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Maravillas en el Hielo

Chapter 7: ¿Cuántas novias ha tenido Frost?

Notes:

Disclaimer: Dreamworks y Disney no me pertenecen

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

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7

¿Cuántas novias ha tenido Frost?

 

La primera ola de exámenes ya había pasado, marcando la sexta semana del semestre. Elsa lo sabía muy bien, pues hacía ocho semanas exactamente que se quedaba todos los martes y miércoles con Jack Frost en la biblioteca.

Sin embargo, el jueves habían tenido la conversación del pasillo.

El viernes no lo vio, porque lo evitó como si fuera contagioso. Incluso, en una de las clases que compartían, fingió un dolor de estómago que la mantuvo en la enfermería todo el bloque. Jamás en su vida se había saltado una clase por algo así, pero se dijo a sí misma que esto requería medidas desesperadas. Incluso le mintió a Mérida, aunque no estaba segura de que hubiese funcionado.

El lunes, repitió el patrón. Ya no podía inventar excusas para no verlo durante clases, pero se encerró en la sala de archivos en los recesos. Bella la miró con suspicacia antes de entregarle las llaves, mencionando que, aparentemente, era la única persona de toda la escuela que se refugiaba allí.

De hecho, funcionó. No hubo rastro de Jack Frost.

Pero el martes era diferente.

Los martes tenían tutoría.

Creyó que para entonces habría olvidado su accidente nocturno. Ese maldito sueño donde él la besaba contra un casillero. Se dijo a sí misma que debía controlarlo, que era ridículo el sentir que algo burbujeaba en su interior cada vez que veía al chico de lejos o escuchaba una risa parecida a la suya.

Demonios.

El comedor rebosaba de conversaciones, cubiertos chocando y bolsas de papel arrugadas. En una mesa al fondo, Elsa advirtió a Jack Frost riendo a carcajadas con Hipo y Astrid Hofferson. Hipo gesticulaba con exageración mientras contaba una historia y Jack no podía parar de reírse, mientras negaba con la cabeza. Astrid, aunque no participaba en las risas, sonreía con la tranquila familiaridad de quien está en casa.

A unos metros de distancia, Elsa comía con una tranquilidad forzada. Su tenedor jugaba con una hoja de lechuga sin verdadera intención de comer. Su mirada, sin querer —o queriendo demasiado—, se mantenía fija en Jack.

¿Cómo demonios lo hace para verse bien incluso almorzando? Ese infeliz, descarado, idiota…

Anna fue la primera en notarlo.

— Si sigues mirando así, Jack Frost va a terminar con un agujero en la cabeza —comentó, masticando su sándwich.

Elsa parpadeó, apartando la vista como si la hubieran sorprendido cometiendo un delito.

— ¿Qué? No sé de qué estás hablando.

— Por favor —dijo Rapunzel, cruzando las piernas bajo la mesa— Lo estás mirando como si esperaras que se prendiera fuego con solo tu concentración.

— Yo diría que más bien le lanzaba una maldición… — comentó Mérida, sonriendo.

Elsa rodó los ojos, reprobando completamente los comentarios.

— Estaba mirando hacia allá —respondió Elsa, señalando vagamente en otra dirección— Ni siquiera me fijé en él.

— Claro, claro —murmuró Mérida con una sonrisa, bebiendo de su botella de agua.

Elsa suspiró, pinchando un tomate cherry con más fuerza de la necesaria. Mérida la observó unos segundos, y luego alzó una ceja.

— Está bien, voy a decirlo —dijo la pelirroja, alzando los brazos. Elsa alzó la vista y Mérida se inclinó sobre la mesa— ¿Qué está pasando, Elsa?

— ¿De qué hablas?

— Desde el viernes andas rara —insistió Mérida. Elsa volvió a pinchar su ensalada, mientras Rapunzel y Anna se mantenían en silencio— Desde el incidente con el profesor Ratcliffe. Curioso, pues ocurrió justo después de que te dijera algo pasivo-agresivo en clase. Y, aún más curioso, Jack Frost fue el principal sospechoso…

— ¿Espera, eso es real? —preguntó Anna. Elsa no respondió y Rapunzel frunció el ceño, interesada— Nos contaron que unas fotos se filtraron, pero… ¿entonces fue Jack?

— No se comprobó, pero es un secreto a voces. Haddock podría haber hecho eso con los ojos cerrados: es un intolerante a las idioteces, como lo que dijo Lord Naftalina, y es la persona más leal a Jack Frost en toda la escuela. —respondió Mérida. Elsa se mantuvo en silencio, como si pensara que quedarse quieta la volvía invisible. Pero sus amigas ya perdían la paciencia— ¡Els! ¡Por favor, es obvio que lo hizo por ti! ¿A quién quieres engañar?

— Bueno, si así fue, no se lo pedí —zanjó Elsa. El tono seco dejó a las tres en pausa. Anna alzó una ceja. Rapunzel entornó los ojos — Además, si de verdad lo hizo, es un idiota por arriesgar su beca por…

Si cada vez que me arriesgue vas a reír así, lo haría todos los días.

La frase estalló en su mente como un trueno. Elsa se quedó en silencio. El mundo pareció irse lejos. Solo quedó eso. Ese recuerdo. Ese tono. Esa risa.

Tragó saliva.

Suave mareo. Cosquilleo. Electricidad.

Dios santo. Estoy enferma…

Antes de que alguna de las chicas pudiera reaccionar, Elsa recogió sus cosas y se levantó con una postura tan recta que parecía equilibrio sobre cuerda floja. Dejó su ensalada a medio comer, algo inédito.

Anna la miró como si acabara de teletransportarse.

— Lo siento, olvidé algo en… —sacudió la cabeza, colgándose la mochila al hombro— Las veo luego.

Y sin más, se fue.

Durante cinco segundos, Anna, Mérida y Rapunzel se quedaron en absoluto silencio.

— ¿Qué demonios fue eso? —preguntó Mérida, frunciendo el ceño.

— Una Elsa completamente descompuesta —murmuró Rapunzel, aún mirando en la dirección en la que su prima había desaparecido.

Anna dejó su sándwich sobre la bandeja, como si hubiera perdido el apetito.

— ¿Fue solo impresión mía o… estaba actuando raro?

— No fue tu impresión —dijo Mérida— Desde el viernes ha estado esquivando a Frost, aunque no quiera decirlo. El otro día lo vio a lo lejos y cambió de pasillo. Literalmente se escondió detrás de una planta.

— ¿La estás escuchando? —dijo Rapunzel— Esto ya es nivel apocalipsis zombie.

Anna dejó caer la frente sobre la mesa.

— ¡No puede ser! ¡No puede ser que seamos personajes secundarios en una novela romántica de Enemies to Lovers y nadie me lo haya dicho!

— No son enemigos —replicó Rapunzel, pensativa— Es más bien… tensión académica con carga emocional no resuelta.

— Tensión idiota, querrás decir —dijo Mérida, volviendo a negar con la cabeza—. Pero sí: algo se está cociendo ahí.

Las tres parecieron suspirar al mismo tiempo. Anna se agarró el cabello castaño rojizo con las dos manos, aún apoyada en la mesa. Era la viva imagen de la desesperación.

— No sé si quiero gritar o encerrarlos en una habitación con música romántica —dijo, como si pensara en voz alta.

— Yo pagaría por verlo — rio Mérida.

Las tres compartieron una carcajada breve, hasta que Mérida se detuvo de golpe. Frunció el ceño, entrecerrando los ojos hacia la mesa del fondo.

