Chapter Text
La mansión Nott estaba tan silenciosa como siempre. Si los magos vecinos no conocieran a la familia Nott, pensarían que era una mansión abandonada. La casa era oscura, rodeada de árboles que no dejaban ver su estructura con claridad; parecía descuidada por fuera, pero todos sabían que estaba habitada.
La única presencia dentro de la mansión era el hijo único del señor Nott: Theodore Nott, un chico de Slytherin de séptimo año. Eran las vacaciones de Pascua, así que se encontraba en su “hogar” mientras el mundo mágico cambiaba por completo para siempre. Era plena guerra, una lucha de poder.
Theodore resopló al recordar que su padre era participante activo del conflicto. Él siempre había sido neutral ante las ideologías del mundo mágico; aunque su padre trató de enseñarle a detestar todo lo que no fuera puro, su madre siempre le había enseñado a mantenerse al margen. Y aunque a veces, para no tener a su padre encima todo el tiempo, fingía absoluto desprecio, no era suficiente para su autoritario progenitor. Nunca lo era.
Aunque siempre intentó ser neutral, su padre exigía y exigía. Nunca estaba conforme. Theodore hacía de todo por ganarse su aprobación: mantenía buenas notas, no causaba problemas, se mantenía discreto. El chico había crecido sin amigos, siempre aislado. Cuando ingresó a Hogwarts, rechazó rápidamente cualquier intento de alianza de algún compañero.
No los necesitaba.
Todos eran unos completos idiotas.
Por esa falta de amigos, Theo pasaba la mayor parte del tiempo estudiando. Le fascinaba aprender sobre magia, quería saber más y más. Eso lo llevó a estar ahora en su habitación, la cual olía intensamente a incienso; runas antiguas dibujadas en el suelo formaban un círculo arcano que ocupaba casi todo el espacio.
Había encontrado en la biblioteca de la mansión un libro de pasta negra con una luna plateada. No tenía título ni autor. Theo nunca lo había visto antes, y eso que ya había leído todos los libros de la biblioteca hacía tiempo. Pero ese libro parecía recién aparecido, y su mera existencia despertó su curiosidad. El contenido era simplemente fascinante: cientos de rituales desconocidos, escritos con una precisión inquietante. Theodore nunca había leído nada similar.
Uno de ellos, sin embargo, fue imposible de ignorar: un ritual que prometía otorgar una mejor visión de la magia. Un ritual de Claris Videntia. Según describía, permitía al conjurador expandir su percepción mágica, ver más allá de los límites normales.
Theo siguió las instrucciones al pie de la letra. Cuando completó el círculo de runas, de éste comenzó a salir un extraño humo verde. Entonces recitó el canto indicado:
Oculum arcarium aperio,
Arcana dormientia evigila.
Lux occulta, in mentem fluas,
Verum quod latet, ostende mihi.
Cuando terminó de recitarlo, nada ocurrió. Absolutamente nada.
Theo, frustrado, arrojó el maldito libro hacia la puerta de su habitación y se dejó caer sobre su cama. Se frotó el cabello con desesperación. Siempre se frustraba cuando algo le salía mal, porque siempre hacía su mejor esfuerzo.
¿Acaso no servía para hacer rituales?
¿Eso significaba que no servía para la magia?
Era una pregunta que siempre lo atormentaba cuando algo no salía como quería. Tal vez simplemente estaba destinado al fracaso, como su padre siempre mencionaba. La magia quizá no era un talento natural para él. Y se preguntaba cómo había personas a quienes la magia parecía favorecer siempre.
¿Eran los favoritos de la vida, acaso?
De pronto, una luz blanca iluminó la habitación oscura. Theodore se levantó de un salto de su cómoda cama y se acercó al círculo, que emitía una claridad que cada vez se volvía más cegadora.
Se cubrió el rostro con el brazo cuando la luz se hizo más intensa… y, de pronto, una fuerza brutal estalló desde el centro del círculo. El impacto lo lanzó contra la pared, dejándolo inconsciente.
(...)
El dolor era insoportable.
Una oleada caliente y punzante le atravesaba la espalda cada vez que intentaba respirar más hondo. Lo primero que sintió al despertar fue esa sensación ardiente, como si alguien hubiera clavado un hierro candente entre sus omóplatos. Debió de ser el impacto contra la pared, pensó, aunque el recuerdo era borroso, casi como un sueño demasiado vívido. Entrecerró los ojos, aturdido, mientras el mundo a su alrededor se movía con lentitud espesa, como si el tiempo se resistiera a avanzar.
Estaba en su habitación.
O al menos lucía como su habitación.
Pero no recordaba cómo había llegado a su cama. Apenas podía recordar haber logrado mantenerse en pie después de que el ritual explotara en un destello violento. ¿Lo habría llevado alguna elfa doméstica? Era posible… excepto que ni siquiera eso parecía encajar. Nada encajaba.
Se frotó los ojos con la mano, buscando que la vista se aclarara, y cuando lo hizo un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza.
Su cama no estaba igual.
El cubrecamas negro que había colocado esa misma mañana — el mismo que usaba desde hacía meses, quizá un año entero — había desaparecido. En su lugar había uno verde, un verde brillante que le quemó la retina por lo fuera de lugar que estaba. Ese verde… No lo veía desde que tenía once años, cuando todo era sencillo y su vida no había sido arrastrada todavía por rituales extraños, expectativas imposibles y decisiones que pesaban más de lo que un adolescente podía soportar.
Su ceño se frunció. Intentó incorporarse, pero el dolor en la espalda lo obligó a moverse lentamente, con cuidado. Y en ese instante lo sintió: algo en la habitación estaba mal. Todo parecía más alto. Más ancho. Más inmenso. Como si hubiera sido reducido a la mitad durante la noche.
Bajó la mirada.
Sus pies eran más pequeños.
Sus manos también.
Su corazón dio un salto, y luego otro, como si quisiera salir corriendo de su pecho. Se levantó tambaleándose y corrió hacia el baño, sintiendo cómo cada paso hacía eco en el silencio de la habitación. Cuando llegó frente al espejo, se aferró al borde del lavabo con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron.
— Merlín… — la palabra se escapó de su boca en un hilo casi inaudible.
El reflejo le devolvió los ojos grandes y juveniles de un niño de primer año.
Theo no tenía diecisiete años. Tenía once.
Un rugido silencioso recorrió su mente. Una mezcla de incredulidad, negación y pánico lo empapó entero. Podría haber llorado, podría haber gritado… pero estaba demasiado petrificado incluso para respirar con normalidad.
¿Había arruinado el ritual a tal punto? ¿Había lanzado accidentalmente un hechizo de rejuvenecimiento? No. No podía ser tan simple. Algo así no podría alterar el ambiente a su alrededor, ni retroceder el tiempo físico de sus pertenencias.
Salió del baño sin darse cuenta de que estaba temblando. Necesitaba respuestas. Algo que confirmara que esto era una ilusión… o que no lo era. Se dirigió a su mesa de lectura, rezando mentalmente para no encontrar nada extraño.
Pero lo encontró.
Un libro de magia para principiantes.
Apenas podía recordar cuándo había sido la última vez que tocó uno. Había avanzado tanto en Hogwarts, tanto en magia avanzada, tanto en los estudios que su futuro requería… que ver ese libro ahí le resultó casi grotesco.
Esto estaba profundamente mal.
Tomó un sobre que estaba debajo del libro. Sus dedos temblaban tanto que casi lo dejó caer. El sello rojo de Hogwarts estaba roto; él mismo lo había abierto… aparentemente.
Buscó la fecha.
Y cuando la encontró, sintió un vacío abrirse en su estómago.
1991.
El mundo pareció inclinarse a su alrededor.
— No… no… no — susurró, más para sí que para cualquier otra cosa viva.
No había rejuvenecido.
Había regresado al pasado.
Tenía once años otra vez. Todo lo que había vivido — sus clases, sus rituales, sus errores, sus pérdidas — se sentía de pronto lejano, como un sueño que comenzaba a desvanecerse. Y en dos días tendría que volver a Hogwarts como si nada hubiera ocurrido.
Su respiración se aceleró. Si contaba la verdad, lo encerrarían en San Mungo. O peor: los Inefables podrían querer diseccionarlo como si fuera una anomalía mágica. Su padre… su padre nunca le creería. Nunca había creído en él del todo. Pensaría que estaba delirando, que se había vuelto loco, que era otra vergüenza más para la familia.
La idea lo hizo estremecerse.
No podía permitirlo.
No podía confiar en nadie.
Tenía que pensar. Rápido. Con lucidez, aunque cada célula de su cuerpo estuviera gritando terror.
Se dejó caer sobre la cama, respirando de forma irregular. Le dolía la cabeza. Le dolía el cuerpo. Y lo peor: le dolía la incertidumbre de saber que cualquier paso en falso podría cambiar no solo su vida… sino toda la línea temporal que recordaba.
Tenía que investigar el ritual. Averiguar qué hizo realmente. Entender qué opciones tenía. Elaborar un plan. Una máscara. Una estrategia infalible.
Porque tenía que fingir.
Fingir que era un niño. Fingir que no sabía nada del futuro. Fingir que no estaba viviendo la peor disorientación de su vida.
Y fingirlo bien.
Porque en dos días comenzaban las clases en Hogwarts.
Y Theodore Nott tendría que actuar como si nunca hubiera dejado de tener once años.
(...)
El hogar nunca se había sentido como tal. Desde la muerte de su madre, aquella palabra había perdido cualquier significado en su vida. Hogar era un concepto que veía en otras familias, en otros niños, pero nunca en sí mismo. La mansión Nott era solo eso: una estructura fría, silenciosa, llena de sombras que parecían observarlo cuando estaba solo. Y estaba solo casi siempre.
Si alguna vez tuvo algo parecido a un lugar seguro, no era una habitación ni un pasillo ni el comedor. Era la biblioteca. Allí, entre libros polvorientos y estantes infinitos, podía respirar sin sentir el peso aplastante de su apellido. La biblioteca era lo más cercano que Theodore Nott tenía a un refugio.
Y ahora estaba allí, en medio del silencio denso que solo los viejos libros sabían guardar.
Había iniciado una búsqueda desesperada del libro de rituales, del mismo que lo había llevado — accidentalmente — a este desastre temporal. Recorrió los estantes una y otra vez, revisó las mesas, las esquinas, incluso se arrodilló para mirar en los niveles más bajos, aunque eso solo sirvió para recordarle lo mucho que había crecido… o lo mucho que había vuelto a encogerse.
Pero el libro no estaba. No aparecía. Era como si jamás hubiera existido.
O peor: como si en este punto en el tiempo aún no hubiera llegado a su biblioteca.
El pensamiento lo dejó helado.
Theo no era bueno dibujando, jamás lo había sido. El dibujo no era su talento, ni su pasión, ni siquiera algo que disfrutara. Pero en su desesperación tomó un pergamino perfectamente acomodado en su mesa y empezó a trazar líneas torpes, tratando de recrear la luna plateada de la portada del libro desaparecido. Una media luna brillante, nítida, imposible de confundir.
La suya, en cambio, quedaba desigual, temblorosa.
Intentó hechizarla para darle brillo, como el que recordaba. Y entonces ocurrió: llevó la mano al bolsillo buscando su varita… y recordó.
Aún no podía usar magia fuera de Hogwarts.
Su varita seguía guardada en su caja, intacta, porque legalmente todavía no era un alumno. Era absurdo, frustrante y casi humillante. Todo lo que había aprendido, toda su destreza, todo el poder que había desarrollado… reducido a manos vacías.
Pensó en salir de la mansión e ir a una tienda especializada, quizá una librería antigua, para buscar ese maldito libro. Tal vez allí encontraría respuestas: por qué el ritual lo había enviado al pasado, por qué había funcionado de esa forma, por qué había fallado. Porque no, él no había usado un giratiempo. Ni siquiera tenía uno.
Aún.
Los giratiempos habían sido destruidos en la batalla del Ministerio, o eso sabía. Pero en el futuro — su futuro — una de sus metas era crear uno mejorado, uno que no se destruyera tan fácilmente, uno a prueba de catástrofes. Era un proyecto ambicioso, casi imposible… pero Theo siempre había sido obstinado.
Aún así, recordar el Ministerio le provocó un nudo en el estómago. No era un recuerdo al que le gustara volver. Recordaba el caos, los gritos, la caída final de su padre siendo arrastrado a Azkaban, y la mansión cayendo sobre sus hombros como un peso muerto. De un día para otro tuvo que hacerse cargo de las responsabilidades del apellido Nott. De las expectativas. De la soledad.
Nunca había soñado con dirigir nada. Y menos aún con dirigir una familia que el mundo veía como una reliquia oscura. Siempre sería reconocido como “el hijo del mortífago”. “El futuro mortífago”. Un título que odiaba, que rechazaba con cada fibra de su ser. Él no seguía a nadie. Nunca lo había hecho. Siempre había estado solo, caminando sobre sus propios pasos, en silencio, sin pedir permiso ni aprobación.
No quería ser el sirviente de Voldemort. No quería ser el lacayo de nadie.
— Amo Theodore — la voz suave y aguda de Lina, una de las elfinas domésticas, lo sacó de sus pensamientos —. Su padre llegó a casa.
Theo ni se inmutó.
— Está bien —respondió con indiferencia.
Porque no importaba. Su padre no lo quería ver. Nunca habían sido cercanos. No dependían el uno del otro para nada. Las pocas conversaciones que compartían solían ser esfuerzos de Theo por lograr que su padre se sintiera orgulloso, un intento torpe y silencioso que abandonó hacía mucho tiempo. Ya no le importaba. Y ahora, menos.
Volvió a la búsqueda. Recorrió cada estante, cada tomo de rituales que poseía la biblioteca. Pero nada. Ni una sola mención a viajes en el tiempo. Ni una nota al margen. Ni un indicio. La frustración lo estaba consumiendo. La respiración se le hacía pesada, como si su pecho se encogiera cada vez más.
Un dolor punzante le atravesó las sienes.
Quería una tarta de manzana.
Quería algo dulce, algo cálido, algo que lo anclara por un segundo a una sensación que no fuera angustia o confusión o miedo. Quizá así el dolor de cabeza insoportable se aliviaría un poco.
Quizá así, por un instante, podría sentir que todo esto no era una pesadilla.
(...)
Quedaba un día para volver a Hogwarts. Qué irónico.
