Chapter Text
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El lápiz resbalaba con suavidad sobre el pentagrama. Dean frunció el ceño, inclinándose sobre la libreta. La melodía que se formaba frente a él era demasiado… dulce. Había algo meloso, casi cursi, en esa sucesión de notas. No era su estilo y, sin embargo, sonaba bien.
Suspiró, se pasó una mano por el cabello y se echó hacia atrás en la silla. Podía oírla en su cabeza: una guitarra acústica marcando los acordes, la batería entrando suave, el bajo como una respiración al fondo. Casi podía sentir el coro antes del estribillo. No sabía en qué demonios estaba pensando, pero esa canción le gustaba.
Se permitió una pequeña sonrisa, de esas que no suelen durar mucho en su rostro. Iba a necesitar un puente más fuerte y quizá un final en fade-out, pero sí… valía la pena – Tal vez la suavizo con percusión –, murmuró para sí, tomando la guitarra.
La puerta del estudio se abrió sin aviso
– ¿Alguna vez has pensado en poner un maldito letrero de “no molestar”? – gruñó Dean sin levantar la vista.
– Sí, justo al lado del de “genio trabajando" – replicó una voz familiar.
Sam se dejó caer en el sofá con una sonrisa cansada y una carpeta llena de papeles en las manos – Traigo buenas noticias – anunció – Ya está confirmada la gira por Europa. Dos meses –.
Dean dejó de rasguear la guitarra y lo miró de reojo – ¿En serio? –.
– En serio. Londres, Berlín, Roma y… París –.
Dean silbó – Bueno, suena a que me vas a hacer trabajar como burro, Sammy –.
– Exacto – asintió su hermano, sin negar la sonrisa – Pero hay otra cosa –.
Dean alzó una ceja.
Sam dudó un instante antes de decirlo – Volvieron a llamar de Inferno Records. Crowley quiere hablar contigo –.
Dean soltó una carcajada seca y volvió a mirar su libreta – Mándalo al diablo –.
– Ya lo intenté, pero parece que tiene el número de vuelta – replicó Sam, cruzándose de brazos – Dean, piénsalo. No es cualquier disquera. Con él podrías ser más que “bueno”. Podrías ser enorme –.
Dean apoyó la guitarra en el suelo y se giró hacia él – ¿Y qué? ¿Cantar canciones básicas y vendibles para sonar en anuncios de autos? No, gracias. Mi música vale más que eso –.
Sam soltó un suspiro largo – Imbécil –.
Dean sonrió sin inmutarse – Perra –.
El silencio se instaló por unos segundos, pero no era incómodo. Nunca lo era entre ellos.
Sam rodó los ojos y se levantó – Haz lo que quieras. Pero al menos escucha lo que tiene que ofrecer –.
– Lo que tiene que ofrecer es un contrato de venta de alma a cambio de brillo barato. Ya tengo suficiente brillo con mis cuerdas nuevas –.
Sam negó con la cabeza, murmurando algo sobre “idiotas con talento” mientras salía del estudio.
Dean lo siguió con la mirada y luego bajó la vista a la partitura. La melodía seguía ahí, suave, casi triste. Por un segundo, pensó en ponerle letra. Algo sobre el destino, o los ojos de alguien que todavía no conocía.
Sacudió la cabeza, encendió un cigarrillo y se rió entre dientes – Estás perdiendo el toque, Winchester –.
Pero esa noche, cuando volvió a tocar los acordes, sintió algo raro. Como si las notas vibraran más profundo de lo normal, justo debajo de la piel. Como si una voz, muy lejana, lo estuviera escuchando.
La oficina olía a café viejo y a guitarras sin afinar. Sam revisaba contratos en la mesa de reuniones mientras Dean hablaba con las manos, delineando en el aire los compases de su nueva canción.
– No quiero sobreproducirla – decía Dean – Solo un poco de batería, bajo limpio y nada de sintetizadores. Es una balada, no un maldito comercial de perfume –.
Sam levantó la vista del papel, sonriendo con resignación – Eres imposible, ¿sabes? –.
– Por eso me amas –.
La puerta se abrió de golpe antes de que Sam pudiera responder.
– ¿Por qué no las grabas en mi estudio? –.
La voz era grave, con un deje inglés y un cinismo que llenó la habitación como humo. Crowley estaba en el marco de la puerta, traje negro, sonrisa precisa y una carpeta roja en la mano.
