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Fang cerró la puerta de su cuarto con suavidad, su mente todavía dando vueltas tras haber visto a Maisie y Buster discutiendo en el pasillo. Se sentó en el borde de su cama, el colchón crujiendo bajo su peso, y frunció el ceño, perdido en sus pensamientos.
«¿De qué estarán hablando...?», pensó, rascándose la nuca.
La conversación sobre "regalos" y "admirador secreto" le parecía extraña, pero no tenía suficiente contexto para sospechar algo. Sacudió la cabeza, intentando dejarlo atrás, cuando de repente una idea brillante cruzó su mente.
«¡Umm, pero me dio una idea!», pensó, sus ojos iluminándose. «¡Le voy a hacer una carta a Janet! Voy a escribirle todo lo bonito de ella».
La emoción lo impulsó a levantarse de un salto y correr hacia su escritorio, donde sacó un papel y un bolígrafo. Con su cabello azul oscuro cayendo sobre su frente y sus guantes rojos puestos, se sentó y comenzó a escribir, dejando que sus sentimientos por la joven acróbata de cabello rosa fluyeran libremente.
El bolígrafo se movía rápido, plasmando palabras que Fang nunca había tenido el valor de decir en voz alta: lo mucho que admiraba la energía de Janet, su sonrisa que iluminaba todo, su creatividad en el Stunt Show, y cómo cada momento con ella hacía que su corazón latiera más rápido. Cuando terminó, dobló el papel con cuidado, lo metió en un sobre y sonrió, satisfecho.
«¡Listo! ¡Se la voy a enviar!», pensó, su rostro iluminado por una mezcla de nervios y esperanza.
Sin embargo, en su entusiasmo, Fang olvidó un detalle crucial: no escribió su nombre en el sobre, dejando la carta anónima.
Mientras tanto, en la entrada principal de la casa de Janet, Buster estaba ocupado dejando un montón de cajas cerca de la puerta. Sudando y agotado, murmuró para sí mismo:
—Uy… ¡son demasiadas cajas! ¡No recordaba que eran tantas!
Cada caja estaba envuelta con cuidado, algunas con lazos coloridos, otras con etiquetas que decían: "Para Janet - De tu admirador secreto".
Cuando colocó la última caja, suspiró aliviado.
—Umm, bueno, ¡qué importa! —dijo, antes de tocar el timbre y salir corriendo como si su vida dependiera de ello, desapareciendo en la calle.
Dentro de la casa, Stu, que estaba en la sala revisando unos planos de acrobacias, escuchó el timbre.
—¿U-um? ¿Quién e-es? —murmuró, levantándose con una ceja arqueada.
Al abrir la puerta, se encontró con una pila de cajas apiladas en la entrada.
—¡O-oh! ¡Son de-emasiadas cajas! Y so-on para Ja-anet de… —exclamó, inclinándose para inspeccionarlas. Leyó una de las etiquetas y su expresión cambió de sorpresa a furia—. ¡¿"ADMIRADOR SECRETO"?! ¡Pero qui-ién es ese! ¡Por qué man-nda tantos paque-etes a mi hi-ija! —gruñó, sus manos apretándose en puños.
Luego Stu respiró hondo, intentando calmarse.
—Ugh… Bue-eno, de todos modos se los voy a dar… —murmuró, aunque su único ojo seguía brillando con desconfianza—. Esp-pero que ese "admirador" no ten-nga malas inten-nciones.
Con algo de esfuerzo, comenzó a llevar las cajas al interior, decidido a entregárselas a Janet, pero claramente estando en alerta.
En el cuarto de Janet, la joven acróbata estaba sentada en su cama, todavía con su atuendo de pantaloncillos azules, polera roja, chaqueta blanca, botas rojas, guantes rojos y el casco con dos estrellas en la mesita de noche. Estaba mirando su celular, pensando en la salida de la noche anterior y en las palabras que había dicho sobre Fang, cuando un golpe en la puerta la sacó de sus pensamientos.
—¡¡Hija!! —llamó Stu desde el pasillo.
Janet levantó la vista.
—¿Qué pasó, papá? —respondió, acercándose a la puerta.
Stu abrió la puerta, revelando una pila de cajas que había dejado en el pasillo.
—¡Te lle-egó esto! —dijo, señalando los paquetes con una expresión que intentaba ser neutral, aunque su tensión era evidente.
Janet, asombrada, abrió los ojos de par en par.
—¡Oh! —exclamó, acercándose a las cajas—. Debe ser de "fans" míos —dijo con una sonrisa, asumiendo que eran regalos de admiradores del Stunt Show.
Stu, sin decir mucho más, ayudó a mover las cajas hasta la cama de Janet.
—Bue-eno, toma —dijo, antes de cerrar la puerta tras de sí, dejando a Janet sola con los regalos.
Janet, emocionada, se sentó en la cama y comenzó a abrir las cajas una por una. Dentro encontró peluches adorables que la hicieron sonreír de oreja a oreja.