— Miren.

Rapunzel y Anna giraron con disimulo.

Jack Frost seguía en su sitio, aunque ya no reía. No hablaba. No comía. Solo observaba fijo hacia la puerta por la que Elsa había salido.

— ¿Él…? —susurró Rapunzel.

— Está mirando como si quisiera ir tras ella, pero no supiera si puede —añadió Mérida.

— Demonios —dijo Anna— ¡Que vaya y ya!

— No sé si es buena idea. Si se acerca, Elsa podría activar una bomba de humo y salir corriendo —dijo Mérida.

Rapunzel suspiró, cruzando los brazos sobre el pecho. Su cabello dorado caía en cascada por el respaldo de la silla.

— Tienes razón, Mer… Esto parece una novela turca.

— Más bien represión emocional victoriana —corrigió Mérida con una sonrisa torcida.

— Hoy tienen tutoría, ¿no? —preguntó Anna.

— Sí —asintió Rapunzel.

Anna respiró hondo.

— Si mañana siguen igual de anormales, vamos a tener que intervenir.

— ¿Intervenir cómo? —preguntó Rapunzel.

Las chicas se quedaron unos momentos en silencio. Múltiples ideas cruzaron por la cabeza de cada una, pero eran completamente descartables. Mérida se irguió en su asiento y frunció los labios antes de hablar.

— Podríamos colgar a Frost del techo de la escuela y obligar a Elsa a rescatarlo —dijo con toda seriedad.

— Agregaría un cohete y explosivos, solo porque confío en que Elsa sabría desactivarlos —bromeó Anna.

Las tres rieron, aunque en voz más baja. Luego el silencio regresó, más reflexivo.

Rapunzel fue la que habló esta vez.

— No podemos empujar lo que todavía no están listos para enfrentar. Pero sí tenemos que hablar con Elsa. No puede seguir huyendo de lo que siente.

Anna asintió, recogiendo los restos de su almuerzo.

— Está bien si va despacio… pero no puede esconderse para siempre.

— Exacto —dijo Mérida, mirando de nuevo hacia Jack— Y creo que él tampoco se va a quedar esperando eternamente.

Las tres se miraron en silencio. El juego había comenzado, y lo sabían.

La única que aún no lo aceptaba… era Elsa.

 

oOoOoOoOoOoOoOoOoOoOo

— Entonces… ¿hace cuánto no te habla?

La voz de Hipo hizo que Jack se girara hacia él. El castaño estaba recostado en su brazo, con una sonrisa ladeada. Jack se cruzó de brazos y resopló. Astrid, por su parte, mordía su manzana con total indiferencia, como si estuvieran hablando del clima.

— Desde el jueves —respondió Jack.

Hipo alzó las cejas. Astrid asintió con lentitud mientras masticaba.

— ¿Saben? Era mejor cuando me odiaba. Al menos me lanzaba algo de desprecio y sarcasmo.

— No entiendo… ¿entonces le gustas?

— Ni idea —dijo Jack con honestidad.

El tono liviano provocó que Astrid lo mirara con más interés.

— ¿Ya asumiste que te gusta?

— Pensó en besarla. Fue toda una revelación —aportó Hipo y Jack lo fulminó con la mirada.

— Haddock… Podría decir muchas cosas, pero no voy a decir ninguna —replicó Jack con tono resignado. Hipo solo sonrió, satisfecho. Astrid alzó una ceja, divertida. — En fin… honestamente, me consideraba bastante bueno interpretando a las mujeres. Pero no sé qué significa que me traten como si tuviese la peste.

— Recuerda que es la Reina de Hielo —comentó Astrid.

Jack se acomodó en el asiento.

— ¿Entonces qué hago para hablar con ella? Porque a donde sea que voy, desaparece…

— El otro día me dio la sensación de que se escondía detrás de una planta… —murmuró Hipo, pensativo.

Jack alzó una ceja. Astrid frunció ligeramente el ceño.

— ¿Elsa? ¿Detrás de una planta? Imposible — Jack se pasó una mano por el platino cabello— Amigo, estoy en blanco.

— Las mujeres son un misterio… —suspiró Hipo.

— O ustedes son unos idiotas —dijo Astrid sin levantar la vista.

Hipo fingió estar ofendido, mientras Astrid sonreía con sutileza. Luego miró directamente a Jack.

— Frost, déjame ver si entendí. ¿Pasó algo entre ustedes?

— No. O sea… —Jack dudó, lanzándole una mirada a Hipo. El castaño asintió levemente, como si le dijera que era seguro confiar. Astrid esperó en silencio— Bien…

Jack le contó a Astrid lo que había ocurrido, con menos detalle que a Hipo, especialmente en lo referente a la conversación con Elsa. Para sorpresa de ambos, Astrid tuvo más reacciones de las esperadas. Cuando mencionó el impulso de besarla frente a los casilleros, la rubia abrió ligeramente los ojos, como si el interés le ganara por un instante.

Al terminar el relato, hubo unos segundos de silencio.

Entonces Astrid suspiró.

—¿Y por qué no la besaste?

Jack se echó hacia atrás, con expresión incrédula.

— Aprecio mucho mi vida.

Hipo se rio por lo bajo. Astrid no halló fallas en la respuesta y Jack sonrió levemente, preparándose para hablar otra vez.

— No, hablando en serio… no tengo idea. Además, no sé si sería prudente siquiera insinuarle que me gusta.

— ¿Crees que te rechazaría?

— ¿Honestamente? Es lo más probable.

— Quizá podrías insinuarte… un poco —sugirió Astrid.

Jack e Hipo la miraron como si acabara de proponer invadir un país.

Astrid frunció el ceño, para luego continuar:

— ¿Qué? ¿Me vas a decir que te da vergüenza?

— No, solo necesito instrucciones claras —replicó Jack. — Recuerda que estamos hablando de Elsa Arendelle, Hofferson.

— ¿Y? Es una chica, Frost, no un monumento nacional — contraatacó la rubia.

Hipo alzó una ceja.

— Aunque a veces pareciera que va a aplastarte con una tormenta… — comentó el castaño.

Hofferson le golpeó el brazo y Haddock se quejó. Jack se rio por lo bajo, pues sabía que probablemente aquello sí le había dolido a su amigo.

— No sé, Frost… camina cerca de ella, dile que su peinado es bonito o que se ve bien arreglando…

Se detuvo.

Arreglando focos. Iba a decir eso.

Mierda.

Astrid evitó mirar a Hipo, pero igual lo miró de reojo, justo a tiempo para notar cómo se quedaba quieto, con la naranja a medio pelar.

—… tus malos hábitos de estudio —completó, más firme de lo que esperaba.

Hipo bajó la mirada y continuó con su naranja, fingiendo estar completamente neutral.

Jack, ajeno a todo, meditaba con el ceño fruncido.

— El problema es que tal vez se asuste.

Hipo soltó una risa genuina. Jack lo miró con falsa molestia.

— Qué falta de respeto, Haddock. Tengo un problema serio y tú aquí burlándote…

— Solo me causa gracia que ahora te preocupe asustar a una chica — respondió el castaño. Jack juntó las cejas sin entender e Hipo rodó los ojos — Amigo, no sé si lo sabías, pero tú eres coqueto con la gente.

— ¿Perdón? ¿Qué soy qué?

— Frost, le guiñas el ojo a las chicas con demasiada facilidad —intervino Astrid, volviendo a morder su manzana. — Una vez lo hiciste con las chicas de Atletismo y tuve que escucharlas hablar de eso durante una semana. Horrible.

