegeta frunció la boca, para él ya no había vuelta atrás—, si piensas que estás protegiéndome de ti y tus hombres al dejarme aquí estás equivocado. Moriré aquí de todas maneras. —Bulma se sentó en el suelo y se cruzó de brazos, dándole la espalda—. No sé cómo llamar a la Patrulla con eso.

Tras unos instantes Bulma tomó el comunicador de la palma del rey, sólo para lanzarlo lo más lejos que pudo.

—Siempre haces eso —le reprochó Vegeta a lo que Bulma protestó.

—No seas cínico, te he visto lanzarlo muchas veces. Quizás está roto, por eso no funciona. ¿Ves? Nadie vendrá por mí.

—Sí lo harán —le dijo.

—¡Que no!

Vegeta apretó los labios para evitar gritarle de vuelta y comprendió que era el momento de irse. No era su problema si los llamaba o no, ya había hecho suficiente tomándose la molestia de llevarla hasta ahí en persona.

—No te estoy dejando porque no quiero que mueras —le confesó dándole la espalda—, te dejo porque me molesta en lo que me has convertido —y tan pronto como lo dijo se marchó. Escuchó que Bulma le gritaba desde el suelo alguna insolencia y que lo odiaría por siempre, pero estaba bien, Vegeta podía lidiar con el odio de todo el universo si fuera necesario.


Vegeta volvió solo al planeta como era de esperarse y aquello solamente había alimentado el rumor de que Vegeta asesinaba a sus acompañantes durante los viajes al espacio exterior. El chisme relataba cómo el rey se había cansado de la mujer y la había matado lejos del planeta para no alterar a los más creyentes de la deidad lunar, siendo Bulma una falsa servidora de la diosa.

Unos ingenieros hicieron una reverencia cuando salió de su nave personal. Nunca se fijaba en sus súbditos ni en lo que decían y en ese momento en particular se encontraba más huraño de lo normal, por lo que fue sorpresivo que captara un comentario inofensivo de lo que decía uno de ellos.

Qué extraño, Su Alteza volvió desde las mismas coordenadas a las que acaba de partir Turles y su equipo —murmuró revisando un sinfín de veces el sistema en busca del error.

Vegeta se volteó hacia el susodicho con una velocidad tenebrosa y tomó al hombrecillo del cuello. Si esperaba que le repitiera lo que acababa de decir, la falta de oxígeno sería un problema.

—¿Qué fue lo que dijiste? —susurró con la ira contenida, ocasionándole un escalofrío a los presentes. Por supuesto que el hombre no respondió y Vegeta lo soltó pero lo golpeó en el aire para lanzarlo muy lejos—. ¿Hace cuánto? —le preguntó al resto con la mandíbula apretada y uno de los ingenieros cayó al suelo en medio de súplicas de misericordia.

—Una hora —dijo el más valiente de todos y Vegeta gritó colérico. Había sido un viaje de muchas horas y la vuelta sería la misma cantidad, mientras que Turles le sacaba una hora de ventaja.

Su nave ya se la habían llevado para llenarla de combustible por lo que buscó una que estuviera libre. Vegeta se dirigió a paso rápido a un soldado que se disponía a meterse a una y cuando éste se percató de su presencia, el rey lo quitó del camino de un manotazo. Mientras se sentaba en la nave cambió las coordenadas del soldado y fijó la del planeta remoto, con la paciencia pendiendo de un hilo.


Bulma había llegado a la pequeña aldea. Las criaturas que habitaban ahí no hablaban un idioma de palabras y se comunicaban con ella mediante sonidos. La primera noche le ofrecieron refugio o al menos eso pensó y compartió una choza de arcilla luego de comer algo con sus anfitriones. Estaba tan cansada de llorar por Vegeta que se durmió rápido y soñó con él. Más que nada eran imágenes de sus recuerdos y otras, simples fantasías. Su inconsciente era cruel y le mostró un futuro ficticio en el que seguía junto a Vegeta y un muchacho apuesto de pelo y ojos lilas la miraba con infinito amor. En sus brazos una bebé mamaba de su pecho izquierdo y una mano enguantada le acariciaba el cabello lila de su hija.

La humana despertó antes de que el sueño le mostrara a Vegeta y abrió los ojos en medio de la oscuridad con una sonrisa aleteando en los labios. ¿Era posible volver al sueño desde donde había quedado?