Dean se puso de pie de inmediato – ¿Qué diablos haces aquí? ¿Y cómo pasaste a Charlie? –.
Cómo invocada por su nombre, Charlie irrumpió detrás de él, el cabello revuelto y las mejillas encendidas – ¡Lo intenté, lo juro! Este imbécil se metió mientras hablaba con un cliente –.
– Relájate, cariño – dijo Crowley con una sonrisa – Solo vine a hacer una propuesta amistosa –.
– Amistosa, mi trasero – murmuró Dean, cruzándose de brazos.
Sam, tensando la mandíbula, alzó la mano – Charlie, déjalo. No quiero que tengamos otro problema legal con nadie del medio –.
Ella bufó, pero obedeció.
Crowley aprovechó el silencio y caminó hacia la mesa, dejando la carpeta frente a Dean – Tengo algo que podría interesarte, Winchester –.
– No necesito un pacto con el diablo – respondió Dean sin mirar la carpeta.
Crowley sonrió, como quien escucha un cumplido – No hablo de vender el alma, querido. Hablo de multiplicar tu éxito –.
Sam se enderezó en su asiento.
Crowley notó el movimiento y lo disfrutó – Escucha – continuó – puedo ofrecerte acceso a mis estudios, a los mejores ingenieros, a campañas de marketing que te pondrán en cada maldito cartel de Times Square –.
Dean alzó una ceja, sin perder la compostura – ¿Y qué quieres a cambio? –.
– Tu talento, por supuesto. Y unas cuantas canciones más. Algunas podríamos adaptarlas. Cambiar el nombre del autor, por ejemplo. Te ahorrarías meses de trabajo, y a mi, un dolor de cabeza –.
Sam soltó el bolígrafo que tenía en la mano. El sonido fue seco, como un disparo – ¿Estás sugiriendo comprarle los créditos a otros músicos? – preguntó con tono plano.
Crowley sonrió aún más, sin negar ni confirmar – Digamos que todos ganamos –.
Dean se apoyó en la mesa, mirándolo con una mezcla de incredulidad y desafío – Es una gran apuesta por una banda sencilla, ¿no? –.
Crowley ladeó la cabeza, casi divertido – Tu banda sencilla, como la llamas, logró dos giras sold out sin una disquera. Imagina lo que podrían hacer conmigo detrás –.
El silencio se extendió unos segundos. Dean notó la mirada de Sam: esa mezcla de prudencia, deseo y miedo. La gira mundial era el sueño de ambos desde que tocaban en bares a cambio de cerveza y propinas, pero también sabía lo que implicaba.
– Lo pensaré – dijo finalmente, sin apartar la vista de Crowley.
Crowley asintió, satisfecho. Sacó una tarjeta de presentación de su bolsillo interior y la colocó sobre la mesa, con gesto ceremonioso – No tardes mucho. Las oportunidades, como los demonios, no esperan eternamente –.
Se giró con elegancia y salió del despacho, dejando un olor tenue a colonia cara y tabaco lujoso.
Charlie asomó la cabeza apenas se cerró la puerta – ¿Puedo golpearlo la próxima vez? –.
– No – respondió Sam, aún con el ceño fruncido.
– Por favor – insistió Dean – Solo un golpe. Chiquito –.
Sam lo ignoró. Tomó la tarjeta, la miró unos segundos y la dejó sobre la mesa – Sabes que está ofreciendo lo que siempre quisiste –
Dean se pasó una mano por el rostro y bufó – Sí. Lo sé –.
– Entonces, ¿por qué no aceptar? –.
Dean lo miró, los ojos brillando bajo la luz del atardecer – Porque Crowley no da nada sin pedir algo a cambio. Y yo ya tengo suficiente con mis propios demonios –.
Tres días después, Dean se encontraba de pie en medio del estudio, la guitarra colgando del hombro, el cigarro consumiéndose en el borde del amplificador. Frente a él, la banda entera discutía. Otra vez.
– ¡Solo escúchame, Dean! – gritó Gard desde la batería – Esto no es venderse, es crecer –.
– No, lo que tú quieres es un cheque gordo y no preocuparte por ensayar – replicó Dean, alzando la voz.
Benny se cruzó de brazos, su acento sureño marcando cada palabra – Crowley no es de fiar. Si entramos ahí, no vamos a poder salir cuando queramos –.
Jo, apoyada en la pared, intervino antes de que la discusión subiera de tono – Dean, solo una reunión más. No estamos aceptando todavía –.
