Chapter Text
Resulta irónico que nuestro viaje a la región del país que parece vivir en un verano perpetuo comience antes de la salida del sol Siendo alrededor de las cinco de la mañana, Kumiko y yo nos encontramos en la estación y partimos rumbo a la escuela, donde nos esperan un par de buses que nos llevarán al aeropuerto de Itami, en Osaka.
Pese a la hora, la emoción generalizada por el viaje mantiene a todos despiertos: conversan sobre sus planes, se toman fotos y juegan a las cartas. Con este ambiente, siento que podremos afrontar nuestras presentaciones de una mejor manera.
Para facilitar la logística, habíamos planeado que los de primero y segundo fueran en uno de los buses mientras que los de tercero iríamos en el otro. Sin embargo, ya que la cantidad de menores es considerable, algunos de ellos tuvieron que venir con nosotros en el bus de los mayores. Entre ellos, sentadas en la parte de atrás para conversar juntas, se encuentran Hariya, Kamiishi, Yoshii y la menor de las Kamaya; la mayor se encuentra junto a Kuroe, detrás de Kumiko y de mí.
—Todos parecen divertirse— comenta Kumiko mientras mira al particular cuarteto de amigas.
—Es la primera vez que Kitauji hace un viaje hasta Okinawa —anoto—. Aunque Rikka tuvo un desfile en los Estados Unidos hace poco.
—Al extranjero, ¿eh? Yo nunca he ido.
—Si pudieras visitar cualquier país por diversión, ¿a dónde irías?
Kumiko se recuesta en el asiento, meditando su respuesta con la mirada perdida.
—Quizás al norte de Europa.
Abro más los ojos al escucharla.
—No lo esperaba. ¿Por qué?
—Quisiera ver una aurora en persona al menos una vez en la vida.
La idea de contemplar las luces del norte resulta tentadora y posee un innegable matiz romántico. Sin embargo…
—Yo quisiera ver una gran catarata —expreso.
—¿Una catarata?
— Sí, como las del Niágara.
— Vaya, ver algo así en vivo debe de ser impresionante. Aunque, para ser sincera, solo he oído hablar de ellas.
—Incluso en fotos se ven impresionantes.
—¿En serio? Entonces también quiero ir.
—¿Por qué no vamos juntas?
Kumiko se incorpora de inmediato, mirándome con asombro.
—¿En serio?
Asiento.
—Suena divertido ir contigo ahí.
—Pero no sé hablar inglés.
—Podemos resolverlo. Yo aún estoy aprendiendo.
—Ese “aún estoy aprendiendo” tuyo es bastante avanzado, majestad, pero acepto. Empezaré a ahorrar para ese viaje.
—Perfecto. Tal vez podría ser nuestro viaje de luna de miel.
Me permito sonreír al decir aquellas palabras. Kumiko abre la boca para replicar, pero una voz ajena quiebra nuestra burbuja.
—Te quiero.
Sobresaltadas por aquellas dos palabras, mi novia y yo giramos en dirección a donde proviene esa voz, viendo allí a Kamiishi y la menor de las Kamaya mirándose con una seriedad impropia de ellas.
—Dilo otra vez —ordena Kamiishi.
—Te quiero.
—¿Qué dijiste?
—Te quiero.
A pesar de la carga emocional que suelen tener esas palabras, ninguna parece inmutarse. A su lado, Hariya se cubre la boca para reprimir la risa, mientras Yoshii pone los ojos en blanco con gesto exasperado.
—¿Qué está haciendo ese par? —pregunto.
—Es el juego del “te quiero”. —Noto que Kuroe mira enternecida a las menores mientras habla, aprovechando para tomarles una foto—. Las de primero son tan lindas.
—¿El juego del “te quiero”? ¿Sacaron el abrazo de la ecuación?
La fotógrafa niega con la cabeza.
