Chapter Text
Una hora y media después.
Campamento de los Chocobros.
Cor llegó a las afueras del campamento.
El Regalia reposaba junto al camino, reluciente entre el pasto. Cor estacionó a su lado, bajó del auto y se quedó unos segundos mirando el lugar.
—Sigue igual —murmuró, con las manos en la cintura.
De pronto, desde la tienda almacén salió caminando el Moguri, cargando varias cajas apiladas, mientras el Carbuncle de Noctis descansaba felizmente en una silla.
—¡Oh, hola Cor! —saludó el Moguri con naturalidad.
Cor levantó la mano en respuesta y se acercó con su paso firme.
—¿Viste las noticias de ayer? —preguntó sin rodeos— Lo de la reconstrucción de Insomnia.
Y dime algo, tu Organización… ¿acaso está manipulando al Imperio?
El Moguri dejó la caja sobre una mesa y lo miró con una mezcla de ironía y resignación.
—Vaya, directo al grano, ¿eh? Supongo que no esperaba menos de ti.
Suspiró.
—Eso será largo… ven, vamos a la tienda principal.
Ambos entraron, seguidos por el Carbuncle, que se subió a la mesa del fondo junto al microondas, moviendo su colita.
Cor observó el interior con curiosidad:
A la izquierda, el sofá de cuero, el proyector portátil, la lona blanca, una mesita llena de películas Red-Ray.
Pero al girar a la derecha… se detuvo en seco.
Frunció el ceño.
—¿Qué carajos es eso?
Una pizarra gigante, en letras grandes se leía:
PROTOCOLO E-47: OPERACIÓN INTEGRACIÓN DE ETIQUETA CON EXHIBICIÓN.
Debajo, una maraña de notas, diagramas y líneas rojas conectaban hojas con fórmulas, dibujos anatómicos y croquis tan elaborados que parecían sacados de un archivo clasificado… o de una comedia.
En el centro, destacaba un boceto detallado de Prompto: nervioso, flexionando el bíceps, mientras Noctis lo palpaba con expresión de vergüenza.
Más al fondo, un dibujo de Lunafreya observándolos con el rostro en blanco y una nota al costado:
Pendiente de reacción.
Y al pie, subrayada con impecable caligrafía de Ignis, una frase inconfundible:
Impacto visual mínimo aceptable: 39 cm de circunferencia.
Cor se llevó una mano al rostro, soltando un gruñido entre dientes.
—No puede ser…
El Moguri cruzó los brazos.
—Sí, lo sé, Es absurdo, ignis es así o quizá una de las facetas ocultas.
Se encogió de hombros.
—Y así reaccioné yo la primera vez que lo vi, Ignis dejó eso… como parte del análisis de campo.
Cor lo miró de reojo, sin palabras, mientras el Carbuncle soltaba un pequeño “kyu” que sonó sospechosamente parecido a una risa.
El Inmortal observó la pizarra en silencio.
—Eso es... raro —dijo— ¿Por qué Ignis haría esto? Jamás lo había visto preparar planes tan... elaborados. ¿Y por qué Prompto flexiona y Noctis lo... palpa?
El Moguri suspiró.
—Luego de un tiempo lo entendí, Prompto se sentía fuera de lugar, débil al lado de ellos. Empezó con lo de flexionar como una forma de... reafirmarse o algo así y Noctis lo acompañó para que no se sintiera solo, esa parte de “palpar” fue su manera de decirle que era parte del grupo, no una carga.
Cor cruzó los brazos y asintió con gravedad.
—Ya veo... así que todo esto nació por empatía, no lo imaginaba, pero tiene sentido.
El Moguri caminó hasta la pizarra y señaló el retrato sin rostro de Lunafreya, junto a la nota:
Pendiente de reacción.
—Y mira esto. Tiene anotadas posibles respuestas: enojo, asombro, rechazo, felicidad... incluso un diagrama de “respuestas de contingencia”, creo que Ignis planeaba aplicar este protocolo en la boda de Noctis y Luna.
Cor se quedó inmóvil unos segundos.
—¿QUÉEEEEE? ¡Eso es imposible! ¡Sería la mayor vergüenza de todo Lucis... no, de todo Eos!
—De toda la Galaxia —corrigió el Moguri con calma.
Cor exhaló profundamente y se frotó el rostro.
