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El viernes 25 de agosto, una gran humareda opacó el cielo de Rukuso al otro lado de la bahía. Desde el puerto se alcanzaba a ver las llamas en el bosque, aunque no era posible distinguir dónde comenzaba el fuego y no había intenciones de cruzar el océano para ir en ayuda del pueblo vecino. Era conocida la prohibición de acercarse.
En su consulta, Leorio no se percató del incidente. Al verse obligado a cubrir la guardia del residente local, no pudo viajar a la costa y permaneció en el consultorio hasta la medianoche. Aquel día se sentía especialmente inquieto, había en el aire una intuición que no le permitía actuar con calma y como un novato cometía errores imperdonables, como separar la aguja de la jeringa al quitar la capucha. Creyó desde el principio que se trataba de su instinto caprichoso quejándose de las responsabilidades que debía asumir o la ansiedad de un nuevo comienzo, no era una hombre susceptible a los presentimientos.
Debía reconocer que sus pacientes eran amables, conocedores de su estado de salud y comprometidos con seguir las indicaciones. En Rukia no existía la medicina naturista como intermediaria, todos confiaban en el avance científico y se ocupaban de conocer adecuadamente los medicamentos. No había urgencias ni situaciones extremas, a pesar de tener a disposición herramientas y máquinas avanzadas, no se usaban, y la maniobra de mayor complejidad se reducía a un parto espontáneo o una fractura expuesta. Nada desafiante. Esta vez, Leorio ni siquiera se interesó por conocer a sus pacientes, el tiempo libre lo planeaba ocupar en el campo, manteniendo el cuerpo activo y la mente en blanco.
Al cerrar el cerrojo del consultorio se sintió libre, un poco molesto por haber perdido horas sentado a la espera de un paciente que nunca llegó y hambriento. Observó las calles vacías y estornudó al percibir las cenizas en el aire, como si un gran incendio afectara a algún vecino. Salió a la avenida con curiosidad buscando las llamas, mas no consiguió sentir algo distinto a irritación en los ojos y alergia que lo obligó a buscar refugio en su apartamento. Pensó en la posibilidad de personas heridas, luego se convenció a sí mismo que era el médico a cargo junto a otros dos, si necesitaban su ayuda irían a buscarle. De cualquier modo, se mantendría despierto y bebiendo café, para tener energías de ser necesario. Sin embargo, pronto desistió, la ciudad no mostraba movimiento y más bien, parecían haberse escondido indefinidamente en sus casas.
Al paso de una hora, dormía profundamente.
-¡Leorio!
Su corazón dio un vuelco violento al escuchar la voz de Kurapika en sus oídos, gritando su nombre, desde algún lugar. Sintió la piel sudorosa y fría a causa de la taquicardia, el cuerpo tembloroso y la angustia clavada en el centro de su alma. Se levantó angustiado hacia la ventana y buscó al chico bajo la clara luz del alba, con la ilusión temerosa de encontrarlo en la ciudad, pero las calles seguían vacías y el cielo se mantenía teñido de una gris humareda.
-fue un sueño-se dijo abrumado mientras regresaba a la cama-un sueño
Sentado a la orilla de la cama, descansó dejando caer la cabeza entre las piernas, a pesar de ser incapaz de darle forma a lo que arremetía su corazón, presentía que debía permanecer despierto. De súbito, tomó la iniciativa de viajar al pueblo muy temprano, ayudar desde la mañana hasta la noche cuando debiera regresar a la consulta y aprender, quizás, a cultivar algunas verduras.
Luego de una ducha, un par de tostadas y media taza de café, estaba listo para partir hacia la costanera en su bicicleta. No quería permanecer en el consultorio, lo amorfo que dormía en su corazón lo empujaba a alejarse de la ciudad.
El silencio de un sábado por la mañana lo acompañó a lo largo de la avenida hacia las afueras de la capital, el cielo despejado se mostraba interrumpido por una mancha gris y el amanecer se veía nublado por un tono triste que menguó sus ánimos. Debía reconocer que no sentía afecto ni motivación por su cargo en Rukia, creía que las personas no lo necesitaban y la recompensa era muy poca. En su mente existía una lucha constante entre el deber y el querer, trataba de convencerse y creer que existía mayor probabilidad de obtener un trabajo frustrante que encontrar un empleo ideal, especialmente en su oficio. Al paso de su bicicleta, no dejaba de embargarse en una profunda desolación y vacío, como si no pudiera encontrarse. Observaba el camino con la mente nublada de dudas, inquietudes y dolorosos enigmas que cuestionaban sus principios más profundos.
Se detuvo en seco cuando notó el bosque de Rukuso al otro lado de la bahía, empañando lo que fue un hermoso paisaje. Ahora consumido en una negrura penetrante, aplastado por el paso de unas llamas ya extintas, corroído por el hollín que subía a los cielos y que era arrastrado hasta Rukia.
Tardó en entender lo que ocurría, estupefacto ante la imagen que le ofrecía el horizonte y sintiendo el nudo en su estómago romper en dolor angustiante.
En blanco, confundido y con la boca seca de impresión, demoró minutos en despertar.
Regresó al camino con la rapidez que alcanzaba a pedalear, sin dejar de ver la silueta quemada del bosque y asustado de lo que pudiera encontrar cuando cruzase la costa hacia el otro extremo de la bahía. En su mente solo se encontraba la idea de echarse a nadar hasta la cara oeste del bosque e ir en socorro de los posibles heridos. Creía que se trataba de un incendio forestal fortuito que dejaba a los kuruta sin hogar, estaba seguro que necesitarían una mano y no dejaría a Kurapika hacerse cargo en solitario de un accidente catastrófico.