—¿No lo conoces? Es un juego bastante famoso. Se forma un círculo y, por turnos, cada persona le dice “te quiero” a la de al lado. Quien lo recibe debe decírselo a la siguiente, o responder algo como “dilo otra vez” o “dime más” para obligar a quien habló a repetirlo. Quien se avergüence o se ponga nervioso, pierde.
No puedo evitar levantar una ceja.
— ¿De verdad eso es divertido?
—Creo que sí. Se siente bien tener amigos con quienes puedas hacer ese tipo de cosas.
Permanezco dubitativa al respecto. En lo personal prefiero guardar ese tipo de palabras y juegos para Kumiko, alguien con quien tengo un vínculo afectivo más fuerte que una amistad.
—Quiero intentarlo, Mayu —interviene la mayor de las Kamaya.
Kuroe sonríe al girar a ver a la percusionista, cuya mirada determinada comienza a flaquear a la vez que sus mejillas se tornan rojizas. Miro de reojo a Kumiko, que presencia la escena entre sus compañeras de clase con evidente sorpresa.
—T-te… ¡Te quiero!
Si bien Kamaya logra articular esas palabras, cierra los ojos con frustración al notar el temblor en su voz. Kuroe, manteniendo su sonrisa serena, acaricia con ternura la mejilla de su compañera.
—Perdiste.
—Suponía que pasaría, pero tenía que intentarlo.
De reojo veo la hora en mi reloj. Si bien aún queda trayecto que recorrer hasta llegar al aeropuerto, creo que podremos aprovechar este tiempo de otra forma. Después de todo, no vamos solo por diversión. Doy una palmada al aire para llamar la atención de los demás en el autobús.
—Antes de llegar al aeropuerto, hagamos un poco de ensayo coral. Los de primero y segundo, por favor, únanse para calentar la voz.
Quienes estaban jugando a las cartas se apresuran a guardarlas. Me gusta que tengan esta disposición. Inoue saca un par de baquetas de su equipaje y, usando el asiento frente a ella como un improvisado tambor, nos marca el ritmo mientras hacemos algo de solfeo y repasamos Reunion.
Tras un vuelo de dos horas y cuarto, otro viaje de cuarenta y tres minutos en bus, una hora de espera en el puerto y veinte minutos en el ferry, la banda sinfónica de Kitauji llega a la isla en la que Aqualark se sitúa. Mientras que los de primero y segundo se dirigen a su lugar de alojamiento, los de tercero vamos hacia el hotel donde nos hospedaremos.
La mayoría de las habitaciones que prepararon para nosotros están adecuadas para cuatro personas, con dos literas y divisiones internas, lo que garantiza privacidad y espacio suficiente para cada uno. Sin embargo, tanto los dos varones de tercero como Kumiko y yo gozamos de habitaciones dobles con camas individuales —aunque es probable que nosotras compartamos una— y una amplia bañera. Todas las estancias están decoradas en tonos blancos y azules, con unas vistas espectaculares al mar.
Luego de disfrutar de un bufé en el restaurante del hotel, bajo la atenta supervisión de la profesora Matsumoto, nos dirigimos al lugar que nos designaron para hacer nuestros ensayos. Allí nos espera el ajetreo de descargar los instrumentos. Mientras Kenzaki organiza a los de primero y segundo en un gimnasio, Kumiko lo hace con los de tercero en una sala más pequeña.
—Este lugar está alquilado hasta las 4:30 p. m., incluido el tiempo para recoger nuestras cosas, así que seamos rápidos —ordena Kumiko.
—Sí —respondemos al unísono.
El ensayo inicia con una breve prueba de sonido, sugerida por el personal de logística, antes de afinar. La emoción de Inoue al ver la batería que nos habían facilitado es tal que tenemos que pedirle que se moderara para no perder tiempo valioso. De repente, justo cuando terminamos de afinar, la puerta de la sala se abre.
—¡Perdón por llegar tarde!
El profesor Hashimoto entra apresurado, saludando con la mano y ubicándose en el podio de dirección. Como de costumbre, luce su camisa hawaiana y pantalones cortos, bastante acordes con el ambiente local.