– Ya tuvimos tres – dijo Dean, cansado – Tres reuniones, tres promesas, y todas suenan igual –.
– A éxito – interrumpió Gard.
– A manipulación – contraatacó Charlie desde la mesa de mezcla – No sé tú, pero yo no pienso tocar para un tipo que entra a una oficina sin llamar –.
El silencio se extendió.
Sam, sentado detrás del teclado, los observaba con el ceño fruncido – Tenemos que decidirlo ya – dijo – Europa está cerca, y no podemos viajar sin resolver esto –.
La votación fue rápida.
Jo levantó la mano primero, seguida de Gard, y finalmente Sam.
Dean los miró en silencio. Luego, sin apartar la vista, alzó la mano él también… pero con un gesto de negación – En contra – Charlie la siguió, y Benny también.
Tres contra tres.
La banda se partía en dos.
Dean dejó caer la guitarra sobre el sofá, exhalando con fuerza – Perfecto. Genial. Seis personas, cero decisiones –.
Jo bajó la mirada; Sam solo apretó los labios.
No había nada más que decir.
Crowley estaba sentado frente a un plato de pasta fría, en una mesa demasiado elegante para su humor.
Rowena hojeaba un libro encuadernado en cuero, ignorando los cubiertos de plata. Solo levantó la vista cuando su hijo resopló por quinta vez en menos de un minuto.
– ¿Qué es ahora, querido? – preguntó sin levantar realmente la voz – ¿Te quebró el mercado o el corazón? –.
Crowley la fulminó con la mirada – Nada que te importe, madre –.
– Me importa que respires tan fuerte que perturba mi silencio – replicó ella, cerrando el libro con un golpe seco – Así que habla –.
Crowley soltó un bufido frustrado – Es ese condenado músico –.
– Ah, claro… un chico –.
Crowley parpadeó, confundido – ¿Qué estás diciendo? –.
– Vamos, cariño, no te hagas el tonto. Se te nota en la cara. Estás desesperado, esperando que te llame –.
Crowley dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco – Bueno si, pero no es “eso” –.
– Por supuesto que sí. Los hombres como tú siempre se obsesionan con lo que no pueden tener –.
Él se inclinó hacia adelante, irritado – No entiendes nada, madre. No es… así. Lo necesito en mi disquera. Lo necesito conmigo. Si lo tuviera, mi sello sería el más poderoso del país –.
Rowena lo observó con una ceja arqueada, y una sonrisa en los labios – Vaya manera de decirlo –.
Crowley bufó, exasperado, pasando una mano por el cabello.
Pero Rowena ya no lo escuchaba. Su mente estaba ocupada en otra cosa. Una idea vieja, familiar, casi divertida – Tranquilo, mi niño – dijo finalmente, poniéndose de pie – Si el chico te gusta tanto, ya llamará. Y si no lo hace… no lo merece –.
Crowley la observó sin entender – ¿Qué estás tramando? –.
Ella se giró hacia él, el vestido rojo moviéndose como humo – Nada que no haya hecho antes. Sígueme –.
Crowley la miró, desconfiado, pero la siguió igual.
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Crowley observó el libro con el ceño fruncido. Las páginas olían a polvo, hierbas secas y algo que no supo nombrar… algo que recordaba al poder.
Rowena, sentada frente a él con su té humeante, lo miraba con un aire de satisfacción – Si tanto deseas conquistar a alguien, querido, hazlo – dijo con un gesto displicente – No hay vergüenza en usar un pequeño empujón mágico –.
Crowley rodó los ojos, aunque el corazón le latía con fuerza – Esto es ridículo, madre – cerró el libro con un golpe seco – No necesito trucos para convencer a un músico obstinado –.
– Claro que no, mi rey – murmuró Rowena, sin mirarlo – Pero los hombres tercos necesitan fe. Y tú... fe tienes de sobra –.
Las palabras le revolotearon en la mente durante todo el día. Por la noche, en la soledad de su estudio, la tentación ganó.
Extendió el libro sobre la mesa, las páginas se abrieron solas, no donde su madre le había indicado, sino unas hojas más adelante. No lo notó. El encabezado rezaba, en letras góticas:
“Rituale de Vinculo Sanguinis”
Crowley preparó el pentagrama, dibujándolo con una precisión casi reverente. Trazó las runas con tiza roja, sintiendo que cada línea pesaba más que la anterior. De una revista, arrancó una fotografía de Dean, una toma del escenario, los ojos verdes brillando bajo las luces, el sudor en la piel y la colocó al centro.