— ¿Qué? ¿Cuándo?

Astrid rodó los ojos y miró a Hipo como si estuviese pidiendo asistencia. El castaño se rio, aún pelando su naranja.

— ¡A Elsa también le has dicho cosas! —añadió, entre risas.

— Exacto y me decapitó con la mirada —respondió Jack, cruzándose de brazos.

— Eso era antes de lo del casillero… —dijo Astrid.

Aquello provocó que Jack rompiera un poco su postura despreocupada. Hipo lo notó y sonrió.

— Sin embargo, guiñar el ojo no significa nada. Es un tic amistoso. Una expresión cultural —bromeó Jack.

— Claro. Una expresión que casualmente atrae a las chicas —remató Hipo, comiendo un gajo de su naranja. — Sin mencionar tu atractivo físico y sonrisa de comercial de pasta dental.

Jack lo miró con el ceño fruncido, luego se echó a reír.

— Eso es, sin duda, lo más gay que me has dicho.

— No te confundas, no soy plato de segunda mesa —respondió Hipo, como si hablara de clima. Astrid rodó los ojos con una sonrisa y Jack se rio.

— Bueno, si empezamos con eso, tú también tienes lo tuyo —añadió Jack, alzando una ceja. Hipo se rio, terminando su naranja. — Si alguna vez necesitan un carpintero o un maestro de robótica, eres el hombre. Eso de levantar cajas y muebles también es una cualidad que atrae a las chicas, ¿cierto, Hofferson?

Hubo un pequeño silencio. Astrid tragó el último bocado de manzana. Ante el repentino silencio, reemplazando la negativa absoluta y fulminante que se esperaba, Hipo abrió un poco sus ojos verdes, incluso aguantó la respiración.

¿Acaso…?

Astrid abrió la boca para decir algo… pero en ese preciso instante, sonó la campana.

— Me voy —dijo Astrid, levantándose con una velocidad ligeramente sospechosa.

Hipo la siguió con la mirada, acumulando la cáscara de naranja sin mucha prisa.

Jack observó la escena en silencio, también con los ojos abiertos.

— ¿Acaso…? — comenzó Frost.

Hipo negó firmemente con la cabeza.

— Ni idea. — dijo. Jack estaba empezando a sonreír cuando su mejor amigo lo señaló firmemente con un dedo — Ni una palabra.

El capitán de hockey levantó las manos, mientras Haddock recogía su bandeja.

— ¡Oh, vamos! ¡Pero…!

— Frost…

— Haddock…

Ambos comenzaron a caminar mientras se reían.

Hipo Haddock se quedó en silencio luego de unos momentos, descartando las sugerencias de Jack. Porque era completamente ridículo que Astrid Hofferson creyera que él fuese atractivo. Simplemente vulneraba toda lógica, tanto escolar como biológica.

O eso creía él.

En otro pasillo de la escuela, una chica rubia, apenas estuvo suficientemente lejos del comedor, dejó de caminar. Apretó las correas de su mochila con más fuerza de la necesaria, recordando la pregunta de Frost con rechazo.

No había respondido una negativa, a pesar de que estaba preparando una.

Recordó el rostro de Hipo pelando la naranja y mirándola con un dejo de sorpresa.

Mierda.

Astrid sacudió la imagen, retomando el andar por el pasillo.

Era de nuevo Hipo Haddock asaltando su cabeza y molestándola con su gentileza genuina. Nada más que eso.

Nada. Más.

 

oOoOoOoOoOoOoOoOoOoOo

La biblioteca estaba tal como la había dejado el miércoles: ordenada, silenciosa y con Bella en el mostrador. Jack se dirigió al rincón donde solía encontrarse con Elsa Arendelle, pero alzó una ceja al notar que ella aún no había llegado. Miró la hora: faltaban solo tres minutos para el inicio de la tutoría. Luego, observó a su alrededor, escudriñando cada rincón y cada planta del lugar.

Por supuesto que Elsa no se escondería detrás de una planta... Estúpido Hipo.

— Oh, Jack… —lo llamó Bella.

Jack se volteó con una sonrisa que ella le devolvió.

— Hola, Bella. ¿Has visto a Elsa? —preguntó.

Bella asintió.

— Sí, dijo que viene enseguida — respondió Bella. Jack asintió — Está organizando la limpieza…

— ¿Limpieza?

— ¡Sí! Es algo que hacemos una vez al año, pero tuvimos que adelantarla porque llegaron muchas colecciones nuevas. — respondió Bella. Jack se apoyó en el mostrador, interesado — De hecho, es bastante trabajo. Elsa está dividiendo las tareas para que, en vez de trabajar tres tardes enteras, solo sean dos.

Ante eso, Frost alzó una ceja.

— ¿Tanto trabajo es?

— Sí. Tenemos que revisar cada rincón de este espacio y, por supuesto, limpiarlo — dijo Bella, señalando a toda la fachada.

En ese momento, la biblioteca le pareció más grande que nunca. Jack observó los diversos pasillos con libros, sin mencionar que los espacios para estudiar estaban más al fondo. Las estanterías alcanzaban el techo, teniendo que a veces usar escaleras para sacar algunos ejemplares. El suelo era de alfombra, por lo que quizás también tendrían que limpiar todo eso.

Al imaginar a Elsa sola preocupándose de todo eso, le dio una sensación extraña de nombrar.

Sin embargo, antes de que pudiera decir algo, Elsa Arendelle apareció, con aquel andar elegante tan propio de ella. Traía un cuaderno abierto y chequeaba una lista. Llevaba su trenza perfectamente peinada y, como siempre, su espalda recta.

Apenas la vio, Jack le dedicó una sonrisa. Ella asintió con la cabeza, girándose a Bella.

Apenas lo había mirado.

— Bella, conseguí algunos implementos con Linguini para el viernes — dijo Elsa, entregándole una hoja impresa. La castaña asintió, revisándola — También tenemos a Mérida, Anna y Rapunzel. Las chicas dijeron que se unirán a nosotras, terminando sus actividades en el club.

— ¡Eso es una noticia maravillosa! Serán de gran ayuda — dijo la castaña, sonriendo de felicidad. Elsa asintió otra vez, satisfecha con la reacción. — ¡Oh! Justo estaba comentando con Jack lo de la limpieza…

La expresión de Elsa no cambió. Ella miró a Jack, pero con una seriedad que no le veía desde el primer día de tutoría.

¿Qué demonios?

— ¿En serio? — pronunció Elsa. Jack asintió.

— Si necesitan ayuda, puedo venir…

Hubo un silencio corto. Elsa acomodó su cuaderno. El aire se sintió denso.

— No te preocupes, sé que tienes entrenamiento de hockey ese día —respondió Elsa, seca, y cerró el cuaderno con un leve clac.

Jack parpadeó.

— Solo ofrecía ayuda —dijo, con un tono algo más bajo, entre confundido e incómodo.

— Lo sé —respondió ella, sin mirarlo del todo.

Bella los observó en silencio, percibiendo el cambio en el ambiente. Fingió revisar su monitor para no interrumpir.

— Bueno… —dijo Jack, intentando recuperar algo de la ligereza habitual—. Supongo que entonces podemos comenzar la tutoría…

Elsa asintió, girándose hacia el rincón donde siempre estudiaban.

Caminaron en silencio.

El espacio era el mismo: la mesa de madera, dos sillas frente a frente, y muchos papeles en la carpeta. Sin embargo, el aire entre ellos era distinto. Jack lo sintió apenas se sentaron.