Una luz blanca iluminó el cielo antes que el sonido y el movimiento retumbaran dentro de la choza. Bulma estaba aturdida pero se tambaleó hasta la salida para ver un incendio a lo lejos, había sido una explosión, pensó…, pero después el viento llevó un rugido espantoso a sus oídos.

—Están aquí —lloró Bulma y cayó al suelo presa del pánico.

Sus anfitriones comenzaron a gritar y a buscar refugio dentro de su misma choza pero Bulma les dijo un sinfín de veces que debían huir, pero no le hicieron caso, por lo que decidió que se marcharía sola. Se echó al hombro una manta y tomó el comunicador de la Patrulla antes de salir, Bulma eligió una dirección al azar y resultó ser la peor porque se encontró de lleno con una de las bestias. Antes de ser vista se devolvió y tomó otra dirección, siendo abatida por la onda expansiva de una explosión.

—Estúpido Vegeta —murmuró mientras se levantaba, apenas limpiándose el polvo de su cuerpo—, dijiste que era un planeta insignificante —recordó mientras se cercioraba que seguía teniendo el comunicador aunque dejó la manta atrás.

Bulma siguió corriendo a pesar que el terreno seguía cambiando y que el suelo caliente le lastimara los pies. Otra bestia apareció frente a ella pero esta vez sí la vio, por lo que lanzó un puñetazo hasta donde estaba ella, queriendo matarla como a un mosquito. Bulma saltó pero al caer al suelo, supo que no se salvaría otra vez y cerró los ojos con fuerza esperando ser aniquilada.

La bestia pegó un rugido y un temblor hizo que se despegara del suelo dando un salto, otra bestia había aparecido.

—Oh, mierda —lloró pensando que sería doblemente aplastada, pero lo que ocurrió no tuvo sentido para ella. Ambas bestias se comenzaron a rugir entre sí y la segunda terminó por abrirle un agujero a la otra como si lo hubiese ofendido. El temblor que hizo la bestia al caer no vino, puesto que el guerrero volvió a su forma humanoide antes de llegar al suelo. La bestia que había quedado en pie se volteó a verla con calma y le extendió una palma frente a ella como si quisiera que se subiera. Bulma estaba atónita—. ¿Vegeta? —La bestia no hizo nada, simplemente se le quedó mirando con sus ojos rojos sin pupilas.

La mujer no protestó cuando la mano gigante se cerró suavemente a su alrededor y la alzó del suelo. Bulma cerró los ojos y se apoyó en el dedo pulgar, quería llorar por el miedo que había tenido al huir y reír porque volvía a reunirse con Vegeta..., si es que era Vegeta.

Los rugidos le recordaron que estaban en medio de una purga y Bulma se escondió dentro del puño por lo aterrada que estaba. Vegeta rugió también y la terrícola se preguntó si ellos se comprendían a sí mismos estando en ese estado. Bulma pensó que habían dos bestias más y apenas se asomó fuera, uno de los monstruos intentó arrancarle la mano al rey de un mordisco. Por supuesto que él reaccionó con rapidez y la chica pensó que vomitaría por el vértigo y la velocidad a la que la sometían.

Dentro del puño sintió la pelea y gritó con todas sus fuerzas pidiendo que ese suplicio se terminara. La otra bestia se unió al ataque y Vegeta luchó con sólo una de sus manos para proteger del movimiento a Bulma. Ambas bestias seguían intentando arrancarla de un bocado.

Vegeta logró tomar del cuello a uno y lo mató con un mordisco en la cara. Bulma jamás olvidaría el sonido de la mandíbula destruyendo carne, músculo y huesos, y el mar de sangre que golpeó el suelo sin detenerse. El último monstruo se abalanzó hacia el rey mientras rugía y lo derribó, haciendo que abriera la mano cuando chocó contra el suelo y Bulma salió disparada en el aire. La terrícola dio tantas vueltas al aterrizar que no supo dónde estaba el cielo y dónde la tierra. Con la mirada perdida buscó a Vegeta que luchaba por sacarse de encima a su compatriota pero la sangre del otro monstruo le había cubierto los ojos de manera que estaba dando golpes ciegamente. La bestia frustró el ataque del rey cuando intentó cargar energía en el hocico al cerrarle la boca con una mano gigantesca.

Bulma gritó todo lo que le permitieron sus pulmones cuando la bestia comenzó a mirarla mientras sostenía el hocico de Vegeta, cargando su propio ataque hacia su dirección. Un gruñido terrorífico precedió el final del monstruo, el rey tomó la muñeca de su atacante y la dobló en una dirección antinatural, liberando su hocico y pudiendo abrirle un agujero en la cabeza a Turles de un solo ataque.

