Chapter Text
Había pasado una semana desde la tragedia, y Sirius Black seguía sin acostumbrarse al silencio.
No al silencio normal —ese que se llena solo, aunque no quieras, con pensamientos erráticos, con el crujido de la madera, con pasos imaginarios que no llevan a ningún lado—, sino a ese otro. El que aparece cuando algo se rompe de verdad. Un silencio espeso, casi físico, que se te sienta en el pecho y no se mueve aunque abras ventanas, aunque dejes entrar gente, aunque intentes convencerte de que la vida continúa porque siempre continúa.
Ese silencio no se iba.
Se quedaba en los pasillos.
En las esquinas.
En los objetos que nadie se atrevía a tocar.
Los funerales ya se habían hecho.
Fueron… correctos.
Excesivamente correctos.
Magos importantes con túnicas impecables. Caras largas ensayadas frente al espejo. Discursos medidos al milímetro, como si el dolor también necesitara protocolo. Promesas de justicia pronunciadas con voz grave y mirada firme, todas cuidadosamente vacías, todas seguras de no tener consecuencias reales.
Todo en su lugar.
Todo ordenado.
Todo tan pulcro que resultaba ofensivo.
El ataúd de Severus Snape fue el único vacío.
Sirius lo miró durante toda la ceremonia. No porque esperara que Severus apareciera de pronto —no creía en milagros. Después de todo, los dioses no son tan amables—, sino porque le parecía la última ironía perfecta. Incluso muerto, Severus se las arreglaba para no estar donde todos esperaban que estuviera.
Ausente hasta del propio funeral.
Fiel a sí mismo hasta el final.
Después vinieron los juicios.
Y ahí Sirius dejó de fingir que era un buen hombre.
No estaba orgulloso.
Tampoco estaba arrepentido.
Había hecho favores. Muchos. Demasiados.
Pequeños favores, se decía. Ajustes mínimos. Nada que no pudiera justificarse con un encogimiento de hombros y una sonrisa cansada. Cosas insignificantes… si uno elegía no mirar demasiado de cerca.
—Solo es cambiar una palabra en el testimonio.
—Eso no cuenta como evidencia sólida.
—Ese artefacto… mejor no lo registres, ¿sí?
Personas importantes le debían otras cosas más grandes. Deudas viejas, favores acumulados durante años de silencio conveniente, secretos compartidos en momentos inoportunos. Sirius no extorsionó. No amenazó.
Simplemente cobró.
Y cada vez que dudaba, cada vez que una voz persistente intentaba recordarle que estaba cruzando líneas peligrosas, pensaba en una sola cosa:
Castor dormido en aquella habitación sellada.
Castor llamando a Severus papá con total naturalidad.
Castor despertando en un mundo donde Severus ya no existía.
Castor sin nadie más.
Así que siguió adelante.
El fallo llegó una mañana gris, sin dramatismo alguno.
Custodia completa concedida a Sirius Black.
No hubo aplausos.
No hubo alivio inmediato.
Solo un cansancio profundo, aplastante, que le cayó encima como si el cuerpo hubiera estado funcionando a pura inercia durante días y de pronto decidiera recordar que también podía derrumbarse.
Sirius salió del tribunal con el documento en la mano. Lo miró durante varios segundos, leyéndolo y releyéndolo como si las palabras pudieran evaporarse. Luego lo dobló con cuidado obsesivo y se lo guardó en el abrigo, cerca del pecho, como si temiera que el mundo pudiera arrebatárselo si lo mostraba demasiado.
Ahora solo faltaba una cosa: recoger a Castor.
Londres lo recibió con una lluvia fina y persistente, de esa que no empapa del todo pero nunca se va, que se cuela por las costuras y te acompaña durante horas. La versión mágica de Kensington era elegante, silenciosa, impecablemente discreta. Exactamente el tipo de lugar que Severus habría detestado… y que, por eso mismo, Sirius había elegido.
Había razones prácticas, claro.
Y otras que Sirius prefería no analizar demasiado.
Castor no entendía del todo qué estaba pasando.
Sabía que papá ya no estaba. Lo sabía en ese nivel extraño que tienen los niños, donde la ausencia pesa más que cualquier explicación lógica. No preguntó demasiado. No hizo escenas. Solo se aferró a la manga de Sirius durante el traslado, observando todo con ojos grandes, demasiado serios para alguien de su edad.
—Ya llegamos —le dijo Sirius suavemente, abriendo la puerta del apartamento—. Ven… quiero que veas algo.
Castor dudó un segundo antes de soltarlo.
Y entonces entró.
La habitación era exactamente igual.
Las mismas paredes.
El mismo orden obsesivo.
Los juguetes colocados siguiendo una lógica que solo Severus habría considerado correcta.
La cama en el mismo sitio.
La ventana con el mismo ángulo preciso para que la luz entrara sin deslumbrar.
Incluso el olor.
Sirius había pasado noches enteras replicándolo todo con una precisión casi enfermiza. Hechizos de conservación, referencias tomadas de la mansión, recuerdos reconstruidos a fuerza de memoria y culpa. Ajustó detalles una y otra vez hasta que le dolían los ojos y las manos.
Castor se quedó inmóvil.
Luego caminó despacio hacia la cama, tocó la colcha con cuidado… y sonrió.
—Es mi cuarto —dijo, con absoluta convicción.
Sirius tragó saliva.
—Sí —respondió—. Lo es.
Castor se giró hacia él, como si de pronto algo encajara, como si una pieza invisible hubiera encontrado su lugar.
—¿Papá viene luego?
El silencio volvió a caer.
Sirius se agachó frente a él, al mismo nivel, con el corazón golpeándole la garganta como un animal atrapado.
—No —dijo, sin mentir, porque Severus siempre había odiado las mentiras—. Pero… esto lo hizo para ti. Para que no te sintieras solo.
Castor asintió despacio. No lloró. No discutió. Aceptó la verdad con esa resignación temprana que ningún niño debería conocer.
Luego bostezó.
—Quiero dormir.
Sirius lo tomó en brazos.
Y mientras caminaba hacia la cama, con el peso pequeño y tibio apoyado contra su pecho, entendió algo con una claridad brutal y definitiva:
El silencio no iba a irse.
Pero ahora, al menos, no estaría solo con él.