Elsa sacó sus apuntes con eficiencia. Jack ni siquiera había terminado de abrir su cuaderno cuando ella ya le había deslizado una hoja.

— Es un resumen del contenido hasta el minuto, organizado por fechas. Te ayudará para estudiar.

Jack lo recibió, buscando un contacto visual que no llegó.

— Gracias…

Elsa no respondió, solo abrió su propio cuaderno y comenzó a anotar.

Jack se quedó mirándola por unos segundos. Ella no lo miraba, no hacía el menor esfuerzo por sostener la conversación que normalmente fluía entre ellos, incluso cuando discutían. Hoy, todo era distante. Frío. Robótico.

No había rastro de aquella chica que le había cocinado la cena en su casa.

Jack bajó la vista al resumen.

La tutoría continuó con ese ambiente irrespirable. Bella miraba furtivamente, pues al parecer se dilataba hasta su puesto habitual. Jack le mostró a Elsa algunos ejercicios de las asignaturas y ella solo asintió, dándole a conocer los puntos que estaban bien y los que debía reforzar. Sin embargo, su voz sonó monótona, controlada.

Al llegar el momento de irse, Elsa tomó sus cosas con una calma engañosa. El chico intentó nuevamente buscarle la mirada, pero no lo logró. Bella notó cómo ambos se levantaban y salían de la biblioteca con un andar diferente al de siempre. Se parecía a cuando Jack le había solicitado tutorías a Elsa. La mayor de las Arendelle guiaba la marcha, inesperadamente rápida y Jack Frost la seguía de cerca. Esta vez, con el ceño fruncido.

Bella levantó las cejas, resoplando.

Hoy su novela de los martes y miércoles no había sido tan maravillosa como otras veces.

Jack y Elsa caminaron por los pasillos. Jack intentaba decir algo, pero ella no daba espacio, caminando rápido y constante. Era como si quisiera escapar de él a toda costa. Elsa, por su parte, mantenía la vista al frente, impasible, como si no notara el peso de su presencia junto a ella.

—¿Se puede saber qué demonios fue eso? —soltó Jack de pronto, con el tono contenido pero firme.

Elsa siguió caminando.

— No sé de qué hablas.

Jack bufó, frustrado.

Entonces, aceleró el ritmo y se puso al lado de ella, caminando a la par.

—¿En serio? ¿Acaso imaginé que me hablaste en monosílabos durante una hora?

— Te dije lo justo y necesario…

— Elsa — la llamó. La chica apretó su mochila sin dejar su marcha, lo cual no pasó desapercibido para él. Bien. Al menos ahora se estaba mostrando un poco más humana — Mira, si estás enojada por algo, podrías decirme qué hice mal en vez de tratarme como si tuviera lepra.

— No estoy enojada —replicó Elsa, aún con la vista al frente.

— ¿Entonces qué es? Porque pareciera que me estás evitando. Al principio pensé que era curioso, pero después de hoy…

— Entiende una cosa, Frost — ahora sí Elsa fijó sus ojos en Jack. Fue como si tomara fuerza para decirle las siguientes palabras, mientras caminaba con decisión. — No te estoy evitando, no sé qué estarás pensando, pero si tú tienes entrenamientos de hockey, yo tengo la biblioteca y otras responsabilidades ¿Crees que estaría pendiente de ti, precisamente, con todo lo que tengo que hacer?

— ¿Y qué tiene que ver estar ocupada con comportarte como un robot?

— ¿Disculpa?

— ¡Eso! ¡Me hablaste hoy como si fueras un ciborg o algo similar! ¡Con suerte saludaste!

— ¡¿Un ciborg?! ¿Entonces qué? ¿Tengo que acaso estar feliz todo el tiempo para que tú pienses que no estoy enojada? ¿Desde cuándo hay que ser tan altruista con las personas?

— ¡No entiendo lo que te pasa ni lo que dices! ¿Es conmigo?

— ¡No!

Sin embargo, un golpe interrumpió la discusión.

Elsa había chocado de lleno contra uno de los pilares del pasillo. El impacto fue más ruidoso que fuerte, pero suficiente para hacerla detenerse y llevarse la mano a la frente con una mueca de dolor.

Jack se detuvo en seco, sorprendido por el golpe. La molestia fue reemplazada por genuina preocupación, sobre todo cuando la Reina de Hielo soltó un quejido y no bajaba la mano de su frente. Se acercó enseguida.

— ¿Estás bien? —preguntó, tocándole el brazo con suavidad.

La piel ardió apenas él la tocó. Pero Elsa no se apartó.

Estaba francamente cansada.

— Estoy bien —soltó ella, entre dientes, con las mejillas rojas. No sabía si de vergüenza o alteración. — No te preocupes por mí.

— Un golpe en la cabeza siempre es algo para preocuparse —insistió él, intentando apartarle la mano para ver el golpe— Déjame ver.

— No necesito que me revises nada, Frost.

— ¡Dios! ¿Vas a dejar de discutir de una vez? —replicó, mirándola con una mezcla de fastidio y ternura— En la biblioteca tú mandas, pero cuando se trata de golpes, aquí el capitán de hockey soy yo.

Elsa, derrotada, simplemente no dijo nada más. Jack apartó la mano de su frente con suavidad. La chica intentó no mirarlo, pero fue imposible. El capitán de hockey tenía el semblante concentrado, sus ojos azules fijos en la frente de ella. Estaba muy cerca. Los dedos sobre su piel se sintieron como electricidad y Elsa, nuevamente, se debatía si estaba enferma o a punto de desmayarse.

— Necesitas hielo, ven conmigo…

Antes de que ella pudiera protestar, el chico la guio con delicadeza, con sus dedos alrededor de su muñeca, hacia el gimnasio de hockey. La enfermería no atendía a esa hora, pero Jack sabía que el gimnasio estaba abierto. Elsa no se resistió del todo, aunque su expresión seguía tensa, a medio camino entre la indignación y la resignación.

Jack Frost era un dolor de cabeza. Literalmente.

Ya en el gimnasio, Jack lo recorrió como si estuviera en su segunda casa. Llevó a Elsa a una zona cerca de los camarines, donde había una pequeña sala. Elsa hubiese pensado que era un armario de conserje antes de que Jack abriera la puerta. Adentro, el chico sentó a su tutora en una de las sillas que había. Luego, abrió el pequeño congelador junto al botiquín y sacó una bolsa de hielo. Se la extendió con una sonrisa ladeada.

— Para la Reina de Hielo.

Elsa resopló y tomó la bolsa sin decir palabra, presionándola contra su frente. Estaba avergonzada, sí, pero al parecer el golpe le había disipado un poco su molestia e incomodidad.

La realidad era muy sencilla: él la estaba volviendo loca y ella no tenía idea de cómo lidiar con eso.

— Gracias —dijo, sin mirarlo.

Jack se sentó en la silla frente a ella y la observó con una sonrisa más cálida.

— Nunca te había visto chocar con nada. Pensé que eras inmune a los obstáculos físicos.

Elsa solo suspiró.

— Suelo ver por dónde camino…

Jack se acomodó en la silla, observándola con el ceño apenas fruncido. Elsa aun mantenía la bolsa de hielo presionada contra la frente. Intentaba mantener una postura inquebrantable, pero Jack notó que bajó sus ojos azules y tenía las mejillas ligeramente sonrojadas.

Podría apostar a que era una de las pocas personas que la había visto con esa expresión.

Aquel pensamiento provocó un cosquilleo familiar.