La respiración agitada de Vegeta retumbó en todo el lugar y la pequeña humana se le acercó con lentitud, sabiendo que él la alzaría con una mano de la manera más gentil que una bestia podía.

Vegeta caminó hasta donde había caído su nave y dejó a Bulma en el suelo con un gruñido, comenzando a disminuir de tamaño. La figura humana de Vegeta estaba tan maltratada como su forma bestia pero Bulma se lanzó sobre él de todas maneras. Estaba feliz pero seguía aterrada, por lo que no pudo controlar el llanto de espanto que había estado reprimiendo. Bulma apenas sintió una mano masculina sobre su costado pero como no era costumbre de los saiyan acariciar, valía como un abrazo.

—Pensé que no te volvería a ver —sollozó abrazada de su cuello y de alguna manera supo que él se permitió sonreír—. Tampoco pensé que te vería en tu forma horrorosa.

—Es más poderosa que mi forma normal —le respondió de manera seria y Bulma sonrió al escuchar su voz.

—Te ves horrible de todas maneras —insistió ella y sintió que Vegeta carraspeó, un tanto ofendido.

—No interesa cómo luzca-

Cuando Vegeta volvió al planeta y el escuadrón de Turles no, el rumor de que había matado a sus camaradas corrió con rapidez por las tabernas. Atribuyeron el asesinato nuevamente al mal humor del rey. Esta vez el rumor sí fue cierto. El rumor que había llegado con la humana en las piernas, también.

Chapter 8: Ocho

Notes:

Espero que desde ahora no sea tan lento mi rítmo de actualización, si es que siguen leyéndome por ahí. Hice lo mejor posible :)

Chapter Text

Napa fue a buscarla entrada la noche a su habitación y aunque ella gritó y trató de huir, éste no dio señales de sentirse molesto por su reacción natural. Bulma no veía a Napa si no estaba Vegeta de por medio y esta vez el Rey había salido hacía horas atrás. Daba por hecho que en su habitación estaría segura. 

—¡Vegeta! —lo llamó sin saber por qué, esperando que estuviera cerca para detener esa agresión inesperada. Bulma intentó incorporarse de la cama para correr en dirección opuesta, pero el calvo la tomó del antebrazo con una destreza inhumana. Solo con ese agarre, la humana se mantuvo quieta como un cervatillo atrapado en una trampa. 

—Arréglate —le dijo él con una voz grave mientras tomaba la capa blanca de su uniforme de sumisa con la mano libre y se la lanzaba—, nos está esperando.

Para su sorpresa, Napa la guió fuera del palacio y caminaron hasta el centro de la ciudad que se alzaba frente al Palacio. Las edificaciones eran completamente distintas a lo que se veía dentro de la fortaleza y recordó que Tarble le había comentado que el Palacio se encontraba ahí desde antes que ellos tomaran control del planeta, y aquello explicaba la diferencia de estilos. La ciudad era mucho más tosca y salvaje que las comodidades y belleza que podía encontrar dentro del Palacio. 

Napa la hizo entrar a la edificación más antigua y grande de la ciudad. 

Vegeta estaba sentado en un trono mucho más rústico que el que tenía en el palacio y una fogata en el centro de aquella edificación circular teñía de naranjo todas las luces. Frente a él, una infinidad de guerreros vociferaba un sinfín de reclamos pero Vegeta parecía hasta entretenido con ellos, como si sus insolencias no fueran más que berreos de niños. Napa intercambió una mirada con el Rey y el soldado calvo la dejó en el centro de aquella trifulca, para ir a sentarse en las cercanías del trono de Vegeta. Aquella reunión parecía una visita casi informal, para nada parecido a lo respetuosos que eran los hombres dentro del palacio. 

Un hombre bajo pero corpulento arrugó la nariz al tenerla tan cerca, como si Bulma trajera con ella la peste espacial. 

—Una sumisa no debería estar aquí —le dijo al Rey y procuró alejarse unos pasos de ella. Bulma se estremeció pero permaneció atornillada en el lugar donde Napa la había dejado sola. Le pareció que si corría, aquellos hombres la seguirían como una manada de lobos hambrientos.

—Es una sumisa de la Diosa —respondió Vegeta de manera sarcástica—, ¿no son los Clanes sus fanáticos de la Luna? ¿No estaban molestos por ella?