—Bien, cuando regresen del otro planeta, voy a tener una charla muy larga con Ignis.
Hizo una pausa, mirando la pizarra con resignación.
—Y voy a necesitar un café antes de eso.
El Moguri sacó una cafetera de la caja debajo de la mesa y lo colocó
El aroma del café recién hecho llenó la tienda.
Cor se sentó en el sillón junto al sofá, mientras el Carbuncle se acomodaba sobre la mesita del centro, moviendo la cola con curiosidad.
El Moguri sirvió tres tazas: una para Cor, otra para el Carbuncle y una para él mismo, que acompañó con un bol de snacks.
—Aquí tienes —dijo mientras le pasaba la taza a Cor— Caliente, sin azúcar. Te vendrá bien.
Cor asintió y dio un sorbo.
—Bueno… entonces, primero: ¿esa Organización tuya manipula a Niflheim? ¿Al emperador?
El Moguri lo miró con seriedad.
—Antes de responder, debo advertirte algo. Lo que vas a escuchar te parecerá absurdo, imposible, fuera de toda lógica… casi ciencia ficción. ¿Estás listo?
Y bajó la voz
— Es un secreto absoluto. No se lo digas ni a los chicos, ni a las chicas, ni a nadie. ¿Entendido?
Cor frunció el ceño.
—Entendido.
El Moguri giró hacia el Carbuncle.
—Y eso vale para ti también, orejitas. Nada de contárselo a Noctis.
El Carbuncle asintió solemnemente, con las orejas tiesas.
El Moguri tosió y continuó:
—No puedo decir mucho aún, pero… vengo de una Organización Galáctica, Su función es salvar mundos con especies inteligentes de la extinción, catástrofes, plagas y cosas que podrían borrar civilizaciones enteras.
Hizo una pausa
— Mi misión aquí, en Eos, es evitar una catástrofe futura causada por una anomalía, No es inminente, pero ocurrirá… con el tiempo.
Cor dejó la taza en la mesa y lo miró fijo.
—¿Y esa anomalía… qué es exactamente?
El Moguri se inclinó, acercó su boca al oído de Cor y susurró unas palabras.
Cor se quedó helado.
—¿QUÉÉÉÉ? ¡Eso es imposible! ¿Alguien de Niflheim? ¡No puede ser!
El Moguri asintió con gravedad.
—Por eso debes mantenerlo en secreto absoluto, los chicos no saben quién es, ni su aspecto, todo se revelará a su debido tiempo, cuando yo lo diga.
Se recostó en el sofá y dio un sorbo a su café.
—En unos meses, llegará algo que cambiará el futuro de Eos, Y por primera vez en dos mil años… las noches serán seguras, será el fin de la Plaga Estelar y Cadentes.
Eso es todo lo que puedo decirte por ahora. Quizá, con autorización de mis superiores, te cuente más adelante.
Cor se quedó pensativo.
—¿Y qué gana tu Organización con salvar Eos?
El Moguri sonrió levemente.
—Nada que no sea esencial, asegurar la supervivencia, La Organización existe desde hace milenios, abarca muchos mundos y vela por la estabilidad galáctica, aunque una civilización aún no haya alcanzado el viaje interestelar, si está en peligro, intervenimos en secreto. Siempre fuera del ojo público de ese mundo, a veces con apoyo de sus gobiernos… cuando hay gobiernos que cooperan.
Cor bajó la mirada, removiendo el café en silencio.
—No esperaba algo así. Pensaba que eran una fuerza oscura. Tenía mis dudas, sobre todo cuando Su Majestad Regis me dijo aquella frase… y decidió confiar en alguien venido de fuera de Eos.
Cor apoyó un codo en la mesa, pensativo.
—Bueno… me ha interesado saber qué hay más allá de Eos. Dime, ¿de dónde vienes exactamente? ¿De algún planeta?
El Moguri asintió, tomando otro sorbo de café.
—Sí. Vengo de un planeta llamado Selvion. Es el mundo natal de mi subespecie:
Moguri Selviano.
Dejó la taza en la mesa y sonrió con cierto orgullo
— Es un mundo con vastos océanos turquesa, bosques inmensos y ciudades tipo ecológica nuestra civilización está en plena etapa espacial; dominamos el viaje interestelar hace cientos de años y somos uno de los mundos miembros de la Orden.
