Chapter Text
20 agosto 756, mañana.
Claro cerca de las Ruinas de Pitioss.
El aire de la mañana era fresco, cargado del aroma a azufre, las termas y vegetación que rodeaba las ruinas.
En lugar de las tiendas enormes que usaban para campamentos largos, esta vez tenían dos tiendas pequeñas, lo justo para pasar una o dos noches. De una salieron Noctis y Prompto, todavía despeinados; de la otra, Ignis y Gladio, ambos ya con el porte más firme.
Ignis no perdió tiempo. En cuestión de minutos ya estaba arrodillado junto a una fogata encendida, preparando huevos, pan tostado, quesos variados y café. El aroma envolvió el campamento mientras los demás regresaban de un baño rapido en las termas, sacudiéndose el agua de la piel antes de vestirse.
Desayunaron entre comentarios dispersos sobre lo que había pasado el día anterior en Pitioss, replegaron las tiendas… y los desinvocaron.
El camino de regreso hasta el Regalia fue mucho más tranquilo que el descenso del día anterior. Sin hordas de Kingatrices. Sin sobresaltos. Solo el crujido de las botas en la grava y el canto ocasional de algún bicho raro entre los arbustos.
Mientras tanto, ID10 —que había recargado sus paneles solares desde temprano— estaba pegado al salpicadero del auto, leyendo el GPS, tomando datos, cualquier cosa mínimamente interesante… aunque nadie le había pedido que lo hiciera.
Los Chocobros, en su emoción por ver las ruinas, habían dejado el Regalia con el techo duro plegado dentro del maletero. El droide notó unas pisadas acercándose y se elevó apenas unos centímetros, mirando hacia el muro derrumbado. Los Chocobros aparecían por ahí, conversando sobre Pitioss y teorizando acerca de la misteriosa pista de aterrizaje.
ID10 emitió un pitido corto y nervioso:
—Boop-Bzzzt!
Acto seguido, descendió, presionó el botón de ocultar la pantalla del infoentretenimiento —que se apagó y se contrajo dentro del tablero— y luego se giró para revelar un panel de indicadores de temperatura, presión del turbo y voltajes, como los de un Bentley actual.
Después apagó los accesorios del automóvil, saltó por la puerta del conductor … y se deslizó hacia el chasis trasero, ocultándose.
Los Chocobros llegaron al coche y subieron sin sospechar nada.
Camino al volcán, el viaje fue corto. Al llegar al pueblo, Gladio bajó un momento a por provisiones frutas, agua y carne y regresó de inmediato. Tomaron el sendero hacia la cima, con Ignis al frente, sosteniendo el mapa de Saeko.
Ignis marchaba adelante, con el mapa en una mano y el GPS en la otra. El sendero era empinado, pero las vistas eran amplias y limpias.
Al llegar a la cima, Ignis declaró:
—La Tumba del Feroz.
Noctis se adelantó, tocó la puerta y esta se abrió. El interior era oscuro y silencioso. Al fondo, el poder antiguo se activó, formando una aurora celeste.
La Maza del Feroz apareció en forma etérea en la mano de Noctis.
Prompto silbó.
—Con eso van cuatro armas reales.
Gladio cruzó los brazos.
—Bueno… solo te faltan nueve más.
Salieron… y la sombra los cubrió.
Un Zu gigantesco, de casi 93 metros, desplegó las alas y aterrizó frente a ellos.
Gladio retrocedió un paso.
—…¿Qué?
Los Chicos invocaron sus armas. El aire se llenó de tensión.
El Zu inclinó su enorme cabeza hacia el grupo. No atacó. Solo… olió a Gladio. Lo tocó con el pico. Lo examinó como si sospechara.
Los demás lo observaban con cara de “esto no puede estar pasando”.
Ignis murmuró:
—No me digas… que robaste el huevo.
Gladio abrió la boca para negar, pero el Zu lo agarró de la camisa, lo levantó en el aire y
Todos esperaban que lo comiera.