El destino, caprichoso como siempre, solo le había dado dos días para prepararse. Dos días para asimilar que tenía once años otra vez. Dos días para diseñar un plan, para reprimir su instinto natural de adelantarse a los demás, para fingir que era un niño confundido recién entrando al mundo mágico.
Sabía que era perfectamente competente como para elaborar una estrategia eficaz. Fingir normalidad. Fingir ignorancia. Fingir que no podía recitar de memoria los contenidos de siete años de clases avanzadas. Fingir que no había memorizado más hechizos de los que cualquier adulto admitía. Fingir que no había vivido una guerra.
Eso era lo más difícil: la idea de volver a aprender lo que ya sabía.
Volver a sentarse en aulas que había superado hacía años.
Volver a escuchar explicaciones que ya no necesitaba.
Volver a esconder su poder.
En su interior, Theo se preguntaba por qué tenía que ir a Hogwarts en absoluto. ¿Para qué repetir siete años que ya había vivido? ¿Para qué volver a pisar las mismas aulas, enfrentar los mismos profesores, escuchar los mismos discursos de bienvenida?
Pero luego recordaba la parte más importante: si no fingía normalidad, sería descubierto. Y si era descubierto, entre los Inefables, San Mungo y los investigadores del Ministerio, no sabría quién se lo llevaría primero. A ninguno le convenía un niño que había “perdido la cordura” o uno que afirmaba venir del futuro.
Así que tenía que actuar.
Controlarse.
Encarcelarse en su propio silencio.
Se sentía extraño volver a usar ropa tan pequeña, telas que antes le quedaban ajustadas en los hombros y ahora colgaban sueltas. Sus manos parecían ajenas. Su voz le sonaba más aguda. Y la idea de no poder usar magia libremente, como estaba acostumbrado, era casi asfixiante.
Pero Theodore había establecido un objetivo claro:
mantenerse alejado de todos.
Así como lo había hecho en su “otra vida”, si es que podía llamarla así. No solo de sus compañeros de Slytherin, sino también del trío de oro, de cualquier drama o futuro desastre. Sabía lo que venía. Conocía los primeros hilos de la guerra que se formaría con los años. Y no quería estar involucrado. No quería ser parte de nada de eso.
Neutral.
Como siempre.
Como la única forma de sobrevivir.
Caminó hacia su baúl y lo abrió. El Theodore perteneciente a este tiempo ya lo había organizado todo con meticulosidad infantil. En su interior había empacado varios libros de magia básica, de pociones para principiantes, incluso uno sobre encantamientos simples. Theo los observó, indeciso. No los necesitaba en absoluto. Podía sacarlos, reemplazarlos con textos más avanzados… pero eso sería demasiado sospechoso.
Lo mejor era dejarlos. Fingir que los usaría.
Y en cambio, escoger unos cuantos libros de rituales de la biblioteca de la mansión para esconderlos en su maleta.
La biblioteca de Hogwarts también le serviría. Era extensa, antigua, poderosa… y tenía información que tal vez le ayudaría a entender qué demonios había salido mal. O qué había hecho bien para que el tiempo decidiera doblarse en torno a él.
Con todo eso decidido, apenas quedaba esperar.
Esperar a que llegara el día.
El día en que, una vez más, cruzaría las puertas del castillo.
Y sabía que antes de partir tendría una conversación con su padre.
Si es que podía llamarse “conversación”.
En realidad, consistiría en lo mismo de siempre: quedarse mirándose, en un silencio tenso que parecía una cuerda a punto de romperse, para que finalmente su padre le dijera — con esa voz fría que siempre usaba cuando se dirigía a él — que no avergonzara el apellido Nott.
Theo suspiró.
— Sí — pensó con amarga ironía —. Definitivamente mañana será un día fantástico.
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Notes:
Nota de la autora
¡Hola a todos!
Este capítulo marca oficialmente el inicio del primer libro de una saga nueva, titulada “Las crónicas del estratega del tiempo”. Estoy muy emocionada por comenzar este viaje con ustedes y de verdad espero que lo disfruten tanto como yo estoy disfrutando escribirlo.Si vienen de leer mi otro fanfic, “Draco Malfoy y El Velo del Destino”, por favor no me maten por publicar otra historia sin haber terminado esa 😭. Les prometo que seguiré trabajando en ambos proyectos, porque las ideas simplemente no me dejan en paz.
Gracias por estar aquí, por leerme y por acompañar a Theo en este comienzo tan caótico como mágico.
¡Espero que este primer capítulo les emocione tanto como a mí! 💚✨
Chapter 2: El Hatstall inesperado
Summary:
Theo intenta pasar desapercibido en su primer día en Hogwarts, pero su magia comienza a desbordarse, el Sombrero casi revela demasiado, los Slytherin lo adoptan sin permiso y la línea temporal empieza a desviarse de formas que lo inquietan.
Chapter Text
Theo despertó con la certeza absoluta de que el universo lo odiaba.
No era una sospecha. No era paranoia. Era un hecho científicamente comprobado por la forma en que la luz de la mañana entraba por la ventana, demasiado brillante, demasiado alegre para alguien que había retrocedido seis años en la vida sin pedirlo.
Parpadeó.
Genial.
Seguía siendo un niño.
— Fantástico — murmuró con voz ronca —. Justo lo que quería. Más infancia.
Se incorporó lentamente, sintiendo ese dolor sordo en la espalda que le recordaba que, técnicamente, había sido lanzado contra una pared el día anterior. Y que ahora tenía que fingir emoción por regresar a Hogwarts… otra vez. A la versión de Hogwarts donde no podía usar magia libremente, donde era demasiado pequeño para intimidar a nadie y donde tendría que soportar años de drama escolar.
“Un sueño hecho realidad”, pensó con amargo sarcasmo mientras se pasaba una mano por el rostro infantil que todavía no aceptaba como suyo.
Lo peor de todo era que tenía que actuar como si nada fuera raro. Sonreír. Ser un niño normal.
Qué horror.
Miró la ropa diminuta preparada sobre la silla y soltó un suspiro tan profundo que cualquier adulto habría asumido que estaba cargando con una vida entera de responsabilidades.
Y, bueno… técnicamente lo estaba.
Así que, si técnicamente el universo lo odiaba, pensó mientras se cambiaba, sabía lo que en unos minutos vendría: Pía, una de las tantas elfinas domésticas de la mansión, tocaría la puerta y le diría que su padre quería hablar con él. Theo le diría que en seguida iría.
Todo tan predecible, todo ya vivido, una vida monótona.
Theo miró el reloj que tenía en su mesa de noche. Eran las diez cuarenta y dos de la mañana.
—Uno… dos… tres — contó hasta que la puerta de su habitación se abrió justo cuando terminó la secuencia.
Pía, la elfina doméstica, que vestía una funda de almohada, entró a paso rápido a la habitación oscura de su amo. Con las orejas caídas, miró hacia Theo.
— Amo —comenzó con voz trémula —. Su padre solicita su presencia en el despacho.
— En un momento voy — murmuró Theodore monótonamente.
La elfa no dijo nada más y se retiró a paso silencioso de la habitación.
Theo suspiró, cansado. No quería ver a su padre, era tiempo perdido. Se quedarían cinco minutos completos viéndose fijamente, en un silencio tenso, incómodo, para que su progenitor solo dijera que no se le ocurriera avergonzar a su apellido.
A su linaje.
El chico, resignado, salió de su habitación, mientras veía, como al pasar, a un elfo sacar su baúl. Theodore se tocó el bolsillo de su pantalón, sintiendo la textura de la tela y algo más: su varita. Un mago sin varita era un mago muerto.
Caminó por los pasillos oscuros de la mansión. El retrato de su bisabuelo, molesto, decidía qué posición le quedaba mejor ese día. La esposa de su bisabuelo le gritaba que siempre había sido feo, así que ninguna pose le ayudaría a mejorar la imagen de su retrato.
Theo los ignoró. Siguió caminando al despacho de su padre hasta que llegó a la puerta del lugar citado. No había ruido que se escuchara cerca del lugar; parecía no haber vida cerca; ni un insecto se atrevía a acercarse.
El chico tomó la manilla de la puerta de roble negro y la giró lentamente. Tomando aire, empujó la puerta, revelando a su padre.
El hombre estaba sentado detrás de su escritorio, enterrado en papeles como siempre. No levantó la vista ni un segundo, como si el mundo entero — y Theo incluido — no fuera más que un ruido molesto al fondo del pasillo.
Theo lo odiaba por eso. Lo odiaba desde lo más profundo, desde ese lugar donde todavía ardía la memoria de su madre.
Su padre siempre había sido un hombre frío, casi inhumano, alguien incapaz de mostrar siquiera un destello de emoción. Nada parecía afectarlo, nada lograba atravesar esa máscara imperturbable que llevaba como si fuera parte de su piel. Y Theo recordaba perfectamente el día en que ese frío se transformó en repulsión.
Recordaba el momento exacto en el que sintió, por primera vez, verdadero odio hacia él: el día que su madre murió.
Ella se apagó… y su padre simplemente siguió caminando. No lloró, no gritó, no se quebró. Ni siquiera se detuvo. Actuó como si hubiera perdido una prenda y no a la única persona que había amado a su hijo. Como si la muerte fuera un trámite más, otra firma, otro papel.
Theo nunca había podido perdonarle eso.
Nunca había podido entender cómo alguien podía seguir respirando con tanta calma cuando el mundo se te derrumbaba en las manos.
¿Cómo podía haber actuado tan normal?
¿Cómo podía no sentir nada?
¿Y cómo demonios podía Theo soportarlo sin romper algo?
Cuando su madre murió, Theo sintió que algo dentro de él se había apagado para siempre. No era solo tristeza: era una herida abierta que le atravesaba el pecho y lo dejaba sin aire.
La vida perdió peso, color, sentido. Todo lo que antes lo mantenía de pie — sus metas, su futuro, incluso su propio nombre — se volvió irrelevante. Era como caminar dentro de un cuerpo vacío, donde cada latido dolía más que el anterior.
No lloraba porque no pudiera, sino porque la devastación lo había dejado completamente seco, como si el alma se le hubiera desprendido y él hubiera quedado atrás, atrapado en una sombra de lo que fue. En esos días, Theo sintió que él también había muerto con ella, que lo único que quedaba era un eco doloroso, una existencia que no quería seguir sosteniendo.
Pero aun así respiraba, quizá por costumbre, quizá por inercia… quizá porque, aunque no lo admitiera, una parte de él esperaba encontrar alguna razón para seguir.
Theo estuvo parado cinco minutos exactos, mientras su padre seguía revisando papeles, ignorándolo. El chico puso los ojos en blanco por costumbre; lo detestaba tanto, pero al mismo tiempo no podía evitar querer cumplir con las expectativas de su padre.
Se odiaba por eso.
— No avergüences tu linaje — dijo el hombre finalmente, todavía sin mirarlo.
— Sí, padre — murmuró Theo.
El chico salió del despacho de su padre y se dirigió a su habitación. Tomó el libro de rituales que había sustraído de la biblioteca y cuya cubierta uno de los elfos había hechizado para que, en Hogwarts, cualquiera que lo encontrara pensara que era un Libro de Transformaciones para principiantes. Una mentira simple, pero efectiva.
Guardó el libro bajo el brazo y salió de la habitación. Caminó por los pasillos oscuros de la mansión, esos que parecían absorber la luz y el calor como si estuvieran vivos. El aire era espeso, casi pesado, cargado con la eterna sensación de vigilancia que impregnaba cada rincón de la casa Nott.
Cuando por fin cruzó la puerta principal y salió al exterior, pudo respirar. No era libertad — solo un respiro más amplio —, pero después de enfrentar a su padre, incluso eso se sentía como un lujo.
A las afueras de las barreras mágicas de la propiedad, Pía lo esperaba junto a otros elfos domésticos que sostenían su baúl. Theo apenas los miró: sabía que estaban ahí, sabía que lo acompañarían, sabía que seguirían cumpliendo órdenes incluso después de que él muriera. Era una certeza triste, pero común en aquel mundo.
Pía levantó la vista hacia él, con algo que parecía preocupación… o tal vez era solo costumbre de servir. Theo no quiso analizarlo demasiado.
Sintió cómo la elfina lo tomaba suavemente por la camisa, preparándose para desaparecerse con él.
Él cerró los ojos.
En un segundo, la realidad se comprimió, el estómago se le revolvió y la presión familiar de la desaparición lo envolvió por completo.
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La estación de trenes estaba infestada; los niños corrían por todos lados emocionados, y los padres corrían detrás de ellos cargando baúles. El aire era fresco y el vapor inundaba el lugar; el ulular de las lechuzas se escuchaba por todos los rincones y el cantar de los sapos se sincronizaba formando una melodía junto con el maullido de los gatos.
Los estudiantes de años mayores caminaban con calma mientras hablaban entre ellos. Los nuevos miraban todo el panorama emocionados; las madres y padres sonreían orgullosos a sus hijos mientras Theo caminaba con su elfina como única compañía.
Theo caminaba entre el bullicio de personas, procurando no ser reconocido por algunas familias sangre pura. Ya acostumbrado a aquella rutina, caminó directamente hacia el tren, esquivando la escoba de los alumnos jugadores de quidditch y una rana que se había escapado de su dueño.
Subió al tren que todavía no estaba tan lleno; después de todo, los estudiantes seguían despidiéndose de sus familias. El chico caminó hacia los últimos vagones, casi siempre eran los últimos en ocuparse, hasta que encontró un compartimiento completamente solo. Entró en él y acomodó su baúl, que antes de subir al tren Pía le había dado.
Se sentó en el asiento y se recargó en él mientras cerraba los ojos y suspiraba. En algunas horas llegaría a Hogwarts, y tenía que aparentar normalidad, tenía que mantener una careta de tranquilidad.
Genial.
Justo lo que deseaba tener ahora mismo.
Tranquilidad.
Theo abrió los ojos; el tren comenzó a avanzar finalmente. Abrió su baúl y sacó su libro de rituales desconocidos, que había hechizado para que pareciera uno de Transformaciones. Buscó entre páginas y páginas algún ritual que estuviera relacionado con viajes en el tiempo. No encontró nada, ni siquiera uno que se acercara al ritual de “clarividencia” que había usado.
Durante un rato, el chico se perdió entre las páginas del libro, como ya era costumbre para él, hasta que la puerta del compartimiento se abrió escandalosamente, haciendo que Theo diera un brinco del susto.
Por la puerta entró Draco Malfoy y sus dos idiotas de siempre, Crabbe y Goyle. Crabbe comía una rana de chocolate desagradablemente, mientras Goyle se agarraba uno de sus dedos, que tenía rojo.