– Bien… a ver qué tan absurdo es esto – susurró.
Tomó un cuchillo de plata, se hizo un corte limpio en el dedo anular y dejó caer una gota sobre la foto.
Luego recitó en voz baja – Veni ad me, sanguine te alligo. Per nomen ignis, qui in regno inferni ardet, tu et ego aeternitate vincemur –.
– Ven a mí, te amarro con mi sangre. Por el nombre del fuego que arde en el reino infernal, tú y yo seremos atados por la eternidad –.
La vela tembló. El aire se espesó como si el cuarto respirara junto a él. Por un segundo creyó ver una sombra detrás de la llama, una silueta que no era suya.
El mareo lo golpeó después, un zumbido en los oídos, una presión detrás de los ojos – Ridículo – murmuró con la voz quebrada. Apagó la vela, limpió los restos y cerró el libro, creyendo que nada había pasado.
Esa noche durmió profundamente, sin saber que, en algún lugar de la ciudad, Dean Winchester soñaba con fuego... y con unos ojos que no había visto nunca, pero que lo miraban como si lo conocieran desde siempre.
El sonido era suave, como un murmullo entre guitarras. La habitación estaba bañada por una luz dorada y cálida, el tipo de luz que solo existe en los sueños o en los buenos recuerdos. Dean se encontraba tendido en su cama, las sábanas enredadas en su cintura, y dos figuras femeninas lo miraban desde arriba, riendo bajo.
Una de ellas le besó el cuello, dejando un rastro tibio. La otra subió hasta su pecho, y sus labios eran dulces, casi familiares. Dean sonrió, medio adormecido, disfrutando del roce, del peso sobre su cuerpo, del ritmo lento que empezaba a formarse.
– Demonios… – murmuró, entre risas roncas.
Una de ellas descendió, sus dedos resbalando por su abdomen. Dean, curioso, bajó la mirada... y el mundo se torció.
Ya no eran ellas. El cabello castaño había desaparecido, los labios eran otros: más finos, la mirada oscura, y esa sonrisa… esa sonrisa ladina que él reconocería en cualquier lugar.
Crowley.
Dean se quedó helado. Todo se mezcló en un instante: el deseo, la repulsión, la incredulidad. Su cuerpo reaccionó antes que su mente: un latido fuerte, traidor, que le recorrió el pecho.
– ¿Qué carajo…? – jadeó, retrocediendo, pero el sueño no lo soltaba. Crowley le sonreía, una mano sobre su pecho, la otra sosteniendo un cigarro invisible.
El aire se volvió espeso, demasiado real. Entonces, el fuego. Una ráfaga caliente, un resplandor rojo detrás de los párpados.
Dean despertó de golpe.
El cuarto estaba oscuro y silencioso, salvo por el sonido de su respiración agitada. Estaba sudando, el corazón martillándole las costillas y estaba… duro. Muy duro.
– Joder – se llevó una mano al rostro, intentando borrar la imagen – Qué mierda fue eso… –.
Se levantó tambaleante, las piernas pesadas, y caminó hasta el baño. En cuanto encendió la luz, la náusea lo golpeó. Se inclinó sobre el lavabo y vomitó, la mente girando, sin entender.
Nunca le había pasado algo así. No era un puritano; había tenido sueños extraños antes, fantasías confusas… sabía reconocer cuando un tipo tenía un buen trasero, no era ciego.
Pero eso era todo, solo… estética. Nunca esto.
Apoyó las manos en el mármol frío y se miró en el espejo. Sus ojos, aún dilatados, parecían más verdes bajo la luz blanca – No… – susurró, intentando convencerse – Solo fue un maldito sueño –.
El ensayo iba mal. Dean había desafinado tres veces, algo impensable en él.
A la tercera, Jo dejó caer la guitarra y lo fulminó con la mirada – ¿Qué diablos te pasa? –.
Dean la miró, los ojos algo enrojecidos, el gesto tenso – No me pasa nada – respondió entre dientes, antes de girarse hacia la consola – Desde arriba, ¡otra vez! –.
La voz le sonó más áspera de lo normal, como si intentara convencerse a sí mismo más que a los demás.
Desde el otro lado del cristal, Sam lo observaba. Su hermano se veía más pálido, el sudor pegado al cuello, los movimientos descoordinados. Algo no estaba bien.
El ensayo terminó, pero la grabación fue un desastre.