Pero lo depositó sobre su propio cuello, como si fuera… un invitado.
Prompto gritó:
—¿Pero qué-
El Zu repitió el proceso. Tomó a Ignis, lo elevó y lo dejó detrás de Gladio. Luego a Noctis, que aterrizó delante.
Prompto, con la GoPro 13 en el pecho, registró todo.
—¡Esto es oro puro! ¡Oroaaaaa-
El Zu lo tomó. Lo sacudió un poco. Luego lo lanzó hacia arriba y cayó entre las alas, exactamente sobre un hueco seguro.
Y entonces, despegó.
Los cuatro se aferraron a las plumas del gigantesco animal mientras este ascendía hacia el cielo y tomaba rumbo hacia la zona más alta del volcán.
Cerca del Regalia, ID10 y el minidroide ID10-A, se encontraban jugando y practicando tiro con sus miniblásters, apuntando a las rocas. De repente, una sombra inmensa cubrió la zona y el sol se ocultó por un instante.
Ambos droides levantaron sus cabezas y miraron al ave gigantesca.
—Booop-buuuuuup-Zzzzzzt!.
ID10 abrazó a ID10-A en modo alarma. Luego hizo zoom con su lente y vio a los Chocobros encima del cuello del Zu, sacudidos por el viento y completamente aterrados.
ID10 entró en pánico.
ID10-A, en cambio, levantó una patita y emitió un sonido calmado, como si dijera “tranquilo”.
ID10 lo miró, luego miró al Zu alejándose.
El minidroide respondió con un gesto tranquilizante:
Tranquilo, regresarán… probablemente… quizá… bueno, seguro sí.
El Zu aterrizó en un nido enorme, todavía dentro de la zona volcánica. El viaje había durado unos cuatro minutos de pura tensión.
Los Chocobros bajaron y miraron hacia abajo del nido.
Un polluelo recién nacido, pequeño, débil, tembloroso.
Ignis respiró hondo.
—¿Acaso… pide nuestra ayuda?
El Zu emitió un sonido grave, profundo. Una mezcla entre súplica y advertencia.
Ignis invocó su botiquín. Se arrodilló, sacó vendas, ungüentos, herramientas. Curó al pequeño Zu.
Después invocó carne fresca y se la dio. El polluelo comió. Luego balbuceó un sonido feliz, apoyando la cabeza en el pico de la madre.
El pequeño, curioso y sin miedo, se acercó a Prompto y lo tocó con su pico y él, dio un brinco.
Prompto se puso rígido.
—¿Uh… esto es… bueno? ¿Malo? ¿Me va a comer?
Noctis se rió.
—Tócalo como si fuera un chocobo.
—¡Pero no es un chocobo, es un Zu! —protestó Prompto, aunque igual lo acarició.
Entonces el Zu madre volvió a acercarse. Sin previo aviso, tomó a Ignis y lo colocó sobre su cuello. Luego a Noctis. Luego a Gladio. Luego a Prompto.
Cuando los cuatro estuvieron acomodados…
El enorme Zu extendió las alas y emprendió vuelo de regreso.
Cuatro minutos después, aterrizó cerca del Regalia.
ID10-A se escondió dentro del comportamiento de ID10 y se ocultó bajo el chasis.
Los Chocobros se bajaron del Zu. El viento levantó las plumas del gigante, que inclinó la cabeza hacia Noctis… y realizó una reverencia.
Luego alzó vuelo y desapareció entre las nubes.
Los Chocobros se quedaron mirándolo.
—Esto… —dijo Noctis— no entra en la categoría de “mañana tranquila”.
Prompto rió.
—¡Pero la GoPro lo grabó TODO!
Gladio se cruzó de brazos, mirando el cielo.
—No robé ningún huevo. Creo.
Noctis bufó.
—Esto será imposible de explicar.
Y los Chocobros se quedaron ahí, en silencio, sabiendo que ese día, a pesar de todo, había sido… sorprendentemente bueno.