Theodore hizo una mueca al verlos.
— Indebidos son los Weasley — murmuró Draco mientras se hacía a un lado de Theo, como si hubiera sido invitado a sentarse.
El chico no entendía qué estaba ocurriendo. Que él recordara, cuando hizo su primer viaje a Hogwarts fue solo; no entendía por qué Malfoy y sus amigos entraban a su compartimiento. Eso no había pasado antes y no tenía que pasar ahora.
— Sabes, se va a dar cuenta de que está cometiendo un error — le dijo Draco a Crabbe.
El chico solo asintió mientras seguía comiendo.
—¿Qué hacen aq…
Theodore no pudo terminar de hacer su pregunta cuando las puertas del compartimiento volvieron a abrirse; esta vez Pansy Parkinson y Blaise Zabini entraron. Pansy se sentó al lado de Draco, que estaba sentado junto con Theo.
— Draco — llamó la chica —, ¿dónde te metiste? Te hemos estado buscando por todo el tren, ¿cierto, Blaise?
— Sí — respondió el moreno —, fuimos hasta los baños a buscarte.
— Fui a buscar a Potter — dijo Draco mientras se cruzaba de brazos, molesto.
Theo se tensó inmediatamente al escuchar aquel apellido.
Potter es igual a problemas.
— Entonces, ¿es cierto? — preguntó Zabini —. ¿Harry Potter ha venido a Hogwarts?
— Es cierto —respondió el rubio —, pero los Weasley lo encontraron primero. Lo están corrompiendo.
—¿Por qué lo dices? — cuestionó la única chica del grupo —. Oh, hola, Theo.
Todos voltearon a mirar hacia donde la chica había saludado. Al parecer, no se habían dado cuenta de su presencia en el vagón. Theodore de verdad quiso sentirse ofendido, en serio, de verdad quiso, pero ya estaba acostumbrado a no ser visto.
—¿Qué hacen aquí? — preguntó, ignorando el saludo de la chica.
— Charlando, obviamente — respondió el rubio, como si fuera lo más obvio del mundo —. Lo digo porque lo encontré en un vagón con uno de los Weasley y le dije que tarde o temprano tendría que aprender que algunas familias son indebidas, y le ofrecí la mano.
—Y dijo: “Creo que puedo darme cuenta de cuáles son los indebidos, gracias” — dijo haciendo una voz chillona —, y no me dio la mano.
En cuestión de un minuto, exactamente, el silencio del vagón fue llenado por risas burlonas de Blaise y Pansy, quienes se habían tirado al piso de la risa. Draco se ruborizó tan profundamente que podía compararse con la lava de un volcán.
—¿De qué se ríen? —preguntó el rubio, enojado.
— Oh, mi pobre, pobre Draco — comenzó la chica con una voz burlona —. Tu héroe, tu ídolo, el chico por el que llevas años fantaseando conocer…
— Prefirió a un Weasley antes que a ti — terminó el moreno por la chica.
—¿De eso se ríen? — preguntó Draco, con la cara tan roja que parecía que le iba a explotar —. Algún momento recapacitará y se dará cuenta de que no es bueno estar con un Weasley.
— No, yo creo que no — intervino Theo con voz gélida.
Hubo un segundo de silencio… y luego el compartimiento volvió a estallar en risas. Pansy casi se dobló sobre sí misma y Blaise golpeó el asiento con la mano, riéndose como si aquello fuera lo mejor que habían escuchado en semanas.
Theo solo rodó los ojos.
Cerró su libro con un suspiro, lo abrió de nuevo y volvió a hundirse entre sus páginas, fingiendo que no le importaba tener el compartimiento lleno de voces, burlas y un Draco que seguía discutiendo, rojo como un tomate.
Ignorarlos era fácil.
Lo difícil era ignorar la sensación repentina que se le instaló en el pecho.
Algo estaba cambiando.
Y no sabía si le gustaba.
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El viaje en bote es incómodo.
Estaba acostumbrado a viajar en los carruajes, acostumbrado a ver a los thestrals, acostumbrado a recordar que podía verlos gracias a que había presenciado la muerte de su madre. Es un poco extraño, porque no recuerda de manera exacta cómo murió su madre, pero recuerda verla caer sin vida.
Extraño.
Siempre le ha parecido extraño.
Pero dejando unos momentos de lado eso, el viaje también fue diferente a como lo recordaba. Él no se había sentado en un bote con Pansy, Blaise y Draco; recordaba que este último había compartido bote con Crabbe y Goyle. Si no se equivocaba, él había compartido el bote con una Hufflepuff que en ese entonces no había sido seleccionada todavía.
Cuando llegan al castillo, todo es tan familiar, demasiado familiar, después de todo, llevaba siete años viviendo en el castillo. Esa sensación entonces debía ser normal, influenciada por los años que habían pasado, aunque nadie supiera. Los pasillos lo seguían recibiendo como si de un viejo amigo se tratara; por alguna razón sentía la magia de Hogwarts por cada pared de piedra.
Theo no tenía ni idea de que podía sentir la magia del castillo.
Antigua.
Muy antigua.
Parecía estar desarrollando una afinidad de poder sentir la magia, lo cual no le gustó en absoluto. Lo asustaba. Porque no era algo que normalmente hiciera.
El Gran Comedor los recibió con un aire cálido; era más acogedor a diferencia de la mansión Nott. No era como si su padre alguna vez hubiera intentado hacerlo acogedor; la idea era que se sintiera imponente. El único lugar que se podría denominar cálido en la mansión era la biblioteca, donde Theo pasaba más tiempo, perdido entre las páginas de los libros.
"Oh, podrás pensar que no soy bonito,
Pero no juzgues por lo que ves.
Me comeré a mí mismo si puedes encontrar
Un sombrero más inteligente que yo.
Puedes tener bombines negros,
Sombreros altos y elegantes.
Pero yo soy el Sombrero Seleccionador de Hogwarts
Y puedo superar a todos.
No hay nada escondido en tu cabeza
Que el Sombrero Seleccionador no pueda ver.
Así que pruébame y te diré
Dónde debes estar.
Puedes pertenecer a Gryffindor,
Donde habitan los valientes.
Su osadía, temple y caballerosidad
Ponen aparte a los de Gryffindor.
Puedes pertenecer a Hufflepuff,
Donde son justos y leales.
Esos perseverantes Hufflepuff
De verdad no temen el trabajo pesado.
O tal vez a la antigua sabiduría de Ravenclaw,
Si tienes una mente dispuesta,
Porque los de inteligencia y erudición
Siempre encontrarán allí a sus semejantes.
O tal vez en Slytherin
Harás tus verdaderos amigos.
Esa gente astuta utiliza cualquier medio
Para lograr sus fines.
¡Así que pruébame! ¡No tengas miedo!
¡Y no recibirás una bofetada!
Estás en buenas manos (aunque yo no las tenga),
Porque soy el Sombrero Pensante.”
Todos aplauden impresionados y emocionados cuando el sombrero termina de cantar su canción de presentación. Theo solo aplaude por seguir su fachada de normalidad; tenía que aparentar tranquilidad absoluta. Draco y Blaise charlan emocionados sobre ser seleccionados a Slytherin. Theodore sabe que lo lograrán.
Alza la cabeza un poco por encima de la multitud de personas de primer año, busca a Potter, intenta estar lo más alejado de aquel augurio de problemas. Era lo mejor.
Alejarse de él.
Seguir siendo un secundario en la historia.
No intervenir en absoluto.
Así que estar al menos diez metros alejado de Potter era lo correcto.
Lo correcto era también estar alejado de los alumnos de Slytherin, su casa. Sabía que estaría llena de futuros mortífagos; las únicas que Theo sabía que nunca se unirían a Voldemort eran las hermanas Greengrass, pero ni en su vida original había hablado con ellas ni una vez.
Así que lo mejor era seguir manteniéndose así.
Encuentra a Potter entre la multitud, alejado, muy alejado. Era lo correcto. Pero cuando encontró a Potter también encontró los ojos negros como el ónix de su futuro jefe de casa, quien observaba a Potter.
Lo mejor para Theodore era también mantenerse alejado del profesor Snape. El chico sabía que era un mortífago, un mortífago que en un futuro sería quien mataría a Dumbledore. Sabía también que ascendería a ser el nuevo director de Hogwarts después de la muerte del anciano.
Theo no quiere volver a tener que asistir a una clase impartida por Alecto.
No, gracias.
Los alumnos son llamados uno por uno, siendo seleccionados para su casa. Theodore presencia cómo Hermione Granger es seleccionada hacia Gryffindor. También cómo Crabbe, Goyle y Draco fueron seleccionados para Slytherin. Están orgullosos, están extasiados, lo puede ver claramente en sus rostros.
Unos segundos después, Theodore es llamado. No puede negar que su corazón está acelerado; sabía que el sombrero leería sus pensamientos, sus recuerdos. Theo no sabía si eso era bueno para todo lo que tenía escondido ahí dentro.
— Pero qué deleite tengo hoy aquí — comienza el sombrero una vez que es puesto en la cabeza del chico —. Tienes una mente demasiado adulta para ser un niño.
Por unos instantes, Theo siente cómo un infarto viene en camino.
— Un viaje en el tiempo — dice, y el chico siente que todo se ha ido a la mierda e intenta hacer fuertes escudos de oclumancia —. Tranquilo, chico, tienes una mente muy trabajada, pero yo no soy quien para revelar secretos.
Theo siente como si lo estuvieran desnudando a la fuerza.
—Yo solo te ayudaré a buscar tu mejor opción. Veo grandeza en ti, siento como si ya te hubiera tenido aquí — dice, y Theo deduce que puede estar viendo los recuerdos de su primera selección —. Es difícil, muy difícil. Tienes un gran potencial para ir a cualquier casa, pero solo dos de ellas podrán guiar tu camino hacia la grandeza: una afila tu intelecto… y la otra afila tu poder.
Theo sintió que ya había pasado un largo rato. Estaba seguro de que habían pasado más de cinco minutos. Podía escuchar los susurros de los alumnos, de los maestros y de los fantasmas. Podía sentir la mirada de todos pegados a él.
Genial.
Quería aparentar normalidad. Quería no estar en el foco. Era su primer día en Hogwarts y no lo estaba logrando.
— Difícil, difícil — repitió el sombrero —, pero como anteriormente…
¡SLYTHERIN!
El sombrero fue retirado de la cabeza de Theodore, dejándolo ver el panorama. Todo estaba en silencio, nadie parecía salir de su congelación, hasta que el prefecto de Slytherin se levantó de su asiento y aplaudió. Los demás alumnos de la casa siguieron su ejemplo y también comenzaron a aplaudir, sacando al Gran Comedor de su silencio incómodo.
Theo caminó hacia la mesa de Slytherin. Sentía las miradas siguiéndolo. No le gustaba ser el centro de atención; le desagradaba, lo detestaba. Era incómodo para él, que siempre había estado en segundo plano; ni “segundo” se le podría llamar.
Lo odiaba.
Una vez que la ceremonia terminó, con todos los alumnos asignados a una casa, Dumbledore dio su discurso de cada año. Nada nuevo, nada innovador. Como siempre: no ir al Bosque Prohibido. Después de eso, por fin pudieron cenar.
La tarta de calabaza era la favorita de Theo.
La disfrutó; le gustaba mucho la comida de Hogwarts. Hasta cuando hacían bailes, la comida era deliciosa. No como cuando iba a una fiesta organizada por alguna familia sangre pura: la comida sabía insípida.
No le gustaban las fiestas.
— Vaya, Theo — murmuró Pansy llamando la atención del chico —, creo que ahora tienes un récord.
—¿De qué hablas? — preguntó con los ojos entrecerrados.
—Tardaron casi diez minutos en elegir tu casa — respondió Blaise mientras cortaba su carne.
El chico sabía que fue bastante tiempo lo que el tonto sombrero tardó en decidirse; había hecho tanto show para terminar mandándolo a Slytherin, como en su anterior tiempo. Pero no sabía que habían sido casi diez minutos.
— Bueno — contestó Theo con voz arisca.
—¿Bueno? — musitó Draco con asombro mientras le quitaba una manzana verde a Crabbe, que estaba a punto de comérsela —. Literalmente ahora eres un Hatstall, lo que significa que probablemente eras bueno tanto para Slytherin como para otras casas.
—¿Qué otra casa era opción? — preguntó el moreno.
— Ravenclaw — respondió severamente Theo.
— Bueno, al menos no fue Gryffindor o Hufflepuff, las peores casas — dijo Pansy, y el rubio le dio la razón —. Pero todavía es mejor quedar en Hufflepuff que en Gryffindor.
— Definitivamente mucho mejor — replicó el rubio.
Theo decidió ignorarlos el resto de la cena. No eran sus amigos; él no tenía, así que no debería estar conversando con ellos. Si podía evitarlos, era mucho mejor.
Sí, eso haría: los evitaría.
Cuando la cena dio por finalizada, los Slytherin de primer año fueron guiados a las mazmorras por los prefectos. El lugar era oscuro y húmedo; Theo ya estaba perfectamente familiarizado con el lugar.
El prefecto les indicaría quiénes serían sus compañeros de habitación durante todo Hogwarts. Theo sabía en qué habitación le tocaría y quiénes serían sus compañeros; bueno, más o menos sabía, aunque nunca se tomó la molestia de aprenderse sus nombres, sinceramente.
Su cabeza se levantó de golpe — y siente cómo eso le pasará factura mañana en el cuello — cuando escucha que es nombrado junto con otros dos nombres: Draco Malfoy y Blaise Zabini.
No.
No podía ser posible.
Así no deberían estar sucediendo las cosas. Draco y Blaise no deberían ser sus compañeros de cuarto. Theo recordaba bien que el rubio compartía habitación con Crabbe y Goyle, y del moreno no recordaba bien con quién compartía habitación, pero definitivamente no con él.
Las cosas estaban cambiando.
Y no, definitivamente no era bueno.
Absolutamente no.
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Al día siguiente, Theo tuvo que levantarse temprano; después de todo, debía ir a clases, lo cual le parecía absurdo cuando ya había aprendido todo lo que podrían enseñarle en primer año. Conocía los temarios, los hechizos básicos, las instrucciones, incluso las advertencias. Todo le resultaba una molestia innecesaria. Lo único útil para él sería pasar desapercibido y evitar cualquier cambio indeseado en la línea del tiempo… pero claro, esa era la meta ideal, no la realidad.