Cor levantó una ceja.
—Interesante. Aunque… siempre me he preguntado algo.
Hizo una pausa y añadió con un leve gesto de ironía
—Aquí, los Moguris existen solo en leyendas y en historias infantiles, pequeños, redondos y con pelotas enormes.
Soltó una leve risa
—¿Será que los de este mundo están extintos… o simplemente ocultos? La última vez que se habló de uno fue hace 100 años, en los bosques de Tenebrae y rumores en el continente al este de Lucis, Ikune.
El Moguri cruzó los brazos, pensativo.
—Hmm… es posible que haya más de mi especie por aquí. Quizá algunos sobrevivieron y se adaptaron.
Levantó la mirada hacia Cor
—Oye, ¿y no han explorado ese continente?
Cor negó con la cabeza.
—Poco.
Su voz tomó un tono más analítico.
—Hace dos mil años, antes de que apareciera la Plaga Estelar, hubo expediciones, pero no prosperaron, el Océano Aztlán es traicionero: huracanes enormes azotan la región, a veces por semanas enteras.
Se acomodó en el asiento
—Cuando iniciamos el programa espacial, hace décadas, logramos ver el continente desde órbita, hay ciudades, estructuras carreteras… incluso luces durante la noche, que significa que si mantiene a raya a los cadentes, intentamos establecer contacto, pero las corrientes aéreas son demasiado inestables para pasar con una aeronave y desde el espacio, desde los satelites, enviamos señales pero no hay respuesta.
Hizo un gesto con la mano
— Incluso desde el otro lado del planeta, desde el continente de Tenebrae y Niflheim, hacia el oeste, los vientos son igual de violentos.
El Moguri chasqueó la lengua.
—Entonces, un continente entero aislado por tormentas… fascinante —Levantó las orejas, intrigado— Si hay Moguris ahí, quizá aún mantienen vínculos con mi especie.
Cor lo observó con atención.
—Sería un hallazgo importante.
Hizo una pausa
—Aunque debo admitir, Selvion y esa Orden tuya suenan menos fantasía de lo que esperaba.
El Moguri soltó una risa baja.
—Créeme, para mí también fue difícil creer que este mundo Eos, tenga magia basado en ese cristal, profecías de Astrales pasivos y cafés tan buenos.
Cor se reclinó en el sillón y cruzó los brazos.
—Y bueno… ¿a dónde los enviaron?
Levantó una ceja con sospecha
—No me digas que fue a un mundo lleno de esos seres alienígenas como en las películas… los chicos estarán aterrorizados.
El Moguri se aclaró la garganta con suavidad, preparando el ambiente.
—Primero que nada... sí, existen otros seres. Muchos.
Hizo una pausa dramática, levantando una oreja.
—Pero esto cambiará tu perspectiva sobre esa vieja teoría de estar solos en el universo, incluso en lo referente a especies idénticas. Te equivocas, Cor.
Se inclinó, bajando la voz.
—Hay más mundos habitados por humanos. Siete, para ser exactos... por ahora.
Cor se puso de pie de golpe, a punto de derramar su café.
—¡¿Qué?! ¿Más mundos humanos? ¡Eso es imposible!
Comenzó a caminar por la tienda, llevándose las manos a la cabeza.
—Eso… eso lo cambia todo!. El origen, la historia, la mitología… ¡todo!
El Moguri alzó las manos, intentando calmarlo.
—Shhhh, sí, sí, lo sé. Impactante, ¿verdad? Pero tranquilízate, viejo guerrero. No es tan grave como parece.
Sonrió con cierta picardía
—Créeme, en mi mundo, el público tardó meses y algunos años en asimilarlo, cuando se enteraron de que no estaban solos en el universo, justo después de realizar su 1er viaje hiperespacial, hace cientos de años.
Cor regresó a su asiento, suspirando con fuerza.
—Necesito más café. Más fuerte.
El Moguri asintió y sin decir palabra, fue a preparar otra jarra. El aroma fresco llenó la tienda.
Minutos después, dejó la jarra humeante sobre la mesita del centro. Cor vertió una buena cantidad en su taza y bebió un largo trago.
—Entonces… —dijo finalmente— ¿Cómo es ese mundo al que los enviaste?
El Moguri se acomodó en el sofá, con las alas ligeramente extendidas.