— Oye —dijo él. Elsa levantó un poco la vista— No estoy molesto, ¿de acuerdo? Lamento si te presioné…

Elsa lo miró por un momento y luego apartó la vista, bajando la bolsa de hielo. El frío aún le recorría la piel, pero por dentro había una sensación más inquietante.

— No estoy enojada contigo —murmuró al fin— Y también lamento si… si fui muy ruda hoy.

Jack la observó en silencio. Luego, con una media sonrisa, alzó una ceja.

— Parece que el golpe fue efectivo.

Elsa resopló con una risa suave, inesperada.

El capitán de hockey sintió que le dio un vuelco el corazón.

— Idiota —susurró, sonriendo levemente.

Jack se inclinó un poco hacia ella, su voz ahora más seria, aunque aún cálida.

— Puedes decirme lo que sea, ¿sabes? No voy a juzgarte. Si te pasa algo… puedes decirlo. No soy tan tonto como para no notar que algo te pasa.

Elsa bajó la mirada. Sus dedos jugaron con la bolsa de hielo, moviéndola lentamente entre sus manos.

Soñé contigo el jueves y desde ahí no puedo sacarte de mi cabeza

El pensamiento fue claro, pero por supuesto que no llegó a materializarse en su voz. Elsa apretó un poco la bolsa, sintiendo cómo su corazón latía en sus oídos.

En vez de esto, juntó todas sus fuerzas, inhaló con suavidad y respondió:

— Solo estaba estresada por la limpieza. Quiero que todo salga bien.

Jack la miró un segundo más, como si supiera que no era toda la verdad.

No obstante, asintió.

— Si no tuviera entrenamiento el viernes, iría —dijo con sinceridad.

Elsa levantó la vista y asintió también.

— Lo sé.

Se hizo un silencio breve. Uno cómodo, por primera vez en toda la tarde.

El golpe ya no dolía. Jack no decía nada más. Solo la miraba como si pudiera esperarla siempre.

Entonces Elsa, mientras observaba el suelo de ese pequeño cuarto en el gimnasio, aún se debatía qué pasaba en su corazón.

 

oOoOoOoOoOoOoOoOoOoOo

La pista de atletismo hervía bajo el sol de la tarde. Los vikingos de Berk estaban cada uno en las actividades de su club, mientras Astrid avanzaba con pasos firmes por la recta final de su circuito. En las graderías, Hipo estaba sentado con las piernas cruzadas, el notebook abierto sobre una mochila y varios esquemas desplegados a su alrededor. De vez en cuando levantaba la vista, no tanto por interés en el deporte, sino porque Astrid estaba ahí.

— ¡Vamos, Hofferson, una más! —gritó la entrenadora Tigresa, cronometrando con atención.

Astrid asintió sin perder el ritmo. Justo cuando retomaba la carrera, un pequeño revuelo la hizo mirar hacia su izquierda: una de sus compañeras, Moana, se había tropezado en la curva de la pista y estaba sentada en el suelo, con una mano sobre el tobillo y los ojos apretados por el dolor.

— ¿Estás bien? —preguntó Astrid, acercándose de inmediato.

Moana solo alcanzó a negar con la cabeza, contenida, aunque una lágrima silenciosa se deslizaba por su mejilla.

Tigresa frunció el ceño y se acercó con paso firme.

Hipo cerró el notebook de golpe y bajó las gradas con decisión.

— Parece una torcedura. Hofferson, ve por la enfermera. Que la traigan en silla de ruedas.

— Sí, entrenadora —respondió Astrid, a punto de irse.

No obstante, antes de que diera el primer paso, una sombra se interpuso en la escena.

— ¡Haddock! ¿Cuántas veces debo decirte que NO entres a la pista?

— Lo sé, entrenadora —respondió Hipo, mientras se agachaba—. No se preocupe, me iré enseguida. Yo la llevaré.

— ¿Tú? —preguntó Tigresa, alzando una ceja.

Varias integrantes del equipo la imitaron, incluida Astrid.

Hipo no respondió. Miró a Moana con cuidado. La chica aún estaba en el suelo, con los ojos llorosos.

— ¿Te duele si te levanto? —preguntó con voz baja.

Moana negó con timidez.

Con una delicadeza sorprendente, Hipo la cargó en brazos como si no pesara más que una mochila. Moana se aferró a su cuello, visiblemente menos tensa, aunque un poco sonrojada. Entonces, sin decir nada más, Hipo Haddock se la llevó rumbo a la enfermería, cruzando la pista con paso seguro.

— Estoy toda sucia y sudada… —murmuró Moana, como si se disculpara.

Hipo se rio por lo bajo, sin aminorar el paso. No presentaba ni una pizca de cansancio o esfuerzo, lo cual sorprendió a Moana.

— No te preocupes. Hueles mejor que el comedor durante el almuerzo de los viernes —le dijo con honestidad.

Aquello hizo reír a Moana, a pesar de la punzada en el pie.

Las miradas los siguieron, incluida la de Astrid.

Algo se le revolvió en el estómago. No sabía si era porque Hipo estaba llevándose a Moana en brazos, porque reían juntos, o ambas cosas.

Dios…

— No tenía idea de que Haddock tuviera fuerza en los brazos —murmuró Tigresa, entre impresionada y confundida.

Astrid soltó una breve risa, intentando sonar natural.

— Yo tampoco… —murmuró, viendo cómo Hipo desaparecía al doblar la esquina. Parpadeó, apenas ladeando la cabeza— No solo es bueno con los muebles, al parecer.

La entrenadora la miró de reojo, sin decir nada. Pero Astrid aún tenía una expresión difícil de descifrar: como si estuviese interesada, pero confundida a la vez.

Lo único que apareció en su mente fue que le encantaría que Hipo Haddock la cargara en brazos por toda la escuela.

 

oOoOoOoOoOoOoOoOoOoOo

El miércoles llegó temprano. Bella le había dejado las llaves en el hall, pues tenía que revisar el sistema de códigos de la biblioteca. Justamente este se había averiado durante la tarde anterior. Una tragedia, pues lo necesitaban para la limpieza del viernes, si no, el trabajo quedaría incompleto.

Elsa abrió la puerta de la biblioteca y fue directo al mostrador. Intentó entrar al sistema y apareció un logo enorme que decía "ERROR". Elsa maldijo en su cabeza. El año pasado, Tadashi había reformado el sistema, pues la escuela nunca atendió a la solicitud de Bella. El joven japonés le había dicho que necesitaba mantención cada cierto tiempo, pero la escuela no había hecho su trabajo.

— Calma, Els… Esto se arreglará inmediatamente.

La voz calmada de Tadashi llegó a su memoria. Hace un año, él estaba sentado en el mismo lugar que ella, con su gorra y rostro concentrado. Elsa lo miraba aliviada, aunque nerviosa, pues no tenía idea de lo que estaba haciendo. Se ubicó al lado de él, de pie, como si estuviera haciéndole guardia.

— A todo esto, ¿pensaste en mi propuesta?

El silencio reinó en ese momento. Elsa Arendelle tensó sus dedos, a lo que Tadashi sonrió, aún mirando la pantalla.

— No tienes que responderme hoy, ¿sabes? — dijo. — Pero quiero que sepas una cosa…

Tadashi Hamada se levantó de su asiento y se colocó frente a Elsa. Ella lo miró, confundida. Él, con decisión, le tomó ambas manos. Era un contacto natural entre ellos, casi ceremonial a esas alturas. Sin embargo, Elsa notó que él se tomaba su tiempo para hablar. El joven levantó sus castaños ojos, directos a los azules de ella.