Compartir habitación con Draco y Blaise no era cómodo en absoluto, especialmente cuando el moreno no podía dormir sin roncar y el rubio se movía constantemente, como si luchara contra sus propias pesadillas. Theo no descansó bien. Estaba cansado, irritado, y su única recompensa por sobrevivir la noche era comenzar un día entero rodeado de niños de once años que no tenían idea de nada.
Potter era la novedad en Hogwarts. No es como si fuera algo nuevo para Theo. Ya había vivido todo eso: las miradas, los rumores, las historias exageradas sobre el niño prodigio que derrotó a un mago tenebroso. Nada de eso le interesaba. Pero algo sí era distinto: esta vez Potter no era lo único nuevo.
Lo nuevo era que sus compañeros Slytherin lo observaban más de lo normal. Lo había notado la noche anterior: miradas furtivas, susurros discretos. Y esa mañana en el desayuno no había sido diferente. Cada vez que levantaba la vista, encontraba un par de alumnos estudiándolo como si fuera algún tipo de rareza. Incluso algunos Ravenclaw lo analizaban como si intentaran descifrarlo.
Gracias, Sombrero.
Lo último que Theo quería era ser relevante. Necesitaba que algo desviara la atención hacia otra persona. Recordó que el jueves sería la clase de vuelo, cuando Potter sería elegido buscador de Quidditch. Eso lo sabía demasiado bien.
Así que sí, en unos días toda la atención iría hacia Potter. Y Theo sería olvidado, apenas otro nombre entre los nuevos estudiantes. Lo esperaba con ansias.
Su primera clase del día fue Herbología. Algo que agradecer de las primeras clases era que solo veían teoría. Las prácticas vendrían después, cuando tuvieran que lidiar con plantas ruidosas, venenosas o directamente irritables. No es que Theo fuera fanático de la materia, pero era indispensable para las pociones. Y a Theo le gustaba hacer pociones. Al menos, cuando las hacía a escondidas, estas no lo enviaban al pasado como los rituales.
Las clases avanzaban a un ritmo insoportablemente lento. Todo lo que los profesores decían él ya lo sabía, incluso cosas de cursos superiores. Se repetía mentalmente que debía actuar normal, como un niño que escuchaba por primera vez. Mantener la fachada era fundamental.
Theo no entendía qué había hecho para que ahora tres Slytherin — con sus dos guardaespaldas incluidos — lo siguieran a todas partes como si fueran amigos. Draco, Blaise y Pansy parecían convencidos de que debían caminar con él, hablar con él y sentarse con él. No tenía idea del porqué. Solo sabía que estaban arruinando sus planes de pasar desapercibido, planes que ya habían empezado a desmoronarse desde la ceremonia, cuando el Sombrero decidió hacer un espectáculo innecesario.
Draco era enemigo de Harry Potter, lo que lo colocaba directamente en el centro del caos. Pansy sería una molestia futura para Granger. Y Blaise… bueno, Blaise era Blaise: tranquilo, observador, imposible de leer. Theo no recordaba si alguna vez el moreno había molestado al trío de oro, pero tampoco quería averiguarlo.
Lo que sí sabía es que tenía que deshacerse de ellos. Lo antes posible. Mantenerse cerca de futuros mortífagos no era inteligente. Y Draco, por más berrinches infantiles que hiciera, sería uno. Theo lo sabía demasiado bien.
No quería tener nada que ver con Voldemort. Ni con sus seguidores. Ni con nadie que pudiera arrastrarlo, aunque fuera mínimamente, hacia esa oscuridad. Esta vez, no.
— No puedo creer que sea el primer día y ya tengamos tarea para un mes — se quejó Blaise, dejándose caer sobre la mesa de la biblioteca.
— Lo sé, es absurdo — dijo Pansy mientras escribía en su pergamino —. Y todavía falta Transformaciones; escuché que les dejó muchísimo trabajo a los Gryffindor.
—¿Cómo te enteraste de eso si has estado todo el día con nosotros? — preguntó Draco.
—Tengo mis métodos — respondió la chica con suficiencia.
—¿Quieren callarse? — susurró Theo, harto —. Si siguen hablando, nos van a echar de la biblioteca.
Llevaban menos de veinte minutos ahí. Theo había ido con la intención de buscar libros sobre rituales; después de todo, Hogwarts tenía una de las bibliotecas más extensas del mundo mágico. Tal vez ahí encontraría algo sobre el ritual que había utilizado y que lo había enviado de vuelta a su infancia.
Pero claro, esos tres idiotas lo siguieron, y Theo tuvo que fingir que solo había ido a hacer tarea.
Los ignoró un buen rato.
Pero no se callaban. Y Theo realmente quería lanzarles un embrujo para silenciarlos.
— Sabes, no sé qué se te apetece — dijo Pansy de repente —, pero deberías relajarte, Theo. Apenas es el primer día y ya pareces más viejo que Dumbledore.
Draco y Blaise rieron como si hubiera sido el chiste del año. Theo solo gruñó, concentrándose en terminar su pergamino de Historia de la Magia.
Tenía que deshacerse de esos tres. Y pronto.
Arruinarían sus planes.
Y su paz.
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Las clases y los días avanzaron tan rápido como tinta diluida en agua; en un abrir y cerrar de ojos ya era jueves. El día anterior había tenido Pociones, que desgraciadamente compartía con los Gryffindor, lo cual significaba que Harry Potter estaría cerca. Y eso, para Theo, era un peligro inminente.
Theo recordaba perfectamente lo incompetente que era Quirrell. Al parecer, ni retrocediendo en el tiempo y cambiando posiblemente la línea temporal, el hombre mejoraba. Solo esa idea lo ponía de los nervios. Quería arrancarle la varita de las manos y enseñar él mismo la clase, pero no podía.
Tenía que aparentar normalidad.
Aunque no hubiera ni un rastro de normalidad dentro de él.
Eso lo llevaba ahora al salón de Transformaciones, sentado con Blaise a su lado y con Pansy y Draco enfrente. Habían pasado días y seguía sin poder deshacerse de ellos. En algún momento, los Slytherin habían decidido seguirlo a todas partes y, para empeorar todo, también copiaban sus tareas.
Theo sentía que sospechaban algo… o quizás simplemente era por lo que había pasado en la ceremonia. Desde que se había convertido en un Hatstall, era evidente que despertaba curiosidad. Demasiada, para su gusto.
Slytherins tenían que ser.
En Transformaciones, anotaron una enorme cantidad de información que la profesora McGonagall les dictó sin descanso. Después pasaron a algo más “complejo” para alumnos de primer año. Y sí, probablemente lo era para niños de once años que jamás habían practicado aquello… pero para Theo, que ya había vivido todo esto una vez, resultaba casi aburrido.
Tenían que transformar un fósforo en aguja.
Si Theodore quería aparentar que nada extraño estaba sucediendo, estaba fracasando miserablemente.
Porque fue el primero — y sin ayuda — en transformar el fósforo.
La varita apenas había tocado la mesa cuando el objeto tembló, vibró como si obedeciera a un viejo recuerdo y, en cuestión de segundos, la madera se volvió metálica, afilada, perfecta. Una aguja plateada, tan delgada que reflejaba la luz de las ventanas como un pequeño relámpago.
Theo supo al instante que había cometido un error.
Un murmullo se extendió entre las mesas como una ola silenciosa.
No había emoción en él, solo una punzada de fastidio que le trepaba por la espalda. Sentía cómo Blaise lo miraba de reojo, con una mezcla entre interés y cálculo. Pansy ya tenía medio cuerpo inclinado hacia adelante, buscando ver mejor la aguja. Draco lo observaba fijamente, como si Theo acabara de revelar un secreto que él también quería conocer.
Y ahí estaban, otra vez, como tres sombras pegadas a él.
Más tenía encima suyo a tres molestos Slytherins.
Theo tragó saliva. La magia aún le hormigueaba en los dedos, un cosquilleo eléctrico, como si su cuerpo se hubiera quedado encendido por dentro.
No sabía si era por la transformación o por la atención.
Probablemente por ambas cosas.
McGonagall se acercó con ese paso firme que siempre hacía sonar el suelo. Tomó la aguja entre sus dedos y la examinó al trasluz, levantando una ceja.
— Excelente ejecución, señor Nott — dijo, y aunque su tono continuaba siendo severo, había una chispa de algo parecido al orgullo en su mirada —. Muy avanzada para un primer año.
Theo bajó la vista. Agradecer hubiera sido llamar más la atención, así que solo asintió una vez.
Pero Blaise no se quedó callado.
—¿Desde cuándo haces magia así? — susurró, inclinándose hacia él.
— Desde nunca — masculló Theo rápidamente.
Pansy soltó una risita suave.
— Interesante… — murmuró Draco.
Y Theo supo que ese “interesante” no lo dejaría en paz por semanas.
Mientras McGonagall seguía revisando el trabajo de los demás, Theo intentó volver a enfocarse en su pergamino, pero la sensación de la magia corriendo bajo su piel seguía allí: cálida, inquieta, pesada… como si una corriente subterránea buscara abrirse paso desde su pecho hacia sus manos.
Como si algo dentro de él hubiera recordado quién era realmente.
Como si la magia quisiera despertar del todo.
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Encantamientos, por otro lado, era de sus clases favoritas. El lunes habían tenido la primera, aunque solo había sido teoría. Theo ansiaba practicar hechizos; no es que no usara magia fuera de clase, por supuesto que lo hacía, pero solo cuando la habitación estaba vacía… lo cual no ocurría muy a menudo.
Para su desgracia.
Como recordaba, el primer hechizo que practicarían sería un simple Lumos. Nada muy complicado. La mayoría de los nacidos en familias mágicas ya habían hecho uno antes de entrar a Hogwarts. Después de todo, los sangre pura enseñaban a sus hijos en casa desde pequeños.
Algunos padres incluso prestaban sus varitas a sus hijos para practicar.
Theo no tuvo esa suerte.
La primera vez que logró hacer un Lumos fue en Hogwarts; su padre nunca estaba en casa y su madre había muerto cuando él apenas tenía cinco años.
—Todos extenderán la varita sujetándola como ya les indiqué — ordenó el profesor Flitwick —. Y cuando diga tres, dirán fuerte y claro: Lumos.
Encantamientos era una clase que los Slytherin compartían con los Ravenclaw, así que varios alumnos de Ravenclaw estaban sentados hasta adelante, escuchando con la atención perfecta que caracterizaba a su casa.
Mientras tanto, los Slytherin estaban esparcidos entre el centro y la parte trasera del salón. Cuando Theo había llegado, se dirigió rápidamente a uno de los asientos del fondo, pero antes de que pudiera siquiera sentarse, los tres Slytherin que no se le despegaban lo arrastraron hacia el centro de las filas.
Así que ahí estaba: atrapado entre ellos, de mal humor, mientras apostaban quién haría el Lumos más brillante. Detrás, Crabbe y Goyle comían ranas de chocolate sin el menor cuidado. Theo podía sentir cómo las migajas le caían en el cabello.
Maravilloso.
— Ahora prepárense — anunció el profesor.
Theo sacó su varita del bolsillo de su túnica. Los bordes ásperos rozaron sus dedos en una sensación familiar; un escalofrío le recorrió el cuerpo. Le encantaba hacer magia.
Eso nunca cambiaba.
—Tres — contó Flitwick.
Theo agitó la varita como ya era costumbre. Esperaba que el Lumos brillara lo de siempre — ni poco ni demasiado —. Pero la luz que salió de su varita fue la misma de siempre… hasta que, de un momento a otro, comenzó a aumentar en intensidad.
Theo sintió el cambio antes de verlo. Fue como si algo se abriera dentro de él, como si una corriente invisible se liberara y empezara a recorrerle el cuerpo desde el pecho, extendiéndose por sus venas como una sangre recién despertada. No era doloroso, pero tampoco agradable: una electricidad cálida se movía bajo su piel, vibrando, pulsando, iluminándolo desde adentro. Su respiración se cortó. Cada latido hacía que la energía subiera por sus brazos, acumulándose en sus manos como si estas fueran un punto de desborde inevitable. La magia no parecía salir de la varita, sino de él mismo, como si fuera un conducto y la madera solo la última frontera que la contenía.
Y siguió aumentando.
La electricidad mágica llegó a un punto en el que ya no se sentía como energía… sino como un segundo ritmo vital que competía con el suyo. Era como si tuviera dos corazones: el real, golpeando en el pecho, y otro hecho de magia pura, latiendo desde las profundidades de su núcleo y empujando cada oleada hacia la varita. Su brazo tembló. La luz no era solo luz; era el reflejo de todo aquello que se estaba desbordando dentro de él, buscando escapar. Y cuando abrió la mano, cuando la varita estuvo a punto de resbalarse, Theo sintió un tirón final, una descarga que casi lo dejó sin aliento.
Hasta el punto de que los demás alumnos tuvieron que cubrirse los ojos porque la luz era simplemente cegadora.
La magia recorría su cuerpo como un segundo torrente, como un río cálido que pulsaba bajo su piel igual que la sangre. Cuando la magia se alteraba, Theo lo sentía todo: el hormigueo en las manos, el nudo en el pecho, el latido acelerado de algo que no era el corazón, pero que también bombeaba vida.
Era demasiada magia para un solo cuerpo. Demasiada presión bajo la piel, como si su sangre hubiera sido reemplazada por chispas incandescentes corriendo en todas direcciones. Theo ya no distinguía entre su magia y su propio cuerpo; ambas cosas estaban tan entrelazadas que no sabía dónde terminaba él y dónde comenzaba aquello que lo atravesaba. Sintió que, si no la soltaba, algo dentro de él terminaría por romperse.
Preocupado, soltó la varita.
En cuanto dejó de tocarla, la magia se apagó de golpe. Theo sintió cómo esa fuerza retrocedía dentro de él, tomando el mismo camino por el que había avanzado segundos antes.
Era extraño.
Jamás había sentido algo así al hacer magia.
— Señor Nott — lo llamó Flitwick, asombrado —. Eso fue bastante fantástico.
Theo no se había dado cuenta del silencio absoluto del aula hasta que el profesor habló. Aquellas palabras arrancaron a todos de su estupor.
— Su varita tiene un núcleo mágico muy poderoso — continuó Flitwick.
Theo dejó de escucharlo. Miró el suelo, donde su varita había caído. Se agachó y la recogió. Esta vez no sintió aquella energía desbordada… y no estaba seguro de si quería sentirla otra vez.
Era confuso.