Lo hace para fastidiarnos —dijo alguien entre la multitud pero Bulma no vio su cara. La que sí reconoció fue la de Kakaroto pero él no se encontraba en el planeta, ella misma se había asegurado de aquello. Aquel era su padre, Bardock, y le sostuvo la mirada en un silencio iracundo. La terrícola no tenía claro si su ira estaba dirigida a ella o hacia el Rey.  

Te la pasas encerrado en el Palacio —gritó otra persona—, te alejaste de nuestras costumbres.

Vegeta se recostó en el trono como si estuviera complacido con esos comentarios fastidiados y hasta Napa se rió un poco, pero Bulma solo quería llorar de lo asustada que estaba. Procuró no moverse tanto cuando miró hasta Vegeta y éste la alentó acercarse con un gesto. Un escalofrío le recorrió por la espalda cuando comenzó a dar los pasos hacia el trono, sintiendo cómo si el suelo se balanceara para hacerla caer. Una vez llegó hasta él, Bulma se ocultó un poco tras el trono rústico y se sintió infinitamente más segura. Vegeta la miró de soslayo con disimulo y ella no pudo evitar sonreír, a pesar del susto.

—Estoy aquí, ¿no es así? —le dijo el rey mientras recostaba una mejilla sobre un puño, inclinado hacia la dirección donde la chica se había refugiado. Por supuesto que los soldados dentro de esa sala rústica se ahogaron en un mar de murmullos inteligibles y Bulma notó la alarmante nula presencia de mujeres.

¿Dónde está Turles y su escuadrón? —gritó alguien entre la multitud y Vegeta suspiró una risa—. Fueron a una misión y desaparecieron. 

—No lo sé —les dijo pero la cara de Bulma les debe haber contado otra canción, la chica aun recordaba el terror que había sentido durante la pelea que había costado la vida de todo el escuadrón de Turles. Ellos habían ido a ese planeta insignificante exclusivamente a matarla, Vegeta se lo había confirmado—. No reaccionaba cuando me fui. 

—Así que admites que lo mataste —preguntó Bardock con una calma aterradora y todos los presentes se sumieron en un silencio sorpresivo. Quizás Vegeta no lo había visto entre la multitud y no pudo contener su asombro en el rostro. Incluso Napa alzó una ceja en duda. 

Pero Vegeta no era bueno para perder la compostura por tanto tiempo.

—¿Por qué lo preguntas? ¿Acaso te preocupas por ese hijo ilegítimo? —espetó Vegeta de vuelta con una sonrisa aleteando en los labios.

—La muerte de cualquier opositor es sospechosa —respondió el sujeto a su lado y las pupilas oscuras del rey se posaron en él. Tomma era un soldado más joven que Bardock pero infinitamente más calmado, y siempre lograba amainar las situaciones en las que el mismo Bardock se metía—. Turles estaba preocupado por tu reciente fascinación por la sumisa de Tarble. —Si bien Tomma era muy correcto, no dejó pasar otro rumor que era popular en las tabernas del planeta—. Otro muerto en acción —dijo—, en una misión contigo, Alteza. 

Esta vez, Vegeta fue incapaz de disimular la cara de desprecio que se le formó al escuchar que se referían a Bulma como la sumisa de Tarble. No era porque se dijera que tenía una fascinación por ella, sino porque se referían a ella como propiedad de Tarble y él no era capaz de compartir la fruta que su hermano menor ya había mordido. 

Los hombres volvieron a murmurar y pronto se escuchaban gritos iracundos, mientras la ira de Vegeta se hacía cada vez más incontrolable. Napa se levantó y pidió silencio hablando por sobre todos los demás. 

—Un rey tiene derecho a deshacerse de cualquiera que estime pertinente —dijo el calvo—, especialmente un bastardo como Turles. Estoy seguro que su preocupación no era por el reino, sino por su propio beneficio —La multitud se calmó un poco y la nube de ira de Vegeta se comenzaba a disipar—. Esta sumisa ha predicho el futuro —dijo Napa y Bulma sintió un escalofrío subiéndole por la espalda—. Si Vegeta quiere tenerla a su lado es porque es útil, además de muy hermosa —dijo—. Si alguien tiene una objeción, que la diga ahora. 

Por supuesto que nadie respondió. Napa estaba sembrando la idea que, como Bulma podía adivinar el futuro, Turles querría dejar a Vegeta sin ese poder para incitar una revuelta. No muchos cayeron esa teoría y seguían insistiendo en que Turles era un miembro clave para los Clanes. Bulma creía que Turles simplemente disfrutaba del caos y la crueldad, y matarla era por la diversión que le provocaría la ira de Vegeta. 

