Chapter Text
Llegar de Palermo a Belgrano no debería haberles tomado más de quince minutos, pero nada era tan fácil en la vida de Manuel.
—Te juro que no lo puedo creer —dice, paseando la vista por el auto abollado, el motociclista herido y los enfermeros bajándose de la ambulancia con una camilla.
—Pasa todo el tiempo, gordi —Liza comenta, avanzando tanto como el tráfico demorado se lo permite.
—¡Pero justo cuando vengo apurado! Todas me pasan...
—Eso también debe estar pensando el de la moto —Tomás dice, mirando cómo le ponen al herido un cuello ortopédico.
A Manuel le sorprende la risa avergonzada que le brota del pecho.
—Bueno, viéndolo así lo mío no es para tanto.
Tomás le guiña un ojo y le sonríe de lado. Manuel se da cuenta de que los hoyuelos se le notan ante el mínimo gesto de sus labios, como si estuviera hecho para sonreír.
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Entra a la casa pidiendo perdón.
—Hubo un choque y cortaron un carril entero, para colmo estaba rodeado así que no me podía bajar del auto. Posta, perdón.
—No pasa nada, gordo —Santiago desdramatiza.
—Bueno, tampoco es que no pasa nada —Lautaro interviene.
Manuel no está de buen humor; toda la secuencia anterior lo dejó con poca paciencia y muy irascible.
—Mirá Moski, vos no sos el más indicado para decirme...
—Estaba preocupado —Lautaro lo interrumpe—. Desapareciste todo el fin de semana, no contestabas los mensajes, no llegaste a horario —traga saliva, respira por la nariz—... me asusté.
Manuel recién en ese momento se da cuenta del estado de Lautaro, de sus ojos húmedos y su respiración ligeramente errática. Verlo así de preocupado le pega una piña en el pecho. Cree que podría caer de rodillas frente a él y rogarle perdón. Tiene que hacer un esfuerzo sobrehumano para dar una disculpa más acotada.
—Estaba saturado, necesitaba estar solo. Se me fue un poco larga, perdón.
Lautaro lo mira con esos enormes ojos de cachorro y parece que quisiera algo más que un pedido de disculpas. Manuel también quiere darle un abrazo. Pero no sabe si corresponde. Piensa en que antes siempre era lo correcto un abrazo entre ellos dos y se pregunta: ¿antes cuándo? ¿Antes de que estuviera Lula preparando una cena en la cocina? ¿O mucho antes, cuando él todavía no había dicho públicamente que estaba enamorado? Todo ese debate mental lo agota y opta por apartar la vista y enfrentar la mirada enrarecida de Balzano.
—¿Estás enojado? —le pregunta.
—No, enojado no. Sorprendido —Balza responde. Quiere saber más, entender qué pasó, pero Manuel no se ve muy abierto a la charla—. ¿Vas a prender? —le pregunta para sacarlo de aprietos.
Manuel se acomoda la gorra, suspira, mira la hora.
—No, se hizo muy tarde. Perdón, los hice quedar...
—Va, va, lo que la banda realmente quiere saber es otra cosa —Bauleti se le acerca con una sonrisa traviesa y lo abraza por los hombros, poniéndole una mano en el pecho—. ¿Adónde estabas?
Entre el peso de Santiago sobre sus hombros y las miradas expectantes de sus amigos, Manuel se apabulla y lanza una media verdad al revés:
—Estaba en una reunión.
Santiago lo suelta con un ligero empujón.
—¡Miente el Emo! —exclama indignado—. Todo Twitter ya lo vio y él miente igual.
Lautaro reconoce la mezcla de confusión y hastío que domina la expresión de Manuel, así que interviene antes de que el otro pierda la paciencia.
—Liza subió una foto y alguien la filtró en Twitter —dice.
Manuel siente un súbito calor en el cuello.
—¿Foto de qué? —pregunta, tanteándose los bolsillos en busca del celular.
—De la merienda entre Tomi y vos. Ship consolidado, te aviso. "Mernomi" le pusieron —Santiago se ríe.
Del calor, Manuel pasa a sentir frío. Tiene que sentarse cuando abre Twitter y ve la imagen.
—¿Están jodiendo, no? Tienen que estar jodiendo.
—Es de las jodas que escalan —dice Balzano—. ¿Te molesta? —inquiere, nuevamente sorprendido.
—No es que me moleste. Yo estoy acostumbrado a estas cosas, pero a Tomás no sé cómo le va a caer. Tiene una comunidad mucho más chica y un público más adulto.
—¿No hablaste nada de esto con él?
—No, Balza. ¿Cómo se me iba a ocurrir?
—Bueno, si hablaste de trabajar con nosotros, este tipo de exposición es un tema a tener en cuenta.