— Elsa, si pudiera, yo te cuidaría para siempre…

El corazón se le encogió. Tadashi seguía mirándola con algo mezclado entre ternura y súplica. Elsa le tomó ambas manos y respiró profundo antes de contestar.

Sin embargo, el chirrido de la puerta de la biblioteca interrumpió sus pensamientos.

Elsa frunció el ceño con confusión. Nadie venía a la biblioteca a esta hora. Faltaban treinta minutos para el primer bloque.

Alzó la vista. Su cuerpo se tensó de inmediato.

Una figura pelirroja y robusta se presentó en el lugar. Sus ojos verdes y rostro alargado eran inconfundibles. Llevaba la usual chaqueta del equipo de rugby y una sonrisa de suficiencia que Elsa ya reconocía como arrogancia y peligro.

Hans Westergaard.

El chico caminó como si el mundo entero le perteneciera, sosteniendo entre los dedos un volante que había despegado de la cartelera del pasillo. Normalmente, andaba con su grupo de deportistas. Todos le seguían en sus bromas y comentarios hostiles, además de reírse de forma despectiva. Hans era el líder de este grupo. Había intentado integrar a muchos, algunos con éxito, otros no.

Elsa y mucha gente de la comunidad escolar, lo consideraba un imbécil.

— Vaya, limpieza de la biblioteca —dijo mientras alzaba el volante en el aire—. Qué noble labor. Si quieres, puedo unirme. Tengo algo de tiempo libre...

— Si haces eso —respondió Elsa, fría— te reportaré a Dirección.

Hans sonrió, con esa expresión cargada de superioridad que conocía demasiado bien. Elsa apretó la mirada, intentando no parecer tensa frente a él.

— Relájate. Solo estoy bromeando. Aunque, pensándolo bien, ¿por qué no llamas a tu nuevo novio para que te ayude? Jack Frost últimamente parece un planeta en órbita contigo. Francamente, es desagradable a la vista.

Ante el nombre de Jack, Elsa se obligó a no cambiar la expresión de su rostro, aunque Westergaard notó un destello inusual en sus ojos azules.

Bingo

Elsa, con expresión seria, se giró para ordenar una pila de papeles con aparente calma, aunque sus dedos estaban rígidos.

No estaba dispuesta a responder tonterías.

— Ahora, mi pregunta es: ¿Por qué Jack Frost entre toda la masa de personas que podrían ser? — Elsa continuó ordenando. Hans no dejó de hablar — ¿Sabes? Nunca me agradó. Siempre con sus aires de ser amigo de todos, estando con ese nerd de Robótica bueno para nada. Además, lo eligieron capitán de hockey porque aparentemente Nicholas North era casi familia de su difunto padre…

Elsa se detuvo.

Hans sonrió.

— Oh, ¿así que sabías también que su padre murió? Es una historia muy triste, en realidad…

— Cállate — Elsa se volteó, rígida. Esta vez su rostro no era impasible, sino que tenía otra emoción más.

Rabia.

El rostro de Jack le vino a la mente. Luego, esa vez que bostezaba en su casa, la foto de su familia, cuando tomó en el aire a Mary, la cocina a medio ordenar…

No iba a aguantar que alguien como Hans se llenara la boca con la vida de Jack.

— Elsa Arendelle defendiendo a Jack Frost… — pronunció Hans.

El pelirrojo se acercó a ella como un depredador. Bordeó el mostrador, para luego entrar a la zona de recepción, en donde estaba Elsa viendo el sistema de préstamos. Ella no retrocedió, pero todo en su figura se tensó, lo cual nuevamente fue advertido por Hans.

— Entonces ¿Una historia de un padre muerto fue suficiente para convencerte? —preguntó el pelirrojo, con un tono grave y divertido.

Elsa afiló los ojos azules, sin abandonar su porte erguido.

— No voy a dejar que hables una palabra más — dijo Elsa. Hans seguía sonriendo y ella lo miraba como si carámbanos lo atravesaran — Vas a salir por donde entraste y rogar porque no te denuncie a Dirección por acercarte a mí. Esta conversación ya está cruzando la línea.

Hans ladeó la cabeza, con esa sonrisa falsa que no le llegaba a los ojos.

— Está bien. Solo te digo, Reina de Hielo… — el apodo sonó despectivo en su voz. Elsa no pudo evitar darse cuenta de la notoria diferencia con Jack. — Deberías alejarte de Frost, no es partido para ti…

Elsa volvió a mirarlo con furia helada. Hans se encogió de hombros, como si hablara del clima.

— He escuchado que le gusta jugar — comentó el pelirrojo. Elsa no movió un músculo de su rostro — Quizás ahora está apostando a ligas mayores. Por supuesto que la Reina de Hielo es una adquisición grandiosa para su historial…

— Eres un asqueroso…

— Mi consejo es, Elsa: no te lo tomes en serio, pues él no lo está haciendo.

Aunque no quiso, que le doliera fue inevitable.

Elsa apretó los labios, conteniendo las ganas de responderle algo más.

Entonces, la puerta volvió a abrirse. Una figura rubia apareció en el salón.

Astrid Hofferson.

— Veo que los tarados se levantan bastante temprano —comentó, mirando a Hans con severidad.

El cuadro era claramente extraño: Hans Westergaard estaba a unos pasos de Elsa Arendelle, detrás del mostrador. No había acción que lo incriminara de algo, pero el lenguaje corporal de Elsa fue suficiente para que Astrid se alertara.

Hans giró hacia ella. Su sonrisa se volvió aún más condescendiente.

— Astrid Hofferson, vaya… ¿Dónde está tu nueva mascota?

Astrid le devolvió la sonrisa, letal.

— ¿Y tú? ¿Dónde dejaste a tu séquito de imbéciles?

Hans soltó una breve risa nasal, alzó una mano como si nada hubiera pasado y se despidió con una inclinación de cabeza forzada.

— Que tengan un excelente día.

Hans avanzó a la entrada de la biblioteca, con un paso relajado y elegante.

Astrid lo siguió con la mirada hasta que la puerta se cerró.

— ¿Te hizo algo? —preguntó enseguida, volviendo la vista hacia Elsa.

— No. Solo es un desagradable —respondió Elsa, recobrando el aliento sin querer demostrarlo.

— Es un imbécil —corrigió Astrid sin tapujos.

Elsa esbozó, por primera vez en esa mañana, una pequeña sonrisa.

Astrid, sin quererlo, alzó una ceja.

Jamás la había visto sonreír.

— ¿Qué haces tan temprano en la biblioteca? — preguntó Elsa, con un tono bastante amable.

Otra sorpresa para Astrid. Nunca habían hablado realmente. De hecho, solo compartían algunas clases, donde la rubia observaba a Elsa como si fuese una estudiante modelo. Cada vez que hablaba para responder preguntas del docente, Arendelle parecía como si estuviese dando un discurso en el Congreso en vez de ser una chica como todas.

Aquello le generaba admiración, pero también cierta intriga.

— Vine a buscar un libro para mi trabajo de Geografía Cultural. Me tocó la cultura nórdica —dijo Astrid, encogiéndose de hombros, en un tono casual que tampoco era tan propio de ella.

Elsa asintió, luego se volteó a uno de los estantes.

— No tenemos sistema de préstamos activo hoy. Está todo muerto. Pero puedo pasarte uno que Bella me recomendó hace un tiempo. Está subrayado, pero es excelente.