Sus colores están mal —masculló entonces uno entre la multitud y muchos lo secundaron. 

—Los híbridos están prohibidos —respondió Napa con una seguridad que desapareció al momento de mirar de soslayo al Rey, pero supo guardar la compostura. Ya no fue capaz de defender acérrimamente a Vegeta pero Bulma no fue capaz de entender qué había visto el guardaespaldas calvo. Simplemente lo vio pasar saliva. 

¿Y qué si ve el futuro? —quiso saber alguien mientras Napa se sentaba en el suelo cercano al trono y no volvía a intervenir otra vez en esa reunión—. ¿Acaso puede ayudarnos a conquistar más planetas? ¿Detener a la Patrulla Galáctica? ¿Hacer que las incubadoras sean más rápidas?

El Rey comenzó a reírse suavemente ante tales preguntas como si fueran de lo más gracioso del universo. Pero Bulma pasó saliva con miedo, habían pasado muchos días que Vegeta no le había insistido en que confesara que era miembro de la Patrulla Galáctica y que era su enemiga, y habían pasado meses desde que viera a ese hombrecillo que le había dado el comunicador para esperar su mensaje. Claro que el comunicador ya no estaba con ella, sino que Vegeta lo llevaba consigo en la armadura. 

—Parece que las incubadoras son lo único que hacen decirme —dijo Vegeta mientras se recostaba en el trono con los dedos sosteniendo el entrecejo, como si le provocara un dolor de cabeza—. Sólo los débiles pasan mucho tiempo en las incubadoras —continuó—, quizás esos niños que necesitan tanto tiempo para cocinarse no deberían existir. —Bulma no pudo evitar recordar ese bebé inanimado en el laboratorio, cuando su incubadora se rompió.— Quizás con mejores soldados conquistaremos más mundos y aniquilaremos a la Patrulla. —Bulma reconoció un dejo de molestia. El Rey finalmente se incorporó del trono—. Y eso es un problema de ustedes, no mío. 

Napa se levantó del suelo cuando pensó que la reunión con los Clanes se había terminado junto con la paciencia de Vegeta, pero los Clanes no pensaban lo mismo. Los hombres comenzaron a vociferar más reclamos e insultos y Bulma se escondió detrás del trono cuando vio que los Clanes rompieron las filas casi ordenadas que llevaban hasta ese entonces y abarcaban más terreno dentro de lo que había sido el primer palacio de su raza.

Vegeta no se inmutó y los vio con el ceño fruncido cuando la distancia que los separaba ya no era respetuosa. Pero no hubo agresiones físicas, simplemente más desesperación por ser escuchados por su rey.

¿Y qué hay del hijo de Paragus? —espetó uno que Bulma no logró distinguir y Vegeta mostró un semblante de genuina sorpresa. 

—¿Qué con él? —Vegeta buscó en su memoria lo último que sabía de él: su antiguo compañero de patrulla más poderoso pero más taciturno de sus tiempos de príncipe, había huido del planeta tras los eventos del Estadio, cuando Kakaroto se rindió ante Vegeta cuando ya lo había derrotado. 

Bardock apareció en su línea de visión, estaba más cerca de lo que esperaban.

—Mató a un escuadrón de los nuestros —dijo el padre de Kakaroto y Raditz— cuando llegaron al planeta en donde él se encontraba. 

Vegeta no dio señales de que le importara tal información.

—Débiles —resopló el Rey sin darle importancia—, si hubiera ido otro quizás lo atrapaban —aquello hasta le dio un poco de risa. 

—Él es muy poderoso —replicó Tomma—, lo necesitamos para derrotar a la Patrulla Galáctica —dijo—, a él y a los hijos que pueda producir. 

Aquello no le dio la más mínima gracia al Rey. Broly no podría ser de más importancia que el propio Vegeta y arrugó la nariz en una mueca poco amigable. Bulma imaginó que el Rey estaba por estallar de ira cuando lo vio formar puños apretados y la terrícola se obligó a caminar unos pasos aunque estuviera aterrada para detener una matanza. No estaba preparada para ver una masacre y menos perder a Vegeta, su mayor protección en ese planeta cruel. Aguantando la respiración, Bulma se posó tras el Rey y detuvo el puño que se alzaba para comenzar un ataque, con una mano femenina. Aquello dejó atónitos a los soldados que presenciaban el intercambio entre Vegeta y Tomma, pero el Rey supo tragarse la sorpresa mejor que el resto, porque perder la compostura por la sumisa en público era despreciable para él. 