Para Leorio era imposible imaginar el verdadero motivo de las cenizas en el aire.
Tiró a un lado la bicicleta y corrió hacia su amigo, el viejo, preguntando por un bote capaz de cruzar hacia Rukuso. Fue sorprendido por la mirada exhausta de algunos labradores, reunidos y cuchicheando en voz baja, dejando para más tarde el trabajo. Observaron al desorientado recién llegado, pálido y exaltado, que interrumpió la gris mañana.
-¿pretendes cruzar?-preguntó el viejo honestamente preocupado-¿no viste las llamas ayer? todo se consumió, es peligroso para ti ir ahora
-no lo entiende, hay pers...hay algo importante para mí. Necesito asegurarme que está todo en orden-explicó nervioso-por favor, regresaré su bote en buenas condiciones-insistió Leorio sin lograr compensar la ansiedad que lo empujaba
-...déjalo ir-dijo Mito desde atrás-lo que esconde allá debe ser muy importante
-si tú lo dices-soltó el anciano ya resignado-¿necesitas compañía?
-se lo agradecería
Empujaron el bote cargando en él una merienda y pintura para marcar el camino entre los árboles. El viejo se ofreció a remar bajo la excusa que no entraría al bosque, que luego podría descansar, y obligó a Leorio comer todo lo necesario aunque sintiera el estómago vacío. El jovencito de la ciudad se veía nervioso, no quitaba los ojos del bosque consumido a pesar de la distancia y mantenía la boca cerrada como nunca antes. No sabía qué tipo de tesoro Leorio guardaba en aquel territorio, pero confiaba en él y le ayudaría dentro de sus posibilidades.
-de todos modos pretendía cruzar hacia bosque-dijo a medio camino, incómodo por el silencio lúgubre del muchacho-no sé si lo sabes, pero hacia dónde nos dirigimos viven unas personas muy esquivas. Hace varias décadas compartíamos nuestros cultivos con ellos, pero Rukia se convirtió en ciudad y no los volvimos a ver
Leorio se volvió hacia él intrigado, olvidando el trozo de queso que iba a comer.
-¿los conoce?-preguntó con ojos redondos y tímidos
-era muy joven, pero los recuerdo-dijo el viejo tras un suspiro-me preocupa si aún se encuentran escondidos en el bosque, tal vez podamos ayudarlos si siguen ahí. Son buenas personas, aunque recelosos
-el incendio parece muy grande
-lo sé, fue aterrador ver cómo se consumía. Fueron muchas horas hasta que el fuego se extinguió
-¿cree que haya heridos? ni siquiera llevo vendas o suero
-ya lo sabremos
Arrimaron con el sol ya dispuesto sobre sus cabezas. Las cenizas se arrastraban hasta la costa y los árboles aún parecían consumirse en su interior. El intenso olor a corteza quemada irritó la garganta de Leorio, quien a solas descendió del bote internándose al interior de la arboleda calcinada. Cargando la pintura avanzó por el único sendero que parecía disponible, aunque pronto desistió de marcar el camino, el rastro de cenizas iba en una única dirección y al poco rato de encontrarse a solas encontró la desoladora imagen que renegaba en su imaginación: una madre permanecía acurrucada sobre su hijo entre árboles carbonizados, al parecer alcanzados en un intento desesperado por huir.
Constató que se trataba de cadáveres y que la causa de muerte era una hemorragia, el fuego evidentemente vino después.
Tiró el bote de pintura y corrió por el sendero hallando a su paso cuerpos y ropas conocidas, rostros que vio alguna vez ahora calcinados, con las cuencas oculares vacías y abandonados luego de una tragedia.
No tenía sentido.
Sin notarlo lloraba y gritaba buscando algún sobreviviente, una muestra de esperanza que acallara el pensamiento maldito de encontrar a Kurapika en medio de tanta muerte. Su corazón no podía con la tristeza y el dolor. No soportaba ser el último extraño que visitó sus tierras refugiadas y temía ser, de algún modo, culpable.
Tropezó sumido en dolor, el pecho le ardía y se vio obligado a resistir contra la tierra la punzada que cruzaba de lado a lado su órgano más frágil. Mal momento para enfermar.
Se levantó inquieto, con la vista nublada y vomitó de angustia apoyándose en sus rodillas. Estaba asustado, el silencio que rodeaba su camino mortuorio invitaba a la locura y la desesperanza. Necesitaba regresar, volver era su única salvación y olvidar de una vez lo que significaba aquel bosque tenebroso. Sin embargo, seguía perdido en medio de un bosque calcinado y adornado por un montón de cadáveres que lo empujaban hacia un lugar. Aunque su cuerpo no lo resistiera, su voluntad lo obligaría a continuar y, llorando como un niño, arrastró sus pies en busca de la confirmación que precisaba para ordenar las ideas.
Lo que obtuvo fue una mezcla indescriptible de frío y candor. Ante él se abrió lo que quedaba del claro en el bosque, luciendo casas destruidas, montones de tierra removida con flores, árboles caídos y un pequeño conjunto de cadáveres acomodados uno al lado del otro.
En medio de todo, aún de pie, herido y apuntándole con peligrosas espadas, Kurapika lo amenazaba a muerte, clavando en él dos terribles iris escarlata.