Dean se equivocaba en una nota, en un acorde, o simplemente se quedaba en silencio mirando la hoja de letras como si ya no recordara qué había escrito.
Cuando Benny propuso ir al bar, todos aceptaron. Todos, menos Dean.
Nadie dijo nada. Era mejor dejarlo, o al menos eso pensaron.
Solo Sam se quedó atrás. Esperó a que la puerta se cerrará y el silencio llenará el estudio. Entonces abrió el pequeño refrigerador bajo la consola, sacó dos cervezas y se las llevó a su hermano.
– ¿Me dirás qué te pasa? – preguntó con calma, tendiéndole una.
Dean tomó la botella sin mirarlo – Nada – respondió, y la palabra salió pausada, casi cortada en sílabas – No. Me. Pasa. Nada –.
Sam lo observó un segundo más, sin insistir todavía. Conocía ese tono. Era el mismo que usaba Dean cuando estaba a punto de quebrarse.
Ambos bebieron en silencio. El zumbido del amplificador apagado era lo único que se oía.
Sam pensó en preguntar de nuevo, pero no lo hizo. En cambio, se sentó a su lado, apoyando los codos en las rodillas, esperando.
Dean se pasó una mano por la cara, exhaló con fuerza y, por primera vez en todo el día, su voz sonó cansada, casi vulnerable – Sammy… – empezó, pero no terminó la frase.
El menor levantó la mirada, atento. Dean no siguió. Solo bebió otro trago, la mandíbula tensa, la mirada perdida en el vacío del estudio.
Algo lo estaba carcomiendo por dentro. Y Sam lo sabía.
Dos días más.
Dos días de ensayos que fueron un completo desastre. Ni el metrónomo podía seguirle el ritmo.
Jo y Benny discutían sobre los acordes, Charlie le lanzaba miradas preocupadas, y Sam ya ni trataba de disimular su frustración. Dean no respondía. Solo tocaba, mal, y fumaba más de lo normal.
Luego vino la reunión con los inversionistas. Trajes, sonrisas falsas y promesas de discos de oro.
Dean no estaba escuchando. En cuanto uno de ellos se inclinó para darle la mano, un olor familiar lo golpeó. Era ese perfume, una mezcla entre whisky caro y humo de habano que Crowley siempre usaba.
El estómago se le contrajo. Primero vino el impulso, caliente y traidor. Luego, las arcadas. Tuvo que fingir una tos para no vomitar sobre la mesa de conferencias.
Sam lo notó, claro que lo notó. Pero no dijo nada hasta que salieron. Dean solo masculló un “No empieces” y encendió otro cigarro con las manos temblorosas.
Tres noches seguidas, el mismo infierno. Siempre el mismo sueño: Crowley y él, entre sombras rojas, con gestos y susurros que prefería no recordar al despertar.
Despertaba bañado en sudor, con el corazón al borde de un paro, y una erección que se negaba a reconocer. No se atrevía a tocarse. No quería confirmar que su cuerpo se había vuelto un traidor.
Esa noche, cuando regresó a su apartamento, no fue directo a la cama. Se sentó en el sillón, la guitarra recargada en la pared, y miró el teléfono por un largo rato.
Luego marcó.
– Inferno Records – respondió una voz amable.
– Quiero una cita con Crowley – dijo Dean, seco – Mañana por la tarde –.
Colgó sin esperar confirmación.
Quizás, si su cabeza seguía repitiendo ese nombre, era porque debía acabar con esto. Firmar. O enfrentarlo. O… lo que fuera, con tal de que terminara.
Le mandó un mensaje a Sam:
“Voy a ver a Crowley mañana. No preguntes, solo ven.”
Dejó el celular sobre la mesa, abrió la botella de whisky y bebió directamente del pico.
Un trago. Dos. Tres. Hasta que el sabor quemante le entumeció la lengua y la conciencia.
Cuando por fin se desplomó en el sillón, la botella medio vacía en la mano, alcanzó a susurrar entre dientes – Maldito seas, Crowley… –.
Y el silencio lo tragó por completo.
La tarde llegó más rápido de lo que Dean hubiera querido. Cuando volvió en sí, ya estaba estacionando el Impala frente a las oficinas de Inferno Records. El edificio era un monstruo de vidrio negro que reflejaba el cielo gris de la ciudad.
Por un segundo pensó en dar la vuelta y largarse, pero algo, una presión tibia, profunda, que no podía nombrar lo empujó a quedarse.