Era raro.
Y no le gustaba.
Al observar el pomo de la varita, algo lo hizo congelarse.
Algo que antes no estaba allí.
Una luna plateada.
Igual que la del libro.
Sintió cómo la sangre se le iba del cuerpo, como si fuera a desmayarse ahí mismo. Tal vez incluso le daría un infarto y se ahorraría todo aquello. Porque eso, eso no podía ser coincidencia. Su vida se había ido al carajo desde que encontró ese absurdo libro de rituales desconocidos, y ahora todo encajaba de una forma que parecía una maldita broma del destino.
Su magia se había descontrolado… y justo en el pomo de su varita aparecía el grabado de una luna plateada conectada al libro.
Fantástico.
— Lástima que el Sombrero al final decidió mandarlo a Slytherin — comentó Flitwick con una sonrisa —. Habría tenido un gran potencial en Ravenclaw.
—¿Qué? — preguntó Theo, confundido.
No había prestado atención a nada de lo que el profesor había dicho. Seguía demasiado atrapado en lo que acababa de ocurrir. Pero Flitwick había mencionado que el Sombrero había dudado entre Ravenclaw y Slytherin.
Theo se tensó.
¿Y si el Sombrero Idiota había decidido abrir su estúpida boca de tela y revelar todo lo que había visto en sus recuerdos?
¿Y si todos en Hogwarts sabían ya que él no pertenecía a ese tiempo?
— Bueno, escuché que el Sombrero no se decidía si mandarlo a Ravenclaw o Slytherin — añadió Flitwick, mirando a Theo con curiosidad, y luego al trío de Slytherin.
Theo se relajó… un poco.
Al menos significaba que el Sombrero no había revelado nada importante.
Pero claramente lanzó una mirada asesina a Draco, Pansy y Blaise, quienes fingieron absoluta inocencia.
Eran unos grandísimos chismosos.
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El rumor de lo que había sucedido en la clase de Encantamientos se extendió como pólvora por todo Hogwarts. Theo no podía caminar por ningún pasillo sin sentir las miradas clavadas en él. Al menos, tener a Draco, Pansy y Blaise siguiéndolo significaba que Goyle y Crabbe también los seguían… y eso aseguraba que nadie más se acercara.
Crabbe y Goyle ahora parecían sus guardaespaldas, y no solo los de Draco.
Aunque Theo intentaba actuar como si la atención no le afectara, en realidad lo hacía. Detestaba que lo miraran. Lo odiaba más de lo que admitiría. Pero ahora parecía ser una especie de anomalía en Hogwarts, lo cual quizá era cierto… aunque ellos no tenían por qué saberlo.
La comida le sabía insípida al no poder lograr que las miradas lo dejaran un instante en paz. Había escuchado al profesor Flitwick y a la profesora McGonagall hablar sobre su «gran dominio de la magia». Flitwick había estado casi eufórico al relatar lo sucedido en Encantamientos, mientras McGonagall — más contenida, pero igualmente impresionada — comentaba que había logrado transformar un fósforo en una aguja sin ayuda.
Theo decidió ignorar el banquete y comió en su lugar algunos de los dulces que Narcissa Malfoy enviaba regularmente a su hijo. Draco no tenía derecho a quejarse, pues Theo le permitía copiar las tareas. Además, necesitaba algo de azúcar para concentrarse mientras leía el Profeta.
ÚLTIMA HORA SOBRE EL ASALTO EN GRINGOTT
Continúan las investigaciones del asalto ocurrido el 31 de julio. Se cree que se debe al trabajo de magos y brujas tenebrosos desconocidos.
Los duendes insisten en que no se han llevado nada. La cámara registrada había sido vaciada ese mismo día.
«Pero no vamos a decirles qué había allí, así que mantengan las narices fuera de esto si saben lo que les conviene», declaró esta tarde un portavoz de Gringotts.
Theo siempre se había preguntado qué era lo que realmente habían robado. ¿Por qué tanto misterio? ¿Había sido un robo genuino o era solo otra cortina de humo del Ministerio? No sería la primera vez que hacían algo así.
—¿Qué crees que habrán robado? — preguntó Draco, asomándose para leer el periódico que Theo sostenía.
— Tal vez un amuleto encantado — murmuró Pansy, usando un plato de plata como espejo.
— Fácilmente puedes enviarle una lechuza a tu padre — comentó Blaise, quitándole el plato a Pansy para mirarse él —. Está cerca de los funcionarios del Ministerio.
—Ya le pregunté. Ni él sabe nada — respondió Draco —. También quiere saber qué ocurrió, porque generalmente está enterado de todo en el mundo mágico.
—Vaya, no creí que el señor Malfoy fuera tan chismoso — dijo Theo en voz alta sin querer.
Por un segundo, el silencio cayó sobre la mesa… y luego estallaron las risas.
Draco soltó un resoplido ofendido, aunque tenía las comisuras levantadas.
—¿Disculpa? Me rehúso a creer que acabas de insultar el buen nombre de mi familia delante de mí.
— Ay, por favor, Draco — se burló Pansy —, sabes que es verdad.
— Es verdad — confirmó Blaise, moviendo una mano —. Y lo mejor de todo es que… vaya, Theo, ya te estás derritiendo con nosotros.
Eso sí es noticia.
Las carcajadas volvieron a explotar, pero Theo sintió algo parecido a un zarpazo en el pecho. Como si lo hubieran atrapado demasiado cómodo. Demasiado cerca.
Sonrió apenas un segundo… y luego la expresión se derrumbó.
Volvió a levantar la barrera: la mirada indiferente, la postura rígida, el silencio medido.
No podía permitirse amigos. No ahora. No cuando apenas entendía qué había provocado el viaje en el tiempo, ni qué significaba aquella luna que parecía seguirlo cada noche, vigilante, observándolo como si supiera algo que él no.
Esa luna…
Ese símbolo…
Ese rastro mágico que había comenzado a sentir desde su llegada.
No estaba ahí por casualidad. Y Theo lo sabía.
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Theo no era fanático de volar. No es que no hubiera aprendido, simplemente no le gustaba. Nunca lo vio necesario. En su opinión, quienes vivían trepados a una escoba eran los jugadores de quidditch… y el quidditch, francamente, le parecía una pérdida de tiempo.
Era aburrido.
No tenía sentido.
Eso bastó para decidir que no asistiría a la clase de vuelo. Mucho menos si la compartía con los Gryffindor. Theo tenía muy claro que debía evitar a Potter como si fuera una epidemia mágica. Así que, en vez de dejar que Blaise, Pansy y Draco lo arrastraran con ellos, se escurrió en cuanto tuvo oportunidad.
No solo escapó de ellos y de la clase—también de la mirada inquisitiva del profesor Snape. Desde que Flitwick lo había felicitado frente a todo el personal por su “talento excepcional”, el hombre parecía haberse acordado de que Theo existía. Y eso era un problema.
Sí. Tenía que evitar también a Snape.
Otro mortífago. Otro enemigo silencioso, igual que su padre.
No había sabido nada de él desde aquella conversación en el despacho. Y mejor así. Alejarse era lo más sensato. Si quería terminar lo que había empezado antes de viajar en el tiempo, tenía que cortar cualquier vínculo.
Caminar se convirtió en su refugio. Se adentró en pasillos oscuros del castillo, donde la luz de las antorchas temblaba y proyectaba sombras que parecían respirar. La magia que emanaba de las paredes de piedra lo abrazaba con una familiaridad inquietante. No sabía cuándo había sucedido, pero había comenzado a disfrutarla: esa vibración suave, ese murmullo silencioso que parecía reconocerlo.
Era como volver a casa.
O como si Hogwarts lo hubiera estado esperando.
Sus pasos lo llevaron a la torre de Astronomía, y luego descendió por la torre de Ravenclaw sin rumbo fijo. Solo quería silencio. Solo quería no pensar. Y, sobre todo, no encontrarse con Peeves… lo cual habría arruinado por completo el momento.
Finalmente llegó al séptimo piso.
Y ahí… todo cambió.
El pasillo era largo, completamente vacío, pero no tenía el silencio normal de los lugares abandonados. Este era distinto: denso, espeso, como si flotara en el aire y se metiera en la garganta. Theo sintió cómo su corazón comenzó a acelerarse sin razón. Un pulso rápido, incómodo.
Dio un paso.
El aire tembló.
Dio otro.
Y entonces lo escuchó.
Un susurro.
Suave.
Arrastrado.
Lejano… pero a la vez demasiado cerca.
Ven…
Theo se tensó. Sintió cómo la piel de sus brazos se erizaba, como si el frío lo hubiera atravesado.
Ven. Tienes que venir…
Retrocedió de inmediato. No pensó. No razonó. Simplemente obedeció al instinto de supervivencia que le gritaba que ese pasillo no quería que se fuera, sino que entrara más.
Y eso lo aterrorizó.
Se dio vuelta y caminó rápido. Luego más rápido. El pulso le tronaba en los oídos. Y cuando por fin bajó las escaleras y el murmullo de estudiantes apareció a lo lejos, solo entonces recuperó el aliento.
Llegó al Gran Comedor aún con el sobresalto clavado en el pecho.
Y lo primero que escuchó fue la voz de Draco, alta, indignada, discutiendo con Potter y Weasley frente a toda la mesa.
—¡Theo será mi segundo! — soltó el rubio, como si estuviera haciendo el anuncio más natural del mundo.
Theo se quedó congelado en la entrada.
¿…Qué?
Draco se dio cuenta de su presencia y, por un instante, el silencio se instaló entre los chicos. Potter frunció el ceño. Ron abrió la boca. Crabbe y Goyle se enderezaron como si Theo fuera algún tipo de refuerzo militar.
Theo solo alcanzó a decir, con incredulidad pura:
—¿Perdón? ¿Mi qué?
Antes de que Draco pudiera responder, Blaise soltó una risa suave y dijo:
— Vaya, Theo. Un susurro más y terminas metido en otra pelea que ni siquiera viste empezar.
No sonaba acusador… sonaba divertido. Y eso lo confundió más.
Theo parpadeó, aún tratando de procesar la escena, el pasillo, el susurro… todo. ¿Por qué siempre lo metían en cosas sin preguntarle? ¿Y qué demonios había sido esa voz que parecía querer envolverlo?
Por primera vez en mucho tiempo, sintió que algo invisible, algo mucho más grande que él, había empezado a moverse a su alrededor.
Y no sabía si quería descubrir qué era.
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Chapter Text
Theo decidió que, si el destino existía, entonces claramente lo odiaba. O quizá solo era mala suerte, la clase de mala suerte que te persigue incluso cuando intentas mantenerte al margen de todo. ¿Cómo era posible que, después de haber jurado pasar desapercibido, terminara metido en peleas durante su primera semana de clases? Él había decidido ser neutral, invisible, un extra sin líneas… y, sin embargo, ahí estaba: con tres Slytherins que al parecer habían decidido que eran sus amigos y que, por lo tanto, creían tener derecho a arrastrarlo a una pelea contra el causante número uno de atraer problemas en Hogwarts: Harry Potter. Era absurdo. Ridículo. Y, lo peor, inevitable. Como si el tiempo mismo se riera en su cara cada vez que intentaba recuperar el control.
Theo entró a paso rápido a la sala común de Slytherin; estaba enojado y todavía seguía sin creer el atrevimiento que había tenido Draco al involucrarlo en una absurda pelea de niños berrinchudos. Se sentó en uno de los muebles negros que estaban cerca de la chimenea; sabía que en cualquier momento Draco, Blaise y Pansy llegarían detrás de él. Theodore no se había molestado en esperarlos.
¿Para qué?
No eran sus amigos.
Y jamás lo serían. Puede que Theo se haya resignado a su compañía constante en solo cuatro días, pero eso no significaba que Theodore los quisiera como amigos. Y sí, puede que haya comido de los deliciosos dulces que Narcisa Malfoy le enviaba a su hijo, pero repetía: no eran amigos.
La puerta de la sala común se abrió, dejando a la vista a los tres idiotas que creían que Theo era su amigo. Theo gruñó como perro rabioso al verlos. Estaba molesto, enfadado; quería maldecirlos con cientos de maleficios que se le venían a la cabeza. Pero no podía, o levantaría sospechas de por qué un niño podía saber tanto repertorio de hechizos.
—¿Amigo, por qué no nos esperaste? — preguntó Blaise con una sonrisa de pandillero en la cara.
Theo sabía bien que Blaise quería provocarlo.
— Sí, ¿por qué corriste, Theo? — dijo Pansy con voz burlona, que solo hizo aumentar más el enojo de Theo —. ¿Es que acaso te da miedo enfrentarte a Potter?
Theo sabía que no debía dejarse provocar, sabía que era lo que querían conseguir. Theo tenía que recordarse que no era un niño pequeño para dejarse envolver en sus provocaciones sucias.
— No tengo miedo — contestó Theo, mirando con enojo a los chicos —. Simplemente no me preguntaron si quería ser partícipe de esas niñerías antes de involucrarme; se pasaron mi opinión por donde… no importa. Simplemente no participaré en su tontería, pueden buscarse a otro.
—¡¿Qué?! — habló Draco por primera vez —. No puedes hacernos esto, Theo. Te necesitamos. Potter tiene que entender que simplemente no puede estarse creyendo mejor que nosotros.
—¡Haces todas estas niñerías solo porque Harry Potter no quiso ser tu amigo! — soltó Theo, apuntando a Draco con enojo —. Arrastras a los demás sin importarte nada más; solo quieres volver a llenar tu ego, después de que Potter te lo haya aplastado.
La sala se quedó en silencio. Draco miraba a Theo con enojo, Pansy por primera vez en su vida estaba callada, y Blaise comenzó a silbar incómodo, rompiendo el silencio denso.
— Sí estoy enojado por eso — confesó Draco —. Pero te escogí a ti porque eres mi amigo, no porque necesitara demostrarle algo a Potter. No te escogí por ser un hatstall, o porque seas más inteligente que todos los de primer año juntos.
Theo lo miró confundido; no sabía a dónde quería llegar Draco con todo eso.
— Después de todo, el Sombrero dijo que en Slytherin encontrarás a tus verdaderos amigos — dijo Draco mientras caminaba hacia la habitación que compartían —, pero veo que sigues pensando que puedes solo, que no somos tus amigos.
Theo abrió los ojos, sorprendido, como si las palabras de Draco hubieran sido un hechizo que le dio directamente en el pecho. “En Slytherin encontrarás a tus verdaderos amigos.” Maldición. Él recordaba perfectamente haber escuchado eso… pero nunca le había prestado atención. No en su primera vida. No cuando pasaba más tiempo evitando a todos que permitiendo que alguien se acercara.
