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Las noticias corrían por todos lados; de boca en boca, de llanto a euforia, en un carnaval de emociones que invadía toda Inglaterra ante la caída del “El que no debe ser nombrado”. Las calles estaban abarrotadas de hombres y mujeres, quienes celebraban, gritaban y daban gracia a la magia y a sus creencias, de librarse de aquel mal.
Pocas eran las almas que pasaban desapercibidas entre el júbilo. Esas almas sabían lo que se había perdido para lograr tal hazaña.
Un hombre joven, arrugó el periódico para tirarlo en un callejón. Camino dando pasos pesados, con su ira marcando el ritmo de una agonía que no pensaba soltar fuera de su hogar. No, no era hora de perder los estribos y llorar.
El mundo podía sonreír, pero él ya no.
Pasaron cerca de tres años, años en los cuales la sociedad comenzó a recuperarse de la guerra mágica ocurrida. Aquellas tiendas y abarroterías deshechas o incendiadas por los mortífagos, pasaron a ser locales relucientes, con vitrinas llenas de colores, en especial esas famosas panaderías y repostería que permitían encantar al resto de los transeúntes con el magnífico olor de la mañana, una tan fría que invitaba al paladar de degustar el delicioso café de la experiencia de años.
Severus Snape no frecuentaba estos lugares, pero era inevitable no perderse en ese aroma. Con algunos galeones, se dio un ligero gusto con el pan recién horneado y las piezas dulces con frutos secos y semillas tostadas.
Abrió la bolsa para sacar uno de esas piezas, para morder en un suspiro de deleite, perdiéndose en sus pensamientos. Caminaba despacio, viendo las calles y las pocas personas que caminaban por el lugar, en un silencioso compás de la libertad que aspiraba ahora.
Al pasar por el callejón, llamó su atención un sonido extraño, débil. Se adentró al callejón, raramente intrigado por sus propias acciones. El sonido volvió a escucharse, paso a paso revisando el lugar hasta que dio con el origen del mismo.
Un gatito.
Un gatito emitiendo un maullido lastimero y agonizante.
Uno que provenía de una caja de cartón volteada a la mitad del callejón. Despacio, se acercó curioso para ver mejor a la criatura. Vaciló al acercar su mano enguantada, pero lo tocó con cuidado, sorprendiéndose al ver que no se estremeció.
Debe estar muriendo.
Ese fue su primer pensamiento, el segundo el porqué estaba en cuclillas con una de las criaturas que no eran tanto de su agrado. Un gatito abandonado, famélico y sucio. ¿Debería acortar su sufrimiento? Era lamentable el esfuerzo que realizaba de respirar, pensó mientras tocaba su cabeza, pasando por sus orejas. Creyó que era mejor ahorrarle el sufrimiento a esa pobre criatura, de la cual no sentía que se estuviese compadeciendo de ella. No, ni que el propio Merlín lo permitiese. Era inmune a ellos.
Era tan inmune a ellos que estaba agachado, revisándole. Resopló molesto consigo mismo. Se suponía que sería un domingo tranquilo.
Una suave patita tocó su mano, en un intento de apartarlo. Eso detuvo su línea de pensamiento. Acercó su dedo índice al hocico, sintiendo como este lo olfateaba, un débil intento, debía admitir. Acarició suavemente. El pequeño dio una lamida, sorprendiendo al hombre.
-¿Qué demonios hace ahí? -Se levantó de un salto ante la voz. Un hombre barrigón, con mandil y una bolsa de basura le habló molesto. -Retírese si solo estorbará el camino -Vio la caja y la pateó, haciendo que el gatito rodara varios metros atrás. Se levantó molesto, empujándole.
-Creo que no era necesario hacer eso -espetó Severus, fulminando al hombre con la mirada. Tomó al gatito en sus manos, para colocarlo dentro del bolsillo de su abrigo, con cuidado de no golpearle. Sin escuchar el parloteo del sujeto sobre el pobre gato, salió del callejón hacia su hogar.
Entró a una casa mediana, con un pequeño jardín al frente con rejas. Al cruzar, una leve sensación cubrió al mago, ya que su casa estaba protegida con magia. Abrió la puerta principal, mostrando la sala de tres sillones oscuros, de un azul suave. Las paredes eran de color blanco con tonalidad amarilla, suave, cálida. La chimenea estaba en medio de dos estanterías a rebosar de libros, de varios tamaños y pastas con colores variados. A la par de cada sillón de dos plazas había una mesita con una lámpara junto a otros libros con marcadores de página. Con cuidado, sacó de su bolsillo al gatito para dejarlo recostado. Fue a su laboratorio para sacar los medicamentos y algunas vendas para el gatito. Vería que podía hacer por el pequeño animal.
Lo atendió, limpió y revisó. Alimentó con un pequeño biberón y leche tibia, que costó que tomara en su hocico. Le acarició mientras sentía como llevaba cada trago. Al terminar, lo dejó recostado entre las mantas tibias que había conjurado. El gatito no se resistió al trato, no tenía la fuerza para oponerse y menos cuando recibió comida. Severus suspiró, recostándose en el sillón, sentado a la par del gatito. Acarició suavemente la cabecita del pequeño, luego retiró la mano.
-¿Qué voy a hacer contigo? -expresó para él mismo.
