Actions

Work Header

As You Wish

Summary:

Lautaro odiaba que el universo lo obligara a cumplirle tres deseos a cualquier humano con el que se cruzara. Por lo menos, este era su amigo.

Notes:

Hola! Yo me estaba tomando una semanita libre antes de actualizar mi fic, pero ayer se me ocurrió esta idea y fluyó. El título es de una frase de la película "La princesa prometida". Busqué info sobre los djinn/genios pero usé muy poco porque me dio fiaca leer tanto y porque igual le iba a meter de mi cosecha para que tuviera sentido con la historia ellos, así que en la primera parte queda detallado cómo funcionan estos seres. Así que no hace falta saber nada antes de leer.

Aclaración: tanto la mamá como el papá de Moski son genios. En el fic se se sugiere pero no queda explícito hasta muy al final que la madre también lo es.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

La existencia entera de Lautaro era atípica. Debido a la naturaleza de su familia, sus padres habían tomado la decisión de mantener un estilo de vida nómade. Al ser djinn, también conocidos como genios, estaban sometidos a las leyes sobrenaturales que regían a su clase, por lo que pensaron que lo más seguro para todos era instalarse en un lugar distinto cada pocos años, para que la gente a su alrededor no pudiese notar ciertos patrones.

La cosa era que, cada vez que estaban al servicio de un humano, debían mantenerse con él. Era físicamente desgastante apartarse de su amo por mucho tiempo. Lo peor de todo era que vincularse a un nuevo humano era ridículamente fácil: bastaba con sostener el contacto visual por cinco segundos para estar obligado a cumplirle tres deseos. Para colmo, el origen de su especie era tan antiguo que la tradición había sobrevivido a siglos de traducciones, escepticismo y evolución idiomática al punto de que ya no hacía falta que el humano estuviese consciente del poder que tenía sobre el ser sobrenatural ni que dijera expresamente “deseo”. “Quiero”, un verbo mucho más común, bastaba. Inclusive, a veces, funcionaba un “me gustaría”, siempre y cuando viniera con la suficiente convicción. Uh, y cómo dejar afuera la interjerción “ojalá”, Moski la odiaba.

 

Era una pesadilla.

 

De chiquito, en el jardín de infantes, el pequeño Lauchita estuvo vinculado a prácticamente todos sus compañeritos. Afortunadamente, los niños solían pedir tantas cosas que el vínculo llegaba a su fin el mismo día y, en su mayoría, eran deseos que no requerían magia de su parte, como “quiero jugar con vos” o que no representaban un riesgo de exposición, como “Ojalá haga un gol en el próximo recreo”. A nadie le llamaba la atención que ocurriera incluso si el nene apenas rozaba la pelota al patearla. Otras veces, no tenía tanta suerte, como la vez que le concedió a su amigo Guido el deseo de que el monstruo de su dibujo cobrara vida y, esa noche, su padre tuvo que ponerse a cazar a la bestia por el barrio antes de que la viera alguien.

 

Algunos djinn amaban su naturaleza y estar vinculados, como uno de sus tíos solteros. No era un alma generosa que disfrutara conceder deseos, no. Es una realidad bastante conocida que los djinn son seres ligados a la maldad. Su tío Patricio simplemente adoraba aprovechar cada oportunidad que tenía para conocer el mundo.

—Es fácil —dijo cuando le explicó su lógica—: voy al aeropuerto, hago un paneo general hasta encontrar a alguien interesante y lo miro atentamente hasta que nuestros ojos hagan contacto por el tiempo necesario. Viajo gratis, le cumplo los deseos y vuelvo a empezar.

Su tío tenía la estrategia de tomar la forma de algún insecto pequeño (de ahí el apellido de la familia) para trasladarse o de esconderse dentro del amuleto de la gente, en el caso de que llevaran uno.

 

A Lautaro eso le parecía tan estresante como lo que le había ocurrido a Felipe, su primo. El chico había conseguido un trabajo de verano en una heladería. La primera clienta había sido una chica hermosa, tanto que el chico se distrajo y no llegó a apartar la vista antes de los cinco segundos. Su primer deseo fue un cono con dos bochas de helado, luego, antes de retirarse, le dijo que le gustaría saber dónde estaba el baño. Felipe fue lo suficientemente astuto para sacarle charla y preguntarle si quería salir con él antes de que abandonara el local. La respuesta “sí, quiero” lo salvó de tener que perseguirla por la calle hasta que le gritara “quiero que me dejes en paz”. Ahora,años después, ella sabía la verdad y la pareja vivía en un departamento en Banfield con un mini genio en camino.

