Chapter Text
- Siempre he pensado que ningún zodiaco es mejor que el otro. Todos tienen su buena y mala fortuna. Pero que te visite el Dios encargado de este año, debe hacerte especial.
Decía la Reina Miyano sonriendo saludando de manera ceremoniosa, mientras a su lado su esposo estaba en pose desafiante frente a la cuna de un pequeño bebe.
- Te casaste con un elegido de dragones - decía la criatura humanoide sin mover su boca - No esperaba nada menos de la mejor Sacerdotisa de este siglo
La mujer soltó una pequeña risita mientras posicionaba su mano sobre el hombro de su marido acariciando unos largos mechones rubios que caían ceremoniosamente al lado de su rostro, no había razón para temer.
- No pude evitarlo - continuó ella
El rey por su parte no podía relajarse, la extraña criatura tenía unos ojos enormes totalmente negros, no sabía si lo estaba mirando a él, su esposa, su fiel compañero dragón o a su pequeño hijo de apenas un mes de nacido.
- Terminaste con la guerra de humanos y dragones
- No, aún no mi señor. Queda demasiado estigma
- Un rey mitad dragón no es suficiente para doblegar a los humanos
- ¿Por que están hablando como si yo no estuviera aquí? - susurro el Rey
- Mi señor, después de vernos crecer y tropezar tantos milenios, creo que conoce la voluntad inquebrantable de un ser humano.
El extraño humanoide sonrió ampliamente, su nariz puntiaguda y se arrugó mientras sus lagos dientes frontales se asomaban entre las risas.
- ¿A que se debe su honorable visita a estas horas?
El Rey hablaba con recelo, mientras un alargado dragón azul protegía la cuna consternado. Al ser un ser mágico sentía claramente la importancia de ese ser, pero aún así no podía relajarse sabiendo que estaban a un lado del principe.
Su visitante levantó sus largas orejas ladeando su cabeza. Entonces entendió la actitud de ese Rey, no era consciente de quien era. Bueno, los dragones siempre habían sido valientes y fuertes pero estaban tan encerrados en su propio mundo. Tanto al parecer que no reconocían a un Dios cuando lo tenia en frente.
Miró a la Sacerdotisa, el tiempo había pasado tan rápido en ella. En 10 años habían sido suficientes para hacerla madurar. Tan solo un suspiro para la vida eterna de un ser cósmico.
Fue solo en un abrir y cerrar de ojos que vio a esa pequeña en el palanquin de los Dioses del año, llamada por estos para darle su misión como Sacerdotisa: remendar la unión entre el mundo mágico y el humano.
Un suspiro de tiempo había pasado entre cruzadas y guerras. Aventuras de la mujer que terminaron en una boda con un ser mitológico y un niño, un niño con magia. Inclusive cuando ella no buscaba cumplir su misión la seguía cumpliendo. Increíble.
- Ha nacido un niño. Alguien que representa tan perfecto de mi poder que he venido a darle mi bendición en persona.
El Rey se quedó estupefacto, a un lado su esposa seguía riendo.
- Mi amor, te presento al Dios Conejo de la Rueda del Año. Pase por favor mi señor, conozca a mi primogénito.
Entonces todo tenía sentido. El Rey vio como ese pequeño hombre con ojos inmensos totalmente negros levantaba sus orejas. Avanzando con solemnidad mientras su pequeña nariz se arrugaba tratando de inspeccionar los aromas a su al rededor.
Vestía como un noble y claro que lo era, ¡Era un Dios! Por eso su extraña forma, además de modales. Digo, si no hubiera interrumpido en el castillo, en la habitación principal llegando de la nada cuando la luna estaba en su punto mas alto, no se habría asustado tanto.
Pero el Rey comenzó a notar algo, a pesar de que el Dios Conejo tuviera unos ojos diferentes hablaban, y muy claramente. Pudo ver como su rostro cambió al ver al pequeño principe dormido, como volteó con alegría hacia su reina antes de comenzar a felicitarla y como con delicadeza jugaba con el cabello del bebe.
- Oh, tiene tanto peso del conejo en su aura
- Eso es bueno ¿no? - hablaba la Reina con alegría- es tan lindo
- Si, su belleza será algo que ira creciendo con el tiempo. Muy etérea y elegante, no crecerá muy alto pero eso no es solo mi culpa, es también tuya.
- ¿Se parece mucho a mi verdad?
- No podía ser mejor - dijo el Rey uniéndose a la conversación
- Felicidades por un niño tan sano
- Nos sentimos honrados con su presencia - continuó el Rey - Mi señor
- Ah ¿Ahora sí?
La Sacerdotisa estalló en risas mientras veía a su marido y dragón inclinarse al suelo pidiendo disculpas ante la mirada complacida del Dios Conejo.
- Me alegra saber que tiene un padre fuerte que lo cuide. Necesitará mucho de eso mientras crezca, para que una vez que de adulto sea el gran hombre que está destinado a ser. - sonrió de nuevo - al fin, se parece a su madre
- Mi señor, no voy a soportar mas halagos
El Rey no podía creer la familiaridad con la que su esposa le hablaba a un Dios. Pero bueno, hablaban de la mujer que la primera vez que se conocieron lo retó y le ganó en duelo mano a mano. A él y a un dragón.
El Dios colocó su mano sobre el pecho del bebe, una flor de luz emergió de sus manos creciendo hasta que abarcó todo el cuerpo del Principe.
La flor iluminaba toda la sala, mientras pequeñas estelas se creaban desde el cuerpo del Dios y avanzaban al rededor. Eran como pequeños conejos de luz que brincaban por toda la habitación para desaparecer en la piel del niño.
El bebe abrió sus enormes ojos, conectando segundos con los del Dios, segundos en los que la entidad pudo ver su brillante vida que tenía por delante. Un potencial enorme que ahora estaba protegido por la magia del conejo. El niño volvió a dormir, el ser cósmico sonreía viendo esta escena tan linda, hasta que..
- Ug - dijo el Dios
- ¿Qué!
- Su majestad, no se vaya a asustar pero veo un gato en el futuro de su hijo
- ¿Un gato?
- Naranja, ug, no me gustan los gatos.
- Me pregunto - dijo entre risas la Reina - que aventuras le esperan a mi preciado bebe.