—Se llama La Tierra. Es un mundo humano, seguro. No hay guerras globales… ni plaga estelar. De hecho, la plaga solo existe aquí, en Eos.
Hizo girar su taza entre las manos.
—La diferencia principal está en su civilización. Es parecida a la suya, pero algunas cosas están más avanzadas… y otras, sorprendentemente, más atrasadas que Lucis. Hay ciudades comparables a Insomnia, incluso son mas grandes.
Levantó un dedo, señalando al techo como si describiera un mapa invisible.
—Las noches son seguras, no existen monstruos. Quizá a algunos animales salvajes, pero nada más. Tienen 195 países y una versión local de la Orden, una Rama Humana que opera en secreto. Se encarga de supervisar mundos humanos.
Hizo una pausa, con tono misterioso
— La Orden sólo se revela al público de ese mundo cuando una civilización logra el viaje hiperespacial por sí misma. Entonces se hace publico y se integra como miembro pleno.
Cor lo miró fijamente, procesando cada palabra.
—Entonces… ¿los chicos están en contacto con esa Rama Humana? ¿Y tú perteneces a ella? Siendo de otra especie… ¿eso es posible?—Hizo un gesto con la mano— ¿Existe una Rama de Moguris también?
El Moguri asintió.
—Los chicos están bien. Por ahora no han contactado aún con la Rama Humana, primero deben asimilar el impacto cultural.
Sonrió, bajando un poco la voz.
—Están con una familia que los acoge y los cuida, no hay peligro.
Luego se apoyó en el respaldo del sofá, mirando el techo.
—Y sí, hay una Rama Moguri, claro, en Selvion, se encarga de mundos Moguri pero ayuda con la Rama Humana, pero La Orden es multiespecie. No importa la forma ni el origen de su mundo, sino las capacidades.
Levantó su taza con orgullo
—Algunos, como yo, servimos como agentes de campo: espiamos, negociamos… otros son oficinistas, ingenieros o médicos —Hizo un gesto divertido— Aunque, si me das a elegir, prefiero mi trabajo actual. Menos papeleo y más café.
Cor dejó escapar una leve sonrisa.
—Vaya… así que seis mundos humanos, civilizaciones múltiples y un Moguri que trabaja para una Organización Galáctica.
Se recostó en la silla y murmuró con ironía
— Y yo que pensaba que el Imperio de Niflheim era lo más complicado del universo.
El Moguri rió por lo bajo.
—Créeme, Cor. Comparado con la burocracia interplanetaria… Niflheim es un picnic.
Cor dejó su taza en la mesa, la mirada fija en el Moguri.
—Y dime algo… ¿cómo localizaron a Eos? ¿Cómo supieron de su geopolítica, de nuestras guerras, de los reinos, del Imperio?
Se inclinó un poco hacia adelante, su voz más baja y cargada de sospecha.
—¿Y por qué Lucis? ¿Por qué a su Majestad Regis? ¿Por qué no Niflheim?
El Moguri respiró hondo, girando la taza entre las patas enguantadas.
—Eos… fue detectado por accidente —empezó— Una red de observatorios automáticos de La Orden captó una anomalía energética, un pulso fuera de lo común, en una zona de su cuadrante. Era un eco, una especie de resonancia gravitacional, pero con un patrón que solo se ha registrado en mundos donde existe conciencia colectiva… donde hay civilizaciones inteligentes.
Alzó su mirada, seria, casi científica.
—Eso llamó la atención del Departamento de Supervisión de Mundos en Riesgo. Enviaron sondas no tripuladas y cuando las primeras imágenes llegaron, vimos Eos: Dividido, fragmentado por conflictos y con una tecnología dispar… magia, máquinas, energía rara.. Era un mundo con futuro, pero con grietas peligrosas.
Cor lo escuchaba en silencio, los ojos entrecerrados.
El Moguri continuó, con tono medido:
—Al principio se pensó que el Imperio era el punto clave, su expansión y ciencia avanzada los hacía parecer los guardianes naturales del mundo. Pero luego… las sondas detectaron otro tipo de energía, distinta. Una frecuencia más estable, más armónica. Provenía de este continente, Reino de Lucis.
Hizo una pausa y bajó la voz, como si lo que iba a decir no debía oírlo ni el viento.