 

Lautaro quería evitar todo eso a toda costa, por lo que una vez en Madrid, evitó ser vinculado nuevamente. Pasaba la mayor parte de su tiempo durmiendo, no se relacionaba con casi nadie y vivía en internet. Por supuesto, una vez que el vínculo terminaba, esa persona no podía volver a pedir deseos, por lo que el rubio había podido tener una adolescencia relativamente normal con sus compañeros luego de que la mayoría se transformaran en sus amos momentáneos. El tema era que una nueva ciudad significaba empezar de cero. No tenía ganas. ¿Qué culpa tenía él de que los vecinos hubiesen empezado a sospechar porque una vez su padre “desapareció” de la nada en la entrada de su casa? No fue Lautaro quién se descuidó con el repartidor de PedidosYa y tuvo que salir literalmente volando, convertido en mosca detrás de una moto que no respetaba las leyes de tránsito.



Creyó haber encontrado la fórmula para mantenerse al margen de todo eso, pero el universo tenía otros planes.




Había encontrado refugio en el stream. A Lautaro le encantaba poder ser él mismo y charlar con diferentes personas sin correr el riesgo de ser vinculado.

Incluso se había hecho muy amigo Mernuel, un streamer que tenía una comunidad mucho más grande que la suya, aunque no estaba pegado todavía.

Cuando Lautaro conoció al morocho, tuvo que agradecer que hubiese sido a través de una pantalla porque no hubiese habido forma de que hubiese podido despegar su mirada a tiempo de esos ojos verdes que lo tomaron por sorpresa. No importaba cuánto streamearan juntos, era difícil para el rubio no quedarse embobado mirándolo.

Con el correr de los meses, fueron formando no sólo una linda amistad sino también un dúo en la pantalla, lo que desencadenó en algo que Lautaro no se esperaba.

 

Manu: “Quiero que vengas a Buenos Aires. Podés vivir acá en casa hasta que nos consigamos algo para nosotros. Siento que nos iría muy bien streameando juntos desde acá”.

 

En ese momento, el corazón del rubio empezó a latir con mucha fuerza. No entendía lo que le pasaba. Estaba emocionado, sí, pero era una sensación rara, diferente a todas las que había vivido antes. Se recostó en su cama, intentó inhalar y exhalar pausadamente, pero no logró calmarse. Releyó el mensaje y entendió.

“Quiero”. Manuel había usado esa palabra. Evidentemente, se había establecido un vínculo entre ellos a través de la pantalla, a pesar de creerlo imposible. Lo que estaba sufriendo ahora eran las consecuencias de estar lejos del humano, de su amo.

Se levantó, corrió a avisarles a sus padres que se iría durante unos días para instalarse a cumplir unos deseos en Argentina y recién entonces le confirmó al morocho.



Como el método de traslado de su tío le parecía demasiado arriesgado, optó por viajar de manera corriente. De todas formas, Manuel estaba viajando por EEUU en ese momento. Por mucho que prefiriera ir con él de inmediato, tendría que aguantarse el malestar hasta que ambos se reunieran en Buenos Aires. Era extraño, cada célula de su cuerpo quería buscar a su humano de turno, pero no sentía que fuese algo tan insoportable, era más ansiedad que otra cosa. Supuso que, quizás, los síntomas se intensificaban con el tiempo, su mayor pista de eso fue la impaciencia que sentía conforme se acercaba el momento esperado.

 

A pesar de haber visto el rostro del morocho desde cada ángulo posible, nada la hubiese podido preparar para verlo en vivo. Realmente era el chico más lindo que había visto en su vida. El rubio un poco rogaba que se tomase varios días en pedir sus deseos.

 

Fue descubriendo algunas cosas sobre Manuel en la convivencia que antes no había detectado.

El mayor era asertivo. No usaba el condicional ni tampoco acostumbraba a pedir. Manuel era de afirmar y de demandar. Por ejemplo cuando le pedía besos en joda. Jamás le decía “quiero que me des un beso”, sino que directamente se lo ordenaba: “dame un beso”. Esa pequeña distinción semántica hacía que Lautaro pudiese rebelarse y negarse… aunque no le molestaría que el morocho gastase un deseo en eso. Después de todo, sus deseos eran órdenes para él, aunque una orden técnicamente no era un deseo. 

También ocurría que él no “quería”, sino que iba y lo buscaba. En caso de no poder, Manuel “necesitaba”, “precisaba”, “tenía que”.