La verdadera sorpresa era que Draco lo recordara. Y que lo creyera.
Blaise dejó de silbar por primera vez desde que había comenzado la discusión y miró a Theo con una expresión extraña, casi… arrepentida.
— No te lo tomes a mal — murmuró, como si admitir preocupación fuera un delito —. Pero Draco no suele decir ese tipo de cosas.
Pansy resopló, acomodándose el lazo verde de su uniforme con fastidio.
— Sí, bueno, es lo más cursi que le he escuchado decir en mi vida — dijo con su tono habitual de superioridad… pero no había burla, solo resignación —. Y si lo dijo, es porque lo siente. Aunque seas insoportable, Nott.
Eso fue todo. No esperaron respuesta. No exigieron disculpas. No volvió la discusión. Simplemente se giraron y siguieron a Draco por las escaleras hacia los dormitorios, dejándolo atrás como si hubieran asumido que Theo necesitaría tiempo.
Theo permaneció sentado, rígido, mirando la puerta cerrarse detrás de ellos.
Y por alguna razón absurda, irritante y completamente fuera de lugar…
le molestó.
Le molestó quedarse solo.
Le molestó el silencio que quedó en la sala común, lo inmenso que se sentía, lo ruidoso que se volvían sus propios pensamientos cuando nadie estaba ahí para opacarlos.
Le molestó la idea de que Draco realmente creyera que eran amigos.
Y le molestó aún más que parte de él… no quisiera desmentirlo tan rápido.
Theo apretó los dientes, hundiéndose más en el sillón.
— Esto es ridículo — murmuró, pero ni su propia voz sonó convincente.
En algún punto, sin permiso, sin lógica y sin derecho, la soledad que siempre había llevado como un escudo empezaba a sentirse como un peso.
Como algo que no quería volver a cargar.
Theo se quedó inmóvil varios minutos, observando el fuego verde consumir los troncos como si pudiera distraerlo del eco persistente de aquella frase. “Encontrarás a tus verdaderos amigos.”No debería haberle importado. No podía importarle. Eso era cosa del Sombrero, una línea genérica, una de tantas. Pero Draco la había repetido como si fuera un juramento. Como si verdaderamente creyera que Theo estaba incluido en esa frase absurda.
Theo apoyó los codos en las rodillas y se pasó ambas manos por la cara. Sentía la piel caliente, tensa, como si la rabia que había tenido hace unos minutos se hubiera derretido y dejado atrás algo peor: una incomodidad silenciosa que no sabía manejar.
No estaba acostumbrado a que le importaran las palabras de Draco Malfoy.
No estaba acostumbrado a importarle nadie, en realidad.
— Estúpido — murmuró, sin tener claro si hablaba de Draco, del Sombrero o de sí mismo.
Intentó concentrarse en cualquier otra cosa: en las sombras que se movían por las paredes húmedas de la sala común, en el crujido de la leña, en el horario del día siguiente. Sabía perfectamente qué clases tendría, qué profesores encontraría, qué errores debía evitar. Tenía una ventaja temporal enorme, una segunda oportunidad que debía aprovechar con precisión quirúrgica.
Pero su mente, terca y traicionera, volvía una y otra vez a lo mismo.
Te escogí porque eres mi amigo.
Theo bufó, exasperado.
Amigo. Qué palabra más inútil. Más peligrosa.
Se levantó del sillón con brusquedad, decidido a caminar, a hacer lo que fuera necesario para expulsar esa sensación extraña que le apretaba el pecho. Dio dos vueltas por la sala común antes de detenerse frente a una de las ventanas que miraban al lago. Un tentáculo pasó perezosamente frente al cristal, distorsionado por el agua oscura.
— No somos amigos — dijo en voz baja, como si el tentáculo necesitara saberlo —. No lo somos.
Pero la frase no tuvo el efecto liberador que esperaba. Al contrario: lo dejó aún más inquieto.
Porque una parte de él — pequeña, irritante, pero real —había empezado a preguntarse qué tan terrible sería… si lo fueran.
Theo apretó la mandíbula y golpeó ligeramente el marco de piedra con los dedos.
— No. No, no y no. — Inspiró profundo, intentando ordenarse —. Tengo prioridades. Tengo que mantener la línea temporal bajo control. Tengo que encontrar una forma de revertir el ritual. Tengo que…
Se quedó callado.
Maldita sea.
No tenía por qué haber dicho eso.
No tenía por qué haber sonado tan sincero.
Theo cerró los ojos con fuerza, respirando hondo como si pudiera expulsar la incomodidad, la sorpresa, el… ¿dolor? No. No era dolor. Era otra cosa. Una punzada vieja. Familiar. Un recordatorio demasiado claro de lo que había perdido a los cinco años y nunca volvió a recuperar: contacto humano que no fuera frío, distante o interesado.
Se frotó las manos contra las rodillas, tensas, tratando de convencerse de que no pasaba nada. De que podía ignorarlo. De que podía regresar a su plan original: pasar desapercibido, fingir neutralidad, sobrevivir siete años y prepararse para la guerra.
Pero no.
No podía.
Por primera vez desde que había vuelto a tener once años, estaba seguro de lo que tenía que hacer.
Lo detestaba.
Lo odiaba.
Lo aterraba.
Pero no podía evitar hacerlo.
Theo se levantó de golpe, impulsado por algo que lo quemaba por dentro. Caminó hacia las escaleras con pasos firmes, cada uno de ellos acompañado por la sensación de que estaba cometiendo un error terrible… o tal vez el primer acierto en toda esta nueva vida.
Subió hasta la habitación que sabía que compartía con Draco y Blaise. La puerta estaba entornada. La empujó con cuidado.
El silencio cayó de inmediato.
Blaise estaba sentado en su cama, hojeando un libro de Quidditch. Pansy estaba de pie junto al escritorio, trenzándose el cabello frente al espejo. Draco, el más alejado, estaba sentado en la cama junto a la ventana, con la espalda rígida, mirando hacia afuera como si eso fuera más interesante que toda la conversación que acababan de tener.
Ninguno habló.
Ninguno se movió.
Tres pares de ojos — aunque uno evitara mirarlo — puestos sobre él.
Theo tragó saliva. Maldita sea, ¿por qué era tan difícil?
— Draco… — comenzó, y su voz sonó demasiado tensa, demasiado humana para su gusto —. Yo… no debí decir eso.
Draco no giró la cabeza. Siguió fingiendo que la ventana era más digna de atención.
Theo apretó los dientes, irritado y nervioso al mismo tiempo.
— No quería… — hizo un gesto torpe con la mano —. No quería meterme con lo de Potter. Ni decir que arrastras a todos. Fue… fue impulsivo.
Blaise levantó una ceja. Pansy dejó de trenzarse el cabello.
Theo inhaló, como si la siguiente frase fuera un hechizo peligroso.
—Y… —se obligó a continuar — si sigues empeñado en ese duelo ridículo, iré contigo.
Draco se tensó.
—Y si hace falta… — la voz de Theo bajó, afilada y resignada — pelearé con Potter yo mismo.
El silencio se volvió pesado.
Tan espeso que Theo casi podía oír cómo el orgullo de Draco se inflaba del otro lado de la habitación.
Theo suspiró, cansado, derrotado.
—Solo… — susurró — perdóname.
Pasaron tres eternos segundos.
Cuatro.
Cinco.
De pronto, Draco se levantó tan rápido que Theo dio un paso atrás. Hubo un pequeño ruido, como de un resorte tensado liberándose. Draco, con los ojos brillando de alivio y satisfacción, corrió hacia él.
Theo apenas alcanzó a pensarlo:
Oh, no. No va a..
Pero sí lo hizo.
Draco saltó ligeramente para compensar que Theo era más alto y lo abrazó con fuerza, rodeándole el cuello con ambos brazos.
Theo se quedó paralizado.
Completamente.
Inmóvil.
Sus brazos quedaron suspendidos a los lados como si de repente pesaran demasiado. Una corriente eléctrica, cálida y aterradora, le recorrió la columna. No recordaba el último abrazo que había recibido… al menos no uno que no viniera acompañado de miedo o violencia. Ese recuerdo era viejo. Tan viejo que le dolió darse cuenta.
Draco no parecía notar nada. O tal vez sí, pero no le importaba.
—Sabía que vendrías a disculparte — murmuró Draco, todavía aferrado a él —. Blaise dijo que no, pero yo sabía que sí.
—Yo dije que te tomaría quince minutos — corrigió Blaise desde su cama, sin levantar la vista del libro.
—Yo dije que diez — añadió Pansy, sonando molesta porque había perdido —. Se tardó doce. Técnicamente, yo estaba más cerca.
Ninguno de los dos se acercó.
Ninguno se burló.
Simplemente dejaron que Draco abrazara a Theo como si fuera lo más natural del mundo.
Theo tragó saliva. Lentamente — muy lentamente — levantó una mano y la apoyó torpemente en la espalda de Draco. No sabía cómo hacerlo. No sabía si debía apretarlo, si debía separarse, si debía gritar o empujarlo.
Pero no hizo nada de eso.
Porque, para su horror, el abrazo no se sentía tan mal.
Lo aterraba.
Lo incomodaba.
Lo dejaba sin aire.
Pero no se sentía mal.
Y esa simple revelación lo quemó por dentro más que cualquier maldición que conociera.
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Llegaban tarde al dichoso duelo.
Aunque había sido programado para la medianoche, los Slytherins habían tardado por el motivo de su pelea reciente, más aparte los minutos en los que tardó Theo en darse cuenta de que tenía que disculparse y luego la disculpa. Para después planear la estrategia que utilizarían durante el duelo, nada complicado.
Se dirigían al salón de los trofeos, ya que Draco había citado a los Gryffindors ahí porque nunca se cerraba con llave.
Theo se encontraba enfrente, dirigiendo al grupo porque, por alguna extraña razón, Draco, Blaise y Pansy le confiaban sus vidas ciegamente. Al salir de la sala común tenían que cuidarse de que el profesor Snape no los encontrara en plena fuga; también tenían que cuidarse del Barón Sanguinario, el fantasma por defecto de la casa. Caminaron por varios pisos intentando ser sigilosos para no toparse con Filch y su gata, la señora Norris, hasta que finalmente llegaron al pasillo donde se encontraba la sala de trofeos.
— Bueno, eso fue bastante fácil, a decir verdad — dijo Blaise mientras se acercaban a la puerta del salón.
Se detuvieron abruptamente cuando, al llegar casi a las puertas del salón, escucharon unas voces. Pensaron que podrían ser los Gryffindors que ya habían llegado, pero al escuchar más detenidamente se dieron cuenta de que no era Potter ni Weasley.
Era Filch.
Theo volteó a ver a sus amigos haciéndoles una señal de silencio.
— Hay que regresar en silencio — susurró Theo y los chicos asintieron.
Los Slytherins dieron la vuelta tan despacio como pudieron. Apenas llevaban unos dos pasos silenciosos cuando, de pronto, escucharon un grito.
—¡ALUMNOS FUERA DE LA CAMA! — Era Peeves.
—¡Corran! — les ordenó Theo.
Los cuatro corrieron sin siquiera mirar atrás, no se habían tomado el tiempo ni la importancia de averiguar si eran ellos a los que Peeves delataba. Corrieron más recio cuando escucharon que las puertas de madera de la sala de trofeos se abrían fuertemente; corrieron aún más rápido cuando escucharon un maullido detrás de ellos.
Corrieron por lo que parecieron más de diez minutos tratando de salvar sus vidas, pues sentían que la señora Norris iba detrás de ellos. Esa gata era veloz. Filch parecía haberse quedado atrás, pero él no era el verdadero peligro.
Era su gata.
Llegaron al tercer piso, pero rápidamente escucharon la voz del velador y del fantasma. Rápidamente se metieron a una habitación que tenía la puerta abierta, lo que era raro porque el tercer piso estaba prohibido, así que tenía que estar bajo seguridad todo.
Entraron a la habitación agitados después de haber corrido como si de un maratón se tratara. Los jugadores profesionales de quidditch sentirían envidia de ellos al ver que corrían más rápido que sus escobas de últimos modelos.
— Fue… mala… idea… esto — murmuró Pansy agitada; su cara estaba roja y sudada.
— Potter debió haberse acobardado y llamó a Filch — dedujo Draco mientras se le pasaba lo agitado.
Theo no dijo ni mencionó nada, solo se quedó escuchando las conjeturas de sus amigos. Theo, como era de imaginarse, no sabía si en la línea original Draco había tenido un duelo con Potter y sus amigos, o esto ya era nuevo. Lo más probable era que sí. Theo se dio cuenta de que Blaise no había hablado desde que entraron a la habitación, lo cual era extraño porque el moreno era un parlanchín que no sabía quedarse callado.
Theo sintió cómo algo comenzaba a jalar la manga de su túnica, al principio despacio, pero en unos cuantos segundos más fue jalado con urgencia. Theo levantó la vista hacia la persona que lo llamaba: era el moreno.
—¿Blaise? ¿Estás bien? — preguntó el castaño, pero no recibió respuesta del chico. El moreno parecía mirar hacia enfrente con terror.
Theo siguió la mirada de Blaise y entonces entendió por qué el pasillo del tercer piso estaba prohibido. Entendió que no habían entrado a una habitación, sino al pasillo prohibido. También, una vez más, tuvo comprensión de que el destino lo odiaba terriblemente… o su mala suerte estaba al tope. Theo hubiera dado toda la bóveda de oro en Gringotts que, en un tiempo más, iba a heredar, por que alguien entrara al pasillo y le dijera “Oye amigo, despierta, esto en realidad es una pesadilla” o tal vez que le dijera que esto era una cruel broma.
Estaban mirando directamente a los ojos de un perro monstruoso, un perro que llenaba todo el espacio entre el suelo y el techo. Tenía tres cabezas, seis ojos que giraban enloquecidos, tres narices que se contraían y temblaban en dirección a ellos, y tres bocas babeantes, con gruesos hilos de viscosa saliva colgando entre los amarillentos colmillos.
Estaba casi inmóvil, con los seis ojos fijos en ellos. Inmediatamente la mente de Theo comenzó a trabajar y recordó el libro de mitología griega que había leído cuando era más pequeño: el monstruo frente a ellos era igual que el perro guardián del Inframundo griego.