Sam llegó unos minutos después, aparcando su “coche”, Un cosa de aluminio, según Dean, junto al suyo. Dean estuvo a punto de decirle que había cambiado de opinión, pero el nudo en el pecho se apretó. No podía. Tenía que entrar.
Caminaron juntos hasta el ascensor. Sam no preguntó nada, y Dean lo agradeció.
Cuando la secretaría los hizo pasar, Crowley estaba de espaldas, hablando por teléfono. La vista de ese hombre, el corte de su traje oscuro, la forma en que se movía le revolvió el estómago. Su mente negaba una atracción, pero su cuerpo se tensó, expectante.
– Adelante, caballeros – dijo Crowley al colgar, sin darse la vuelta. Su voz, ronca y aterciopelada, recorrió a Dean como una corriente eléctrica.
Dean tragó saliva. Sam lo notó.
Crowley se giró, con esa sonrisa suya que parecía saber demasiado – Entonces… ¿qué los trae a mi guarida? –.
Sam miró a su hermano, dándole la palabra. Dean, con la mente en blanco, soltó lo primero que se le cruzó – ¿Cuáles serían los beneficios de trabajar contigo? –.
Crowley arqueó una ceja, encantado – Ah, así que te interesa – dijo con una sonrisa felina, extendiendo una carpeta – Muy bien. Producción completa, gira internacional, control de imagen, y... – chascó los dedos – una campaña global. Dinero, fama, reconocimiento. Todo eso que finges no necesitar, pero que sé que te haría sonreír –.
Mientras Crowley hablaba, Sam tomaba notas.
Dean, en cambio, no oía una palabra. Estaba atrapado en el gesto de su boca al pronunciar las “s”, en el olor que llenaba la habitación. Su mente gritaba no, pero su cuerpo decía sí. Un sí desesperado, físico, incomprensible.
Cuando Crowley terminó su discurso, notó la mirada perdida de Dean y sonrió con cruel diversión – Bueno, Dean-o… si no supiera de tus conquistas, pensaría que tengo una oportunidad en tus sábanas –.
Dean parpadeó, aturdido. Sam lo miró, confundido. Crowley soltó una carcajada, esa risa aristocrática que llenaba cualquier habitación.
Dean por fin reaccionó, riendo también, aunque forzado – Tendrías que rezarle a un santo para terminar en mis sábanas, Crowley –.
Crowley se acercó apenas un paso, lo suficiente para que Dean pudiera sentir su perfume – ¿Y quién dice que no lo he hecho, Dean? – le guiñó un ojo antes de reír otra vez.
Sam bufó, cruzándose de brazos – Bien, ¿qué dices acerca de la oferta? – preguntó, cortando la tensión.
Dean tardó en responder. No había escuchado una sola palabra de la propuesta – Creo que… necesito otra semana para pensarlo –.
Crowley asintió, como si ya esperara esa respuesta – Tómate el tiempo que necesites, cariño. No pienso ir a ningún lado –.
Los hermanos salieron del despacho. Dean no respiró hasta que las puertas del ascensor se cerraron.
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Decidieron ir a comer. Dean tenía antojo de algo grasoso. Pararon en una hamburguesería conocida – la de Ellen, la madre de Jo – y pidieron lo de siempre: Dean su hamburguesa doble con todo, y Sam su típica ensalada, o comida para conejos, según Dean.
Sam lo observaba en silencio, pero no decía nada.
Hasta que Dean, harto, soltó un seco – ¿Qué? –.
– Nada – respondió Sam, aunque no tardó en agregar, con cautela – Pero… – Dean dejó caer la hamburguesa de inmediato – Bueno, solo quería saber qué pasó ahí atrás –.
Dean se quedó sin palabras. Claro que quería contarle a su hermano, pero ¿cómo iba a decirle: – últimamente sueño que tengo sexo con Crowley y despierto con la polla dura? – Imposible. Lo tomaría por un demente – Solo creo que la oferta de Crowley es buena – improvisó al final.
Sam lo miró sorprendido. Y no solo él: el propio Dean se sobresaltó – ¿De dónde diablos había salido esa idea? –.
– ¿En serio? Me sorprende, pero me alegra – dijo Sam, sonriendo – Anoche, cuando recibí tu mensaje, le dije a Jess que no creía que fueras a aceptar; que solo ibas a ver a Crowley para arrojarle su pomposidad en la cara –.
Dean lo fulminó con la mirada – ¿Pomposidad? ¿En serio, Sam? –.
Sam rodó los ojos – Solo digo –.