La segunda vez que Lautaro lo escuchó utilizar la palabra mágica ocurrió una noche en la que ambos se hallaban solos en la casa de su madre teniendo una charla sincera.

—De verdad quiero que nos vaya bien —expresó para luego negar con la cabeza y corregirse—. Nos tiene que ir bien.

Sip, porque Manuel también decretaba.

—Nos va a ir bien —dijo Lautaro, sonriendo con certeza. Él sabía que ese deseo sería cumplido, su voluntad ya estaba trabajando en eso—. Que no te quepa la menor duda de que vamos a explotar y a ser lo mejores.

Fue un momento agridulce. Era otro deseo que se iba, una oportunidad menos, pero la sonrisa del morocho bastaba para calmar su pesar. Su corazón bombeaba erráticamente hasta que Lautaro fijaba su vista en esos labios felices.



Moski siempre recordará aquellos días como los mejores de su vida. Manuel tenía por costumbre cumplirle todos sus caprichos. ¿Quería algo de comer? Tuki, su amigo lo hacía aparecer. ¿Tenía sed? El morocho le abría una coquita de vidrio. ¿Prefería tomar algo caliente? Obvio que el dueño de casa le iba a preparar el café y se iba a asegurar de que fuera de su agrado.

Lautaro se sentía súper mimado. Parecía que él fuese el humano y Manuel el genio. Ojalá el mayor no arruinase las cosas pidiendo su tercer deseo porque el rubio estaba muy cómodo allí. Por primera vez, creía haber encontrado un hogar.

Lo único malo venía cuando Manuel se iba de la casa para ver a sus amigos y “amiguitas”. La separación hacía que el malestar en Lautaro regresara al punto de plantearle una “amistad monogámica” en stream, para tener el amparo de que el otro lo tomara a joda si le parecía demasiado loco, lo cual ocurrió. Tendría que aprender a tolerarlo, imaginó luego de que el otro no lo tomara en serio.



Empezaron a crecer. Ellos y Santiago, el tercero en completar el grupo. Sus números habían aumentado y cada stream que hacían con las tres chicas estadounidenses era más exitoso que el anterior.

—Nos vamos a Wisconsin a verlas —dijo Manuel un día.

El viaje fue positivo en su mayoría, pero Lautaro se había sentido demasiado presionado por el chat para hacer algo con Adi, la que había mostrado interés por él en este tiempo. Sin embargo, una cosa había sido tirarse onda a kilómetros de distancia y otra muy distinta era activar en vivo. La realidad era que al rubio no le interesaba tanto. Había algo de toda esa situación que lo incomodaba.

Quizás fuese la exposición. En los últimos días, no paraba de pensar en que, una vez terminado su vínculo con Manuel, seguramente se vinculara rápido a alguien más, teniendo en cuenta que ahora era conocido, casi famoso, y que el contacto a través de la pantalla bastaba. La idea no le gustaba para nada. En cuanto eso ocurriera, dejaría el stream para siempre.

De hecho, comenzó a tirar indirectas (y otras veces a decirlo con todas las letras), para que los chicos supieran que su arreglo no sería eterno. Y, si le gustaba cómo a Manuel no le gustaba para nada la idea de que él un día los dejara, nadie lo podía culpar.



El éxito siguió y los tres se mudaron a un departamento, pero la alegría no duró tanto. Manuel había empezado a pasar más y más tiempo afuera y Lautaro lo extrañaba. Casi no hablaban a menos que estuvieran en stream. Le hacía mucha falta. Su corazón dolía como nunca antes.

No podía seguir así. Quizás podría contarle a Manuel sobre su naturaleza. Eso evitaría que pidiera su tercer deseo y que saliera tanto.

Esa noche, entró a la habitación del morocho y vio que estaba como loco buscando ropa ya que iba a salir nuevamente.

—Manu, ¿podemos hablar? —preguntó con timidez desde el umbral.

Por lo general, era muy mandado, pero estaba por contar algo demasiado íntimo por primera vez y esperaba que el otro entendiera que se trataba de algo muy serio.

—Ahora no puedo, Moski. ¿Es muy urgente? —preguntó dándole la espalda, mientras revolvía diferentes prendas en su placard.

—Es importante.

Manuel se giró para mirarlo con una ceja levantada.

—Eso significa que no es urgente —le dijo y fue a buscar su celular que estaba cargando, leyó un mensaje que, al parecer, no le gustó porque su siguiente frase fue—: ¡Pero la puta madre!