Manuel parpadea. Siente la mirada de Lautaro clavada en su perfil.
—Es que no hablamos de nada concreto. Quería conocerlo primero y que ustedes lo conozcan también.
Lautaro se cruza de brazos y frunce ligeramente el ceño.
—Nosotros no sabíamos que íbamos a empezar a colaborar con otros streamers.
Manuel lo mira y reconoce en el gesto más concentración que enojo. Lo está analizando.
—Porque fue solamente una idea, con Balza no teníamos nada armado. Pero vi a este pibe y me pareció que podíamos empezar a probar con él —asegura.
—A probar che —Bauleti se ríe.
Manuel pierde la paciencia y le pega un puñetazo en el brazo, arrancándole un quejido.
—No seas cargoso —le dice, esquivando los suaves golpes que Santiago pretende atinarle.
Balzano los ignora a los dos y desbloquea su celular.
—A mí me gusta, me parece un buen lugar para empezar —asegura—. En la comunidad ya se generó una cuestión medio graciosa alrededor de tu relación con él. Podemos aprovecharlo para sacar del foco lo de ustedes —señala a Manuel y Lautaro— y que Moski pueda empezar a hacer un poco más pública su relación, que es lo que él también quiere.
Moski abre grandes los ojos. Santiago y Manuel se quedan quietos.
—¿No se los dijiste a ellos? —Balzano le pregunta, incrédulo ante la falta de comunicación de tres personas que viven juntas y se consideran amigos cercanos.
—¡Y no, Balza! —Lautaro exclama.
—Igual es lógico —dice Santiago. El agarre en la muñeca de Manuel se afloja, se transforma casi en una caricia.
—No es tan así. No quiero hacerlo público. Tipo…, anunciarlo. Solamente no quiero estar cuidándome tanto de las cosas que digo y hago.
Manuel asiente ligeramente con la cabeza e inclina la boca hacia abajo. A Lautaro le desespera no entender si es un gesto de comprensión o desprecio. No puede ver sus ojos porque Manuel no lo mira.
—Bueno, más allá de eso —Balzano descarta—, ¿cómo te cayó a vos Tomás? —le pregunta a Manuel.
Santiago, que aún lo tiene agarrado de la muñeca, le sacude ligeramente el brazo.
—Dale, contá, contá.
Manuel se zafa de su agarre y pelea un momento con él solamente para buscar una respuesta lo más neutral posible, pero no puede pensar en otra cosa que no sea: “me hace reír mucho” y “tiene una sonrisa hermosa”.
—Animaba fiestas infantiles —finalmente dice.
—¿Y eso qué tiene que ver? —Balzano pregunta.
—¡Que es un pibe comprador! —exclama Manuel, frustrado—. Eso quiero decir. Es carismático, es gracioso, tiene llegada. Esa frescura necesitamos acá. Es… Chernobyl esto —dice haciendo un gesto con la mano como si realmente pudiera sentir frente a su rostro los gases tóxicos que emanan los tres. Los cuatro con Balza. Los cinco con Lula, que está salteando alguna mierda saludable en la cocina.
Santiago se ríe y se encoge de hombros.
—Tiene razón —dice nada más.
—Bueno, agendamos una reunión entonces. ¿Tenés el número? —Balza pregunta.
—Sí.
—Pasamelo.
Lautaro no dice nada y nadie le pregunta. Dejaron de hacerlo cuando él comenzó a tener respuestas demasiado vagas y ambiguas. Pero si ahora le hubieran preguntado, hubiera dicho que no le parece una buena idea. Los tres funcionan bien solos. Los tres tienen un rol bien marcado: Manuel es el líder del grupo, el centro de gravedad; Santiago es el perdedor adorable y Lautaro... Lautaro es todo lo que Manuel le atribuyó a Tomás. ¿Manuel quiere reemplazarlo? ¿Ya no es lo suficientemente comprador, carismático, gracioso? ¿Desde cuándo pasó a ser sólo una parte más de la toxicidad de la casa?
—¡Está la cena! —Lula exclama, saliendo de la cocina—. Hola, Manu. Volviste, estábamos preocupados —le dice acercándose. Cuando llega frente a él, se pone en puntas de pie para darle un beso en la mejilla.
A Manuel le da un escalofrío de la impresión y devuelve torpemente el saludo. Lula no ha hecho nada mal. No ha sido hostil, no ha intentado entrometerse en su amistad con Lautaro, no ha sido más que amable y medida. Sin embargo, él se da cuenta de cómo lo mira, de cómo cambia su lenguaje corporal cuando están cerca. Se da cuenta porque lo ha vivido más veces de las que puede contar, sobre todo desde que se ha hecho conocido. No cree que ella se dé cuenta realmente de lo obvia que es su atracción por él, ni cree que eso haga menos genuino su cariño por Moski. Pero es incómodo en tantos niveles que choca con el pecho de Santiago cuando da dos pasos torpes hacia atrás.