—Mi Rey —le dijo con la voz de sumisa que mejor conjuró con el miedo, y un par de soldados retrocedieron, pero Bulma no supo decir si era por su aversión a las esclavas o porque eran devotos a la diosa de la Luna—, déjeme a mí. —Vegeta bajó el puño y se la quedó mirando de soslayo mientras ella miraba a Tomma. El soldado joven tragó saliva y Bardock, a su lado, afiló la mirada—. Permíteme tu mano. 

Al ver que Tomma no reaccionaba por la confusión, Vegeta se echó a reír. Finalmente, el soldado accedió por las malas y se quitó el guante antes de acercarle la palma. 

Bulma tuvo que forzar la calma cuando las líneas de la mano no le dijeron nada y pensó que la farsa que montó para que Vegeta no la matara finalmente se había deshecho. Creía que simplemente había adivinado el futuro por mera suerte y ahora no podría zafar de la misma manera. Pero Vegeta creía en sus poderes de sumisa y ella ni siquiera era una creyente. 

«Por favor —se vio rezándole a la diosa de la que ella pretendía ser devota—, dame una última visión de este soldado. Por favor, por favor…»

Tomma aclaró la garganta, visiblemente nervioso, y Bulma volvió a la realidad.

—Vas a morir —le dijo de pronto—, pero no será sino dentro de muchos años más… 

El soldado se rió e invitó a muchos a hacerlo también.

—Todos vamos a morir, sumisa. —Aunque era un soldado, no parecía despreciarla como los demás. Había respeto en su voz.

—No será en la batalla, me temo —le dijo y Bulma cerró su palma para formar un puño—, será dentro de una nave. —Aquello borró cualquier dejo de risa—. No irás por conquista sino que por el tesoro de un rey muerto. 

No supo cuánto tiempo hubo silencio pero una risa de Tomma perturbó al antiguo palacio. El soldado se calzó el guante de nuevo. 

—¿Alguien más quiere saber cómo va a morir? —preguntó Tomma con burla pero pocos se rieron junto a él. Bulma estaba segura de que el joven soldado le había creído hasta los huesos. 

Pero Bulma sólo pensaba en qué rey debía morir para que Tomma fuera a buscar sus tesoros. 


Raditz permaneció en silencio en el fondo del palacio antiguo, viendo cómo todo se desarrollaba sin hacerse parte. Después de los eventos en los que su hermano menor huyó del planeta y él se recuperó del golpe casi mortal que le había dado Vegeta en el estómago, Raditz no tenía interés de hacerse notar, aunque su altura a veces hacía eso bastante difícil. 

El primogénito de Bardock esperó a que el pequeño Palacio Antiguo se vaciara de guerreros iracundos para hacer la retirada pero lo detuvo su padre con una mano sobre el pecho de su armadura. Parecía ser parte de los que hacían planes en contra del regente actual.

Tomma fue el que le habló primero.

—Tu madre me comentó que Turles fue a hablar contigo antes —«de morir»—, ¿qué fue exactamente lo que te dijo?

Raditz no tenía intenciones de hacerse parte de alguna resistencia en contra de Vegeta, no ahora que ya lo había olvidado porque Kakaroto estaba fugado. Él nunca fue el hermano que le había interesado. 

—Seguramente Gine ya te dijo exactamente lo que me dijo —le dijo el más alto del grupo, encogiéndose de hombros.

—Quiero escucharlo de tu boca —insistió Tomma con un tono galante. 

A Raditz le costó hilar las palabras, más por la pereza que por otra cosa.

—Me preguntó si quería vengarme del rey y que quería matar a su sumisa para evitar que tuvieran híbridos —dijo simplemente—. Diría que intentó matar a la sumisa y Vegeta lo evitó. Yo se lo dije —afirmó Raditz con pereza—, la sumisa estaba protegida, ya sea por la Diosa o por Vegeta. 

Por los semblantes de Tomma y de Bardock, no era más que lo mismo que Gine les había comentado. No había más que decir, había sido una interacción corta y desagradable. Su padre fue el primero en cortar el silencio.

—Pareciera que solamente estaba actuando por sí solo —comentó Bardock a Tomma.

—Así que no era cierto que los Clanes la querían muerta —dijo Raditz con una ceja levantada y Tomma suspiró largamente.

—Los Clanes la quieren muerta —afirmó él—, pero saben que eso no irá a ayudarnos con Vegeta. La estima demasiado.