Siguieron comiendo, el sonido del local llenando el silencio incómodo que ninguno se atrevía a romper.
Dean llegó a su apartamento después de compartir la cena con Sam y Ellen. Estaba relajado, incluso contento por primera vez en días. Pero apenas cruzó la puerta y sus ojos se posaron en la cama, el cuerpo se le tensó. La risa se le borró del rostro. Otra noche. Otra cama. Otro maldito sueño esperándolo.
Tomó la botella de whisky sin pensarlo demasiado, la misma que había prometido no tocar – Solo un trago – se mintió. Al segundo ya eran tres.
Tenía ensayo temprano al día siguiente, pero ¿qué más daba? El sueño lo alcanzaría igual, con o sin resaca y lo alcanzó.
Soñó con Crowley.
El acento escocés deslizándose sobre su piel como fuego líquido, el traje oscuro, los dedos firmes sujetando su cinturón mientras susurraba algo sobre “domar a su vaquero americano”. Dean despertó de golpe, sudando, con el pulso desbocado y la respiración entrecortada.
Otra vez esa maldita sensación: la mezcla insoportable de placer y vergüenza.
Se levantó tambaleante y se metió bajo la ducha. El agua fría lo golpeó, pero no fue suficiente para borrar la imagen – Basta… – murmuró, cerrando los ojos con rabia.
Intento pensar en otra cosa, en dos chicas, en alguna ex novia. Diablos, incluso pensó en algún otro chico, pero en cuanto su mano bajó hasta su vientre, antes de tocar su miembro erecto, su mente puso inmediatamente a Crowley en primer plano, de rodillas delante de Dean. Su mano ya no era de él, ahora era todo Crowley.
Podía sentir el calor de esa boca rosada, haciéndole temblar, esa lengua tentadora que siempre que veía a Dean salía a remojar los labios y que ahora se pasaba por su punta – agg!, carajo – las sensaciones se hacían cada vez más rápidas, lo cual provocaba en Dean gemir de una necesidad que no sabia que tenia, no por el sexo o la posición, si no, por el contacto piel con piel, e sentir el calor de alguien mas y por alguna extraña razón, el no sentirse solo al despertar.
Ese pensamiento fue lo que finalmente logró el cometido que tenía al ingresar a esa ducha. Si el alivio fue rápido, pero su mente estaba a mil por hora, se quedó quieto, mirando el azulejo frente a él como si pudiera tragárselo. No quería pensar. No quería sentir.
Aun así, el cuerpo temblaba.
Más tarde, en el estudio, tocó como nunca. Las cuerdas de la guitarra parecían responder a algo primitivo, a un fuego contenido que buscaba una salida. Cuando terminó, los chicos lo aplaudieron, sorprendidos.
– Joder, Winchester – dijo uno de ellos –, eso fue brutal –.
Dean solo sonrió, forzando una mueca que parecía satisfacción, por dentro se sentía hueco ya que sabia el por que ese dia habia tocado tan bien, pero no, no podía pensar en eso o se derrumbaría frente a toda la banda.
Cuando los demás propusieron ir a beber algo, aceptó sin dudar. No quería volver a casa todavía.
El bar estaba ruidoso y cálido. Sam lo acompañó, como siempre, cuidándolo con esa mezcla de cariño y vigilancia fraterna. Entre risas, música y vasos que se vaciaban demasiado rápido, Dean empezó a soltarse. Demasiado.
– Hoy estuviste increíble – dijo Sam, sonriendo con orgullo – ¿Qué pasó estos días? Estás… distinto –.
Dean se encogió de hombros, la lengua un poco suelta por el alcohol – No lo sé, Sammy… – rió entre dientes, arrastrando las palabras – Todo es… culpa de Crowley –.
Sam frunció el ceño – ¿Crowley? ¿Qué tiene que ver él? –.
Dean soltó una carcajada ronca, inclinándose sobre la mesa – Solo digo que… – hizo una pausa, buscando la palabra – Que ese maldito traje… está… caliente –.
Y antes de que Sam pudiera responder, Dean rió de nuevo, un sonido quebrado entre vergüenza y euforia. Luego, simplemente se desplomó sobre la mesa, inconsciente.
El vaso rodó y se estrelló contra el piso, derramando el último resto de whisky.
Sam suspiró, mirándolo con resignación – Genial, hermano. Genial – Pidió la cuenta, sabiendo que mañana Dean juraría no recordar nada, pero lo haría. Oh, sí, lo haría.