—Manu, yo de verda-

—Ahora no, Moski. Dejame solo, por favor.

—Me gustaría hablar con vo-

—¡Y a mí me gustaría que me dejaras solo!

El peso de las palabras se asentó en el estómago del rubio.

Ahí estaba. El tercer deseo.

—Como desees —le dijo y salió, cerrando la puerta detrás de sí.

Ya no tenía sentido que le contara, ni tampoco tenía nada que hacer en ese departamento. Esa noche elegiría un nuevo plan de acción. El momento había llegado antes de lo planeado.



Nadie sería capaz de entender por qué terminó en Dubai, excepto él mismo y su familia. Era una decisión sabia, si le daban lugar a que se explicara.

Primero, allí nadie lo conocía. No era posible que se quedase en Argentina, donde se hallaba su público y había más riesgo de hacer contacto visual con alguien. Segundo, el tremendo calor del lugar hacía que le dieran pocas ganas de salir, era como si la naturaleza diera la orden de encerrarlo en una prisión sin rejas y con muchos aires acondicionados. Tercero, era donde más djinn per cápita había, por lo que, si efectivamente sostenía la mirada con alguien, era posible que fuese otro como él o algún humano ya vinculado con un genio. Cuarto, Damián era un poco perturbador, al punto de que Lautaro no lo podía mirar a los ojos, por lo que tenía mucho sentido en su mente que se hospedara con él.

Sin embargo, su pecho no dejaba de doler, a eso sumado un dolor corporal que no había sentido nunca y lo agotaba con caminar unos pocos metros. Era extraño. Los tres deseos de Manuel ya habían pasado, no debería tener esta necesidad de tenerlo cerca.

Los días fueron pasando y Damián le propuso hacer videos de youtube. Lautaro se sintió un poco obligado a aceptar por estar en su casa, pero imaginó que era algo seguro: no haría contacto visual con nadie.

Fue por aquellos días que la pelea con sus amigos estalló en redes y se hizo viral. Le hubiese gustado que las cosas no terminaran así, pero entre sus poderes no se encontraba la posibilidad de volver el tiempo atrás y mucho menos si el que lo deseaba era él.



Manuel: “Buen viaje, Moskita. Traenos chocolate.”

“¿Cómo es eso de que no vas a volver?”

“Moski, hablemos. ¿Estás bien?”

“Vi el video. No puedo creer todo lo que decís. Me podrías haber dicho algo.”

“¿Esto tiene que ver con lo que me ibas a decir la noche antes de irte?”

“Arreglemos las cosas. Si no querés, no vuelvas, pero no me gusta estar así con vos.”

 

La evolución de los mensajes de Manuel había sido más o menos esa. Había días en los que estaba más insistente y días en los que no escribía nada. Lautaro contestaba muy poco porque sabía que la culpa no era de nadie, ni tenía una explicación válida para dar.

Eventualmente, la melancolía le ganó y aceptó una videollamada con el morocho en la que limaron asperezas.

—Tenés que irte de ahí —declaró el mayor—. No importa si no volvés para acá. Necesitás estar con gente que te quiera bien y ese tipo es turbio.

—No sé, no me trata mal.

No había podido explayarse en sus verdaderas razones para alejarse. En cambio, había sido lo suficientemente vago al dar los motivos como para que Manuel se preocupara. El rubio mentiría si dijera que no le gustaba un poco escucharlo así.

Quiero que te vayas de ahí. Por favor, Lautaro.

La súplica en su voz lo movilizó. De pronto, una urgencia le recorrió el cuerpo. Debía hacerle caso.

El rubio frunció el ceño. Se sentía presionado a irse, casi como si fuese… ¿un deseo por cumplir?

—Manu…

¿Qué?

—¿Te acordás de lo que me dijiste en mi última noche?

No hablamos mucho.

—Pero algo me dijiste.

Dejame pensar —estuvo un rato en silencio haciendo memoria, se mordió el labio apenado cuando lo recordó—. Te pedí que me dejaras solo, pero no lo dije en serio.

—¿No?

O sea, era una forma de decir, estaba ocupado. Nunca me molestarías, no fue mi intención.

No lo había dicho con convicción. Ese no había sido el tercer deseo, sino el que acababa de escuchar. Lautaro debía obedecer y dejar Dubai.



Su familia estuvo contenta de verlo… hasta que vieron que no estaba bien. Y es que, por más que ahora hubiese confirmado que su vínculo con Manuel había terminado, todavía sentía el malestar en su pecho y el agotamiento en su cuerpo. Ambos pesares estaban peor que nunca.