—Apostamos que se hartará de ella con el tiempo —dijo Bardock sin mucho convencimiento—, pero si es cierto que tiene poderes para ver el futuro, no creo que sea pronto. 

Tomma negó con la cabeza mientras que se echaba a reír.

—No debe ser más que una farsa —respondió—, predecir que alguien va a morir no es una predicción. —Tomma mostró sus dientes con una sonrisa—. Se aburrirá antes de que produzca híbridos, y si llega a tenerlos, Vegeta seguramente los haga eliminar, tal como lo hizo con Tarble. No le tiene estima a los débiles. 

Pero Raditz recordó lo que pensó cuando hablaba con Turles: él no parecía saber cómo lucía un mestizo, al igual que Raditz jamás había conocido a uno. Sólo repetían lo mismo que decía el antiguo Rey Vegeta, cuando instauró la ley de no engendrar híbridos, que eran criaturas horrendas incompatibles con la vida.. 

—¿Cómo son los híbridos?

Quizás su padre había visto alguno, siendo contemporáneo con el Rey Vegeta y haber vivido antes de la ley. 

—Dicen que son tan débiles que mueren apenas respiran el aire y que nacen sin cola —dijo Bardock pero Raditz supo que él tampoco había conocido a un mestizo en su vida. 

—Así que nadie sabe cómo son los híbridos —afirmó el más alto y se permitió reír un poco. Quizás fueran sólo historias y los hijos que Milk le hubiera dado de haberlo elegido a él y no a su hermano menor, habrían existido y serían sanos y fuertes. Tanto Tomma como Bardock se vieron un tanto ofendidos con aquella afirmación. Todos sabían lo malos que eran los híbridos. 

—Vegeta se aleja mucho de nuestras costumbres —dijo Tomma como zanjando el tema—, tener híbridos con una sumisa sería el colmo. 

—Los híbridos son una cosa, la Patrulla es otra —dijo su padre cuando vio que su primogénito no se veía convencido—.De alguna manera están obteniendo las coordenadas de las naves individuales que llevan a los bebés y las eliminan antes que lleguen a órbita —dijo Bardock con un tanto de desesperación—, no pasará mucho tiempo para que ya no hayan bebés aptos para irse en las naves.

Tomma estaba cruzado de brazos y asintió con cada palabra que decía su capitán de escuadrón. 

—La Patrulla no tiene guerreros formidables —espetó Raditz como si ese problema no era realmente alarmante—, basta que los encontremos y los aniquilemos en sus guaridas. 

—Esas alimañas saben esconderse —dijo Tomma—, y su tecnología es bastante mayor a la nuestra, van a interceptarnos antes de que nos acerquemos. Vamos a extinguirnos antes que logremos matarlos. 

Ya no quedaba nadie en el pequeño Palacio Antiguo pero el fuego seguía vivo. 

—Hay soldados que creen que la sumisa es la que los alerta de las coordenadas de las naves —dijo Bardock con cautela—, Gine escuchó en su taberna que poco después de que Vegeta apareciera con ella, los bebés comenzaron a morir en sus viajes espaciales.

Tomma tuvo la misma reacción de sorpresa que Raditz.

—Bueno, quizás no sea tan mala idea matarla —respondió Raditz con una risa escapándose de su garganta, pero no sería él quien lo intentara. 


Broly se unió a los aldeanos cuando la Luna creciente estaba en lo alto del cielo nocturno y vieron aquella estrella que habían divisado hacía horas y que ahora que estaba tan cerca de aterrizar, vieron que era una nave en forma de un toroide, muy distinto a lo que Broly estuviera acostumbrado en su antigua vida. A simple vista era un objeto enorme pero entre más cerca se encontraba, más grotesco se hacía. 

El alienígena se paró entre Leemo y Cheerai, un paso más adelante para estar listo para protegerlos si el acuerdo al que habían llegado por radiofrecuencia no era más que una farsa. El toroide hizo maniobras para aterrizar con suavidad y activo propulsores que echaban aire comprimido hacia el suelo, haciendo que mucho polvo saliera disparado a la atmósfera y un puñado de aldeanos salieran corriendo por el nerviosismo. El guerrero fugado miró hacia atrás para verlos refugiarse y una mano temblorosa se cerró en uno de sus enormes dedos. Era Cheerai quien buscaba su tacto, ella era muy nerviosa en su naturaleza pero se hacía la valiente más veces de lo necesario. En silencio, Broly cerró su mano encerrando la de la chica en la suya.