—Lo noto más bronceado de lo habitual, profesor —comenta Sakai.
El hombre suelta una gran carcajada.
—Ayer estuve practicando paddleboarding. Después de los recitales, ustedes también deberían hacer algo de turismo. Les recomiendo el banana boat o los barcos con fondo de cristal; el mar de Okinawa es increíble, aunque el agua puede estar algo fría según el clima.
—Disculpe, profesor, pero ¿por qué usted es quien nos dirigirá? —pregunta Morimoto.
—Ups, debí empezar con eso. —El profesor golpea con suavidad su frente al decir aquello—. Conozco al organizador de este evento desde la preparatoria y, un día que bebíamos juntos, me preguntó si conocía alguna buena banda sinfónica, así que recomendé con orgullo a Kitauji. Luego, por diversas razones, entre ellas que Taki está encargado de supervisar a los de primero y segundo, me encargaron dirigirlos a ustedes. No fue una explicación muy detallada, ¿verdad? Bueno, da igual. Ha pasado tiempo desde la última vez que los vi, pero todos parecen más maduros. Es un honor poder presenciar el concierto final de su vida escolar. Primero hagamos un repaso general y luego daré algunas indicaciones.
Con estas palabras, los miembros de la banda nos preparamos para tocar. Bajo su batuta —ya que él sí usa una—, interpretamos las cinco piezas de nuestro repertorio de corrido, pausando solo para voltear las páginas de las partituras y para los cambios de instrumentación requeridos por Reunion.
—Muy bien. Como siempre, Kitauji suena fantástico gracias a la guía de Taki. —Con estas palabras, la tensión general de la banda se disipa, revelando varios rostros aliviados entre nosotros—. Sinceramente, no hay mucho que decir en cuanto a lo técnico. El recital es mañana y no sería bueno que comentarios innecesarios alteren su interpretación. Sin embargo, hay algo que quiero decirles: ¿podrían aparentar estar divirtiéndose un poco más al tocar?
Esa pregunta nos descoloca un poco. Viendo la confusión, el profesor se aclara la garganta.
—O sea, la ejecución ha sido impecable. Son músicos hábiles que piensan en su público. Pero, siendo su último concierto como alumnos de tercero, me gustaría verlos más vivos, más entusiastas. Toquen para ustedes mismos. Tú, en la sección de clarinetes, ¿entiendes a qué me refiero?
—Eh… más o menos.
A juzgar por el tono de voz de Takahisa, eso es un no.
—¿De verdad? Bueno, quizás sea mejor que lo prueben. Todos, de pie. Luego, coloquen los atriles frente a ustedes… Eso es, dejen espacio para moverse.
Aún con dudas, todos seguimos aquellas indicaciones.
—Ante todo, Tequila es una mezcla de mambo y rock and roll. A su vez, el mambo es un tipo de música de baile cubana mezclada con elementos de jazz. En otras palabras, ¡es música divertida! Tocaron bastante bien, pero hacerlo con la espalda recta y una expresión tan seria no encaja con este tipo de música. —El profesor levanta sus partituras y señala una parte—. Sé que ustedes son menores de edad y no han probado el alcohol, así que piensen en algo que les guste al momento de exclamar la única palabra de la letra. Con esto en mente, vuelvan a tocar esta pieza, pero esta vez, muévanse como quieran. Métanse en el ritmo, con pasión. Háganlo cien veces más enérgico y concéntrense en divertirse mucho más que antes.
Tras un enérgico “sí” al unísono de nuestra parte, el profesor Hashimoto nos marca el ritmo una vez más. Esta vez, siguiendo sus consejos, nos dejamos llevar por la música, moviéndonos al compás, teniendo en mente que no estamos compitiendo, por lo que no está de más divertirnos al tocar. Al terminar la pieza, nos es inevitable sonreírnos mientras que el profesor aplaude.
—¡Estuvo genial! Se entregaron por completo. Mantengan esa energía mañana y denlo todo con entusiasmo. Ahora, hay algo que me preocupa en la interpretación de los bombardinos en Reunion.