Dean despertó con la lengua seca y la cabeza punzando como si un demonio tocara tambores dentro de su cráneo. Por un momento no supo dónde estaba. El techo era distinto, más claro, sin el clásico olor a madera vieja de su apartamento.
Entonces escuchó el ladrido de Bones – Debió estar fuerte para que Sam me trajera a su casa – murmuró, medio riéndose.
Intentó incorporarse, pero el mareo lo obligó a sentarse de nuevo. El olor a tocino llegó desde la cocina y el estómago gruñó antes que su cerebro procesara la idea – Comida – claro. Siempre era un buen motivo para levantarse.
En cuanto cruzó el pasillo y vio la escena, algo dentro de él se ablandó.
Sam estaba en la cocina, con ese delantal ridículo que Jess le había regalado “Best husband ever”, cocinando mientras ella se reía con el perro a sus pies.
Dean se quedó quieto, observando. Por un instante, se permitió sentirlo: orgullo.
Orgullo de ver a su hermano allí, en una casa real, con un desayuno de domingo y una vida que parecía sacada de las películas que ellos solían ver desde algún motel destartalado.
La vida de “pie de manzana” que Sam siempre quiso. La que Dean nunca creyó posible.
Su mirada debió durar más de lo necesario, porque Sam volteó y lo vio. Sonrió, al principio con calidez, y luego esa sonrisa se torció en una mueca divertida.
Dean lo supo de inmediato – Demonios… lo recuerdas – pensó, maldiciendo internamente.
– Buenos días, hermano – dijo Sam, con un tono demasiado alegre para ser genuino.
– Ey, Dean, ven a desayunar, hicimos panqueques – agregó Jess, tan dulce como siempre.
Dean forzó una sonrisa – Gracias, Jess. Huelen… increíble –.
Se sentó, aceptando el café que ella le ofreció. El silencio se sintió cómodo por unos minutos, hasta que Jess, con su bata blanca lista, besó a Sam en la mejilla y tomó sus cosas.
– Nos vemos al rato. No dejen que Bones se suba a la mesa –.
La puerta se cerró.
Dean se quedó mirando su plato, clavando el tenedor en un panqueque que sabía perfectamente bien. Sam también lo observaba, apoyado en el respaldo de la silla, con esa sonrisa ladeada que usaba cuando estaba a punto de hurgar en terreno peligroso.
– Así que… – empezó, dejando el tono casual caer como trampa – anoche dijiste algo interesante –.
Dean cerró los ojos un segundo – Por favor, no empieces, Sammy –.
Sam rió por lo bajo – Solo quiero asegurarme de haber escuchado bien. Dijiste que Crowley te parecía… “caliente con ese traje” –.
Dean levantó la mirada con la expresión más seria que pudo reunir – Debí estar borracho. Muy borracho –.
– Lo estabas – confirmó Sam, con diversión contenida – Pero no tanto como para inventarte eso de la nada, ¿no crees? –.
Dean gruñó algo entre dientes y volvió al café. No estaba listo para esa conversación. No todavía.
Pasaron dos días sin que nada cambiará realmente. Dean seguía arrastrando su rutina como un muerto viviente: ensayos durante el día, whisky hasta perder el conocimiento por la noche. No repetiría lo anterior, aun si eso significaba que tendría que practicar más.
La música sonaba vacía, sin alma, y aun así seguía tocando, como si el ruido pudiera callar los sueños.
El tercer día, entre los sobres apilados sobre el amplificador, apareció una carta con el sello de Inferno Records.
Sam la abrió mientras Dean afinaba su guitarra.
– Es una invitación – leyó – Fiesta de la disquera este fin de semana. Crowley quiere que vayamos todos –.
Dean ni levantó la vista – Pasó –.
Sam arqueó una ceja – Comida y alcohol gratis –.
Dean se detuvo, la mirada fija en el mástil de su guitarra – ¿Gratis? –.
Sam sonrió apenas – Y barra libre, según esto –.
Dean bufó – Demonios… ¿dónde firmó? –.
La idea de ver a Crowley de nuevo lo retorció por dentro, pero el whisky nocturno no estaba ayudando y los sueños seguían empeorando. Si no arreglaba pronto “el problema”, sabía que algo podía quebrarse en esa fiesta.
Porque cada vez que cerraba los ojos, la voz de Crowley lo perseguía entre sombras y deseo y si lo veía en persona una vez más, sin tener control… Podría cometer una locura.
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