Leemo dejó lista su arma y la apoyó sobre su pecho, y cuando Cheerai escuchó que sacaba el seguro, buscó su propia arma desde el cinturón con su mano libre. 

La Patrulla Galáctica al fin aterrizaba y la nave monstruosa comenzaba a apagar sus propulsores. Al momento de abrir la escotilla, un mar de hombrecillos con el mismo uniforme empezó a formarse ante ellos y los apuntaban con sus armas iguales. Al completar tres filas y dos columnas laterales, uno de ellos se les acercó con el arma apuntando hacia el suelo pero lista para dispararles.

—¿Quién fue aquel que mandó el mensaje por nuestra radiofrecuencia? —preguntó a una distancia prudente pero Broly pudo ver como empalidecía al verle. No tenía una armadura puesta pero su cola enrollada en la cintura era inconfundible. La Patrulla solía lidiar con los saiyan bebés, uno completamente desarrollado era una sentencia de muerte. 

—Fui yo —dijo Leemo, adelantándose unos pasos para llamar la atención por sobre la enorme figura de Broly. Ya le habían hecho prometer que él no haría nada de las negociaciones y que procurara verse lo menos amenazante posible—, mi nombre es Leemo y hace unos años serví en la Patrulla Galáctica —les dijo sin que se le viera el miedo colado en la voz—. Los llamamos por un trato.

—Mi nombre es Kramis —dijo el susodicho y buscó la mirada de Broly un sinfín de veces tratando de calmarse—. Nadie dijo que habría un enemigo aquí. —Kramis fue incapaz de verse calmado.

—Broly no es un enemigo —dijo Leemo con premura—, es más, él es quien nos protege —continuó para sorpresa de toda la Patrulla—. Sí, es un saiyan pero Broly nos dijo que escapó de su planeta cuando pudo —relató—, cayó en ese planeta neutral y ahora es uno de nosotros. 

Kramis pasó saliva espesa al no sentirse del todo seguro. Sus hombres se notaron tensos y a punto de romper filas. 

—¿Qué es lo que quieren?

Cheerai se liberó de la mano de Broly y dio un paso adelante, y Broly simplemente la miró con sorpresa.

—El Planeta Vegeta ya sabe que Broly está aquí y no tardarán en mandar más escuadrones a conquistarnos. El escuadrón que Broly aniquiló alcanzó a mandar el mensaje. Queremos unirnos a la Patrulla —después lo pensó mejor—, Broly quiere unirse a la Patrulla Galáctica.

Kramis dio un grito al cielo. 

—¿Un saiyan con nosotros? —Parecía una broma de mal gusto, la Patrulla Galáctica había nacido para destruir a los enemigos de las galaxias pero por sobretodo, para eliminar a los saiyan de la faz del universo conocido. 

—Así es —dijo Broly con la voz ronca—. Mi nombre es Broly, soy hijo de Paragus y fui parte del escuadrón del príncipe Vegeta —hubo un titubeo—, aunque ahora creo que es el rey Vegeta. —Kramis confirmó aquella afirmación.

—El príncipe Vegeta eliminó a su padre poco después de su Torneo —dijo—, el hombre que tenemos dentro nos relató todo. —Si bien Broly ya no pensaba en su antigua vida, saber sobre ésta le causaba una sensación extraña—. Es un rey menos apto que el anterior. No por falta de intelecto, sino que por falta de interés —dijo—. Mejor para nosotros. —De pronto, Kramis recordó que existía la cordura y dejó de hablar con tanta soltura—. ¿Cómo sabemos que no es una trampa del rey Vegeta?

 —No es una trampa —rebatió Cheerai—. Nos queremos unir, todos. Este pequeño planeta puede ser una de sus bases, estamos en zona neutral pero estamos cerca de ambos cuadrantes. Y Broly cuidaría este sector —les dijo y Broly asintió una vez con la cabeza—. Sólo queremos su protección. Por favor. 

Kramis no estaba muy convencido y llamó con un gesto de los dedos a uno de los hombres, y éste intercambió unas palabras secretas con su superior. 

—Necesito consultarlo con gente más importante que yo mismo —les dijo—, pero por ahora, nuestra nave nodriza cuidará el perímetro del planeta con sus cohetes. Ninguna nave del rey Vegeta podrá aterrizar mientras estemos aquí. 

Notes:

Muchas gracias por llegar hasta aquí, espero que hayan disfrutado de mi incoherencia. Seamos delulus juntos.