—La Orden tiene una forma de ver más allá del presente. No es magia, ni predicción en el sentido que ustedes entienden. Es una tecnología que interpreta líneas causales… los hilos probables del tiempo. Es como observar una película de un futuro posible, pero sin poder tocarla.
Tomó aire, y continuó.
—En una de esas proyecciones, hace siete años, se vio algo terrible, para el año 756, Una oscuridad que se expandía desde el corazón del mundo y un estallido sobre La Ciudadela de Insomnia.
Sus orejas se inclinaron ligeramente.
—La información fue entregada a Lucis porque fue el único reino cuya línea de sucesión mostraba estabilidad emocional, sentido de deber y… empatía. El rey Regis era el mejor enlace posible. No buscaba poder, sino equilibrio.
Cor frunció el ceño.
—Entonces… ¿ese “mensaje” que el rey recibió…?
El Moguri lo interrumpió suavemente, girando su oreja como si desviara la atención.
—Digamos que revela más que La Santálita, ¿verdad? Una especie de visión del futuro.
Cor se quedó en silencio unos segundos, comprendiendo entre líneas.
—Entonces… el rey sabía. Sabía que Insomnia caería.—Su voz se tensó— ¿Y no hizo nada para detenerlo?
El Moguri se enderezó lentamente.
—No es tan simple. Cuando se ve una línea del futuro, no es una sola posibilidad, sino miles.
Tomó la taza y la giró una última vez.
—El problema es que el tiempo se comporta como un tejido elástico: si tratas de evitar un punto, el tejido se estira, pero la tensión lo atrae de nuevo al mismo sitio.
Levantó la mirada, seria y cansada.
—El rey lo entendió. Si intentaba cambiar lo que vio, la catástrofe solo se habría desplazado a otro lugar… peor. Tal vez a todo Eos.
Hizo una pausa y bajó el tono.
—Así que decidió jugar el papel que el futuro le había asignado. No detener el desastre, sino asegurarse de que, cuando ocurriera, alguien pudiera reconstruir lo que quedara.
Cor bajó la cabeza, mirando el café ya frío.
—Así que… él lo sabía todo ese tiempo.
El Moguri levantó la vista
— En resumen: Regis no perdió la ciudad. La entregó… para salvar el mundo.
Cor murmuró.
—Entonces… él lo sabía todo. Incluso que moriría.
El Moguri hizo una pausa, tomando un sorbo de café antes de continuar.
—Además, Cor… —dijo en un tono, como compartiendo un secreto— Tengo un holograma que grabé de su rey, antes de la firma del tratado. Mensajes, para Noctis y los demás, e incluso para usted.
Se inclinó un poco hacia Cor.
—Pero no es el momento de entregarlo. Solo se revelará después de que Noctis y sus aliados logren derrotar a la Anomalía.
Cor arqueó una ceja, sorprendido, pero no interrumpió.
El Moguri continuó, con seriedad contenida:
—Y por cierto… sobre el cuerpo del Rey. Está en una cámara de criogenia segura, en un lugar oculto de Insomnia. Me aseguré de ello tras la retirada de Glauca. Nadie más sabe su ubicación exacta.
Cor abrió los ojos, incrédulo.
—¿Criogenia? ¿Eso es real? Pensé que solo existía en las películas... Nosotros no tenemos esa tecnología.
El Moguri soltó una pequeña risa nasal.
—Jeje… es una vieja tecnología, muy vieja. Se usaba en los 1eros vuelos interestelares, antes de la invención del viaje hiperespacial. —Apoyó las manos sobre la mesa, con aire de quien comparte algo que no debería— Pero tiene otros usos… y, bueno, uno de ellos fue preservar algo que aún tenía valor.
Cor bajó la mirada a su taza, asimilando la idea.
—Entonces... el cuerpo del Rey Regis… sigue ahí.
—En efecto —respondió el Moguri con serenidad— En reposo, sin deterioro.
Cor exhaló con alivio, una sonrisa tenue escapándosele apenas un segundo.
—Bien hecho… —murmuró— Has salvado el cuerpo del rey. Así Noctis podrá enterrarlo con honores, cuando todo esto acabe.
El Moguri asintió despacio.
—Eso sería lo justo.
Cor se levantó del sofá, estirándose un poco.
—Bueno… entonces no divulgaré esos secretos. Se queda entre nosotros.
El Moguri asintió con un leve movimiento de cabeza.