Cerberus, si no se equivocaba, se llamaba el guardián del Inframundo. Nunca supo si pertenecía a una clasificación con nombre este tipo de monstruos. Pero, en lo que lo descubría, el perro de Hogwarts se llamaría Cerberus.
—¿Por qué están tan callados? — cuestionó Pansy, pero inmediatamente quedó en silencio al darse la vuelta y ver lo que los chicos estaban mirando.
Draco también lo hizo y Theo inmediatamente le tapó la boca con su mano, para que al rubio no se le ocurriera gritar.
El perro gruñó ante el movimiento tan brusco que hizo el castaño. Theo miró hacia sus patas y vio que Cerberus parecía estar arriba de una trampilla, como si estuviera custodiando algo. Los gruñidos del guardián se hacían cada vez más ruidosos.
Tenían que salir de ahí rápido.
Theo, que estaba al lado de Blaise, se acercó lo más lento posible que pudo, y cuando estuvo lo bastante cerca como para que el moreno lo escuchara, susurró:
— Corran.
En cuestión de un segundo, Theo, con la única mano desocupada que tenía, la extendió hacia atrás buscando la manija de la puerta y, una vez que la encontró, la abrió. Blaise y Pansy salieron corriendo y Theo los siguió mientras llevaba arrastrando a Draco con él.
Corrieron despavoridos por los pasillos directo a su sala común, de la que nunca debieron haber salido en primer lugar. Llegaron a las mazmorras y se detuvieron abruptamente cuando llegaron a la pared de piedra que era la entrada de la sala común.
—¡Beedle el Bardo! ¡Beedle el Bardo! — susurró fuertemente la contraseña Pansy.
La puerta de la entrada de la sala se abrió y rápidamente entraron. Se dirigieron escaleras arriba a la habitación de los chicos, sin siquiera mirar si había alguien más en la sala. Entraron a la habitación y cerraron con llave la puerta. Theo sacó su varita y conjuró un Colloportus en la puerta; por precaución movieron la cama de Draco y la mesita de noche de Blaise hacia la puerta formando una barrera.
— Están locos — murmuró Pansy horrorizada —. Este colegio está loco.
—¡¿Quién por Merlín tiene un perro monstruoso en un colegio para niños?! — gritó Blaise —. ¡Dumbledore está loco!
Theo, al escuchar que cada vez más levantaban la voz y no pensaban callarse, lanzó un hechizo Muffliato a la habitación para evitar que alguien ajeno escuchara.
— Chicos — interrumpió Draco, hablando por primera vez —, ¿vieron lo que el perro parecía custodiar?
Theo miró a Draco inmediatamente. Así que el rubio había visto lo que Theo vio. El chico pensó que podía haber visto mal, pero al escuchar las palabras del rubio, las dudas se fueron.
—¿Hablas de la trampilla debajo del Cerberus? — preguntó Theo.
— Genial, ya le puso nombre al perro — dijo Pansy con voz irónica.
— Sí, la trampilla — respondió Draco —. Parecía estar custodiando algo.
— No estamos pensando en involucrarnos en esto, ¿verdad? — preguntó Blaise, pero parecía más un ruego.
— Por supuesto que no nos involucraremos, Blaise — habló Theo intentando tranquilizar al moreno —. No sabemos qué está pasando; lo mejor es olvidar que fuimos a aquel pasillo. Nosotros nunca salimos de la sala de Slytherin.
Los chicos asintieron ante las palabras de Theo. Todos sabían que era lo mejor: fingir que nada había pasado. No eran tontos imprudentes Gryffindors como para estar metiendo sus narices en asuntos que no les incumben. Tenían que proteger su pellejo.
Nada raro habían descubierto ese día.
Pusieron los colchones de sus camas en el suelo frío de su habitación, juntos, y apelaron también sus colchas y almohadas. Seguían tan aterrados por el monstruo que no querían dormir solos. Pansy se había negado a irse a su dormitorio con las demás chicas; en cambio, decidió dormir con los chicos.
Así que los cuatro durmieron juntos lo que quedaba de madrugada.
Theo, aunque estaba acostado, seguía despierto después de que los chicos durmieran. No podía dejar de pensar en qué había sido esa extraña magia que sintió proveniente de la trampilla que custodiaba el perro. Theo sabía con certeza que lo que había sentido era una magia antigua y poderosa.
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Oficialmente había dos pisos en el castillo en los que Theo había decidido no poner un pie, lo cual, a decir verdad, era algo desagradable, ya que a Theo le gustaba recorrer el castillo. Era, por decirlo así, un método de relajación. El primer piso era el séptimo; Theo no pensaba volver a poner ni un solo pie ahí, no desde que escuchó aquella envolvente voz.
Si Theo tuviera que comparar la voz, lo haría con el canto de una sirena.
Había leído cientos de libros sobre cómo el canto de las sirenas atraía a los marineros hacia ellas y, misteriosamente, el barco naufragaba.
Sí.
Theo prefería evitar eso.
Aunque no estuviera en un bote.
Quien sufría el riesgo de naufragar si Theo decidía escuchar la voz y seguirla hacia donde ella quería llevarlo era él.
Theo tenía instinto de supervivencia; no era un imprudente Gryffindor. Así que, como había mencionado antes, no pensaba volver a poner un pie en aquel piso, aunque la tentación fuera tan grande, porque… ¿quién se sentiría tan atraído hacia un piso? Algo en él quería que Theo fuera hacia allá.
No era normal, la cantidad de magia que Theo lograba sentir en cada pasillo, en cada bloque de piedra de la pared. Sabía que la magia que sentía y que lo llamaba era la del séptimo piso. Pero Theo prefería ignorarlo.
Además, había otro piso que Theo debía ignorar como la peste, y este era el pasillo del tercer piso. Se suponía que Hogwarts era el lugar más seguro de todo el territorio británico, ¿por qué Dumbledore tendría metido a un monstruo mitológico en el castillo que se suponía debía mantener seguro al alumnado? Lo que pasaba actualmente en el mundo mágico no era para nada normal; tal vez en la línea original Theo no se haya dado cuenta de eso porque era un niño, y los niños no solían prestar atención a los problemas sociales del lugar donde vivían.
Pero que haya un robo del que todo el mundo mágico habla y que, casualmente, aparezca un monstruo en Hogwarts, era sospechoso.
Muy sospechoso.
Y desconcertante al mismo tiempo.
Aunque tenía la ligera sospecha de que todo, de alguna u otra forma, terminaba relacionado con Potter, no tenía cómo comprobarlo o lo llamarían loco, porque nadie de esta línea temporal sabía los problemas que el nombre de Potter conllevaba. Porque, casualmente, el mundo mágico hablaba de un robo en Gringotts — uno de los lugares más seguros del mundo mágico — y ese robo se llevó a cabo el día del cumpleaños de Harry Potter. Sí, Theo tenía grabado el cumpleaños del niño que sobrevivió en su memoria: cada año, El Quisquilloso publicaba un artículo especial por el cumpleaños del salvador del mundo mágico.
Pero volviendo al tema: justamente el robo caía en el cumpleaños del chico y, casualmente, había un monstruo en Hogwarts. Dos de los lugares más seguros del mundo mágico guardando secretos.
Aquello perturbaba a Theo.
Pero decidió no prestarle demasiada atención a aquellos asuntos; no le convenía. Solo quedaba enfocarse en seguir fingiendo normalidad… bueno, lo que quedaba de normalidad en su vida. Después de todo, Theo siempre había sido un extra en la historia; irónicamente, también parecía haber sido un extra en su propia vida.
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El tiempo había pasado volando, en un pestañeo ya llevaba dos meses en Hogwarts, básicamente dos meses también desde que había tenido el accidente en el ritual que lo llevó de vuelta al pasado. Theo sintió un leve estremecimiento, olvidaba investigar sobre el ritual, pero los chicos lo habían mantenido ocupado, como también su mente se había enfocado en otras cosas, tal vez se pudieran conectar con el ritual.
Había estado trabajando en investigar a qué se debía su nueva habilidad, no era común tener tanta afinidad en sentir la magia. Theo llegó a la conclusión de que el ritual que había hecho de Claris Videntia en cierto punto sí había funcionado.
Y por eso la manifestación de aquella nueva habilidad.
No es que no fuera útil.
Lo era.
Hasta cierto punto, claro, pero por ahora, las magias que tenía más conocidas eran las de Draco, Blaise y Pansy. En cierto punto la magia era, si tuviera que describirlo, como una nota musical, o algo parecido; la magia de Draco sonaba como una campana de cristal, la de Blaise como un violín, y la de Pansy ni siquiera le podía dar una definición clara.
Pero las tres magias eran poderosas. Theo lo sabía reconocer.
Draco tenía mucho potencial si no se la pasara llorando y quejándose de Potter. La nueva queja del mes de Draco era que el Gryffindor había entrado al equipo de Quidditch siendo el más joven en un siglo y que Draco involuntariamente había sido responsable de aquel logro. La otra molestia de Draco era todavía del día del duelo, Draco seguía creyendo que Potter era el causante de que casi los atraparan.
Lo cual tal vez pudiera ser cierto.
Pero eran Gryffindors, Theo no creía que pudieran caer tan bajo, o usar artimañas sucias.
El aire frío de finales de octubre besó la cara de Theo como si de su amante se tratara, sus mejillas apenas se pusieron rojas ante el toque. La verdad era que estaba acostumbrado al frío, las mazmorras no eran el lugar más cálido de todo Hogwarts, como tampoco la mansión Nott lo era, así que sí, el frío era una constante en su vida.
Caminó por pasillos que dejaban ver los jardines de la escuela, las hojas que indicaban el otoño caídas de un tono marrón rojizo acumulándose en el suelo, que en menos de dos meses estaría coloreado de un color blanco puro. Algunos alumnos de años superiores cerraban las ventanas por órdenes de la profesora McGonagall.
Esta vez Theo se sorprendió al no ver detrás de ella a Hermione Granger, ya que la chica había tomado a Theo como su competencia; en clases de Pociones siempre trataba de hacer la poción del día más rápido y mejor elaborada que Theo.
Theo, aunque un poco reacio, comenzó a dejar salir su conocimiento; al principio pensó que levantaría sospechas, pero los profesores lo tomaban como un niño prodigio. En poco tiempo ganó cientos de puntos para Slytherin. Lo que valió el enojo de la Gryffindor ya que la mayoría de veces Theo le ganaba en responder las preguntas de los profesores y ni una vez se había equivocado.
Lo que era justo, porque se suponía que ya había aprendido estos temas, no debía equivocarse.
Como era el último día de octubre el profesor Flitwick había decidido que harían otra práctica y no solo teoría: harían flotar una pluma. Theo ni se inmutó cuando el profesor fue directamente hacia su asiento para ver cómo realizaba el encantamiento.
Lo felicitó por su gran técnica.
Por alguna razón, Theo se había convertido en algo así como el profesor de sus amigos, así que los chicos no esperaban hasta hacer las prácticas con los profesores, pues las hacían bajo la vigilancia de Theo. Habían mejorado bastante, pues sabían lo básico que enseñaba una matriarca sangre pura y, con las instrucciones de Theo de cómo mejorar, ahora eran unos de los mejores en encantamientos.
No volvieron a tocar el tema del monstruo del pasillo del tercer piso, era como un tema prohibido en el grupo. Theo trató de evitar pensar en la magia extraña que percibió de la trampilla. El castaño siempre había sido curioso, no podía evitar que de vez en cuando los pensamientos llegaran a su mente para atormentarlo tan hermosamente.
— Escuché que Granger está encerrada llorando en el baño del segundo piso — apareció Pansy de repente, junto con Blaise y Draco.
Así que por eso no ha aparecido, pensó Theo, pues la chica siempre se hacía presente en cualquier lugar que estuviera, ya fuera hablando de cuántos hechizos sabía, o de sus conocimientos de la magia.
—¿Eso por qué nos interesaría, Pansy? — cuestionó el rubio confundido mientras cambiaba sus libros hacia su brazo izquierdo —. Es una sangre sucia.
Theo se tensó al escuchar la palabra. Theo sentía como si esa frase, tan popular entre los sangre pura, fuera como una especie de presagio; quien la pronunciaba con asco era porque en un futuro estaría condenado a estar bajo el mando de un sin nariz obsesionado con la pureza y el poder.
La palabra, de cierta forma, llevaba consigo una condena.
Si Theo pensaba seguir siendo amigo de los Slytherins — porque sí, aunque le costó mucho admitirlo, ahora los consideraba sus amigos —, así que si quería seguir cerca de ellos porque se encariñó un poco, tenía que hacer que cambiaran de opinión respecto a sus creencias puristas. Sabía que sería difícil, después de todo, es lo que les enseñaron en su casa, y como Theo había escuchado una vez: la educación viene desde casa. Además, no quería que sus amigos sufrieran consecuencias futuras; sabía lo que le deparaba a Draco en el futuro: convertirse en mortífago. Todos en Hogwarts sabían que Draco se había unido al bando de Voldemort, como era de esperarse, después de todo, era lo que todos esperaban de él.
Theo tenía que evitar que sus amigos se convirtieran en sirvientes de Voldemort.
El castaño nunca estuvo cerca de Voldemort, gracias a Circe, pero sabía que el Señor Oscuro no era el mejor; por supuesto no tenía que serlo si tenía ideas exterministas. Había escuchado constantemente la radio, donde reportaban todo lo que estaba pasando bajo el mandato de Voldemort.
Así que Theo tenía que intentar cambiar el destino de sus amigos; no importaba que, aunque Theo no quisiera intervenir mucho en la línea temporal, tenía que hacer algo para ayudarlos. Después de todo, la línea ya se había ido al carajo gracias al viaje de Theo. No importaba si la cambiaba un poco más.
— No deberías decir esa palabra — dijo por fin Theo, haciendo que sus amigos lo miraran confundidos.
—¿Perdón? — preguntó el rubio intercambiando miradas con los chicos.
— No deberías decir esa palabra — volvió a repetir el castaño —. Es de mala educación.
—¿Hablas de sangre sucia? — cuestionó Draco, y Theo asintió —. No estoy diciendo nada malo, Theo, solo digo la verdad, es hija de padres muggles.
— Podrías decir eso: hija de muggles. “Sangre sucia” es desagradable.
Draco hizo una mueca.
—¿Eres simpatizante de hijos de muggles ahora? — se burló Draco —. No mientas, Theo, no te he visto intercambiar palabras con ellos.
— Que no hable con ellos no significa que tenga prejuicios contra ellos — reveló el castaño —. Tampoco hablo con los sangre pura.