— ¿Puedo llevármelo sin problemas?

— Sí. Dejaré anotado el código en el registro y le avisaré a Bella después.

Astrid asintió y esperó mientras Elsa sacaba el libro del estante que revisaba. Al recibirlo, lo sostuvo contra el pecho.

— Gracias, en serio.

Elsa asintió en silencio, sin saber bien qué responder. Astrid se quedó unos segundos más observándola, con una ligera expresión de extrañeza. Por primera vez desde que estaban en la misma escuela, sentía que Elsa Arendelle no era del todo esa figura intocable y gélida de la que todos hablaban.

Salió de la biblioteca sin decir nada más, pero con una idea clara en la cabeza.

La Reina de Hielo también es humana.

 

oOoOoOoOoOoOoOoOoOoOo

— ¿Cuántas novias ha tenido Frost?

La pregunta provocó diversas reacciones. Mérida casi escupe su jugo, Anna dejó el tenedor a medio camino y Rapunzel abrió sus ojos verdes de par en par. Elsa, en cambio, hundía la cuchara en su sopa como si hubiese hablado de cualquier otro tema.

— ¿Perdón? — pronunció Anna, alzando una ceja. Estaba entre divertida e incrédula.

— Eso, les estoy preguntando cuántas novias ha tenido Frost — aclaró Elsa, fingiendo serenidad.

Sin embargo, ese leve fruncido de ceño no engañaba a las personas que la conocían de, prácticamente, toda la vida.

Mérida fue la primera en hablar.

— ¿Se puede saber por qué ahora te interesa la vida amorosa de Frost? — preguntó la pelirroja. Elsa tomó un sorbo de jugo, intentando pensar.

— Bueno… es que escuché cosas, entonces pensé que ustedes podían aclararlo… — dijo la chica. Todas juntaron las cejas, nuevamente confundidas.

— ¿Cosas? — repitió Rapunzel. Elsa asintió.

— Sí, escuché a alguien decir que era un jugador… — respondió.

Ante esto, las chicas también tuvieron reacciones diferentes, las cuales no pasaron desapercibidas para Elsa. Mérida juntó sus cejas, pero miró pensativamente al techo. Anna se cruzó de brazos y Rapunzel negó con la cabeza, apretando los labios. Entonces, luego de cinco segundas, todas contestaron lo mismo:

— No lo creo

Elsa se sintió ridícula.

Pero aliviada.

— Els, hagamos un trato… — comenzó a decir Rapunzel, apoyando los codos en la mesa. La rubia la miró y su prima le sonrió — Voy a decirte todo lo que sé, pero solo si tú nos dices qué está pasando con Jack…

— ¡Sí! Nos tienes preocupadas… — aportó Anna.

Elsa suspiró. Observó a las tres chicas delante de ella.

Anna, su hermana.

Rapunzel, su prima.

Mérida, su mejor amiga.

Estaba segura de que ninguna la juzgaría, aunque algo aún se removía en su interior, como si contar todo lo que había sentido durante los últimos días, lo convirtiera en una realidad irrefutable. Eso le asustaba, porque por un lado entendía que lo que le estaba ocurriendo con Jack Frost era algo inevitable y creciente, pero por otro, no quería asumirlo.

No obstante, cuando miró a todas, lo entendió.

Debía soltarlo de una vez.

— De acuerdo — dijo.

Todas las chicas sonrieron.

— Bien — dijo Rapunzel. La chica tomó aire, como si fuese a contar una leyenda. Luego, miró a Elsa directamente — Lo que sé, es que Jack nunca ha tenido novia en la escuela. Ninguna. O al menos, ninguna oficial. Pero... el año pasado, estuvo saliendo con una chica que ya estaba en la universidad. Iba dos años más arriba que él.

—¿Qué? ¿Una universitaria? —repitió Anna, abriendo los ojos.

—Mhm. No sé mucho, solo la vi una vez. Tenía el pelo con mechones de colores, ojos de un morado grandioso y un maquillaje brillante, como salido de una paleta de acuarela. Hablaba con todo el mundo, de esa gente que te cae bien solo con compartir cinco minutos.

Mientras avanzaba el relato de Rapunzel, Elsa sintió cómo un pequeño nudo se formaba en su estómago. Todo en esa descripción parecía diseñado para ser el opuesto exacto a ella.

Colorida, espontánea, magnética.

Mientras ella era la Reina de Hielo, esta persona misteriosa parecía ser un hada de cuento.

— ¿Y cómo sabes tanto? —la voz de Mérida la sacó de sus pensamientos.

— Eugene —respondió Rapunzel con una sonrisa de suficiencia— Es más chismoso que yo. Solo necesitas cinco minutos y un café para enterarse de la vida de media escuela. Además, recuerden que pasé tiempo con el equipo de hockey y no se caracterizan por su sutileza.

Las chicas estallaron en carcajadas. Incluso Anna se apoyó en Mérida de lo mucho que llegó a reír. Pero Elsa solo curvó los labios, en silencio.

Algo de todo eso la lastimaba, pero aún no procesaba qué.

No obstante, en ese momento, tenía todos los ojos de sus amigas puestos en ella.

Elsa suspiró.

— No sé cómo empezar — dijo ella, bajando un poco la vista. Las chicas le sonrieron.

— Quizás nos podrías contar qué ha estado pasando para que te ocultes de Frost — comentó Mérida. Elsa frunció el ceño y, antes de que pudiese replicar, la pelirroja se adelantó — Els, en serio, el otro día te escondiste detrás de una planta… Debo admitir que fue divertido, pero no es propio de ti.

— Yo… — pronunció la rubia. Sin embargo, se calló a medio camino — De acuerdo. Sí está pasando algo con él…

Las chicas la miraban con especial atención, por lo que Elsa intentaba no hacer contacto visual directo. Estaba revolviendo su sopa con sumo cuidado, como si fuese la actividad más importante en ese momento.

Sus amigas se quedaron en silencio, permitiéndole continuar.

— Creo que durante las tutorías me di cuenta de que no es el grandísimo payaso que esperaba — admitió Elsa. — Es… hasta agradable estar con él, incluso similar a cómo me siento con ustedes…

— ¿Y si es tan bueno por qué te escondes? — preguntó Anna.

Elsa suspiró.

— Frost me confirmó que fue él quien hizo lo de las fotos, ya saben, lo del profesor Ratcliffe — mencionó Elsa. Las chicas abrieron los ojos, no de tanto asombro, sino porque se evidenciaba su teoría. — Bueno, fue él con ayuda de Hipo… Fui a encararlo, porque puede perder la beca si es que se mete en problemas…

— ¿A encararlo? ¿Qué le hiciste? ¿Lo encerraste en una sala de interrogatorios y le pusiste una lámpara encima? — preguntó Mérida.

Las chicas rieron un poco. Elsa apretó los labios.

— Fui a su casillero — reveló ella. En este punto del relato, las chicas notaron que había un temblor pequeño en su voz. Casi imperceptible — Al principio, les prometo, quería decirle que era un idiota por hacer algo así… pero después, bueno…

Ante la pausa de Elsa, las chicas volvieron a abrir los ojos, expectantes. Miles de teorías se disparaban en la mente de cada una. La rubia volvió a tomar aire antes de continuar.

— Me hizo reír y…

Los ojos azules de Jack llegaron a su mente, junto con su sonrisa mientras se apoyaba en el casillero, a un paso de ella. Elsa lo sintió como una sacudida extraña.

Genial, otro síntoma a la lista de la enfermedad llamada Jack Frost.