Bauleti lo insulta un poco, pero eso le sirve a Manuel para no tener que hablar con ella e irse forcejeando con Santiago hasta el comedor.
—Te come con la mirada, amigo, no me gusta nada —murmura Santiago cuando ya están sentados.
—Callate, pelotudo. No digas nada —le ordena por lo bajo.
Manuel no es un hombre desinteresado. De hecho, es bastante oportunista. No tiene problema en reconocerlo. Sin dudas que hubiera usado la atracción de Lula por él para sacarla de la vida de Lautaro, si eso no implicase romperle el corazón a su amigo. Así que se calla y obliga a Santiago a hacer lo mismo.
La cena transcurre silenciosa, excepto porque Balzano sigue enviando mensajes y Bauleti mete algún que otro comentario sobre lo que ve en Twitter.
—Lo que va a ser el clásico del Arsenal y el Inter. Doy todo por ir a verlo.
—Y andá, gordo —Manuel le dice, mordiendo un espárrago con muy pocas ganas. Se va a pedir una hamburguesa ni bien todos se vayan a sus cuartos.
Santiago le hace un gesto con la boca, desestimando sus palabras, y sigue deslizando el dedo por el inicio. Apenas un minuto después suelta una risita.
—”Yo no le suelto la mano a Mernoski. El twink nuevo de Manuel ni siquiera es más lindo que Lauti, solamente tiene más pelo." —lee entre risas.
—¡Basta, Santiago! —Lautaro explota, dándole un golpe a la mesa—. Cortala con esas pelotudeces, estamos comiendo.
A Santiago el grito le resbala, hace unos ruidos ininteligibles y sigue en lo suyo. Lula lo mira sorprendida por el repentino estallido, el tenedor a medio camino entre su boca y el plato. Tiene motivos para sorprenderse: en general es Manuel quien le pone un freno a Santiago, y Lautaro quien se une a sus payasadas. Pero ahora Manuel permanece en silencio, con la vista clavada en el puré que no come.
Lautaro busca su mirada. No lo nota enojado —y vaya si se nota cuando lo está— pero sí lejano. No tiene ningún sentido porque Manuel está sentado frente a él, pero tiene la expresión cerrada y no lo deja ver nada. Lautaro no puede saber si lo que está pasando —con Tomás, con él, con la comunidad— le molesta, le divierte o le da igual. Pero tiene la necesidad urgente de hacerle notar que él está ahí. Quiere aclararle cosas que no tienen sentido. Quiere hacer un berrinche también, decir: "Manu, esto no me gusta". Pero al mismo tiempo, ¿no es lo que él quería? ¿Que los dejaran de vincular de forma romántica, ser amigos como es amigo de Santiago o de Balza? ¿No le dijo a Agustín que quiere empezar a mostrarse con Lula? ¿No era eso lo que tan desesperadamente deseaba: mostrarla, que otros los vieran y dejaran de analizarlo y dudar de él? ¿Por qué ahora mismo cambiaría todo eso por un segundo de la atención de Manuel?
—Manu, ¿me pasás la sal? —le pregunta con la voz apretada, estirando la mano sobre la mesa.
Manuel reacciona con un segundo de demora, pero agarra el salero y se lo alcanza. En el intercambio, Lautaro le roza firmemente los dedos, tratando de llamar su atención. Pero no sirve: Manuel no le devuelve la mirada y suelta el salero como si nunca hubiera sentido su caricia.
De repente, Balzano bloquea el celular y lo suelta en la mesa con un gesto triunfante.
—Cerrado. El jueves a las 3 PM tenemos reunión con Tomás. Les pido por favor que traten de estar levantados.
Lautaro suelta los cubiertos despacio y sus movimientos son medidos cuando levanta el vaso de agua para llevárselo a la boca. Dentro de su cabeza todo es un caos. Piensa que no quiere- simplemente no quiere a ese chico cerca. No quiere saber quién es, ni conocer sus virtudes, ni por qué Balza ve potencial en él. Y sobre todo no quiere saber por qué Manuel lo eligió como alguna vez lo eligió a él.
Toma una respiración profunda, torpe, y levanta la vista chocando con los ojos verdes de Manuel. No puede evitarlo y su mirada se transforma en una súplica silenciosa, en un mudo: "Por favor, no lo traigas. Decí que es muy pronto, que no hace falta". Pero Manuel, que siempre responde a sus mudos pedidos de auxilio, que no soporta verlo incómodo ni afligido, esta vez desvía la mirada y le confirma a Balza que va a estar despierto el Jueves a las 3 pm.