— Eso es diferente…
— Es lo mismo — interrumpió Theo —. Simplemente no me gusta hablar y lo hago con todos por igual, no me guío por prejuicios inculcados. Tengo mi propio libre albedrío para saber en lo que creo.
—¿Estás diciendo que no podemos pensar por nosotros mismos? — cuestionó Pansy frunciendo el ceño.
— No me refiero a eso — suspiró Theo cansado —. Simplemente deberían comenzar a cuestionarse sobre las enseñanzas de nuestra crianza.
—¿Por qué las cuestionaríamos? — rió Draco —. Si nuestros padres y ancestros las enseñaron es porque es lo correcto.
—¿Pasarás el resto de tu vida defendiendo cosas que no elegiste? — preguntó Theo cansado mientras entraban al Gran Comedor. Blaise seguía sin hablar, solo escuchaba.
— Claro que las elegimos — respondieron al mismo tiempo la chica y el rubio.
— Claro que no, sus padres les enseñaron qué defender; nunca cuestionaron, así como ellos no lo hicieron con sus padres —Theo pasó saliva —. Draco, ¿no hablas tú de que Grindelwald era mejor que Voldemort? Sabes prácticamente casi toda su historia.
Draco parpadeó confundido.
Pansy cruzó los brazos, molesta.
Blaise observaba atento.
—¿Qué dijo él sobre la magia?
— La magia solo surge en seres excepcionales. Les está reservada a quienes dedican su vida a propósitos elevados — dijo Draco; parecía un perrito regañado.
— Ahí lo tienes — dijo Theo poniendo una mano en el hombro de Draco; este se sonrojó un poco, Theo no lo notó —. No te estoy diciendo que cambies de parecer tan rápido o que me des la razón en seguida. Solo cuestiona, haz preguntas, busca respuestas.
Llegaron a la mesa de Slytherin y tomaron asiento, no dijeron nada más. El salón estaba hermosamente decorado según la festividad celebrada, había cientos de murciélagos por todas partes, el banquete era todo un manjar. Theo comió una papa cocida, vio cómo Goyle iba a tomar la última manzana verde de la mesa, hasta que Draco le dio un manotazo en la mano y le quitó la manzana. En poco tiempo apareció el profesor Quirrell en el Gran Comedor con el turbante torcido y cara de terror; todos lo contemplaron mientras se acercaba al profesor Dumbledore, se apoyaba sobre la mesa y jadeaba:
— Un trol… en las mazmorras… he pensado que debería saberlo —
Y se desplomó en el suelo.
Se produjo un tumulto. Para que se hiciera silencio, el profesor Dumbledore tuvo que hacer explotar varios petardos púrpura de su varita. Theo y sus amigos se miraron.
—¡Prefectos! — exclamó —. Conduzcan a sus grupos a sus dormitorios, de inmediato.
—¡Síganme! Los de primer año deben ir juntos — ordenó Gemma Farley, la prefecta de Slytherin —. No se separen; los de séptimo, tercero y quinto año irán detrás de los de primero. Sexto, cuarto y segundo delante de los de primero; estos últimos deben ir en medio.
Los alumnos de Slytherin se pararon de inmediato de la mesa, juntando a todos los alumnos de primer año para que estuvieran juntos. Theo volteó a buscar a sus amigos; Blaise era el que estaba más cerca de él. Draco y Pansy al menos iban juntos.
— Esta escuela está loca — susurró Blaise y Theo le dio la razón —. El director está loco.
Theo había olvidado el accidente del trol en primer año por completo; se sentía ahora como un grandísimo tonto.
¿Cómo podía olvidar un detalle tan importante y peligroso?
Gemma Farley iba al frente de ellos, con la varita alzada; los alumnos la siguieron. Ella los guió por otro camino, que no era el de las mazmorras hacia su sala común; parecía llevarlos hacia pisos superiores.
— Ese viejo está loco — murmuraba la prefecta mientras seguía guiándolos; parecía molesta —. Claro, manda a los malvados Slytherins directo a su muerte, a las mazmorras, donde casualmente está el trol. Pues no bajo mi vigilancia.
Llegaron hasta la biblioteca; rápidamente la chica los metió allí adentro. La bibliotecaria también apareció y encantó la puerta de la biblioteca para que no entrara nadie.
Blaise tomó la mano de Theo y lo jaló hacia donde estaban Draco y Pansy siendo cuidados por Crabbe y Goyle.
—¡Hogwarts es de lo peor! — exclamó el rubio alterado —. Primero un perro de tres cabezas y ahora un trol.
— Ese viejo está loco — susurró Pansy alterada —. La edad ya le está sentando mal.
— Creo lo mismo — Blaise le dio la razón —. Nuestras mismas familias ya creen que Dumbledore se debe retirar.
—Tenemos que calmarnos — intervino Theo —. Creo lo mismo que ustedes, pero no se supone que Dumbledore es el mago más poderoso todavía viviente.
— Se supone — dijo el rubio mientras se cruzaba de brazos —. Pero acabo de comprobar que no sabe dirigir una escuela. ¡Nos enviaba directo a nuestra muerte, Theo!
— Bueno — habló el castaño —. Tienes un punto. Pero alterarnos no servirá de nada, tenemos que ser neutrales.
— Sabes, no creo que funcione lo de ser neutrales, Theo — decidió la chica —. Hay que hacer una huelga.
Theo abrió los ojos como platos al ver a la chica decidida a realizar su plan; los abrió aún más incrédulos al ver que Draco y Blaise la respaldaban.
— Hay que aprender a conjurar el hechizo Sonorus — propuso la chica mientras parecía querer subirse a una de las mesas de la biblioteca —. No van a callar nuestra voz.
Theo corrió rápidamente hacia ella, la tomó por la cintura y la cargó para bajarla de la mesa.
—¡Theo, qué haces! — exclamó Pansy, haciendo que algunas serpientes voltearan a verlos. Crabbe y Goyle les gruñeron y fingieron no ver nada.
—¡¿Acaso estás loca?! — susurró Theo —. ¿No te das cuenta de que esto es muy sospechoso?
—¿Sospechoso en qué aspecto? — preguntó Draco mientras tomaba asiento en una de las sillas —. ¿En que la vieja cabra está muy vieja como para dirigir una escuela?
Blaise soltó una carcajada.
— No — suspiró con cansancio Theo —. En que se supone que Gringotts es uno de los lugares más seguros del mundo, y ahora toda la comunidad mágica habla de un robo, cosa que nunca había pasado, luego…
— Aparece un perro de tres cabezas que parece estar custodiando una trampilla en Hogwarts, otro de los lugares más seguros del mundo mágico — interrumpió la chica, analizando la situación.
— El lugar perfecto para esconder algo importante — continuó Draco —. Y ese algo importante posiblemente lo intentaron robar en Gringotts y decidieron trasladarlo a Hogwarts.
—Y ahora aparece un trol, causando alboroto en el alumnado y en los profesores, causando la distracción perfecta para robar eso que está siendo custodiado — dijo Blaise.
— Chicos — llamó Theo, haciendo que sus amigos lo miraran —. Creo que acabamos de descubrir el robo de Gringotts.
— Sí, pero no sabemos qué es lo custodiado — dijo el rubio —. Ahora hay que averiguarlo.
— Sí, hay que averiguar — asintió Pansy —. No nos vamos a involucrar, claro, solo vamos a averiguar un poco para saciar nuestra curiosidad.
Los chicos asintieron y se sonrieron entre sí; acababan de descubrir algo grande. Podían meterse en peligro, lo sabían, pero todo podían hacerlo bajo el agua. Después de todo, eran serpientes; podían adaptarse a cualquier ambiente.
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Cuando empezó el mes de noviembre, el tiempo se había vuelto muy frío. Las montañas cercanas al colegio adquirieron un tono gris de hielo y el lago parecía de acero congelado. Había iniciado la temporada de Quidditch aquel sábado y a Theo no podía importarle menos.
Pero, como siempre, el castaño había sido arrastrado a tonterías por sus tres amigos, ya que dos de ellos eran unos completos fanáticos del quidditch. Así que Theo se encontraba en las gradas de Slytherin, siendo aplastado por cuerpos de niños emocionados por un partido completamente estúpido que sería ganado por Gryffindor, como todos los años.
Theo trató de concentrarse en leer su libro sobre venenos, pero no podía ante el escándalo que había en el campo. Así que, suspirando, el castaño cerró su libro y lo dejó a un lado, recargó su barbilla en su mano y cerró los ojos, intentando descansar la vista.
Hasta que escuchó el alboroto de la multitud escandalosa, haciendo que Theo gruñera y, perezosamente, abriera los ojos. Todo el público miraba hacia un mismo punto y Theo no se sorprendió de que quien causara el escándalo fuera Potter.
El Salvador del mundo mágico estaba a mitad de campo, colgando, sujetándose solo con una mano de la punta de su escoba. Theo no sabía si esto había pasado en la línea original, pues él nunca había sido un fanático del quidditch y, normalmente, por no decir nunca, se presentaba a un partido de Hogwarts.
—¿Qué le está pasando al cara rajada?— preguntó Pansy, medio entretenida y medio asustada.
—No sé, parece que su escoba se volvió loca— respondió Draco rápidamente, con los binoculares pegados a los ojos. Theo parpadeó, confundido; no sabía en qué momento los había conseguido.
—Todo comenzó cuando Flint lo bloqueó, ¿no?— cuestionó Blaise, y los chicos asintieron.
—No puede ser posible lo que sugieres, Blaise — habló Theo, meditando —. Nada puede interferir en una escoba, excepto una poderosa magia oscura… Todos sabemos que Marcus es completamente incompetente para lograrlo.
—Tiene razón, Flint es un idiota — le dio la razón el rubio.
— Entonces es un adulto quien tiene que estar haciendo esto— razonó la chica —. ¿Creen que esto tiene algo que ver con el ladrón?
—¿Por qué lo dices?— preguntó Theo, curioso.
— Piénsalo — comenzó Pansy—. Qué mejor manera que usar como distracción al niño que sobrevivió. Literalmente, Potter es la comidilla de todo el mundo mágico…
— Cualquier cosa que le pase, la atención mediática estará centrada en él, al igual que la de los profesores, lo que dejará a Hogwarts desprevenido — terminó el moreno por la chica.
—Tienen razón, chicos, son unos genios — felicitó Theo.
— Pues no creo que el “ladrón” haya logrado su objetivo — interrumpió Draco —, pues parece que la escoba de Potter regresó a la normalidad.
Los tres chicos miraron hacia donde el rubio señalaba y, exactamente, Potter iba a toda velocidad hacia el suelo cuando vieron que se llevaba una mano hacia la boca, como si fuera a marearse. Cayó a cuatro patas sobre el terreno de juego… tosió… y algo dorado cayó en su mano.
—¡Tengo la snitch! — gritó, agitándola sobre su cabeza.
Eso dejó en total confusión a Theo. ¿Por qué alguien actuaría a mitad de un partido para causar un accidente si no pensaba continuarlo? ¿O sería que alguien, aparte de ellos cuatro, lo había descubierto y arruinado sus planes? A Theo no le sorprendería que detrás de todo estuviera Dumbledore, abogando por proteger a su favorito.
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Theo miró el pomo de su varita, donde una luna plateada estaba grabada. Desde aquel día, en su primera semana de clases durante la clase de Encantamientos, su magia ya no se había vuelto a descontrolar. Había estado intentando investigar sobre aquel libro de rituales que en la pasta tenía grabada la misma luna que su varita.
Pero todo había sido un fracaso.
Lo cual no ayudaba en nada a que Theo dejara de hacerse preguntas. El castaño desde siempre había sido una persona muy curiosa; recordaba las cientos de veces que se repetía que la curiosidad mató al gato. La curiosidad muchas veces lo había metido en problemas, pero uno de los problemas más grandes en los que se había metido había sido un viaje en el tiempo.
Ahora Theo tenía que ser cuidadoso en no cambiar la línea temporal y mandarla al carajo. Cosa que posiblemente Theodore ya había hecho, porque estaban pasando cosas de las que Theo no recordaba haber vivido. Además, el castaño ya había decidido intervenir para ayudar a sus amigos a no convertirse en el futuro en unos sirvientes idiotas de Voldemort.
Además, ahora esos cambios habían llevado a Theo y a sus amigos a descubrir cosas que posiblemente no deberían saber. Como que había un perro del Inframundo en Hogwarts, el cual el castaño pensaba que ni siquiera debería estar en la superficie, ya que pertenecía al Inframundo, si es que este existía.
Theo ahora podía pensar que posiblemente sí existía, y envió una rápida oración a la triple diosa para no seguir indagando en asuntos que no le conciernen.
Hablando de asuntos que no deberían interesarle a Theodore, estaba quién custodiaba al perro. El castaño estaba seguro de haber percibido una magia muy poderosa que provenía de la trampilla custodiada por Cerberus. Además, todos los acontecimientos siguientes habían sido en extremo sospechosos.
Por alguna razón, Theo pensaba que en algún punto todo tenía que conectarse con Potter. Era como un patrón que el castaño había presenciado desde la línea temporal original. Posiblemente estuviera mal pensar que todo era culpa de Potter, pero Theo se permitía ser egoísta y pensar que los problemas siempre venían de una sola persona.
El castaño no quería involucrarse más en estos asuntos, pero todo parecía alinearse para que Theo y sus amigos lo descubrieran todo. O posiblemente las personas detrás de todo esto eran lo bastante estúpidas como para no darse cuenta de que todo lo que intentaban hacer dejaba bastantes cabos sueltos.
Theo esperaba que ahora que el invierno se acercaba, las cosas por una vez fueran normales y que la magia antigua y los ladrones de objetos no fueran un problema en el mundo mágico.
El chico suspiró y dejó su varita en el mueble que estaba a un lado de su cama. Podía escuchar los ronquidos de Blaise y las quejas entre sueños de Draco mientras apagaba su lámpara mágica. Se acostó en su cama, dándole la espalda a sus amigos, y después de un rato se quedó dormido, así que no pudo escuchar cuando, en las paredes de piedra del castillo, la voz de una mujer lo llamaba.
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Notes:
¡Holaaa! 💚✨
Perdón por desaparecer dos meses. La vida pasó, yo me perdí un poco en el camino, pero ya estoy aquí otra vez. Voy a intentar no dejarlos tanto tiempo sin actualizar… pero no prometo nada.Gracias por la paciencia y por seguir leyendo. 💚🐍