—Agradecido, Mariscal.
Cor cruzó los brazos y sonrió apenas.
—Y un día… quisiera hacer un combate amistoso. Solo para ver si eres capaz de proteger a los chicos.
El Moguri se puso las manos en la cintura, inflando el pecho.
—¿Un duelo conmigo? Jeje, cuidado, que no respondo si accidentalmente te dejo sin espada antes del primer movimiento.
Cor arqueó una ceja, divertido.
—Ya veremos.
Entonces se giró hacia la entrada de la tienda… y se quedó paralizado.
Frente a él, a solo unos centímetros, un lente azul lo observaba con una luz intermitente.
—Biip-Buop-Zzt!
Cor dio un paso atrás.
—¿Qué demonios es eso?
El Moguri soltó una risita.
—Eso es un droide, ID10, parecido de sus películas de La Guerra de las Estrellas, vigila a los Chicos.
Cor entrecerró los ojos, examinando la pequeña máquina flotando por antigravedad.
—Así que vigila a los chicos, ¿eh? Espera un momento… ¿también a la Señorita Lunafreya y las chicas?
El Moguri se encogió de hombros, divertido.
—Jeje, sí… a todos. Es parte del trabajo de supervisión interplanetaria.
Cor suspiró, mirando al droide que ahora emitía otro pitido curioso.
—Vaya… el futuro se vuelve más raro cada día.
ID10 emitió un parpadeo azul y su lente cambió de tono a un blanco brillante.
—Bip-wiiiiip!
Cor lo observó, tenso.
—¿Qué estás haciendo ahora?
Antes de que el Moguri pudiera responder, una pequeña compuerta se abrió en la cabeza del droide y de ahí salió disparado un diminuto proyectil metálico que zumbó por el aire y se posó encima de la mano de Cor.
—¿Qué…? —Cor levantó la mano instintivamente.
El objeto se desplegó como un pequeño ciempiés mecánico, las diminutas patas se adhirieron a su piel y comenzaron a moverse hasta rodear la muñeca. En segundos, el dispositivo se transformó en un brazalete de metal oscuro con líneas luminosas verde que pulsaban suavemente.
Del centro se proyectó un holograma esférico: el mapa de Eos, girando lentamente en el aire, con marcadores rojos, azules y verdes distribuidos sobre los dos continentes de Lucis y Tenebrae y Niflheim y el continente de Ikune en el lado nocturno del planeta, con luces de ciudades y mostrando “sin datos”
Cor parpadeó, desconcertado.
—¿Qué carajos…?
El Moguri, que lo observaba con satisfacción, cruzó los brazos.
—Con eso podemos comunicarnos, se llama ID10-B. Además, te protegerá. Si te atacan, ese brazalete emitirá un escudo defensivo automático. Ni un misil te rozará.
Cor se quedó mirando el holograma unos segundos, aún sin procesar.
—¿Ni un misil…?
El Moguri sonrió.
—Ni un pensamiento hostil, si lo configuro bien.
Cor soltó una risa seca.
—Bueno, eso sí que es nuevo… Supongo que ahora oficialmente tengo tecnología alienígena en la muñeca.
El Moguri guiñó un ojo.
—Bienvenido al Club.
Luego, Cor miró el reloj de pulsera; el sol comenzaba a teñirse de naranja sobre las copas de los árboles.
—Debo irme antes del anochecer —dijo, poniéndose de pie— Ya sabes… cadentes.
El Moguri asintió con una leve sonrisa.
—Claro, y cuidado con los caminos.
Cor se colocó los guantes, echó una última mirada al brazalete que aún emitía un débil resplandor verde, y se encaminó hacia la salida de la tienda.
—Nos veremos pronto, Agente 5. No sé cuándo… pero pronto.
—Estaré esperándote —respondió el pequeño agente, con una leve reverencia.
El sonido del motor del auto. se perdió entre los árboles.
El Moguri suspiró, miró al Carbuncle dormido sobre la mesita —acurrucado, respirando con suavidad— y murmuró:
—Bueno… seguimos ordenando las cajas. Luego la cena.
Tomó una de las cajas de suministros, la colocó en su sitio y, mientras lo hacía, el pequeño Carbuncle se removió un poco, dejando escapar un suave sonido en sueños.
El Moguri sonrió.
—Descansa, pequeñín.