—¡¡Awww!! ¡Amé los regalos! —exclamó, abrazando uno de los peluches. En una de las cajas, encontró un sobre con un poema escrito a mano y unos tickets decorados con corazones—. Y este poema…
Curiosa, abrió el sobre y leyó el poema en voz alta, su voz suavizándose con cada línea:
"Oh, Janet.
Tu lindo pelo rosa…
Tu sonrisa agradable…
Quiero decirte, Janet…
Que tú eres hermosa…
Y que algún día quiero que seas mi esposa".
Janet se quedó en silencio, sus mejillas sonrojándose mientras releía las palabras y luego sostuvo el poema contra su pecho. Su sonrisa era brillante, pero también había un toque de confusión en su expresión. Las palabras del poema eran tan dulces, tan personales, que despertaron un cosquilleo en su corazón, aunque no tenía idea de que el autor estaba más cerca de lo que imaginaba.
La noche en Starr Park estaba tranquila, con un cielo despejado lleno de estrellas y una brisa fresca que recorría las calles. Fang, con su cabello azul oscuro despeinado por el viento, caminaba hacia la casa de Janet, sosteniendo el sobre con la carta que había escrito esa mañana. Sus guantes rojos brillaban bajo la luz de las farolas, y su atuendo lo hacía destacar en la penumbra. Aunque estaba nervioso, una sonrisa decidida adornaba su rostro.
—Bueno, ¡le entregaré esto! —se dijo con mucha confianza, apretando el sobre con cuidado.
Cuando llegó a la entrada principal de la casa de Janet, Fang miró a su alrededor, asegurándose de que nadie lo viera. Con el corazón latiendo a mil, colocó la carta cerca de la puerta. Luego, tocó el timbre rápidamente y salió corriendo, sus zapatillas resonando contra el pavimento mientras desaparecía en la oscuridad de la calle, su adrenalina al máximo por la audacia de su acción.
Dentro de la casa, Stu estaba en la sala, sentado en el sofá, todavía procesando el incidente de las cajas de ese "admirador secreto".
El sonido del timbre lo hizo fruncir el ceño, y cuando sonó por segunda vez en el día, su paciencia se agotó.
—¡Ugh! ¡¡¡¿Qu-uién toca la pue-erta tan-nto?!!! —gruñó, levantándose de un salto y caminando hacia la entrada con pasos pesados, su único ojo brillando con irritación.
Al abrir la puerta, no vio a nadie, lo que solo aumentó su enojo. Fue entonces cuando su mirada cayó sobre el sobre blanco cerca de su monociclo.
—¡Umm! ¿Y es-sto? —dijo, agachándose para recogerlo—. A ver…
Con un movimiento rápido, abrió el sobre y sacó la carta, sus ojos escaneando las palabras escritas por Fang.
A medida que leía, la expresión de Stu pasó de curiosidad a una furia absoluta. La carta, llena de elogios hacia el cabello rosa de Janet, su sonrisa, su valentía en el Stunt Show y los sentimientos profundos del remitente, era inconfundiblemente una declaración de amor.
—¡ESTO YA NO ES DE U-UN SIM-MPLE FAN! —rugió, su voz resonando en la entrada—. ¡EST-TO ES UNA CARTA DE AM-MOR! ¿QUÉ LE PA-ASA? ¡NO DEJ-JARÉ QUE JANET ES-STÉ CON ALGUIE-EN QUE NI SE ATR-REVE A MOS-STRAR LA CARA!
En un arranque de rabia, Stu levantó su mano derecha, y de su dedo índice brotó una pequeña flama, una habilidad que siempre usaba en sus acrobacias. Sin dudarlo, acercó la flama a la carta, y el papel comenzó a arder, las palabras de Fang consumiéndose en una danza de fuego.
Stu dejó caer la carta al suelo, donde se convirtió en cenizas, el humo elevándose en pequeños remolinos antes de disiparse en la noche. Con un último gruñido, entró en la casa y cerró la puerta de un portazo, decidido a proteger a Janet de lo que él consideraba una amenaza.
En su cuarto, Janet, ajena a lo que acababa de ocurrir, estaba sentada en su cama, rodeada de los peluches y regalos que había recibido. Todavía sostenía el poema del "admirador secreto" en las manos, releyéndolo con una sonrisa suave. Aunque no sabía quién era el remitente, las palabras la hacían sentir especial, y una parte de ella no podía evitar preguntarse si había alguien en su vida que la veía de esa manera.
Mientras tanto, Fang, ya a varias calles de distancia, corría hacia su casa, su mente llena de esperanza. No tenía idea de que su declaración había sido reducida a cenizas, ni de que Stu estaba más decidido que nunca a mantenerlo lejos de su hija. La noche en Starr Park seguía su curso, cargada de secretos y malentendidos que pronto pondrían a prueba los sentimientos de todos los involucrados.
Continuará…