— … y me dijo que arriesgaría su beca todos los días por mí.

Nuevamente hubo una ola de reacciones por parte del grupo. Mérida se tapó la boca con las dos manos, Rapunzel sonrió ampliamente y Anna ahogó un grito que era entre sorpresa y máxima felicidad.

Elsa solo quería que la tragara la tierra.

— ¡Ay, Dios! ¡De verdad esto es un drama coreano! — explotó Anna. Mérida y Rapunzel se rieron y Elsa juntó las manos, intentando no parecer tan avergonzada. — ¡Elsa! ¡Por favor dime que se besaron y moriré feliz!

Elsa casi se atragantó con su propia saliva. Esta vez, había un pequeño rubor en sus mejillas.

— ¡Por supuesto que no! De hecho, lo que viene ahora es… patético.

— ¿Qué?

— No puedo hablarle — admitió Elsa. Esta vez sus amigas no se rieron, pues vieron que ella tenía un semblante de preocupación. — Simplemente no sé cómo comportarme normal. No puedo decirle dos frases juntas.

Omitió por completo que ayer chocó con un pilar en el pasillo.

La idea se entendía de todas maneras.

— ¿Te pone muy nerviosa? — preguntó Rapunzel. Elsa asintió — ¿Y cómo lo hacías con Tadashi?

— Con Tadashi no se sentía como que quemara la piel…

Se arrepintió de inmediato, pues esa declaración provocó que, nuevamente, las tres chicas frente a ellas quedaran con los ojos abiertos de par en par. Elsa entendió lo que había dicho y, nuevamente, hubiese deseado desaparecer en una bomba de humo.

Luego de los ojos abiertos, llegaron las sonrisas.

— Elsa… — comenzó Mérida. Elsa la miró y su amiga sonrió de forma satisfactoria — Te gusta Jack Frost.

La frase cayó como una piedra lanzada a un lago helado. Elsa sintió el calor subirle hasta la coronilla.

Su corazón latía fuerte. Sus manos estaban frías. Su estómago hecho un nudo.

Pero no dijo nada.

No asintió.

No negó.

Solo se quedó mirando el fondo del plato, como si ahí estuviera la respuesta a algo que todavía no podía admitir.

No del todo.

No aún.

Porque el nombre de Jack Frost se repetía en su mente como un eco…

La pregunta seguía abierta, sin una forma clara.

¿De verdad me gusta?

Y por primera vez, no supo qué responderse.

 

oOoOoOoOoOoOoOoOoOoOo

— A todo esto, ¿no les parece que Hipo Haddock tiene lo suyo últimamente?

El nombre la sacudió.

Astrid pestañeó con incredulidad, disimulando lo mejor que pudo. Por suerte, estaban en el camarín, cada una en lo suyo, concentradas en cambiarse luego del entrenamiento. Nadie pareció notar su reacción.

Levantó la vista. Moana estaba sentada en uno de los bancos, abrochándose las zapatillas con calma. Tenía el cabello húmedo, las pestañas aún empapadas y esa piel polinésica que todas envidiaban. Era hermosa. Serena.

Y estaba hablando de Hipo.

— ¿Hipo Haddock? ¿El del Club de Robótica? —repitió Tinkerbell, alzando una ceja mientras se acomodaba el moño—. En nombre de todo lo bueno del mundo, ¿qué atractivo podría tener él?

Astrid frunció apenas el ceño. El tono despectivo le pareció injusto… e irritante, por alguna razón que no lograba entender del todo.

— Ay, Tink, no seas desagradable —intervino Wendy, con tono suave. Estaba enfundándose la chaqueta del equipo—. Es verdad que es un poco nerd, pero también simpático. Una vez me arregló mi tablet en dos segundos. Fue muy tierno.

— ¡E inesperadamente fuerte! —agregó Vanellope, una chica unos años menor— ¡Hizo el numerito de caballero con Moana! La cargó como princesa, ¿se acuerdan?

— Totalmente. Atravesó toda la pista con ella en brazos. Directo a la enfermería. Eso no lo hace cualquiera.

Los comentarios estaban llegando como punzadas de incredulidad.

¿Desde cuándo Hipo había captado la atención de las chicas?

¿Qué demonios…?

— Me pregunto si ha besado a alguien alguna vez —comentó Tink, pensativa y con la nariz ligeramente arrugada—. No sé… parece de esos que nunca han tenido novia.

— No todo el mundo tiene tu historial — respondió Moana, sonriendo. La rubia chica la fulminó con la mirada y la morena se encogió de hombros — Además, ¿Terence ha besado alguna otra chica o…?

— ¡Terence es otra cosa! Es… un amigo.

— Un amigo que desaparece contigo en todos los almuerzos. Conveniente. — comentó Wendy, entre risas.

Tinkerbell le lanzó una camiseta sucia a Wendy, mientras el resto reía a carcajadas.

Normalmente, Astrid hubiese sonreído, pero no fue el caso. La rubia sintió que el aire cambiaba a su alrededor. Una punzada extraña le recorrió el pecho. Porque ella sabía la respuesta a lo de Hipo.

Claro que había besado a alguien.

A mí…

Por supuesto.

En primero, en el juego estúpido en el que todos estaban impacientes.

El recuerdo le vino a la mente en una fracción de segundo.

Sin embargo, la imagen del Hipo de primer año cambió por la del de ahora. El beso inocente en el armario se transformó por completo.

La escena en su mente la hizo temblar: el cabello castaño y largo de él, una de sus manos, fuerte y segura, en su mejilla. La otra en su cintura…

¿Qué…?

— Astrid, ¿y tú? —preguntó Wendy, sonriendo. La chica no supo que estaba sacándola de golpe de sus pensamientos— Has pasado más tiempo con él, ¿no? ¿Qué opinas?

Astrid abrió la boca, pero no alcanzó a decir una palabra.

Moana se había puesto de pie y sonreía al grupo.

— No sé —interrumpió Moana, con la misma calma de siempre— Quizás lo invite a salir.

Las chicas de Atletismo rompieron a reír nuevamente, dándole ánimos a Moana, quien lanzó una pequeña risa mientras salía del camarín. Astrid quedó sola unos segundos, procesando lo que había ocurrido.

El cierre de su bolso sonó más fuerte de lo necesario.

Algo se tensó en su interior. Una especie de alarma sorda que se encendió sin aviso.

Se puso en marcha. Sabía perfectamente a dónde dirigirse.

En el fondo, una certeza crecía como un cosquilleo en la nuca, como una urgencia que no podía ignorar:

Tenía que ver a Hipo. Ahora.

oOoOoOoOoOoOoOoOoOoOo

Notes:

¡Hola, queridas lectoras!

Antes de todo, creo que llegó el momento de dar crédito a una persona que me ha ayudado como Beta de este fanfic: Lina-san. Mi hermana querida, este fanfic no sería lo mismo sin ti y tu ayuda.

Le doy muchas gracias también a Moon_light77, quien ha sido fiel lectora de este fanfic ¡Gracias por tus comentarios!

¿Qué piensan que podría ocurrir ahora? Les adelanto que se viene mucho, sobre todo porque apareció el feo de Hans Westergaard.

Cariños, 

Aglae

Notes:

¡Hola, lectores! Espero que se encuentren muy bien.
Debo decir que me animé a hacer esta historia por varios motivos. Uno de ellos, es entretener. También, les agradecería demasiado que pudiesen comentarme qué les parece y cómo creen que va avanzando todo.
¡Un saludo!

Aglae