—¿Qué te pasa, Lauchita? —le preguntó su madre cuando lo vio todavía en cama a las tres de la tarde.

El rubio le explicó cómo todavía podía sentir la conexión.

—Al principio, antes de irme, no se sentía así —dijo cuando concluyó.

—¿Y cómo fue al principio?

—Después de que Manu pidiera el deseo por whatsapp, había más movimiento. Parecía que mi corazón saltaba.

Ella lo miró con los ojos entrecerrados.

—Pero si ahí todavía no estaban vinculados. ¿Cómo te pudo haber pedido un deseo?

—Sí, ma’. Nos vinculamos por stream.

—Hijo, ¡sos un boludo! ¿Cuántas veces te explicamos con tu padre cómo funcionamos?

—No entiendo. ¿Qué dije de malo?

La mujer puso los ojos en blanco.

—¡El vínculo se establece cuando las miradas se cruzan en persona! Y no hay un dolor específico, solamente fatiga.

—Mentira —reclamó—. Yo sentí la urgencia de ir cuando Manu me lo pidió, la sentí acá —dijo llevándose una mano al corazón.

—¿Y no habrá alguna otra razón que no sea el vínculo? —lo animó a pensar.

Lautaro hizo pucherito mientras pensaba.

—¿Qué otra razón? Ma’, no. Todo cierra. Él ya pidió los tres deseos: que yo vaya, que la peguemos y que salga de Dubai —dijo enumerando con los dedos.

—Y por eso sentís el vínculo todavía —ironizó.

—¿Por qué más-Aaaaah —dijo fijamente cuando entendió.

Lautaro no se había vinculado mágicamente hablando con Manuel sino hasta que se vieron en persona. Dios, era el mayor de los boludos. La conexión que habían logrado a nivel humano en stream había sido la que lo impulsó a ir a vivir con él un año atrás. Su corazón se lo había pedido. Es más, todavía se lo pedía.



Aun siendo consciente de la verdad, Lautaro se demoró en regresar. Sabía que era inútil intentar algo con el morocho, su amigo no sentía lo mismo por él. Así y todo, se dijo a sí mismo que tenía que regresar para escuchar el tercer deseo de Manuel.

No ayudaría a su corazón, pero sí aliviaría la necesidad sobrenatural de estar cerca de su humano, lo liberaría de su agotamiento y el vínculo se rompería definitivamente. Recién entonces podría encargarse de sus sentimientos.

 

Al llegar al departamento, luego de una ausencia demasiado larga, fue recibido por abrazos y besos por parte de Santiago y Manuel. Sus amigos estaban tan felices de verlo como él a ellos.

A pesar de haber hecho las paces, todavía quedaban muchas cosas por decir entre los tres, pero todos acordaron tácitamente que ese no era el momento. Tocaba disfrutar del reencuentro y después se ocuparían de reparar su amistad.

Luego de las charlas anecdóticas que no sumaban más que risas y nostalgia por el tiempo perdido, Lautaro anunció que se iría a acostar. Ya no le costaba caminar ahora que tenía cerca a cierto morocho, pero tantas horas en avión lo habían dejado muerto.

 

Había entrado en un estado de duermevela cuando sintió que alguien se metía en su cuarto y se sentaba a su lado en el colchón.

—Me gustaría que encontraras lo que estás buscando —deseó y posó los labios sobre su frente—, incluso si no soy yo —se levantó y, cuando había llegado a la puerta, volvió a hablar—. Algún día te voy a decir todo lo que siento, Lautaro.

Moski luchó por incorporarse, pero no podía terminar de recuperar la consciencia.

No fue hasta que Manuel salió de la habitación que logró abrir los ojos y pasó otro rato que se sintió eterno hasta que pudo moverse. Una sensación de calidez le llenó el pecho y la esperanza le inundó el cuerpo. Su corazón estaba inquieto, pero contento.

Manuel nunca lo sabrá y Lautaro no será consciente hasta dentro de unas horas cuando Baileti diga que quiere un chiche y él no sienta la necesidad de concedérselo, pero con ese deseo tan sincero, el morocho acaba de liberarlo.

 

El rubio ya no tendría que preocuparse por tener que cumplir los deseos de ningún humano. Es más, pronto, cuando por fin tengan esa charla que deben, descubrirá que Manuel se pasaría la vida feliz de cumplirle los suyos.

Notes:

👁️👁️ Ojalá les haya gustado.