Supuse que ese aspecto no iba a pasar inadvertido. Kumiko y Kuroe han mejorado en su sincronía, pero sigue sin ser perfecta. Ambas intercambian miradas con expresión confusa.
—¿Estuvo mal? —pregunta mi novia con cautela.
—No diría que mal, pero… ¿Cómo decirlo? Se siente un poco contenida, distante. Quiero una conexión más fluida.
—¿Conexión fluida?
—Ah, creo que no me expresé bien; es lo malo de hacerse viejo. ¿Cómo se dice ahora? ¿Dos en uno? ¿Son las palabras adecuadas?
—¿Qué tal “armonía sin palabras”? —sugiere Kuroe tras una risilla. El profesor chasquea los dedos en respuesta.
—¡Eso es! ¡Justo lo que quería decir! En otras palabras, quiero que estén más relajadas y sincronizadas.
—Sincronizadas… —Kumiko frunce el ceño al escuchar esa orden.
Entiendo como ella se siente. No es fácil compaginar con otras personas, aun teniendo tanto en común como ellas dos. Mirándolas, el profesor rasca la parte trasera de su cabeza, quizás pensando en cómo lograr que ellas se sincronicen mejor.
—Estas cosas tienen más que ver con la sensación que con la técnica. ¡Ya sé! Dejen sus instrumentos en el piso.
Desconcertadas, las dos dejan sus bombardinos junto a sus pies. En el fondo, también tengo curiosidad acerca de lo que está tramando el profesor.
—Bien, mírense la una a la otra por un minuto, con rostros serios.
Esta orden aumenta el desconcierto en Kumiko, que mira al profesor como si quisiera confirmar que habla en serio. Tras dar un suspiro, fija su mirada en el rostro de Kuroe, quien no mucho tiempo después comienza a reír a carcajadas que cubre con ambas manos. Esto, lejos de hacer enojar a mi novia, le provoca una sonrisa y que su postura se relaje. Algunos murmullos de consternación y curiosidad se dejan escuchar.
—Profesor, ¿para qué se supone que es esto?
—Pensé que podría ayudar a que se llevaran mejor, señorita Oumae. Noté que parecían estar distanciadas. En momentos así, es bueno mirarse como tontas. Recuerdo que cuando era joven, un superior me hizo hacer esto con Taki y, de alguna manera, alivió una tensión extraña entre nosotros y nos llevó a dar una gran presentación. Aunque, claro, esto no tiene ninguna base científica.
La risa del profesor interrumpe sus palabras. Si bien, yo tampoco he oído de alguna investigación seria que avale la efectividad de lo que acaba de hacer, parece que dio resultado. Si bien Kumiko y Kuroe se hicieron amigas con el paso del tiempo tras la última audición, siempre noté que había cierta tensión entre ellas, tensión que, a juzgar por las miradas que intercambian, se ha desvanecido.
—Quiero que ustedes dos disfruten tocando juntas. No solo que toquen bien, sino que se diviertan.
Kumiko amplía su sonrisa al escuchar aquellas palabras del profesor. Tomando de nuevo su bombardino, dirige su mirada a Kuroe.
—¿Qué tal si tocamos juntas una vez más?
—Pensaba en lo mismo.
Intercambiando sonrisas, las dos llevan las boquillas de sus instrumentos a los labios y, sin ninguna señal externa, comienzan a tocar en perfecta sincronía. El tono de Kumiko vuelve a ser aquel cálido sonido que siempre he amado y que había brillado por su ausencia casi desde el día en que conocimos a Kuroe, quien se adapta a aquel sonido como ella sabe hacerlo, dando hermosos unísonos sin que ninguna opaque a la otra. Si bien el resto de la banda solo observa y escucha de forma plácida, algo dentro de mí me impulsa a comenzar a acompañarlas con el teclado y a cantar la letra de Reunion, como si no quisiera quedarme como mera espectadora del momento.