El teléfono vibró en la mano de Ignis.
Una sola mirada a la pantalla bastó.
Cor Leonis.
Ignis tragó saliva. Un sudor frío le recorrió la nuca.
Gladio, Noctis y Prompto se acercaron casi al mismo tiempo, formando un semicírculo alrededor de él. Los cuatro miraron la pantalla como si fuera una bomba a punto de detonar.
—No… —murmuró Prompto—. No, no, no, no…
—Ignis —dijo Noctis en voz baja—. Han pasado… ¿cuántos días?
—Casi una semana fuera de Eos —susurró Prompto—. Y cuatro días desde que regresamos. Olvidamos llamar a Cor. No podemos decir nada de la Tierra. Nada.
Ignis cerró los ojos un segundo.
—Correcto. Necesito una excusa. Una sólida. Alguna opción racional.
Gladio se rascó la barbilla.
—Eeee… ¿días sabáticos?
Ignis lo miró con una expresión tan plana que casi dolía.
—¿Hablas en serio?
Noctis alzó un dedo, como si acabara de tener una revelación.
—Espera. ¿Y si fingimos que estuvimos en una mazmorra profunda? De esas donde no llega la señal. Una semana y media atrapados. Y “acabamos” de salir.
Ignis meditó medio segundo.
—…Es imperfecto —dijo—. Pero plausible dentro de los estándares de Eos.
El teléfono seguía vibrando.
Ignis suspiró, se aclaró la garganta… y contestó.
—Soy Ignis.
Silencio. Luego la voz grave de Cor atravesó el altavoz como una espada desenvainada.
—Sí… —continuó Ignis—. Estuvimos en una mazmorra profunda, por eso no había señal. ¿Ha pasado algo?
Los otros tres se inclinaron, conteniendo la respiración.
—…¿Qué?
Ignis parpadeó.
—¿Usted llegó al campamento hace días y solo estaba el Regalia? Ah… sí, nos movimos en chocobos.
Prompto abrió la boca en pánico.
—¿La pizarra? —dijo Ignis, su pánico elevándose.
Los tres Chocobros se miraron.
—Oh no… —susurró Prompto—. El Protocolo E-47. Cor lo sabe. Estamos fritos.
—Estamos fritos —añadió Noctis—. Cor se lo contará a toda la Crownsguard y a Luna. Basta una llamada y ella vendrá desde Tenebrae…
(Las chicas, en realidad, llevan ya varios días en Lucis; sin embargo, los Chocobros todavía no lo saben.)
—…Estamos muertos —concluyó Prompto.
Gladio murmuró.
—Bueno… al menos moriremos juntos.
Ignis seguía escuchando.
—¿Lestallum? —repitió—. ¿Ahora?
Se enderezó.
—Entendido. Iremos de inmediato.
Ignis hizo una reverencia ligera automática, incluso sabiendo que Cor no podía verla y colgó.
Silencio.
—Entonces… —dijo Prompto—. ¿Qué tan mal estamos?
—Debemos ir a Lestallum —respondió Ignis—. A enfrentar el juicio de Cor.
—¿Qué? —protestó Noctis—. ¡Pero si fue culpa de todos!
Prompto levantó la mano.
—En realidad… fui yo. Flexioné y le dije a Noctis que me tocara el bíceps…
Ignis lo interrumpió con firmeza.
—No.
Prompto parpadeó.
—Nadie es culpable. Lo de Prompto nace de su inseguridad. Y la validación táctil es una forma legítima de sentirse seguro y parte del grupo. No hay falta en eso. ¿Entendido?
Prompto dudó… y asintió.
Noctis también.
—Bien —dijo Ignis, ajustándose las gafas—. Vamos a Lestallum.
Subieron al Regalia. El V12 rugió.
Bajo el chasis, el droide ID10 se asomó apenas. Su lente azul brilló un segundo y proyectó un pequeño holograma:
F.
—Buuup!
Luego volvió a ocultarse.
El Regalia siguió su camino.
